Territorio enemigo (Saga Blackbird 5)
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1
Nora
El hospital de campaña nunca está realmente en silencio.
Incluso en los momentos más tranquilos, cuando el viento del desierto se cuela entre las lonas y el sol empieza a caer sobre la arena rojiza del Sahel, siempre hay algo que suena dentro de estas paredes improvisadas: el murmullo de una radio, el chirrido de una camilla o la respiración irregular de alguien que lucha por seguir viviendo.
Hoy, además, huele a sangre.
Me quito los guantes con un gesto rápido y los dejo caer en el contenedor metálico. El sudor me corre por la nuca y se me pega el cuello del uniforme a la piel. El calor aquí dentro es una presencia constante, pesada, como si el aire tuviera peso y pudiera aplastarte.
—Siguiente —digo.
El soldado que se acerca cojea ligeramente.
Alguien le ha puesto una venda improvisada alrededor del antebrazo, y veo por su gesto que le duele y que lleva mucho tiempo despierto.
El joven y yo somos viejos conocidos, no es la primera vez que lo traen al hospital desde que me destinaron aquí, hace ya dos largos meses.
—Capitaine Vaillant —murmura el soldado con una media sonrisa cansada—. Prometo que esta vez no es nada grave.
Levanto una ceja mientras retiro el vendaje y le examino la herida.
—Eso lo decidiré yo —respondo, pero acto seguido lo miro y le dedico una sonrisa. Es lo menos que puedo hacer, esta gente se está jugando la vida ahí fuera.
Vuelvo a sonreír cuando compruebo que no me ha mucho hombresmentido. El corte es limpio, superficial. Supongo que le habrá alcanzado una esquirla perdida en una de las escaramuzas de esta mañana. Otra más en la lista, tantas que ya he dejado de contar.
Al otro lado de la tienda, Salima organiza el instrumental quirúrgico mientras Ahmed, nuestro intérprete, habla en voz baja con una mujer de la aldea cercana que sostiene a un niño febril entre los brazos.
Fuera, el sol empieza a hundirse lentamente en el horizonte.
Durante unos segundos todo parece casi normal.
Demasiado normal.
Termino el vendaje y le doy una palmada al soldado en el hombro.
—Puedes volver a tu unidad. Mantén la herida seca, no cojas peso en un par de días y vuelve si te duele o si tienes fiebre, ¿de acuerdo? Y no quiero verte más por aquí —añado con gesto enfadado, aunque él sabe que estoy bromeando y me regala una sonrisa radiante.
—Sí, mi capitana.
—Ve directo a tu tienda y duerme, es una orden —añado.
Él se cuadra y se marcha arrastrando los pies. Me levanto de la incómoda banqueta en la que hago las curas y me permito un instante para estirar la espalda.
Llevo quince horas trabajando, tal vez más, pero no puedo estar segura.
La guerra tiene esa forma de borrar las horas.
—Capitana —oigo de nuevo, pero la voz no es la del soldado que acabo de atender.
Levanto la vista y veo a Ferrer, uno de los oficiales de seguridad del destacamento.
Tiene la camisa empapada de sudor y el gesto tenso.
Supongo que yo tendré un aspecto muy parecido al suyo, pero, por suerte, no hay espejos en el consultorio.
Salgo cada mañana de mi tienda con el uniforme limpio y el pelo recogido en una coleta, y cuando regreso, la ropa es del color del polvo del desierto, igual que mi piel e incluso mi pelo.
—El convoy con los suministros llegará con retraso —anuncia—. No han sabido decirnos cuándo podremos contar con él —añade cabizbajo. Él, como todos en el centro médico del destacamento, sabemos lo que eso significa.
Respiro despacio.
—Qué sorpresa —suspiro.
—El mando quiere que prioricemos los recursos —continúa Ferrer muy serio.
Priorizar.
Una forma elegante de decir que tenemos que elegir quién vive y a quién dejamos a su suerte.
Cierro la carpeta médica con un golpe seco.
—Ya lo estamos haciendo —digo—. Los suministros deberían haber llegado la semana pasada, llevamos días tirando de las reservas y racaneando cada gota de anestesia, de analgésicos y de antibióticos, pero no son eternas.
Traslade al mando que nos queda material para un par de días, tres a lo sumo, y que después, volveremos al siglo XVIII y tendremos que operar dándoles whisky y poniéndoles un palo entre los dientes.
Ferrer asiente, se cuadra y sale de la tienda.
Durante un momento, el hospital vuelve a sumergirse en su habitual rutina nerviosa: pasos apresurados, el roce de las telas, el tintineo del instrumental, conversaciones en voz baja y algún que otro gemido de dolor. Estamos de suerte, estos días no tenemos demasiados pacientes.
En ese momento, oigo los primeros disparos.
Levanto la cabeza y todo mi cuerpo se tensa. El sonido llega desde el extremo del campamento, ráfagas de disparos secos, rápidos. Fusiles de asalto.
Todo el mundo dentro de la tienda lo ha oído. Varios de los soldados heridos se han incorporado en la cama e incluso alguno está intentando levantarse. El personal sanitario no se lo impide. Todos somos militares.
Hay un momento de silencio durante el que nadie se mueve todavía.
—Quizá haya sido un disparo accidental —sugiere alguien desde una de las camas—. A veces ocurre, la gente está nerviosa…
Pero entonces llega la segunda ráfaga, y muchas más a continuación.
Suena muy cerca.
—¿Capitana? —dice Salima.
No tengo tiempo de responder.
Afuera estalla el caos. Gritos, más disparos, órdenes.
Los soldados heridos ya están en pie y avanzan como pueden hacia las taquillas en las que guardamos su ropa.
Solo un par permanecen tumbados porque no pueden moverse, no porque no lo intenten.
Los veo apretar los dientes y dejarse caer después sobre la almohada, rendidos a la evidencia.
El tableteo brutal de armas automáticas rompe el aire.
—¡Contacto enemigo! —grita alguien desde fuera—. ¡A cubierto!
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.
—Apaguen las luces —ordeno.
Salima corre hacia el generador auxiliar, pero es demasiado tarde.
Una explosión seca sacude el campamento y el generador principal muere con un rugido metálico. Al instante, la tienda hospital queda sumida en una penumbra rojiza.
Los disparos se multiplican y suenan cada vez más cerca. No son disparos desordenados, están lanzando ráfagas cortas, precisas.
—Son profesionales —digo para mí misma—. Mierda… ¡Al suelo! —grito al instante
La mujer de la aldea se agacha y cubre al niño con su cuerpo. Lo oigo llorar, pero no puedo hacer nada. Ahmed se deja caer detrás de una mesa mientras yo corro hacia el armario metálico del fondo. Cuando llego, lo abro de un tirón.
El fusil está donde siempre.
Soy médica, pero también soy capitana del ejército francés.
Cargo el arma mientras el corazón empieza a golpearme las costillas con fuerza. Saco también el chaleco antibalas, me quito la bata lo más rápido que puedo y me lo pongo. Estoy lista.
El ruido afuera es ensordecedor.
Distingo el sonido de las granadas aturdidoras entre las ráfagas de fusil. El campamento entero parece sacudirse bajo los impactos.
Me acerco a la entrada de la tienda y aparto ligeramente la lona.
La escena exterior es un infierno.
Los focos del perímetro están apagados y veo sombras que se mueven entre los vehículos.
Nuestros soldados intentan reorganizar la defensa mientras las balas levantan nubes de polvo a su alrededor, pero los atacantes los mantienen a raya.
Veo a unos cuantos avanzar en formación, como si supieran exactamente dónde están todas las posiciones y se dirigieran directamente hacia su objetivo.
Un soldado a pocos metros de mí cae hacia atrás con el pecho abierto por una ráfaga.
El miedo se me instala en el estómago como una piedra helada.
—Capitana —susurra Salima detrás de mí.
No respondo.
Levanto el fusil y disparo. El retroceso me sacude el hombro. No sé le he dado a alguien y tampoco tengo tiempo para pensar.
Otro atacante aparece entre los vehículos y disparo otra vez.
Los gritos se mezclan con el estruendo del combate.
A mi izquierda, Ferrer sale de detrás de un blindado ligero disparando hacia el perímetro.
Una ráfaga lo alcanza y lo veo caer.
El tiempo parece detenerse. Durante un segundo, todo lo que puedo hacer es mirarlo. Luego, vuelvo a disparar. Apunto y aprieto el gatillo una vez, y otra. Escucho maldiciones aisladas y órdenes en varios idiomas.
La arena del desierto se arremolina en las callejuelas del campamento y complica aún más la visibilidad, pero yo sigo disparando mientras rezo para no darle a uno de los nuestros.
El combate dura poco. Unos minutos, tal vez segundos, no lo sé. O quizá haya sido una hora. Mi cabeza es un torbellino de ideas, pensamientos cruzados y sensaciones.
El silencio que sigue es peor que el tiroteo.
El campamento humea bajo la luz moribunda del atardecer.
Bajo el fusil lentamente. Me tiemblan las manos, pero me alegro de estar viva.
Sin embargo, el alivio es solo momentáneo, dura hasta que la realidad me sacude como un puñetazo en la cara.
Cuando miro a mi alrededor, veo cuerpos en el suelo, vehículos inutilizados, incluso una de las torres de vigilancia está inclinada por culpa de los explosivos con los que han dinamitado su base.
Me giro hacia el interior del hospital y compruebo que allí todos están más o menos bien.
—Vamos —digo—, nos necesitan ahí fuera.
Salgo de la tienda con el corazón golpeándome en el pecho.
—¡Necesito camillas! —grito.
No sé si alguien me oye, pero yo corro hacia el primer herido.
El soldado está bocabajo. Le pongo los dedos en el cuello, pero no encuentro el pulso. Está muerto. Estoy a punto de marcharme cuando me fijo en su brazo, inmóvil sobre el polvo rojizo, y descubro el vendaje de su antebrazo.
—Dios mío… —acierto a musitar.
Pero no puedo detenerme ahora, así que aprieto los dientes y sigo avanzando.
Entonces, alguien me agarra por detrás con mucha fuerza. Un brazo de hierro rodea mi cuello y me arranca el fusil de las manos.
Intento girarme, pero no puedo.
Siento la presión de una pistola contra mis costillas.
—No se mueva —me ordenan en mi idioma, con un ligero acento que no logro identificar.
La voz es tranquila, y eso me pone la piel de gallina.
Un segundo después, dos hombres armados aparecen frente a mí. Llevan la cara cubierta y visten ropa táctica.
Mercenarios.
Se colocan uno a cada lado y me cogen de los brazos sin miramientos. Al menos, dejo de sentir la pistola en mi espalda.
Me empujan con prisas hacia el centro del campamento. Intento resistirme, clavo las botas en el polvo ensangrentado y me retuerzo, pero me agarran con tanta fuerza que apenas notan mis sacudidas.
El miedo vuelve a subir por mi garganta.
—¡Soltadme! —grito.
Ni siquiera se molestan en responder. Cuatro hombres más se unen a los tres que me custodian y avanzan decididos mientras tiran de mí.
Caminan en posición de combate, apuntando hacia todo lo que nos rodea, atentos a cualquier intento de detenerlos.
Veo movimiento entre las tiendas y supervivientes que se quejan en el suelo.
—Deprisa —ordenado el que me ha apuntado.
Los mercenarios que me sostienen me agarran con más fuerza y me levantan del suelo. Pataleo en el aire, pero no sirve de nada. Soy un muñeco en sus manos.
Van directos hacia los vehículos que ahora distingo entre la penumbra.
Y entonces, lo veo.
Está de pie junto a uno de los vehículos, observándolo todo como si el caos que lo rodea no tuviera nada que ver con él. Es mucho más alto que los demás y no lleva la cara cubierta.
El viento mueve ligeramente el polvo alrededor de sus botas.
Levanta los ojos cuando nos acercamos.
Son grises, fríos. Me observan como si estuviera evaluando la mercancía.
Uno de los hombres que me sujeta habla en francés.
—La encontramos —le dice.
El hombre asiente lentamente y se acerca.
Cuando se detiene frente a mí, la diferencia de altura me obliga a levantar la cabeza para poder mirarlo a la cara.
—Capitaine Nora Vaillant —dice simplemente.
No es una pregunta.
Se me contrae el estómago. ¿Soy el objetivo?
—¿Quién es usted? —consigo preguntar
Una sonrisa cruza su boca.
—Adrien Kader —se presenta.
El nombre no significa nada para mí.
Todavía.
Sus ojos siguen clavados en los míos, como si intentara leer algo detrás de mi miedo.
—La necesito con vida —dice finalmente, mirando hacia sus hombres—. Nos vamos —ordena a continuación.
Me revuelvo una vez más, intento zafarme y empujo hacia atrás con todas mis fuerzas. Siento cómo me aprietan los brazos.
—No voy a ninguna parte con usted —mascullo.
Durante un instante, el silencio se vuelve espeso.
Adrien Kader inclina ligeramente la cabeza y sonríe.
Pero no es una sonrisa amable. Es la mueca de alguien que ya sabe cómo va a terminar esta conversación.
—Eso —dice en voz baja— no depende de usted.
Uno de sus hombres me sujeta con más fuerza y me cubre la cabeza con una tela negra. El desierto se oscurece a mi alrededor.
Y por primera vez desde que empezó el ataque, entiendo algo con absoluta claridad.
No he sobrevivido.
Me han capturado, y dudo que consiga salir con vida de esta.