Capítulo 25
Antes de que empezara todo el ritual de vestirse y prepararse, Briar se despertó aquella mañana con una calma inesperada, contrastando con los nervios anticipados que había imaginado sentir.
Se quedó un momento tumbada en la cama de la habitación de invitados en casa de sus padres, donde había pasado la noche siguiendo la tradición, contemplando el techo mientras la luz temprana de septiembre empezaba a filtrarse por las cortinas.
Pensó en Missoula, en aquella primera discusión hostil que ahora, con la distancia de casi dos años, le parecía casi cómica en su intensidad desproporcionada.
Pensó en el arroyo, en la primera vez que Ambrose le había parecido, contra toda su resistencia inicial, genuinamente interesante como persona y no solo como rival profesional.
Pensó en la tormenta, en la cabaña de guardabosques, en el primer beso que había cambiado, sin que ella lo supiera todavía, el curso completo de su vida.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos, y Rosalind asomó la cabeza con una sonrisa cálida. —¿Lista para empezar el día más importante de tu vida?
—Más que lista.
Desayunaron juntas en la cocina, un desayuno ligero que Rosalind había preparado con el mismo cuidado que aplicaba a cada detalle de aquel día, y mientras comían, Briar sintió que la anticipación empezaba a crecer, poco a poco,
transformándose de la calma inicial en algo más parecido a la emoción vibrante que había esperado sentir desde el principio.
—¿Nerviosa? —preguntó Rosalind, sirviendo una segunda taza de té.
—Un poco, ahora que lo preguntas. Pero es una buena clase de nervios.
—Recuerdo exactamente esa sensación de mi propia boda. Tu padre estaba tan nervioso que se le olvidó completamente el discurso que había preparado, y terminó improvisando algo mucho más sincero de lo que hubiera sido cualquier discurso ensayado.
—¿Crees que Ambrose está nervioso también?
—Sin ninguna duda. Aunque conociendo a ese hombre, probablemente esté canalizando esos nervios en revisar tres veces cada detalle logístico de la ceremonia, en vez de simplemente sentarse a esperar.
Briar se rio, reconociendo la precisión de aquella predicción, y mientras terminaban el desayuno, sintió que la mañana avanzaba con una mezcla perfecta de tranquilidad y anticipación creciente,
cada minuto acercándola más al momento que llevaba semanas esperando con una emoción que apenas conseguía contener del todo.
Cuando finalmente llegó el momento de empezar a vestirse, con Farrah, Isolde y la tía Colette uniéndose a Rosalind en la habitación convertida temporalmente en un pequeño salón de belleza improvisado, Briar se dejó llevar por el proceso completo con una sensación de gratitud profunda por tener,
a su alrededor, a tantas mujeres que habían formado parte fundamental de su vida durante aquellos años extraordinarios en Wyoming.
La mañana de la boda transcurrió en una nube de actividad organizada que Briar experimentó casi como si observara los acontecimientos desde una ligera distancia, cada momento cargado de una intensidad emocional que hacía que el tiempo pareciera moverse de manera distinta a la habitual:
más lento en los instantes de quietud, vertiginosamente rápido en los momentos de preparación activa.
Cuando finalmente llegó el momento de vestirse por completo, con el vestido sencillo y elegante que había elegido meses atrás cayendo exactamente como recordaba,
con el pelo recogido en un peinado que Farrah había insistido en hacer ella misma después de ver varios tutoriales durante toda la semana anterior, Briar se miró al espejo de cuerpo completo en la habitación que Junie había preparado especialmente para aquel propósito,
y sintió que las lágrimas se le agolpaban de nuevo, esta vez sin ningún intento real de contenerlas.
—Estás preciosa, cariño —dijo Rosalind, de pie junto a ella, con los ojos también brillantes de emoción—. Absolutamente preciosa.
—Gracias, mamá. Por todo. Por criarme para ser exactamente quien soy, por apoyarme en cada decisión, por ayudarme a construir este día.
—Ha sido el mayor honor de mi vida, Briar. Ver a mi hija encontrar un amor tan genuino, tan sólido como el que tienes con Ambrose.
Silas las esperaba al pie de las escaleras, vestido con un traje que Briar rara vez lo había visto usar, con una expresión que combinaba orgullo desbordante y una emoción contenida que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.
—Estás preciosa, hija —dijo, con la voz notablemente más ronca de lo habitual—. Tu madre tenía razón, como siempre.
—Gracias, papá.
—¿Lista?
—Más lista de lo que he estado para nada en toda mi vida.
Caminaron juntos hacia el promontorio, con Silas ofreciéndole el brazo con una ternura que Briar guardaría en la memoria durante el resto de su vida, y cuando finalmente llegaron a la cima,
donde el arco decorado con flores silvestres se alzaba contra el telón de fondo espectacular de las montañas de Wyoming, Briar vio a Ambrose esperándola bajo la estructura, vestido con un traje sencillo pero elegante,
con una expresión que combinaba nervios evidentes y una alegría tan pura que a Briar se le cortó la respiración por un momento.
La música, interpretada por un pequeño grupo de músicos locales que Junie había contratado meses atrás, empezó a sonar suavemente mientras Briar avanzaba por el pasillo improvisado entre las hileras de sillas ocupadas por más de setenta personas, todas las que habían formado parte,
de una manera u otra, de aquel viaje extraordinario de casi dos años: ambas familias completas, todo el equipo del instituto, Sorrow e Isolde junto a Dashiell, Perpetua, Reeve, Corwin,
y tantos otros rostros familiares que llenaban el promontorio de una calidez colectiva que Briar sintió envolverla por completo mientras caminaba.
Cuando finalmente llegó junto a Ambrose bajo el arco, con Silas entregándola formalmente antes de sentarse junto a Rosalind en la primera fila, Briar sintió que el mundo entero se reducía, por un momento, exclusivamente a los ojos castaños con vetas doradas del hombre que tenía delante,
con una expresión de asombro tan genuino que le arrancó una sonrisa que no consiguió contener.
—Estás preciosa —murmuró Ambrose, en voz baja, solo para ella.
—Tú también estás bastante bien, para ser un ingeniero.
Él se rio, un sonido bajo que rompió parte de la tensión ceremonial del momento, y el oficiante, un amigo de la familia Kilbride que Osric había recomendado, empezó la ceremonia con una introducción breve sobre el amor, el compromiso, y la construcción paciente de una vida compartida.
Cuando llegó el momento de los votos, Ambrose sacó de su bolsillo interior la libreta pequeña que había llevado escribiendo durante semanas, aunque, para sorpresa de Briar, no llegó a abrirla del todo, prefiriendo hablar directamente desde la memoria,
con la misma franqueza directa que había caracterizado cada momento importante de su relación.
—Briar —empezó, con la voz firme a pesar de la emoción evidente—, hace casi dos años, en una conferencia en Missoula, discutimos con una hostilidad que ninguno de los dos podía prever que se convertiría en esto.
Prometo seguir discutiendo contigo, sobre metodología científica, sobre casi cualquier cosa, durante el resto de nuestras vidas, porque esas discusiones nos han hecho mejores, tanto profesional como personalmente.
Prometo apoyarte en cada crisis, celebrar contigo cada triunfo, y construir junto a ti, cada día, el hogar que ambos merecemos.
Prometo ser tu compañero, tu confidente, tu mejor amigo, durante todos los años que la vida nos permita compartir juntos.
Briar sintió las lágrimas cayendo libremente por sus mejillas, sin ningún esfuerzo por contenerlas, mientras Ambrose terminaba sus votos y llegaba su turno de responder con los propios, que ella misma había escrito durante las semanas anteriores con una honestidad similar.
—Ambrose —dijo, con la voz temblando ligeramente por la emoción—, cuando te conocí, estaba convencida de que serías la persona con quien más discutiría en toda mi carrera profesional.
Nunca imaginé que te convertirías en la persona con quien más querría compartir cada momento de mi vida.
Prometo confiar en ti, incluso cuando el miedo antiguo intente convencerme de lo contrario.
Prometo elegirte, cada día, en los momentos fáciles y en los difíciles.
Prometo construir contigo, con la misma dedicación que aplicamos a proteger este territorio que tanto amamos, un hogar que dure toda la vida.
El oficiante, visiblemente conmovido por la sinceridad de ambos votos, procedió con las palabras finales de la ceremonia, y cuando finalmente pronunció las palabras que sellaban oficialmente la unión,
Ambrose no esperó ninguna indicación adicional para besar a Briar con una ternura y una alegría que provocó vítores espontáneos entre todos los invitados reunidos.
—Os presento, por primera vez, al señor y la señora Kilbride —anunció el oficiante, entre aplausos que resonaron por todo el promontorio.
La recepción que siguió transcurrió en una nube de felicidad compartida: el primer baile de los recién casados bajo las primeras estrellas de la noche, con Ambrose demostrando, para sorpresa divertida de Briar, unas dotes de baile considerablemente mejores de las que había admitido tener;
el brindis emotivo de Farrah, que hizo reír y llorar a partes iguales a todos los presentes con anécdotas sobre los primeros meses hostiles de la relación; el pastel, horneado por Rosalind siguiendo una receta familiar que databa de generaciones atrás; y, hacia el final de la noche,
cuando la mayoría de los invitados ya se habían retirado o se congregaban en pequeños grupos alrededor de las últimas rondas de sidra especiada, un sonido lejano pero inconfundible que hizo que todo el equipo del instituto se quedara momentáneamente en silencio, escuchando con atención.