Capítulo 24
Mientras Briar se ocupaba de los detalles del vestido y la decoración, Ambrose dedicó buena parte de aquellas últimas semanas a una tarea que había decidido mantener completamente privada: escribir sus propios votos matrimoniales,
un proceso que resultó considerablemente más difícil de lo que había anticipado para alguien acostumbrado a expresarse con precisión técnica antes que con lenguaje emotivo.
—¿Cómo va eso? —le preguntó Osric, una tarde, encontrándolo sentado en el porche de la cabaña alquilada con una libreta llena de tachones y párrafos reescritos múltiples veces.
—Más difícil de lo que esperaba. Sé exactamente lo que siento. Encontrar las palabras correctas para expresarlo resulta considerablemente más complicado.
—¿Puedo darte un consejo?
—Por favor.
—Deja de intentar que suene elocuente o perfecto. Solo di la verdad, de la manera más simple posible. Briar no se va a casar contigo por tu dominio del lenguaje florido. Se va a casar contigo por quién eres, así que deja que tus votos reflejen exactamente eso: quién eres, sin adornos innecesarios.
Ambrose consideró aquel consejo con la misma seriedad que aplicaba a cualquier problema técnico complejo, y esa noche, sentado a solas con su libreta, empezó de nuevo, esta vez dejando de lado cualquier intento de sonar poético o elaborado,
escribiendo en cambio con la misma franqueza directa que había caracterizado cada conversación importante que había mantenido con Briar a lo largo de aquellos dos años: sobre Missoula, sobre el arroyo, sobre cada crisis superada juntos,
sobre la certeza tranquila que sentía cada mañana al despertar junto a ella.
Cuando finalmente terminó, ya pasada la medianoche, sintió que las palabras en la página reflejaban, por fin, exactamente lo que quería transmitir al día siguiente frente a todas las personas que más importaban en su vida: no un discurso elaborado diseñado para impresionar,
sino una declaración simple y honesta de amor, gratitud, y compromiso genuino con el futuro que esperaba construir junto a Briar.
Guardó la libreta con cuidado en el bolsillo interior de la chaqueta que usaría al día siguiente, y se quedó un momento más en el porche, contemplando las estrellas que empezaban a multiplicarse sobre el valle,
pensando en todo el camino recorrido desde aquella primera discusión hostil en Missoula hasta aquel momento presente, apenas horas antes de convertirse oficialmente en el esposo de la mujer que había transformado, de maneras que todavía le costaba nombrar del todo, cada aspecto de su vida.
—¿Listo para mañana? —preguntó Silas, uniéndose a él en el porche con dos vasos de whisky que ninguno de los dos había pedido pero que ambos aceptaron con gusto.
—Más listo de lo que he estado para nada en toda mi vida.
—Esa es exactamente la respuesta correcta, hijo.
Se quedaron un rato más en silencio cómodo, compartiendo el whisky bajo las estrellas de septiembre, y cuando finalmente Ambrose se retiró a dormir, sintió una paz profunda instalándose en su pecho, la certeza tranquila de que, sin importar cuántos nervios pudiera sentir al día siguiente,
la decisión que estaba a punto de formalizar era, sin ninguna duda, la más correcta que había tomado en toda su vida.
• • •
Agosto trajo consigo los últimos detalles logísticos y, con ellos, una anticipación creciente que se sentía en cada rincón del instituto, donde prácticamente todas las conversaciones, tarde o temprano,
terminaban derivando hacia algún aspecto de los preparativos de la boda que se acercaba con rapidez.
—Necesitamos decidir la luna de miel de una vez por todas —dijo Ambrose, una noche de principios de agosto, mientras revisaban juntos una lista cada vez más corta de tareas pendientes—. Llevamos semanas posponiendo esa conversación.
—Lo sé, lo sé. Es solo que hay tantas opciones que me cuesta decidirme.
—¿Qué tal si reducimos las opciones? ¿Prefieres algo activo, de aventura, o algo más relajado y tranquilo?
—Después de dos años de trabajo de campo constante, creo que me inclino hacia algo relajado, aunque no completamente pasivo. Algo con naturaleza hermosa, pero sin la responsabilidad de monitorizar collares GPS mientras la disfrutamos.
—Eso reduce bastante las opciones. ¿Qué tal Islandia? Paisajes espectaculares, aguas termales, auroras boreales si tenemos suerte con las fechas, y ningún lobo del que preocuparnos durante dos semanas enteras.
Briar sonrió ante la idea, sintiendo que encajaba perfectamente con lo que había estado buscando sin conseguir articularlo del todo. —Me encanta. Islandia suena exactamente como el tipo de descanso que ambos necesitamos después de este año tan intenso.
Reservaron el viaje esa misma noche, dos semanas de recorrido por la isla programadas para inmediatamente después de la boda, con Ottoline ya confirmando que el instituto podría gestionar perfectamente su ausencia gracias a la solidez del equipo que habían construido,
con Farrah e Isolde asumiendo temporalmente responsabilidades ampliadas durante aquel periodo.
La familia de Ambrose llegó a Jackson Hole una semana antes de la boda, instalándose en una cabaña alquilada cerca del instituto para poder participar activamente en los últimos preparativos, y Osric, fiel a su naturaleza práctica,
se ofreció de inmediato a ayudar con la construcción de un arco decorativo sencillo para la ceremonia, un proyecto que emprendió junto con Silas, ambos padres colaborando con una camaradería que había ido desarrollándose de manera natural desde su primer encuentro en Idaho, meses atrás.
—Estos dos se llevan sorprendentemente bien para ser prácticamente desconocidos hasta hace unos meses —comentó Rosalind, observando a ambos hombres trabajar juntos en el arco, intercambiando consejos técnicos con la familiaridad de viejos amigos.
—Creo que comparten la misma filosofía sobre casi todo: trabajo honesto, franqueza directa, y un profundo cariño por sus respectivos hijos que los ha unido más rápido de lo que cualquiera hubiera esperado —dijo Winnifred,
sentada junto a Rosalind mientras ambas supervisaban los últimos detalles de la decoración floral.
La noche antes de la boda, siguiendo una tradición que Junie había insistido en organizar "para calmar los nervios de la novia", todas las mujeres cercanas a Briar —su madre, la tía Colette, Winnifred, Farrah, Isolde y Junie misma— se reunieron en la casa de Briar para una cena informal,
cargada de anécdotas, risas y algún que otro consejo sentimental sobre el matrimonio que las mayores del grupo compartieron con generosidad.
—El secreto de un buen matrimonio —dijo Colette, levantando su copa de vino en un brindis improvisado— es recordar que vais a discutir, inevitablemente, sobre cosas pequeñas y sobre cosas grandes. Lo que importa es que sigáis eligiéndoos mutuamente, cada día, incluso en los días difíciles.
—Yo añadiría —dijo Rosalind, con una sonrisa dirigida hacia su hija— que también es importante recordar reír juntos tanto como sea posible.
Silas y yo llevamos treinta y dos años casados, y la mayoría de nuestros mejores recuerdos vienen de los momentos en que decidimos reírnos de algo en vez de pelear por ello.
Briar sintió que los ojos se le humedecían ante aquellos consejos sinceros, absorbiendo cada palabra con la misma atención cuidadosa que aplicaba a cualquier lección importante de su vida, y cuando finalmente la reunión terminó, ya entrada la noche,
con todas las mujeres despidiéndose entre abrazos cálidos y últimos deseos de buena suerte para el día siguiente, se quedó un momento a solas en la cocina, respirando profundamente mientras procesaba la enormidad de lo que estaba a punto de suceder.
Ambrose, que había pasado la noche en la cabaña de sus padres siguiendo la tradición de no ver a la novia la noche antes de la boda, la llamó justo antes de que ella se fuera a dormir, su voz cargada de la misma mezcla de nervios y emoción que Briar sentía en su propio pecho.
—¿Nerviosa? —preguntó él.
—Un poco. Pero es una buena clase de nervios, creo. Emocionada, sobre todo.
—Yo siento exactamente lo mismo. Mañana a estas horas, vamos a estar casados, Briar. Es una idea que todavía me cuesta procesar del todo, aunque llevo semanas esperando este momento.
—Nos vemos mañana en el altar, entonces. Bajo ese arco que nuestros padres construyeron juntos.
—Ahí estaré, esperándote, con más ganas de las que puedo expresar bien con palabras.
—Te quiero, Ambrose.
—Te quiero también, Briar. Hasta mañana.
Cuando finalmente colgó el teléfono y se metió en la cama, sola por primera vez en meses sin Ambrose a su lado, Briar sintió una mezcla de anticipación y calma profunda instalándose en su pecho, la certeza tranquila de que, al día siguiente,
iba a comenzar oficialmente el próximo capítulo de una vida que ya se sentía, en todos los sentidos importantes, completamente construida sobre los cimientos sólidos del amor, el trabajo compartido, y una comunidad entera que los había apoyado, paso a paso,
hasta llegar a aquel momento extraordinario.
• • •
Entre los preparativos finales de aquella última semana, Briar notó algo que llevaba tiempo sospechando sin haber tenido ocasión de confirmarlo del todo: Isolde y un joven guardabosques del Servicio de Parques, que había empezado a coordinar con el instituto tras la aprobación del Corredor Sur,
parecían haber desarrollado una conexión que iba considerablemente más allá de la colaboración profesional.
—¿Hay algo que quieras contarme sobre ti y Dashiell? —preguntó Briar, con una sonrisa cómplice, mientras ella e Isolde terminaban de organizar los últimos detalles de la decoración floral para la ceremonia.
Isolde se sonrojó visiblemente, sin conseguir disimular del todo la sonrisa que le tiraba de las comisuras de los labios. —Todavía no hay nada oficial. Solo hemos salido un par de veces, nada serio todavía.
—Eso suena exactamente a como empezó todo entre Ambrose y yo, para que conste. "Nada serio todavía" tiene una manera curiosa de convertirse en algo bastante serio, con el tiempo.