5
Nora
Ahora atiendo a los pacientes con varias armas apuntándome, aunque la verdad es que no me sorprende. Después del puñetazo, habría sido ingenuo esperar otra cosa.
Dos hombres se han colocado a cada lado de la habitación.
Parecen estatuas, inmóviles y atentos a cada uno de mis movimientos.
Bueno, esto no es del todo cierto, sí que se mueven.
Mantienen los fusiles apoyados contra el pecho, el dedo en el gatillo, y el cañón sigue cada uno de mis movimientos como una sombra.
Me miran con el ceño fruncido y se tensan en cuanto cojo unas tijeras o me acerco a los bisturís.
Me esfuerzo por no prestarles atención. Acaban de traer otro herido, y si dejo que las armas me distraigan, puedo cometer un error que no me perdonaría jamás.
Me limpio las manos y me concentro en mi paciente. Es el más joven de todos, no tendrá más de veinte años. De nuevo, una herida de bala.
La bala ha entrado por debajo de la clavícula y ha salido por la espalda, dejando un canal irregular que todavía sangra a través del vendaje improvisado que le han colocado donde sea que estaba combatiendo.
Es un joven moreno de pelo negro, seguramente perteneciente a alguna de las decenas de etnias que viven en el Sahel.
Está pálido, cubierto de sudor, y sus ojos oscuros se mueven con una mezcla de miedo y dolor que me resulta demasiado familiar.
Cuando me ve acercarme, intenta incorporarse.
—Tranquilo —le digo, empujándolo suavemente contra la camilla—. Si te mueves, esto va a doler mucho más.
Respira rápido, demasiado, de hecho. Sus manos buscan algo a lo que agarrarse y terminan cerrándose sobre mi muñeca.
—Voy a morir —murmura en francés. Veo las lágrimas asomándose a sus ojos.
Sacudo la cabeza.
—No todavía —le aseguro.
Pero mientras examino la herida, sé que la situación es peor de lo que parece. Ha perdido demasiada sangre, necesita una transfusión cuanto antes.
Levanto la vista hacia los hombres que me rodean, pero no me detengo en ninguno en particular, ni siquiera en el jefe, que ha vuelto a su sitio junto a la pared. Mi puño le ha provocado un morado en la cara que me encanta ver.
—Necesito sangre —pido en voz alta.
Los mercenarios se miran entre ellos.
—¿Qué? —responde uno de ellos con el ceño fruncido.
—Donantes —repito con impaciencia. Cojo la placa que el herido lleva al cuello y leo su grupo sanguíneo—. ¿Esto es tuyo? —le pregunto, mostrándole la placa. El muchacho afirma con los dientes apretados—. O positivo, ¿quién tiene O positivo? —repito en voz alta.
El silencio se instala en la habitación. Nadie parece saber qué hacer o qué decir y yo aprieto los dientes.
—Si no recibe sangre en los próximos diez minutos, morirá —les digo.
El joven gime en la camilla y cierra los ojos con fuerza.
Durante un segundo, pienso que nadie va a ofrecerse voluntario. Es el grupo más común, no puede ser que nadie coincida…
Entonces, oigo una voz detrás de mí.
—¿Qué grupo has dicho?
Es Adrien Kader. No lo he oído acercarse. Levanto la vista y lo veo a mi lado, tan cerca que casi puedo sentir el calor que desprende su cuerpo. Sus ojos recorren la herida del muchacho con una calma que me irrita.
—O positivo sería lo ideal —respondo—. También me vale el negativo, es universal —añado deprisa.
Él no aparta la mirada del herido. Luego, se gira hacia mí y asiente.
—Yo soy cero —dice simplemente.
Me quedo mirándolo. No me lo esperaba. ¿De verdad se va a poner en mis manos después de lo que acaba de pasar?
Miro al muchacho de la camilla y decido que no tengo nada que objetar.
—Siéntese —le digo, señalando una silla.
Ni siquiera duda. Al instante, se arremanga la camisa y extiende el brazo.
Uno tras otro, sus hombres empiezan a acercarse y me apuntan con sus armas. Oigo los clics de los seguros al liberarse.
—Eso no es necesario —dice Kader mientras aprieta el puño y observa cómo le clavo la aguja—, ¿verdad, doctora?
—No —respondo—, no lo es.
Algunas armas bajan, pero no todas. Lo entiendo, tengo a su comandante completamente indefenso ante mí. Aunque no creo que ese hombre esté nunca realmente indefenso.
La bolsa se llena con rapidez.
—Necesitaré más —le digo sin mirarlo—, pero no puedo extraerle a usted, no sería seguro.
Kader se aprieta la gasa que le he colocado en la sangradura del codo y se pone de pie.
—Grupo cero —dice en voz alta—. Positivo primero, negativo después.
Esto es casi surrealista.
Hace pocas horas, esos hombres asaltaron mi campamento y me secuestraron. Ahora, veo cómo algunos bajan las armas y se colocan en fila ante mí.
El generador zumba en algún lugar fuera de la cabaña. Mientras ellos esperan, coloco la bolsa de sangre en el soporte y le inyecto la sonda del gotero al joven herido, que sigue respirando con dificultad.
Mientras recibe la sangre, comienzo con los «voluntarios».
Disciplinados y en silencio, van ocupando las dos sillas que he dispuesto a un lado de la camilla, tantas como equipos de extracción tengo a mano.
Las bolsas se llenan poco a poco y puedo trasfundir una más al joven herido antes de intervenir.
—Necesito una nevera —digo sin levantar la cabeza del brazo que tengo delante, listo para que le clave la aguja. El dueño de ese brazo ha girado la cabeza y espera con los ojos cerrados y un gesto de miedo en la cara. Hombres…
Los mercenarios me miran como si hubiera pedido un helicóptero.
—Para conservar la sangre —explico con impaciencia—. Si no está refrigerada, en unas horas se echará a perder y no servirá ni para él, ni para nadie.
Kader se limita a hacerle un gesto a uno de sus hombres.
—Diez minutos —le dice.
El hombre sale corriendo y yo sigo trabajando.
La herida del muchacho es peor de lo que pensaba, está demasiado cerca de la arteria subclavia. Si hubiera atravesado un centímetro más…
Sacudo la cabeza, no sirve de nada pensar en eso.
Me inclino sobre él mientras lo preparo para la anestesia.
—Mírame —le pido. Sus ojos se abren con esfuerzo—. No te duermas.
—No puedo… —susurra
—No —repito mientras aprieto el vendaje con fuerza—. Quédate conmigo, ¿de acuerdo? Solo un poco más, enseguida podrás dormir, pero no te desmayes…
Durante un segundo, dudo. La hemorragia es difícil de controlar. Lo miro con las manos en alto, quieta.
Entonces, siento una presencia a mi lado. Kader se ha inclinado ligeramente hacia mí y su voz me llega baja, poco más que un susurro.
—Ni se le ocurra rendirse —me dice. Levanto la cabeza y nuestros ojos se encuentran—. Tiene que vivir —añade.
—Eso intento.
—No lo intente. —Su mirada es dura—. Hágalo —exige.
Aprieto los dientes y le doy la espalda. No necesito que me den órdenes. No él, desde luego. Pero tampoco voy a discutir mientras alguien se desangra delante de mí.
—Necesito más luz —pido.
Rafael mueve una lámpara y la herida queda iluminada. Le trasfundo la tercera bolsa y lo preparo para la anestesia. Cuando se duerme, comienzo a trabajar con la máxima concentración. No sé cuánto tiempo paso sobre la herido, puede que quince minutos, quizá veinte. El tiempo se vuelve borroso.
Por fin, consigo estabilizar la hemorragia. El muchacho sigue vivo… Por ahora.
Termino la intervención, cierro y compruebo sus constantes. Débil, pero estable.
Me dejo caer en una silla y, cuando levanto la vista, veo tres hombres instalando un enorme arcón refrigerador contra la pared de la izquierda. Cuando la conectan al generador exterior, el aparato empieza a zumbar.
Me levanto y me dirijo hacia allí. Abro la tapa y el aire frío me golpea la cara. Parece limpio.
—Bien.
Empiezo a colocar las bolsas de sangre dentro.
—Si falla el generador lo perderemos todo —digo sin levantar la vista.
Malik se encoge de hombros.
—Entonces, tendremos que volveremos a donar.
Levanto la cabeza y lo miro unos segundos. No parece estar bromeando.
Cierro la nevera y vuelvo junto a la camilla. A través de la ventana compruebo que es noche cerrada. Ni siquiera sé qué hora es.
Uno a uno, los hombres van saliendo de la cabaña, hasta que solo quedan dos vigilándome.
Y Adrien Kader, por supuesto. Los ignoro y me centro en el joven herido, que sigue respirando con dificultad.
Estoy agotada. Esta mañana me he levantado temprano y he trabajado varias horas antes de que comenzara el tiroteo.
Luego me han secuestrado y obligado a atender a no sé cuántas personas en esta cabaña maltrecha e inadecuada.
He realizado cuatro intervenciones delicadas, he sacado sangre a tantos hombres que he perdido la cuenta, le he pegado al jefe de los mercenarios y siento sus armas apuntándome en todo momento.
Me fallan las piernas, noto la cabeza embotada y me pesan los brazos. Y, aún así, decido quedarme.
Vuelvo a sentarme en la silla, apoyo la espalda contra la pared y cierro los ojos un momento. El cansancio me cae encima como una losa.
No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando vuelvo a abrir los ojos, veo que a través de la ventana entra una la luz grisácea. Está amaneciendo.
Me levanto de un salto y me acerco a la camilla.
El joven sigue vivo. Compruebo su respiración, más tranquila, y el pulso, débil pero estable.
Estoy comprobando la herida cuando un escalofrío me recorre el cuerpo. Siento una mirada sobre mí.
Levanto la cabeza y veo a Adrien Kader, que sigue en el mismo rincón de la habitación, de pie y despierto. Es como si no se hubiera movido en toda la noche.
—¿No duerme? —le pregunto. Tengo la boca pastosa.
—A veces.
Me dirijo hacia el fregadero del fondo para lavarme las manos y me las seco con una toalla que ha pasado por infinidad de lavabos pero que, al menos, parece limpia.
—¿Teme que escape? —continúo.
Su boca se curva apenas.
—No.
—¿Cómo puede estar tan seguro? —le lanzo, retadora—. Al fin y al cabo, la obligación de cualquier rehén es intentar escapar.
Él inclina ligeramente la cabeza hacia la ventana antes de volver a mirarme con una sonrisa más amplia.
—No hay ningún sitio al que ir.
La luz es ahora más clara, y a través de la ventana veo el desierto extendiéndose hasta el horizonte.
Kilómetros y kilómetros de arena, roca y silencio. Sin carreteras, sin pueblos. Sin nada.
Sé que no miente.
Lo entiendo con una claridad brutal.
Estoy atrapada.