Capítulo 22
El sábado amaneció despejado y cálido, con el cielo de un azul intenso que solo aparecía en Wyoming durante los meses más generosos del verano, y Briar se vistió esa mañana con una sensación de anticipación que apenas conseguía disimular,
a pesar de sus mejores esfuerzos por convencerse a sí misma de que probablemente estaba imaginando significado donde no lo había.
—¿Nerviosa por algo? —preguntó Ambrose, mientras terminaban de prepararse para dirigirse hacia el arroyo, notando la energía particular que ella no conseguía ocultar del todo.
—Solo emocionada por la celebración. Y quizás un poco intrigada por todo tu comportamiento misterioso de esta semana.
—Todo se va a aclarar hoy, te lo prometo.
Cuando llegaron al claro junto al arroyo, un poco antes de la hora acordada porque Ambrose había insistido en que necesitaba "ayudar a preparar algunas cosas", Briar encontró el lugar transformado de un modo que no correspondía en absoluto a las celebraciones informales habituales del instituto:
guirnaldas de flores silvestres colgadas entre los árboles cercanos, mesas dispuestas con manteles que ella no reconocía del inventario habitual de Junie, y, para su sorpresa creciente, su propia familia completa —Rosalind, Silas ya caminando sin muletas, y la tía Colette— de pie junto al arroyo,
sonriendo con una expresión que dejaba claro que llevaban ahí un buen rato, esperando.
—¿Mamá? ¿Papá? —Briar sintió que el corazón le empezaba a latir con una fuerza considerable, la confusión inicial dando paso rápidamente a una comprensión que apenas se atrevía a formular del todo—. ¿Qué hacéis aquí?
—Nos invitaron —dijo Rosalind, con una sonrisa que apenas contenía la emoción evidente—. Hace semanas, de hecho.
Briar se giró hacia Ambrose, encontrándolo con una expresión que combinaba nerviosismo genuino y una determinación tranquila que ella nunca le había visto antes, ni siquiera durante los momentos más tensos de crisis profesionales compartidas.
—Ambrose, ¿qué está pasando?
—Dame un momento y te lo explico todo —dijo él, tomándole ambas manos entre las suyas, con una suavidad que contrastaba con el temblor apenas perceptible que Briar notó en sus dedos.
Fue entonces cuando ella notó, por primera vez, que también estaban presentes Osric y Winnifred Kilbride, de pie junto a Ottoline, Farrah, Junie, Isolde y Sorrow, todo el equipo del instituto reunido en un semicírculo discreto alrededor del claro, todos con la misma expresión expectante que sugería,
sin ninguna duda posible, que aquella celebración de fin de temporada había sido, desde el principio, una tapadera cuidadosamente planeada para algo completamente distinto.
—Briar —dijo Ambrose, con la voz cargada de una emoción que apenas conseguía mantener estable—, hace casi dos años, en una conferencia en Missoula, discutimos con una hostilidad que ninguno de los dos hubiera podido predecir que terminaría convirtiéndose en esto.
En este momento, en este claro, rodeados de todas las personas que más importan para los dos.
Briar sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, la comprensión completa de lo que estaba pasando asentándose por fin con toda su fuerza, mientras Ambrose se arrodillaba frente a ella junto al mismo arroyo donde habían compartido su primera conversación genuina,
sacando del bolsillo una caja pequeña que ella reconoció, con el corazón acelerándose todavía más, como considerablemente más significativa que la caja que había contenido la pulsera de San Valentín.
—Este año y medio contigo ha sido el mejor de mi vida —continuó Ambrose, con la voz temblando ligeramente pero sin perder nunca la determinación—.
Me has enseñado a ver mi trabajo, mi propósito, mi lugar en el mundo, de una manera completamente distinta a como lo veía antes de conocerte.
Me has dado un hogar, en el sentido más profundo de esa palabra, y quiero pasar el resto de mi vida construyendo ese hogar contigo, cada día, cada crisis superada juntos, cada pequeño momento de felicidad cotidiana.
Briar Callendish, ¿quieres casarte conmigo?
Abrió la caja, revelando un anillo delicado con una piedra pequeña rodeada de un diseño que, Briar notó a través de las lágrimas que ya no intentaba contener, incluía un detalle minúsculo en forma de huella de lobo grabado en el interior de la banda,
un eco directo de la pulsera que le había regalado meses atrás.
—Sí —dijo Briar, apenas consiguiendo que la palabra le saliera con claridad entre las lágrimas—. Sí, Ambrose, por supuesto que sí.
El claro entero estalló en aplausos y vítores mientras Ambrose se levantaba para colocarle el anillo con dedos que todavía temblaban ligeramente, y cuando finalmente la besó,
con toda la familia y todos los amigos que habían construido juntos durante aquel año y medio extraordinario presenciando el momento, Briar sintió una plenitud tan completa que apenas podía contener la sonrisa que le llenaba todo el rostro.
—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto? —preguntó, cuando finalmente se separaron lo suficiente para hablar, aunque sin soltar ni un momento las manos de Ambrose entre las suyas.
—Desde Montana, la semana del accidente de tu padre. Ver a tu familia, ver cómo todos nos apoyamos mutuamente durante esa crisis, me hizo darme cuenta de que ya no quería esperar más para hacer esto oficial.
—¿Y toda esta gente lo sabía? —Briar miró alrededor del claro, hacia su familia, hacia la familia de Ambrose, hacia todo el equipo del instituto, todos sonriendo con una complicidad evidente que ahora, en retrospectiva,
explicaba perfectamente semanas de comportamiento extraño por parte de prácticamente todas las personas importantes en su vida.
—Todos ayudaron con algún detalle. Tu madre con la logística del viaje familiar. Mi madre con consejos sobre el anillo. Farrah y Junie con la decoración de este lugar. Ottoline coordinando que todo el equipo pudiera estar libre este sábado sin levantar sospechas.
—Sois todos unos conspiradores extraordinarios.
—Lo hicimos por una buena causa —dijo Farrah, acercándose con una sonrisa amplia para abrazar a ambos—. Aunque debo admitir que mantener el secreto durante tres semanas enteras ha sido considerablemente más difícil de lo que esperaba.
La celebración que siguió, ya completamente transformada de "reunión de fin de temporada" a auténtica fiesta de compromiso, se extendió durante toda la tarde junto al arroyo, con Junie sirviendo generosas raciones de la sidra especiada que había preparado especialmente para la ocasión,
con Silas insistiendo en contar, a quien quisiera escucharlo, la historia completa de cómo Ambrose le había pedido formalmente su bendición durante aquella semana en Montana, "arreglando la válvula de riego con una mano y pidiéndome permiso para casarse con mi hija con la otra, prácticamente",
y con Rosalind mostrando a cualquiera dispuesto a mirar, orgullosa, fotografías antiguas de Briar de niña que había traído específicamente para la ocasión.
Cuando finalmente el sol empezó a ponerse sobre el valle, tiñendo el cielo entero de tonos dorados y rosados que se reflejaban en las aguas tranquilas del arroyo, Briar se sentó junto a Ambrose en la hierba,
con el anillo nuevo brillando en su dedo y la certeza más profunda que había experimentado nunca instalándose en su pecho, y pensó que aquel arroyo, que había sido testigo de su primera conversación genuina hacía casi dos años, se había convertido ahora, con toda justicia,
en el lugar donde había comenzado oficialmente el resto de su vida juntos.
—Te quiero, Ambrose Kilbride —dijo, apoyando la cabeza contra su hombro mientras el sol terminaba de ponerse sobre las montañas—. Más de lo que puedo expresar bien con palabras, incluso ahora.
—Te quiero también, futura Briar Kilbride —dijo él, besándola en la sien con una ternura que se había profundizado, si acaso era posible, todavía más después de aquel día extraordinario—. O Callendish-Kilbride, si prefieres. Todavía tenemos tiempo de sobra para decidir esos detalles.
—Tenemos toda una vida para decidir esos detalles.
—Exactamente eso —confirmó Ambrose, y mientras las primeras estrellas empezaban a aparecer sobre el valle silencioso, Briar sintió que aquel día, con toda su emoción y toda su alegría compartida, representaba exactamente el comienzo que había esperado, sin saberlo del todo,
desde aquella primera discusión hostil en una conferencia en Missoula, hacía ya casi dos años enteros.
• • •
Aquella noche, ya de vuelta en casa después de la celebración junto al arroyo, con la familia de Briar instalada en el único hotel decente del pueblo para pasar el fin de semana antes de volver a Montana, Briar y Ambrose se sentaron juntos en el porche pequeño de la casa de ella,
todavía procesando la emoción completa del día, con el anillo nuevo brillando bajo la luz suave de las estrellas que empezaban a multiplicarse sobre el valle.
—Todavía no puedo creer que hayas conseguido mantener todo esto en secreto durante tres semanas enteras —dijo Briar, girando el anillo distraídamente entre los dedos de su otra mano, todavía maravillada por el diseño delicado y su significado personal—.
Eres considerablemente mejor guardando secretos de lo que pensaba.
—Tuve mucha ayuda. Y una motivación considerable para no arruinar la sorpresa.
—¿Cuándo decidiste exactamente el diseño del anillo?
—La misma semana que hablé con tu padre. Quería algo que representara nuestra historia completa, no solo un anillo genérico comprado sin pensar. El joyero de Bozeman entendió exactamente lo que buscaba en cuanto le expliqué la historia de la pulsera.
Briar se acercó más a él, apoyando la cabeza contra su hombro con la misma sensación de plenitud que la había acompañado durante toda la tarde. —Es perfecto, Ambrose. Absolutamente perfecto.
El teléfono de Briar empezó a vibrar poco después, una serie de mensajes y llamadas perdidas que habían empezado a acumularse desde que Farrah, evidentemente, había compartido la noticia en el grupo de mensajes del instituto que incluía a prácticamente todo el personal,