3
Nora
No esperaba esto, no esperaba que me trajeran aquí para… esto. Miro a los dos hombres que han colocado en esa especie de camillas y los evalúo rápidamente.
El primer herido está consciente, y veo que tiene la pierna atravesada por una bala. El segundo está inconsciente. Tiene el abdomen empapado en sangre y respira con dificultad.
Durante un segundo me quedo inmóvil. Luego, miro a Kader y me encuentro con sus ojos de acero, que me miran como si pudiera atravesar mi cabeza y leer lo que estoy pensando.
—¿Qué significa esto? —le pregunto.
—Significa que ahora trabaja para mí.
La frase tarda un segundo en calar en mi mente.
Luego me echo a reír. No puedo evitarlo.
—No —replico sin más.
El mercenario no se mueve.
—Sí —afirma. Su voz es tan grave que reverbera en mi estómago.
—Soy oficial del ejército francés.
—Era.
Siento cómo la rabia sube por mi pecho.
—No voy a ayudarles.
Él señala al primer herido.
—Morirá en menos de una hora.
Miro al hombre una vez más. La herida es grave, muy grave, y me da la sensación de que su respiración se ha ralentizado desde que llegó.
Vuelvo a mirar a Kader.
—No me importa —miento.
Él sonríe porque sabe que miento. Inclina levemente la cabeza y da un paso hacia mí. Su corpulencia es imponente, sé que puede aplastarme con un solo golpe y que lo haría de no necesitarme. Aún así, me esfuerzo para que no se note el miedo que se está apoderando de mi cuerpo.
—Usted es médica —dice, lacónico—. Hizo un juramento.
No dice nada más. Simplemente, se queda ahí de pie, mirándome fijamente y esperando una respuesta. No. Esperando «la» respuesta, porque sé que solo va a aceptar una.
Durante un instante, odio ese juramento con toda mi alma.
Odio lo que significa, y odio que lo utilice contra mí como acaba de hacer.
Aprieto los puños y cierro los ojos un segundo. Cuando los abro, sigo odiándolo, a él y al juramento, pero el hombre de la camilla continúa sangrando y su respiración se ha complicado aún más.
—Necesito que me suelten las manos —digo por fin.
Kader mira a uno de sus hombres, el que está más cerca de mí, y le hace un simple gesto. Al instante, el tipo se inclina sobre mí y me libera.
Necesito un momento para reactivar la circulación de mis manos, así que las muevo y las froto con fuerza mientras me acerco al herido.
La médico que hay en mí toma el control y comienzo a trabajar. Kader tenía razón en una cosa: si no actúo rápido, este hombre morirá en menos de una hora.
—Luz —pido.
Las lámparas se encienden y alguien arranca las telas que cubren las pequeñas ventanas.
Examino la herida con rapidez. Agujero de bala en el costado. Veo el orificio de entrada, pero no el de salida. El proyectil sigue dentro. Probable hemorragia interna.
Maldita sea.
—Necesito anestesia, pinzas, tijeras, un bisturí, hilo quirúrgico…
Los hombres de Kader se afanan en reunir todo lo que les he pedido. Intento no mirar el embalaje del que lo sacan, robado de nuestros suministros.
—Hay que esterilizar todo eso —digo, y señalo lo que traen en las manos, unas manos con mugre de varios días—. Si lo opero con eso, lo matará una infección.
—No tenemos… —empieza uno de ellos.
—¿Tienen un microondas? —Miro cómo Kader asiente—. Busque un recipiente limpio y rocíenlo de alcohol. Luego, metan el instrumental, cúbranlo de agua y dejen que hierva unos minutos. Después, no lo toquen, tráiganlo aquí y yo me ocupo.
Mientras espero el material, cojo unas gasas, las empapo en yodo y comienzo a limpiar la herida, que sigue sangrando. Luego saco una jeringuilla del envase estéril y la lleno de anestésico. El hombre sigue inconsciente, pero es mejor asegurarse.
Levanto la vista un momento y veo que Adrien Kader sigue apoyado contra la pared, observándome. Nuestros ojos se encuentran, y le dedico la mirada más fría que soy capaz de reunir. El tipo de mirada que reservaría para un asesino.
Porque eso es exactamente lo que es.
—No piense que esto cambia nada —le digo en voz baja—. Sigo siendo su prisionera, no trabajo para usted.
Su expresión no cambia.
—Lo sé —dice.
Aprieto el hilo quirúrgico entre los dedos.
—Y yo sé que cuando deje de ser útil, me matarán.
El silencio dura un segundo.
Dos.
Tres.
Kader no aparta la mirada.
—Eso —dice finalmente— aún no lo hemos decidido.
Desde luego, la respuesta no me tranquiliza. En todo caso, hace que sienta aún más rabia.
Dos hombres llegan con el recipiente en el que han hervido el instrumental y lo dejan sobre una precaria mesita que hay entre la dos camillas ocupadas.
Me cambio los guantes y meto la mano en el agua caliente.
Siento la piel arder a través del vinilo, pero no hay tiempo para quejas.
Lanzo un generoso chorro de antiséptico sobre el bisturí que he sacado y me coloco sobre la herida.
—Haced lo mismo con el resto de los instrumentos —ordena Kader.
—Con las manos limpias y guantes, si no, prefiero que no se acerquen —replico.
Estoy sobre el herido, con el bisturí en la mano, esperando una respuesta. Si alguien mete la mano en ese recipiente y lo contamina, lo echará todo a perder. Kader mira a sus hombres y luego vuelve a mí.
—No os acerquéis —decide por fin—. Lo siento, doctora.
No respondo, no tengo nada que decir. Bajo la vista y me concentro en la herida.
Busco la bala, la extraigo y la examino.
Está entera, así que no tengo que hurgar en busca de fragmentos.
Limpio, cauterizo, uno y coso, siempre con un ojo puesto en el pecho del paciente para controlar su respiración y el otro en los hombres que me rodean.
Tardo dos horas en terminar, y en todo ese tiempo, Kader no se mueve de donde está, junto a la pared. Siento su mirada sobre mí, juraría que ni siquiera pestañea.
Cuando por fin termino, me quito los guantes y los dejo caer al suelo. Luego, levanto la vista y clavo la mirada en él.
—¿Va a matarme ya? —le pregunto.
Él sonríe de medio lado. Vaya, parece que todo esto le resulta divertido.
—Todavía no —responde—. Me temo que tiene más trabajo.