6
Adrien
El amanecer en el desierto llega sin transición.
La noche desaparece de golpe y la luz invade el campamento con una claridad brutal.
Casi al mismo tiempo, el viento levanta el polvo en el patio y las paredes de adobe empiezan a calentarse bajo el sol.
De las cabañas salen los más madrugadores, los que tienen que ocuparse de las cabras o de las cocinas.
Mis hombres hace horas que han hecho el relevo de la guardia, y ahora empiezan a organizar la faena diaria.
No he dormido, pero eso no es nuevo. Ha sido interesante vigilar el sueño inquieto de la doctora Vaillant y la tranquila evolución de Samba.
Él no debería combatir, es demasiado joven, pero en su pueblo todos los hombres están en el frente y los chicos como él sueñan con coger un arma.
Sin entrenamiento ni un buen líder, el resultado solo puede ser ese: todos sus compañeros están muertos, y a él apenas lo sostiene un hilo de vida. Pero aguanta.
Conozco a su familia, su hermano mayor formó parte de uno de mis escuadrones y sus padres, pastores de cabras al norte del Sahel, sueñan con que los dos regresen algún día y formen una familia que los llene de nietos y de alegría.
Sin embargo, el mayor está preso en Argelia y el joven Samba se debate entre la vida y la muerte en una cabaña en mitad del desierto.
A veces, la vida es una mierda.
Salgo del precario hospital, por llamarlo de alguna manera, en el que he pasado la noche y cruzo el patio mientras los hombres empiezan a moverse por el campamento.
Unos revisan los vehículos y los preparan para la siguiente misión mientras otros se ocupan de las armas.
El generador sigue zumbando detrás de una de las construcciones.
Todos levantan la cabeza cuando paso y me saludan con un gesto, pero nadie dice nada. No es necesario.
El respeto en este tipo de lugares no se exige. Se gana. Y a veces se gana simplemente permaneciendo de pie cuando los demás se derrumban.
Malik me espera bajo la sombra de un techo de chapa improvisado. Tiene una taza de café negro en la mano y el aspecto de alguien que ha dormido exactamente lo mismo que yo. Coge otra taza igual de descascarillada que la suya, sirve el resto del café y me la ofrece.
La bebida es fuerte y amarga, a duras penas se puede llamar café, pero lo cierto es que reanimaría a un muerto, y eso es justo lo que necesito.
—¿Cómo está el chico? —pregunta Malik mientras bebo.
—Vivo —respondo sin más.
Asiente lentamente.
—La médica sabe lo que hace.
—Sí.
Durante un minuto, ninguno de los dos dice nada. El campamento despierta a nuestro alrededor con la calma tensa de siempre.
Luego, Malik deja la taza sobre una mesa.
—Tenemos que movernos hoy —me recuerda.
—Lo sé.
Me inclino sobre el mapa arrugado que Malik ya ha extendido sobre la mesa. Es viejo y está lleno de anotaciones hechas con rotulador negro. Rutas, puestos militares, aldeas abandonadas…
Señalo un punto al sur.
—Un convoy de combustible pasa por aquí esta tarde.
Malik observa el mapa.
—¿Militares?
—No.
—¿Quién?
—Una compañía minera.
Eso le arranca una enorme sonrisa.
—Contratistas privados —ratifica.
—Exacto.
Las compañías que explotan las minas de la zona pagan bien por protección, pero no siempre contratan a los hombres adecuados.
A veces, deciden ahorrar dinero en las partidas equivocadas, y eso los convierte en un objetivo.
El responsable del operativo se puso en contacto conmigo hace unos días para ofrecerme información a cambio de dinero.
Acepté, por supuesto. Fue un buen intercambio.
—Cuatro vehículos —continúo—. Seguridad mínima.
Malik asiente.
—Podemos interceptarlos en el desfiladero —propone.
—Sí, esa es la idea.
Se queda mirando el mapa unos segundos más.
—¿Vienes?
Niego con la cabeza.
—Esta vez no.
Levanta una ceja.
—¿Por la médica? —pregunta.
—Por muchas cosas —zanjo mientras doblo el mapa—. Tú dirigirás la operación —le digo a continuación.
Malik no discute, nunca lo hace cuando ya he tomado una decisión.
—¿Cuántos hombres? —pregunta.
—Seis.
—Wolf está fuera de combate.
—Llévate a Rafael en su lugar, y a Sami, Amine y Patrick.
Le explico todo lo que tiene que saber y Malik lo memoriza todo en silencio.
—Saldremos en una hora —dice por fin.
—Antes de irte, ocúpate de la doctora —le ordeno—.
Dale una habitación privada y cómoda, que le lleven comida y agua, y un balde para que pueda lavarse.
Guardia constante en la puerta, siempre alerta.
La creo capaz de salir corriendo hacia el desierto, y ya visto la que se organizó cuando consiguió quitarle el arma a Amir.
—Descuida.
Asiento y la reunión termina ahí.
Los hombres empiezan a prepararse mientras yo atravieso el patio hacia la construcción más alejada del campamento.
Mi alojamiento.
Es una de las casas originales del asentamiento. Las paredes son gruesas y mantienen el interior sorprendentemente fresco incluso cuando el sol aprieta.
Cierro la puerta detrás de mí y, por primera vez desde el ataque al hospital, el silencio es absoluto.
Me quito la camisa. La tela está rígida por el sudor y la sangre seca.
Tengo una herida en el costado que duele como un demonio cuando levanto el brazo. Una bala me rozó durante el asalto al campamento francés. Entró superficialmente y salió sin causar demasiado daño, pero la piel está abierta y la sangre ha empapado el vendaje improvisado que me puse cuando volvimos.
La examino en el espejo pequeño colgado de la pared.
No es grave, he tenido heridas peores. Limpio la zona con un antiséptico y la toalla que hay colgada junto al lavabo.
Escuece, pero me aguanto. Vuelvo al dormitorio, saco un pequeño kit médico de una caja metálica y empiezo a cerrar la herida con movimientos precisos.
Nueva limpieza, puntos de papel y una venda limpia.
He tenido que hacerlo demasiadas veces para necesitar ayuda.
Cuando termino, el vendaje queda firme alrededor de mi costado.
Me quito las botas y dejo el cinturón con la pistola sobre la mesa.
La habitación es sencilla. Una cama, una mesa, una silla, un baño sin puerta y nada más.
Me dejo caer sobre el colchón y siento que el cansancio me golpea como un mazo. Cierro los ojos, y durante un momento lo único que oigo es el viento contra las paredes de adobe. Pero justo antes de quedarme dormido, una imagen vuelve a mi cabeza.
Nora Vaillant, de pie frente a mí.
La pistola apuntando directamente a mi cabeza.
Y esos ojos llenos de odio, deseándome la muerte.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mi boca mientras el sueño empieza a arrastrarme.
No voy a darle ese gusto.