Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Decidieron la fecha durante una cena tranquila a finales de junio, apenas dos semanas después del compromiso: el segundo sábado de septiembre, cuando los álamos del valle empezarían a teñirse de dorado pero el clima todavía permitiría una ceremonia al aire libre sin el riesgo de nieve prematura que

noviembre podría traer consigo.

—Es tiempo suficiente para organizar todo con calma, pero no tanto como para que se sienta interminable —dijo Briar, revisando el calendario que habían extendido sobre la mesa de la cocina, ya salpicado de notas y fechas tentativas.

—Y septiembre en este valle es precioso. Los álamos, la luz dorada de la tarde, las temperaturas todavía agradables antes de que llegue el frío de verdad.

—Coincido completamente.

Eligieron el lugar con la misma facilidad: un promontorio elevado cerca del límite sur del corredor original, con vistas completas hacia las montañas y hacia el territorio que habían pasado dos años protegiendo juntos, un sitio que Farrah había sugerido durante una salida de campo semanas atrás,

sin saber todavía que se convertiría en el escenario perfecto para la boda.

—Es exactamente el tipo de lugar que representa lo que hemos construido —dijo Ambrose, cuando visitaron el promontorio juntos para confirmar la elección, contemplando el paisaje que se extendía ante ellos—. Trabajo, naturaleza, todo entrelazado con nuestra propia historia.

La organización avanzó con la misma eficiencia colaborativa que habían aplicado a cada proyecto profesional compartido durante los últimos dos años, aunque con la ventaja añadida de que, en este caso,

todo el equipo del instituto y ambas familias insistieron en participar activamente en cada aspecto de la planificación, convirtiendo lo que podría haber sido una tarea abrumadora en un proceso considerablemente más ligero y compartido.

Rosalind se encargó, con un entusiasmo desbordante, de coordinar el catering, insistiendo en que ella misma prepararía parte de la comida junto con un pequeño equipo de cocineros locales que había contratado en Bozeman, mientras Winnifred se ofreció a supervisar la decoración floral,

aprovechando su experiencia de años arreglando el jardín de la casa familiar en Idaho para crear algo que combinara elegancia sencilla con elementos silvestres propios del paisaje de Wyoming.

—Nada demasiado formal —insistió Briar, durante una videollamada conjunta con ambas madres para coordinar los detalles de decoración—. Quiero que se sienta como una extensión natural del paisaje, no como una imposición artificial sobre él.

—Entendido perfectamente —dijo Winnifred—. Pensaba en ramos silvestres, quizás con algunas flores cultivadas mezcladas para dar más color, nada de arreglos demasiado estructurados.

—Eso suena perfecto.

La búsqueda del vestido resultó ser, para sorpresa considerable de Briar, uno de los momentos más emotivos de todo el proceso de planificación, cuando Rosalind,

Isolde y Farrah la acompañaron a una tienda especializada en Bozeman durante un fin de semana que Briar había reservado específicamente para esa tarea.

—Este —dijo Isolde, sosteniendo un vestido sencillo de tela ligera, sin apenas adornos excesivos, con una caída que parecía diseñada específicamente para una ceremonia al aire libre—. Creo que este es exactamente lo que buscas, aunque no sé bien por qué lo pienso.

Briar se lo probó con cierta duda inicial, pero en cuanto se miró al espejo, con la tela cayendo con una elegancia sencilla que reflejaba exactamente la sensibilidad estética que había esperado sin saber cómo articularla del todo, sintió que las lágrimas se le agolpaban de golpe.

—Es este —dijo, con la voz quebrada por la emoción—. Definitivamente es este.

Rosalind, sentada en una silla cercana con un pañuelo ya preparado para las lágrimas que sabía que iban a llegar, se llevó una mano al pecho, visiblemente conmovida. —Estás preciosa, cariño. Absolutamente preciosa.

—Ambrose no va a poder ni hablar cuando te vea con esto puesto —añadió Farrah, con una sonrisa amplia.

La lista de invitados, considerablemente más sencilla de decidir que el vestido, incluyó a ambas familias completas, todo el equipo del instituto, Sorrow e Isolde por supuesto, Reeve, Corwin Blackmoor, Perpetua Ashgrove-Lindqvist del Servicio de Parques,

con quien habían desarrollado una relación de colaboración que se había convertido, con el tiempo, en algo parecido a una amistad genuina, y un puñado de colegas profesionales de ambos que habían acompañado el desarrollo del programa desde sus primeros pasos.

—No es una lista pequeña, exactamente —comentó Ambrose, revisando el recuento final que superaba las setenta personas—, pero tampoco es la boda elaborada y formal que ninguno de los dos quería.

—Es exactamente el tamaño correcto. Todas las personas que realmente importan, sin ningún relleno innecesario.

Cuando finalmente enviaron las invitaciones, a mediados de julio, con más de un mes de anticipación para dar tiempo suficiente a que la familia de Ambrose viajara desde Idaho y cualquier invitado más lejano pudiera organizar su desplazamiento, Briar sintió que el proceso completo,

lejos de resultar estresante como había temido inicialmente, se había convertido en una extensión natural y gozosa de la vida que ya habían construido juntos: colaborativa, entrelazada con la comunidad que los rodeaba, y profundamente auténtica a quiénes eran, tanto individual como conjuntamente.

• • •

Dos días antes de la boda, con la mayoría de los preparativos ya completados, Briar y Ambrose subieron juntos al promontorio elegido para la ceremonia, aprovechando un momento tranquilo antes de que llegara la avalancha final de detalles logísticos, simplemente para contemplar el lugar una vez más,

ya con el arco terminado que Silas y Osric habían construido con sus propias manos durante la semana anterior.

—Es precioso —dijo Briar, contemplando la estructura sencilla de madera, decorada con las primeras flores silvestres que Winnifred había empezado a entrelazar entre los listones.

—Nuestros padres hicieron un trabajo excelente. —Ambrose pasó una mano suavemente sobre la madera pulida del arco—. Es curioso pensar que dentro de dos días vamos a estar parados exactamente aquí, prometiéndonos el uno al otro para siempre.

—¿Estás nervioso?

—Un poco. Pero es el buen tipo de nervios, el tipo que viene de estar completamente seguro de la decisión, no de dudar sobre ella.

Se sentaron juntos en la hierba cerca del arco, contemplando el valle que se extendía ante ellos, con el corredor original visible en la distancia y, más allá, aunque no completamente visible desde aquel punto, el Corredor Sur que habían construido juntos con tanto esfuerzo durante el último año.

—¿Sabes qué pensé, la primera vez que vi este lugar? —dijo Ambrose, después de un rato de silencio contemplativo.

—¿Qué?

—Que representaba perfectamente todo lo que hemos construido juntos. No solo la relación, sino el trabajo, la comunidad, la vida entera que hemos ido tejiendo, paso a paso, desde aquella primera reunión hostil con Ottoline.

—Es exactamente lo mismo que pensé yo, cuando Farrah lo sugirió por primera vez.

Se quedaron un rato más en silencio, cada uno absorbiendo la quietud del momento, la anticipación de lo que estaba por venir, y la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que el futuro les deparara después de aquel día tan significativo,

tenían exactamente los cimientos necesarios para construir sobre ellos: un trabajo que amaban profundamente, una comunidad que los sostenía incondicionalmente, y un amor que había demostrado, una y otra vez, ser lo bastante fuerte como para superar cualquier desafío que se presentara.

—Dos días más —dijo Briar, finalmente, apoyando la cabeza contra el hombro de Ambrose.

—Dos días más, y después toda una vida juntos.

—No puedo esperar.

—Yo tampoco.

Bajaron del promontorio poco después, tomados de la mano, con el sol de la tarde bañando el sendero de vuelta hacia el instituto en una luz dorada que parecía, de algún modo, anticipar ya la calidez del día que se aproximaba, y mientras caminaban juntos, Briar sintió que cada paso la acercaba,

con una certeza cada vez más profunda, hacia exactamente el futuro que había esperado encontrar, sin saberlo del todo, desde aquella primera conversación tensa en una conferencia en Missoula, casi dos años atrás.

• • •

Además de la búsqueda del vestido, Farrah insistió en organizar algo que ella describió, con una sonrisa traviesa, como "una despedida de soltera respetable pero no aburrida", una noche en el Rusty Antler que reunió a Briar con Isolde, Junie,

y un pequeño grupo de amigas que había ido formando durante sus dos años en el valle, incluida, para sorpresa agradable de Briar, la propia Perpetua Ashgrove-Lindqvist,

que había aceptado la invitación con un entusiasmo que contrastaba notablemente con la formalidad distante de su primer encuentro profesional.

—Nunca pensé que terminaría en una despedida de soltera con la bióloga del parque que casi nos negó el permiso para el Corredor Sur —bromeó Briar, mientras Perpetua se unía a la mesa con una copa de vino en la mano.

—Y yo nunca pensé que terminaría genuinamente encariñada con el equipo que estuve a punto de rechazar en aquella primera reunión —contestó Perpetua, con una risa cálida—. La vida tiene un sentido del humor curioso, ¿verdad?

La noche transcurrió entre risas, alguna ronda de trivial improvisado que Reeve insistió en arbitrar desde la distancia, y brindis cada vez más sentimentales a medida que avanzaba la velada, con Junie compartiendo, entre lágrimas de emoción genuina,

lo mucho que había significado para ella ver crecer la relación entre Briar y Ambrose desde aquella primera reunión hostil hasta aquel momento presente.

—Llevo trabajando en este instituto quince años —dijo Junie, levantando su copa—. Y nunca había visto a dos personas construir algo tan sólido, tanto profesional como personalmente, como lo que vosotros dos habéis construido. Por Briar, y por el hombre que tiene la suerte de casarse con ella mañana.

—Por Briar —repitió el grupo entero, alzando sus copas con un entusiasmo que llenó el bar entero de calidez.

Mientras tanto, en otro rincón del pueblo, Ambrose vivía su propia versión de aquella despedida informal, con Silas, Osric, Sorrow, Reeve y algunos otros hombres cercanos a él reunidos en el porche de la cabaña alquilada por sus padres,

compartiendo whisky y anécdotas mientras el sol se ponía sobre las montañas.

—Nunca pensé que terminaría bebiendo whisky con el hombre que estuvo a punto de acusarme de negligencia profesional en nuestra primera reunión —bromeó Sorrow, levantando su vaso hacia Ambrose con una sonrisa genuina.

—Y yo nunca pensé que ese mismo hombre terminaría siendo alguien a quien considero, honestamente, un amigo cercano.

—La vida tiene un sentido del humor curioso —dijo Sorrow, repitiendo casi exactamente las mismas palabras que Perpetua había usado en la otra celebración, sin saber que su comentario encontraría un eco tan directo al otro lado del pueblo.

Silas, sentado junto a Osric con una expresión pensativa, levantó también su vaso hacia Ambrose.

—Hace un año, cuando me llamaste para pedir mi bendición, te dije que llevaba esperando esa llamada desde la primera vez que te vi con esa válvula de riego.

Ahora, viéndote a punto de casarte con mi hija, solo puedo decir que esa primera impresión resultó ser completamente acertada.

Vas a hacerla muy feliz, hijo, y ella va a hacerte feliz a ti también, exactamente como debe ser en un buen matrimonio.

—Gracias, Silas. Voy a esforzarme cada día por merecer esa confianza.

La noche se extendió con más brindis, más anécdotas, y una calidez masculina sencilla que Ambrose apreciaría, después, como uno de los recuerdos más entrañables de todo el proceso de la boda: la certeza de tener, alrededor suyo, a un grupo de hombres que se habían convertido, cada uno a su manera,

en parte fundamental de la familia que estaba a punto de formalizar oficialmente al día siguiente.