Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 4
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Adrien

Mis hombres trasladan a Fabien, el herido de bala, al fondo de la cabaña que estamos utilizando como hospital.

Soy consciente de que las condiciones son bastante malas, pero es lo mejor que hemos podido encontrar y habilitar en tan poco tiempo.

La han limpiado y encalado mientras estábamos fuera y aún huele a yeso y a pintura, y han extendido un linóleo que imita las láminas de madera en la zona que la doctora está utilizando como quirófano.

Es más fácil de limpiar. Unas sábanas colgadas del techo delimitan las «habitaciones» de los heridos y el área de trabajo, y hemos instalado un generador y dos focos capaces de convertir la noche en día.

Tendrá que servir.

En cuanto Fabien está instalado, y mientras la doctora le inspecciona la pierna a Moha, les hago una seña a mis hombres para que traigan a los demás.

Diez minutos después, la parte delantera de la cabaña se llena de enfermos y heridos.

Vaillant deja de hacer lo que estaba haciendo y mira hacia todas esas personas con los ojos y la boca muy abiertos.

Hay heridos en combate, sí, pero también lugareños y algunos trabajadores que han tenido un accidente, están enfermos o han sufrido la picadura de un reptil o un insecto, como Farad, que tiene la piel cubierta de granos y no deja de arrascarse todo el cuerpo.

—Por el amor de Dios —exclama—, ¿qué pretende que haga con toda esa gente? —me pregunta.

—Que cumpla su juramento —respondo.

—No puede amenazarme con Hipócrates —bufa ella.

Sin decir una palabra, me llevo la mano a la cartuchera, saco la pistola y la sostengo pegada a la pierna. No apunto hacia ella, no hace falta.

—De acuerdo —digo después—, pasaremos de Hipócrates. Quizá mi amigo Fedor Tokarev resulte más convincente.

La veo bajar la vista hasta mi pistola rusa y volver a subirla hasta mi cara. Su expresión es indescifrable.

—Tarde o temprano lo va a hacer —dice muy tranquila—. Va a matarme —añade—, así que hágalo ya y busque alguien que le tenga miedo.

No me lo puedo creer… ¿De qué pasta está hecha esta mujer?

Guardo la pistola en su funda y me acerco un paso a ella.

—De acuerdo, sin amenazas —le digo. Me giro hacia la sala exterior y señalo a todos los que esperan allí de pie, cansados y doloridos—. Ellos son inocentes —le explico—, ni siquiera son militares.

—Usted tampoco es un militar —me corta—, no es más que un mercenario.

Ufff… Está empezando a sacarme de mis casillas.

Respiro hondo y continúo.

—La mayoría no han cogido un arma en toda su vida, son pastores, albañiles, gente sencilla que se ha refugiado aquí mientras dura la guerra. Pero están enfermos, heridos, y necesitan ayuda. Y usted está aquí —añado.

—¡Porque me ha secuestrado! —grita—. ¿Qué pretende? ¿Qué los cure a cambio de mi vida? ¿Y qué hará cuando no queden enfermos, eh? Dígame, ¿qué hará?

—Podrá irse —respondo.

Ella está a punto de replicar, pero se calla cuando escucha mi respuesta.

—No le creo —dice, mirándome furiosa.

—Se lo prometo —insisto.

Ella se ríe un segundo.

—¿Cuánto vale la palabra de un mercenario? —me lanza a continuación.

Levanto la barbilla y la miro directamente a los ojos. Son tan verdes que parecen refulgir como las esmeraldas.

—No sé cuánto vale la palabra de otros —le digo—, pero yo jamás he faltado a una promesa. Si le digo que cuando no haya enfermos podrá irse, así será.

Por una vez, la capitana Vaillant no contesta. En vez de eso, me da la espalda y se dirige a la zona en la que los enfermos esperan.

Yo me quedo donde estoy, al fondo de la cabaña. Desde aquí puedo verla. Habla con la gente, los toca, los ausculta, les mueve los brazos y las piernas, incluso sonríe un par de veces.

Nora Vaillant trabaja como si hubiera olvidado completamente dónde está.

O quizá no lo ha olvidado. Quizá, simplemente no le importa.

Va de una persona a otra con movimientos rápidos, seguros, y organiza una fila de personas que se colocan donde ella les ordena sin dudar ni un instante.

Cuando los ha examinado a todos, vuelve a entrar y se dirige a Malik, que la ha seguido todo el tiempo para hacerle de intérprete.

—Quiero dos camillas aquí mismo, y una mesa con gasas estériles e instrumental perfectamente limpio. Necesito analgésicos, antibióticos, corticoides y suero, hay un hombre deshidratado. Agujas, sondas y catéteres, ¿entendido?

Malik me mira, yo asiento y él echa a correr. Por el camino recluta a otros dos de mis hombres y en menos de diez minutos, la doctora Vaillant tiene montada su consulta.

—Que pase el primero —ordena. Malik corre hasta la fila y vuelve con un hombre con una fuerte cojera. Es Abdul, y hace dos días que se cayó de un andamio mientras intentaba reparar el tejado de una de las cabañas.

Los atiende a todos poco a poco, con paciencia, esperando a que Malik le traduzca lo que le cuentan. Cuando necesita algo, no lo pide dos veces.

—Luz aquí.

—Alcohol.

—Sujétenlo.

No levanta la voz, pero todos obedecen. Es interesante observar cómo mis hombres reaccionan a ella. Soldados que hace cuatro horas estaban disparando contra un campamento militar, ahora esperan en silencio a que una prisionera les diga qué tienen que hacer.

Rafael le acerca una bandeja con instrumental. Ella ni siquiera lo mira, sigue concentrada en el abdomen de un joven que se retuerce de dolor.

—No habrán robado por casualidad una máquina de Rayos X, ¿verdad? —me pregunta.

—Se le olvidó apuntarla en el pedido —respondo en el mismo tono.

—Creo que es apendicitis —dice después, de nuevo concentrada en el joven—, pero no quisiera abrirle sin estar segura.

—Va a tener que fiarse de su intuición, doctora.

Se levanta y le pide a Malik que la acompañe hasta donde esperan los que todavía no han sido atendidos. Señala a unos cuantos, que se colocan juntos a un lado, y el resto se queda donde está.

—Los de este lado pueden aguantar con analgésicos —le dice a Malik—.

Dos tienen dolor de muelas y esos otros, claros síntomas de una lesión muscular.

Que les den tres pastillas a cada uno y que vuelvan mañana.

Los de ahí —dice después, señalando al resto—, tendrán que aguantar como están.

Que beban agua y que traten de descansar, ¿de acuerdo?

Malik traduce y todos asienten agradecidos mientras Rafael reparte los analgésicos prescritos. Ella vuelve junto a su paciente y se coloca a su lado.

—De acuerdo, muchacho —le dice con una sonrisa que apenas dura medio segundo—. Vamos a extirpar ese apéndice. Es mucho más fácil que sacar una bala del abdomen, así que no te preocupes.

El chico la mira sin entender ni una palabra, pero sonríe agradecido.

— Anti malākun —oigo que le dice.

Malik no está cerca, así que ella no tiene forma de saber qué ha dicho.

—Dice que es usted un ángel —le traduzco.

La veo sonreír sin mirarme.

—Eso es porque no me conoce —dice en voz baja.

—Sin duda —coincido.

No sé si no me ha oído o me está ignorando, pero la doctora se aparta del paciente y se prepara para la intervención mientras le indica a Malik lo que tiene que hacer.

En pocos minutos, el chico está dormido y ella está lista para abrir el segundo abdomen del día.

Trabaja rápido, no duda ni un segundo y sus manos vuelan sobre el muchacho antes de colarse en su interior. Poco después, un colgajo sanguinolento descansa en la bandeja que Rafael sostiene con gesto de estar conteniendo una arcada.

Cuando termina la sutura, se limpia las manos y me mira, pero no hay tiempo para decir nada.

—¡Le han dado a Wolf! —grita Boris desde la puerta.

Dos de mis hombres corren hacia allí mientras sostienen a Wolf, que sangra profusamente del muslo. La sangre se acumula a sus pies cuando se detienen.

—¿Nadie os ha enseñado a hacer un torniquete? —grita la doctora mientras corre hacia él. Mete un puñado de gasas en la herida y le ordena a Rafael que presione. Él obedece, aunque está cada vez más pálido.

—¡Traedlo aquí! —pide después.

Cuando Wolf está tumbado, ella se mueve como un rayo a su alrededor. Corta el pantalón, quita las gasas y blasfema cuando comprueba que la herida sigue sangrando.

—Si le han dado en la arteria no podré hacer nada —murmura.

La observo con atención.

Se inclina sobre Wolf, que respira con dificultad.

—Esto va a doler —dice.

Wolf sacude la cabeza arriba y abajo.

—He tenido días peores —responde.

Introduce las pinzas en la herida y Wolf aprieta los dientes.

Vaillant extrae una bala y la deja caer en una bandeja metálica. Luego, mete los dedos en el boquete del muslo y comienza a suturar. Tarda una eternidad en cerrar la herida. Cuando termina, la veo coger las pinzas, que siguen bloqueando la hemorragia, y respirar hondo antes de retirarlas.

—¡Bien! —exclama cuando comprueba que la sutura funciona y la hemorragia se ha detenido—. Bien, bien —repite en voz más baja.

En ese momento, levanta la vista y nuestros ojos se encuentran.

La mirada que me dedica es puro odio.

La sostengo unos segundos, y luego vuelvo a observar la habitación.

Es entonces cuando ocurre.

Uno de mis hombres se acerca a ella con una botella de yodo y se inclina ligeramente sobre la camilla en la que está Wolf. Está muy cerca de ella, demasiado. Y se está confiando…

Vaillant se mueve con rapidez y todo sucede en un segundo.

Su mano vuela hacia la cintura del soldado. Cuando vuelve a levantarse, tiene la pistola en la mano y el cañón apunta directamente a mi cabeza.

La calma estalla en mil pedazos. Las armas salen de sus fundas y se escuchan los clics metálicos de las pistolas de mis hombres, que apuntan a la doctora desde todos los ángulos.

Algunos gritan órdenes.

—¡Suéltala!

—¡Al suelo!

—¡Capitana, no lo haga!

Ella no escucha.

No aparta los ojos de mí.

La pistola está perfectamente alineada con mi frente, la sostiene con pulso firme. No tiembla.

Interesante.

Muy interesante.

Me enderezo lentamente, echo los hombros hacia atrás y levanto la cabeza.

—Bajad las armas —ordeno con calma.

Nadie me obedece. Es comprensible, hay una rehén apuntando a su comandante.

Empiezo a caminar hacia ella.

—¡Deténgase! —grita al instante.

Por supuesto, no lo hago.

—Voy a disparar.

Doy otro paso.

El cañón sigue mi movimiento con precisión.

—No —digo simplemente, con voz tranquila—. No lo hará.

Sus ojos se estrechan.

—¿Quiere probar?

Doy otro paso.

Ahora estamos a menos de tres metros. Puedo oír su respiración.

—Primero —sigo—, porque morirá antes de que su dedo termine de apretar el gatillo.

Se oyen los seguros de varias armas desactivándose en todo el recinto.

Ella lo sabe, lo ve, pero no baja la pistola.

—Y segundo —añado— porque es capaz de hacerlo.

Una sombra de rabia cruza su cara.

—He disparado esta tarde —me recuerda entre dientes.

—Sí —reconozco, e inclino ligeramente la cabeza—, pero nunca ha disparado a alguien indefenso, ¿me equivoco? —Ella no responde. Sus dedos siguen firmes alrededor del arma—. Usted salva vidas —continúo—. No las quita.

—Estoy salvando la mía.

La miro fijamente y frunzo el ceño.

—Su vida no corre peligro.

Eso la desconcierta un segundo, solo uno, pero aprovecho ese momento para dar el último paso.

Ahora estamos frente a frente.

Puedo ver el polvo en su uniforme, la sangre seca en sus mangas, la tensión en su mandíbula.

Extiendo la mano despacio, pero sin dudar ni dejar de mirarla.

—Deme la pistola.

El silencio en la habitación es absoluto. Todos esperan, y durante un segundo, pienso que va a hacerlo, que va a disparar.

Pero entonces, su expresión cambia.

Algo se enfría detrás de sus ojos.

Baja poco a poco el arma y, cuando llega a la altura de la mano, abro la palma y la cojo.

Pero en el mismo instante en que la agarro, la doctora se mueve.

Es rápida, más de lo que esperaba.

Da un paso hacia mí y su puño se estrella contra mi cara.

El golpe es brutal.

Mi cabeza se gira con la fuerza del impacto y la boca se me llena de sabor a sangre.

A nuestro alrededor estalla el caos. Mis hombres gritan y vuelven a apuntarle con sus armas. Alguien intenta agarrarla, pero yo levanto una mano al instante.

—¡Que nadie la toque! —ordeno.

Lentamente, vuelvo a girar la cabeza hacia ella.

Nora Vaillant está frente a mí, respirando con fuerza. Sus ojos siguen llenos de un odio que no se molesta en disimular.

Me paso la lengua por el interior del labio. La sangre tiene un sabor metálico.

Durante un segundo, no digo nada.

Luego, muy despacio… sonrío.