Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 2
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Adrien

El combate ha terminado hace diez minutos.

El campamento francés todavía huele a pólvora cuando doy la orden de retirada.

Mis hombres se mueven con la rapidez silenciosa de quienes llevan media vida haciendo este tipo de trabajo.

Cada movimiento tiene un objetivo, todo está medido y calculado, no estamos como para perder energía en nada que no sea útil.

—Dos minutos —dice Malik mientras revisa el perímetro por última vez.

Asiento.

El objetivo está asegurado. Miro hacia el vehículo donde la han metido.

Nora Vaillant, la médica.

Está sentada en la parte trasera de uno de los todoterrenos, amordazada, con las manos atadas a la espalda y una caperuza oscura sobre la cabeza. La lona trasera se mueve con el viento cálido del desierto y levanta pequeñas nubes de polvo que se pegan a su uniforme.

No está llorando y no ha suplicado en ningún momento.

—Quitadle la capucha —ordeno un minuto después—. No hace falta.

Uno de mis hombres cumple mis instrucciones al instante y me encuentro con la mirada de la doctora Vaillant.

Es evidente que me odia.

Apoyo el antebrazo sobre la puerta del vehículo y la observo durante unos segundos.

Tiene los ojos claros. Verde oscuro, tal vez. Difícil distinguir el color exacto bajo la luz moribunda del atardecer.

Hay muchas formas de reaccionar cuando alguien pierde el control de su vida en cuestión de minutos. Las he visto todas.

Está el pánico, la súplica, incluso la rabia histérica.

Ella no muestra ninguna, solo esa mirada dura que no se aparta de mí.

Interesante.

—¿Está limpia? —pregunto sin apartar la vista.

—Sí —responde Wolf desde detrás—. Nada de armas ni dispositivos de comunicación.

Asiento y la puerta se cierra de golpe.

—Nos vamos.

Los todoterreno arrancan uno a uno y

El convoy abandona el campamento en silencio, levantando una nube larga de polvo rojizo que el viento empieza a borrar casi de inmediato.

El Sahel es así.

Todo lo que ocurre aquí, desaparece con rapidez.

La noche cae mientras avanzamos. El desierto se vuelve negro y vasto alrededor de los faros de los vehículos. La carretera no es más que una pista irregular entre dunas bajas y arbustos secos. Ibrahim conduce el primer todoterreno con la seguridad de quien conoce cada curva invisible del terreno.

Yo voy detrás. Veo a Nora Vaillant a través del retrovisor. Sigue mirándome, y ni siquiera intenta esconder el desprecio que siente por mí, por todos nosotros.

Al cabo de unos minutos inclina ligeramente la cabeza e intenta librarse de la mordaza, sin conseguirlo.

Malik se da la vuelta desde el asiento delantero.

—Tranquila, doctora.

Ella no responde, se limita a seguir mirándome.

Durante un instante, sostengo esa mirada en el espejo.

Hay sangre seca en su uniforme.

Sé que no es suya, mis hombres me han asegurado que no está herida.

Eso también es interesante.

La mayoría de los médicos se derrumban después de un ataque así, pero ella no. Me pregunto cuántas veces ha estado bajo el fuego, cuántas veces ha disparado y le han disparado.

La admiración dura apenas un segundo. Luego, desaparece. No sirve de nada admirar a la gente que secuestras.

Seguimos avanzando durante más de una hora.

La luna aparece sobre el horizonte, enorme y pálida, iluminando el desierto con una luz lechosa que convierte la arena en un océano inmóvil.

Finalmente, Ibrahim gira hacia una pista casi invisible entre dos elevaciones del terreno. Nuestro campamento aparece unos minutos después.

No es un campamento en el sentido tradicional, en realidad son varias construcciones de barro y adobe dispersas alrededor de un pequeño patio central, restos de un antiguo asentamiento que nadie reclamó cuando la guerra empezó a desplazarse hacia el norte.

Las casas son bajas, de paredes gruesas, con techos planos y pequeñas ventanas cuadradas. Construcciones típicas del Sahel, diseñadas para soportar el calor y el viento.

Nosotros las hemos reforzado lo suficiente como para mantener a un grupo armado fuera del radar de la mayoría de los drones y poder defendernos en caso de que nos ataquen, algo sumamente improbable, ya que allí somos prácticamente invisibles.

Nadie sería capaz de encontrarnos en los más de seis mil kilómetros cuadrados que ocupa el Sahel.

Ocho países, decenas de tribus y lenguas, y una de las zonas más conflictivas del mundo.

Aquí, somos invisibles, uno más de los cientos de grupos armados que operan en la zona.

Los vehículos se detienen uno a uno y mis hombres saltan al suelo.

—Dentro —ordeno.

La puerta trasera del todoterreno se abre, dos hombres agarran a la doctora y la obligan a bajar.

Ella no opone resistencia, pero su postura sigue siendo rígida, desafiante. Camina entre mis hombres con las manos atadas detrás de la espalda, la espalda erguida y la cabeza levantada.

El polvo se levanta bajo sus botas mientras cruzamos el patio.

Los hombres que no han salido en la operación nos observan desde la sombra de una de las casas. Uno de ellos suelta una risa corta.

—La médica —dice después.

No respondo, es evidente que lo es. Ella era el objetivo y siempre logramos lo que nos proponemos.

La llevamos hasta una de las construcciones laterales. Dentro hace fresco, las paredes de adobe mantienen el calor fuera y el aire huele a polvo y madera vieja.

Malik arrastra una silla de madera hasta el centro de la habitación y los dos hombres que la sujetan, la obligan ahora a sentarse.

Wolf le quita la mordaza y ella respira hondo durante un segundo. Luego levanta la cabeza y me mira directamente.

—¿Quiénes son ustedes? —pregunta con voz firme, sin rastro de temblor.

Le acerco una cantimplora a la boca.

—Beba.

—No.

Malik se ríe.

—Es agua, doctora. No veneno.

Nora me observa unos segundos más.

Luego inclina la cabeza y bebe.

—Bien —digo cuando termina, y guardo la cantimplora. Luego, me giro hacia la puerta—. Traedlos —ordeno.

Un par de minutos después, cuatro hombres entran cargando dos camillas ocupadas por dos de los nuestros.

El primero está consciente. El segundo, no.

Pasan por delante de la doctora y los depositan sobre dos camas que hemos colocado en la habitación contigua.

El olor a sangre llena el espacio de inmediato.

Nora gira la cabeza y veo cómo sus ojos analizan la situación con rapidez automática.

Reconozco esa mirada. Es la de alguien que ya está evaluando los daños antes incluso de decidir si quiere ayudar.

—¿Qué les ha pasado? —pregunta.

—Lo mismo que a su gente —respondo.

Me acerco un paso más.

Ella levanta la barbilla.

Todavía tiene las manos atadas.

—Escúcheme bien, capitana Vaillant. —El silencio en la habitación se vuelve pesado—. Su misión ha terminado esta noche.

Nora frunce ligeramente el ceño.

—¿Qué quiere decir? ¿No piensa devolverme…?

Señalo a los hombres heridos.

—Ahora trabaja para mí.

Durante un segundo, no dice nada. Luego suelta una risa breve, incrédula.

—No.

Me quedo mirándola.

—Sí.

—Soy oficial del ejército francés.

—Era —remarco.

Sus ojos se endurecen y aprieta la mandíbula.

—No voy a ayudarles —afirma entre dientes.

La observo un momento y luego hago un gesto hacia el primer herido.

El hombre respira con dificultad y la sangre empapa el vendaje improvisado de su abdomen.

—Si no lo opera ahora —digo con calma— morirá pronto.

Nora mira al hombre y luego me mira a mí.

—No trabajo para criminales —escupe.

—No tiene que hacerlo. —Señalo de nuevo al herido—. Solo tiene que salvarle la vida. Hizo un juramento, ¿no?

El silencio vuelve a llenar la habitación. Los segundos pasan, nadie se mueve y apenas respiramos hasta que, finalmente, Nora cierra los ojos un instante.

Cuando vuelve a abrirlos, la decisión ya está tomada.

—Necesito que me suelten las manos.

Malik me mira.

Espero un segundo y luego asiento. Malik se inclina sobre ella y la libera.

La doctora Vaillant se levanta inmediatamente y durante un segundo se frota las muñecas con fuerza. Después se gira hacia el primero de los heridos.

El cambio en ella es instantáneo. La prisionera desaparece y la doctora se hace cargo de la situación.

—Necesito luz —pide. La determinación en su voz hace que mis hombres corran a acatar su orden.

Las lámparas se encienden y ella se inclina sobre el herido, aparta el vendaje y examina la herida con movimientos rápidos.

Sus dedos se cubren de sangre en cuestión de segundos. Me hipnotizan sus movimientos, no puedo moverme mientras la observo trabajar.

No duda ni un instante, todo en ella es fortaleza y decisión.

Lástima que…

Sacudo la cabeza para huir de los pensamientos intrusivos y la vigilo mientras trabaja. No puedo olvidar que, además de médica, es una militar francesa.

—Necesito hilo quirúrgico, alcohol y algo que pueda usar como anestesia —pide por fin.

Malik le acerca el material y ella lo estudia un largo momento. Luego, me mira con los ojos encendidos de furia.

—Este material nos pertenece —afirma—, hace semanas que debería haber llegado al campamento.

—Y ha llegado —respondo con media sonrisa—, a nuestro campamento.

Veo la tensión de sus hombros y yo me apoyo contra la pared.

Coge lo que le ofrece Malik y se inclina de nuevo sobre el herido.

La noche avanza sobre el desierto mientras ella cose la herida de uno de mis hombres.

Sé que Nora Vaillant se va a convertir pronto en un problema que va a exigir una solución drástica, pero mientras llega ese momento, me ocuparé de que mantenga a mis hombres en perfecto estado.

Después… Bien, después, ya veremos.