7 #2
Uno de los hombres me mira con el mismo desconcierto de quien aún no entiende por qué una rehén acaba de empezar a reorganizarles la vida y a lanzarles órdenes.
Ni me inmuto, sigo a lo mío y señalo la esquina junto a la pared.
—Ahí irá el almacén. Solo material limpio. Nada de armas, nada de comida ni de basura. Si veo una caja de munición donde vaya una venda, hago que os la traguéis.
—Eso me gustaría verlo —murmura alguien a mi espalda.
Me giro y encuentro a Rafael, el español, apoyado con el hombro en el marco de la puerta. Lleva una sonrisa cansada y una venda reciente en la mano.
—Puedes probar.
La sonrisa se le ensancha.
—Sí, me gustas más despierta —dice en voz baja mientras da un paso hacia mí.
—Rafael —dice Malik sin mirarlo.
—Ya me callo.
Sigo organizando el espacio sin detenerme. No puedo.
Es curioso cómo funciona el cerebro cuando no le das tiempo a sentir. Si lo alimentas de órdenes, de decisiones pequeñas y de tareas sucesivas, sin descanso, el miedo se queda a un lado. No desaparece, pero tampoco se apodera de mí.
En menos de veinte minutos la habitación empieza a parecer otra cosa. No es una enfermería real, desde luego, pero puede pasar por un lugar donde se puede trabajar sin que el caos te coma vivo.
Un grupo de hombres llegar cargados con varias cajas que depositan con cuidado donde yo les indico. Cuando se retiran, las abro una a una.
Gasas, pocas; alcohol, menos del que necesito; vendas, algunas reutilizadas; antibióticos de amplio espectro sin clasificar; paracetamol; ibuprofeno; jeringas de distintos tamaños; agujas sueltas en una bolsa, pero aparentemente con el envase estéril intacto; tres bolsas de suero, insuficiente; un tensiómetro manual, de los antiguos, pero que funciona; y un fonendoscopio que reconozco como militar francés.
Lo sostengo en la mano unos segundos. No sé si procede de un envío o lo han robado después de un asalto. Del de ayer en mi base, por ejemplo…
Lo dejo sin decir nada.
—¿Y la nevera? —pregunto sin levantar la vista.
—En camino —responde Kader desde la puerta.
Otra vez no lo he oído llegar.
Levanto la cabeza y lo descubro mirándome con esa concentración dura, casi fría, que está empezando a ser desgraciadamente familiar. No dice nada, no hace preguntas ni lanza órdenes. Tampoco intenta ayudar. Simplemente está ahí, registrándolo todo.
Siento el odio hervir en mis venas, y lo odio aún más porque me alivia que esté cumpliendo lo que ha dicho.
—Me falta el registro —digo cuando dejo de mirarlo.
—¿Un qué? —pregunta Rafael.
—Un cuaderno en el que pueda anotar el registro. Paciente, herida, tratamiento, evolución… Si alguien empeora, lo sabré antes de que empiece a echar sangre por la boca. Y si se llevan a uno de aquí sin avisarme, también lo sabré. Es imprescindible —insisto.
—Te estás poniendo cómoda —murmura Malik con desdén.
Le sostengo la mirada.
—No. Me estoy poniendo útil. La diferencia os puede ahorrar varios cadáveres.
Kader da un paso al interior de la estancia.
—Tendrá el cuaderno —afirma.
Malik aparta la vista primero.
Vaya. Anoto mentalmente ese detalle. No soy estúpida, sé que no es una cuestión de poder.
Sigo estando rodeada de hombres armados en mitad del desierto y ninguno de estos muros va a abrirse solo porque yo ordene dónde poner una mesa y ellos me hagan caso, pero hay algo en la forma en que Kader ha decidido respaldarme que altera la jerarquía.
Aunque sea solo dentro de esta habitación. Ellos lo saben, y yo también.
El resto de la mañana se convierte en una sucesión de tareas, evaluaciones y órdenes.
Voy y vengo de la enfermería al hospital para controlar a los heridos que siguen allí, sobre todo al joven al que tuve que transfundir sangre antes y después de operarlo.
Cambio los vendajes y dreno un absceso que antes de que se infecte.
Uno de los hombres que me escolta casi se desmaya cuando ve salir la sangre y el pus.
Malik no se separa de mi lado y traduce todo lo que hablo con los pacientes.
Gira la cara cuando inserto la punta del bisturí en la pústula infectada.
—No me digas que tú también vas a marearte —murmuro sin levantar la vista.
—No todos somos como el jefe —responde Malik, divertido, desde el otro lado de la camilla.
Levanto la cabeza y lo miro un instante.
—¿Cómo es el jefe? —le pregunto.
Malik abre la boca para responder, pero la voz de Kader lo corta desde la puerta.
—¿Todo en orden? —ladra.
La media sonrisa del mercenario desaparece en el acto. Interesante, otra vez.
Sigo ocupada hasta que el sol cae vertical sobre el patio y el calor convierte el aire en una pared casi sólida.
Para entonces, la enfermería está a pleno rendimiento.
Mal, precaria y al límite, pero funciona.
Hay pacientes clasificados, material ordenado, agua hervida enfriándose en recipientes tapados y un sistema improvisado para que las vendas limpias no toquen el suelo.
Hay incluso una pequeña nevera en la esquina del fondo, conectada a un generador auxiliar que zumba como un insecto enfermo.
Y todo, bajo vigilancia constante.
Cuando salgo un momento al patio para estirar la espalda, uno de los hombres me sigue con la mirada desde la sombra.
No hace falta que me apunten. El mensaje está claro sin necesidad de ver la bocacha del fusil.
A cada instante me recuerdan sin palabras que no soy libre, que no debo confundir el escaso poder que me han concedido con otra cosa que no sea el hecho de que, por ahora, me necesitan.
Y, sobre todo, verlos ahí impide que olvide dónde estoy.
No deben preocuparse por eso, porque no lo olvido ni un segundo.
Por eso cuando vuelvo a entrar, dejo la puerta abierta a propósito.
No para escapar, eso sería absurdo. El desierto me mataría antes de que ellos tuvieran que molestarse en perseguirme.
Lo sé ahora con una claridad desagradable.
Esta mañana he inspeccionado discretamente el lugar y los alrededores que alcanzo a ver desde las ventanas.
No hay vehículos a la vista que no estén bajo su control.
No hay señales, ni ruta, ni un refugio. Solo kilómetros de arena, tierra abrasada y silencio.
No hay salida.
Así que hago lo único que puedo hacer, unas conquistas mínimas que al menos me mantengan con la moral en alto: una mesa, tres catres, un aparador, una nevera, un cuaderno, un espacio.
Mi espacio.
Esto no es libertad, lo sé, no soy estúpida ni padezco el síndrome de Estocolmo, pero se le parece lo suficiente como para permitirme respirar.
Estoy anotando las constantes del joven herido cuando percibo a Kader junto a la puerta.
No hace ni veinticuatro horas que estoy allí y ya ni siquiera necesito levantar la cabeza para saber que es él.
Su presencia tiene algo concreto, físico y particular, único.
Es como si tensara una cuerda invisible cada vez que entra en una habitación.
Sigo escribiendo unos segundos más antes de mirarlo.
—¿Qué?
Él observa la estancia en silencio. La mesa ordenada, las vendas clasificadas, los hombres que entran más despacio de lo que lo hacían esta mañana, tranquilos y en silencio, con respeto. Mira el registro abierto, la lámpara, el agua protegida.
—Ha hecho suyo el lugar —me dice.
No sé por qué esa frase me irrita tanto.
Dejo el bolígrafo sobre la mesa y lo miro furiosa.
—Lo único que he hecho es que sea posible trabajar aquí, ya que no tengo otra opción
—Eso es cierto —reconoce.
Se acerca un paso.
Yo no retrocedo.
—No confunda esto con obediencia. Mis hombres no le obedecen. Si necesita algo, lo que sea, hable conmigo, ¿de acuerdo?
—Quiero irme —le digo.
Sus ojos grises se clavan en los míos con una fijeza casi incómoda y durante un segundo el mundo parece reducirse a ese pequeño espacio entre ambos. Veo el polvo suspendido en el aire y escucho con nitidez el zumbido de la nevera y al hombre que tose al fondo.
Kader baja la vista al cuaderno abierto.
—¿Va a dormir aquí otra vez? —pregunta.
—Sí.
—No es necesario, le hemos preparado una estancia privada.
Suelto una risa breve, sin humor.
—Me quedo aquí, no estoy acostumbrada a los lujos. —Él aguanta mi mirada—. Además —añado—, si empeora durante la noche, quiero verlo a tiempo.
—Mis hombres pueden hacer guardia y avisarle si pasa algo —me ofrece.
—¿En serio puedo fiarme de que sus hombres sepan distinguir la fiebre de una hemorragia interna?
Rafael, desde el otro extremo de la sala, levanta una mano.
—Yo sí lo sé.
—Tú no sabes callarte —replico sin mirarlo.
Se ríe por lo bajo.
Kader sigue observándome unos segundos más y luego asiente.
—Como quiera.
Va a marcharse. Ya casi se ha girado del todo cuando hablo de nuevo.
—Adrien.
Se detiene.
Es la primera vez que pronuncio su nombre.
Lo sé porque él también lo sabe. Se nota en la forma mínima en que se le tensa la mandíbula antes de volver la cabeza.
No sé si le ha hecho muchas gracia que me tome esas libertades delante de sus hombres, pero retarlo es la única diversión que me puedo permitir ahora mismo.
—¿Sí?
—Necesito tijeras mejores.
La sombra de algo que casi podría ser una sonrisa se dibuja en su boca.
—Las tendrá.
Se marcha sin decir nada más.
Yo me quedo inmóvil un segundo, mirándolo cruzar el patio hasta desaparecer detrás de una de las construcciones.
No sé exactamente qué acaba de ocurrir.
Solo sé dos cosas.
La primera: en esta enfermería, desde hoy, mando yo.
La segunda: sigue siendo una isla minúscula en mitad de una prisión sin muros.
Poco a poco, esa verdad me cala hasta los huesos. No solo estoy atrapada, sino que comprendo que si todos están tan tranquilos es porque es muy improbable, por no decir imposible, que la gente que me busca, me encuentre. Soy, literalmente, un grano de arena en el desierto.