Capítulo 21
Junio llegó al valle con una explosión de verde que contrastaba dramáticamente con los meses de nieve que lo habían precedido, los álamos del corredor recuperando sus hojas con una rapidez que Briar todavía encontraba sorprendente después de casi dos años viviendo en Jackson Hole,
y con la llegada del buen tiempo, Ambrose empezó a mostrar un comportamiento que Briar, ocupada con la temporada de monitoreo de camadas nuevas en ambos corredores, tardó varios días en notar como genuinamente extraño.
—¿Por qué has estado tan misterioso esta semana? —preguntó, una tarde de mediados de junio, encontrándolo enfrascado en una llamada telefónica que cortó abruptamente en cuanto ella entró al despacho compartido.
—No he estado misterioso. He estado ocupado con la documentación final del acuerdo revisado con Halcyon Dynamics.
—Ambrose, llevas toda la semana recibiendo llamadas que cortas en cuanto entro a la habitación, y ayer Junie te vio hablando en susurros con Farrah junto a la cocina, y las dos se callaron de golpe cuando me acerqué.
—Eso suena a una coincidencia completamente inocente.
—No te creo ni una palabra.
Ambrose sonrió, con la misma expresión traviesa que ella reconocía de la sorpresa de San Valentín, pero esta vez se negó rotundamente a dar ninguna pista adicional,
limitándose a decir que "todo se aclararía pronto" y desviando la conversación hacia los detalles técnicos de la temporada de camadas que, afortunadamente, ofrecía suficiente material de distracción genuina como para que Briar no insistiera demasiado.
La temporada de cría, de hecho, había traído consigo noticias excelentes que ocuparon buena parte de la atención de todo el equipo durante aquellas semanas: Loba 14 había dado a luz a una camada de cinco cachorros sanos en el corredor original, la primera desde su recuperación de la trampa de acero,
y en el Corredor Sur, dos manadas distintas mostraban indicios claros de actividad reproductiva, señal de que el territorio nuevo se estaba consolidando exactamente como habían esperado.
—Cinco cachorros —dijo Isolde, con una emoción genuina, revisando las primeras imágenes captadas por las cámaras trampa instaladas cerca de la guarida—. Después de todo lo que ha pasado con ella, la trampa, la cirugía, verla ahora con una camada tan saludable se siente casi como un milagro.
—Se siente exactamente como eso —confirmó Briar, sintiendo la misma emoción reflejada en su propio pecho—. Es exactamente el tipo de historia que demuestra por qué este trabajo merece cada esfuerzo que ponemos en él.
Ottoline, que se había unido a la revisión de las imágenes con el mismo entusiasmo genuino de todo el equipo, propuso organizar una pequeña celebración de fin de temporada para conmemorar tanto la nueva camada como los éxitos generales del año,
una tradición que había mantenido de manera informal desde antes de la llegada de Briar y Ambrose al instituto, y que aquel año, dado todo lo que habían atravesado juntos, prometía tener un significado particular.
—Va a ser junto al arroyo, el sábado que viene —anunció Ottoline, durante la reunión de equipo—. El mismo lugar de siempre, con la comida habitual y, espero, buen tiempo.
Briar sintió una punzada de nostalgia cálida ante la mención de aquel arroyo concreto, el mismo lugar donde ella y Ambrose habían compartido su primera conversación genuina, hacía casi dos años, durante aquella primera salida de campo juntos que había marcado,
sin que ninguno de los dos lo supiera entonces, el inicio de todo lo que había seguido.
—¿Vas a venir? —le preguntó a Ambrose esa noche, mientras cenaban en casa de ella.
—No me lo perdería por nada del mundo.
—Pareces particularmente entusiasmado con esto.
—Es un buen lugar para una celebración. Tiene... significado, para nosotros.
Briar sonrió, atribuyendo aquel entusiasmo particular al mismo tipo de nostalgia que ella misma sentía respecto al arroyo, sin sospechar todavía que aquella conversación aparentemente inocente formaba parte de una planificación considerablemente más elaborada de lo que ella imaginaba.
Durante la semana siguiente, mientras Briar se concentraba en la documentación de la nueva camada y en los preparativos rutinarios para la celebración de fin de temporada, Ambrose continuó con sus llamadas misteriosas y sus conversaciones susurradas con Farrah, Junie, y en un momento dado,
para sorpresa considerable de Briar cuando lo descubrió por casualidad revisando el registro de llamadas telefónicas del despacho compartido, también con su propia madre, Rosalind, en Montana.
—¿Por qué has estado hablando con mi madre? —preguntó, aquella noche, incapaz de contener su curiosidad por más tiempo.
Ambrose se quedó momentáneamente descolocado, evidentemente sin haber anticipado que ella descubriría esa llamada específica, pero se recuperó con una sonrisa que no reveló absolutamente nada más de lo que ya había revelado su propia sorpresa inicial.
—Estaba pidiéndole la receta de la tarta de manzana que prometió enseñarme. Para la celebración del sábado.
—Ambrose Kilbride, eso es una mentira a medias como mínimo.
—Es una mentira completamente verdadera, para que conste. Sí le pedí la receta. Solo no te estoy contando toda la conversación completa.
—¿Y vas a contármela?
—El sábado. Todo se aclarará el sábado, te lo prometo.
Briar decidió, con cierta resignación divertida, dejar de insistir, confiando en que fuera lo que fuera que Ambrose estuviera planeando con tanto secretismo elaborado, se trataba de algo que valdría la pena la espera, aunque una parte pequeña y persistente de su mente,
alimentada por las conversaciones recientes con su tía Colette y su madre sobre el "siguiente paso", empezó a preguntarse, con una anticipación que apenas se atrevía a nombrar del todo,
si aquel sábado junto al arroyo pudiera traer consigo algo considerablemente más significativo que una simple celebración de fin de temporada.
• • •
Lo que Briar no llegó a presenciar aquella semana fueron las múltiples conversaciones que Ambrose mantuvo, con una discreción que sorprendió incluso a quienes lo conocían bien, coordinando cada detalle de la sorpresa que estaba preparando.
La primera llamada importante había sido a Silas, apenas una semana después de que Briar y Ambrose regresaran de Montana tras el accidente, una conversación que Ambrose recordaría después como una de las más nerviosas de toda su vida.
—Señor Callendish, quería pedirle algo, si tiene un momento —había dicho, por teléfono, con el corazón latiéndole con una fuerza que rara vez experimentaba fuera del trabajo de campo más exigente.
—Silas, ya te dije que me llamaras Silas. Y claro, dime.
—Quiero pedirle su bendición para pedirle matrimonio a Briar.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, lo bastante largo como para que Ambrose sintiera el estómago encogérsele con una ansiedad considerable, hasta que finalmente Silas respondió,
con una voz que Ambrose pudo escuchar cargada de una emoción contenida poco habitual en aquel hombre de pocas palabras.
—Llevo esperando esta llamada desde la primera vez que te vi ayudarme con esa válvula de riego, para ser sincero. Tienes mi bendición completa, hijo. Y la de Rosalind también, aunque técnicamente debería dejar que ella te lo confirme personalmente.
—Gracias, Silas. Significa muchísimo.
—Solo prométeme una cosa.
—Lo que sea.
—Que la vas a cuidar tan bien como ella te ha cuidado a ti este último año. He visto cómo os apoyáis mutuamente, y es exactamente el tipo de matrimonio que espero para mi hija.
—Se lo prometo, Silas. Con todo mi corazón.
La conversación con Rosalind, unos días después, había sido igualmente emotiva, aunque considerablemente más práctica en su naturaleza, con la madre de Briar ofreciéndose de inmediato a coordinar la logística del viaje familiar y compartiendo, con un entusiasmo genuino,
consejos detallados sobre el tipo de anillo que creía que su hija apreciaría más.
—Nada demasiado ostentoso —le había advertido Rosalind—. Briar nunca ha sido de las que valoran el brillo por el brillo mismo. Algo con significado, algo que cuente una historia, eso es lo que va a apreciar de verdad.
Fue esa conversación la que llevó a Ambrose hasta el mismo joyero de Bozeman que había creado la pulsera de San Valentín, encargando un anillo que incorporara el mismo motivo de huella de lobo, un símbolo que representaba, con una precisión que le pareció perfecta,
exactamente la historia que él y Briar habían construido juntos.
Farrah y Junie se encargaron de la logística de la decoración, transformando el claro habitual junto al arroyo en algo considerablemente más especial sin levantar sospechas entre el resto del personal del instituto,
mientras Ottoline coordinaba discretamente los horarios de todo el equipo para asegurarse de que nadie tuviera compromisos ineludibles aquel sábado concreto.
—Es la conspiración mejor organizada que he presenciado en mi vida —le había dicho Farrah a Ambrose, la noche antes de la propuesta, mientras terminaban de revisar los últimos detalles logísticos—.
Y eso que llevo años organizando reuniones complicadas con juntas directivas y comités de financiación.
—No podría haberlo hecho sin todos vosotros. De verdad.
—Es lo mínimo que podíamos hacer, después de veros construir algo tan sólido juntos, delante de todos nosotros, durante casi dos años. Este equipo entero lleva apostando por vosotros dos desde aquella primera reunión hostil con Ottoline.
Cuando finalmente llegó el viernes por la noche, con todos los preparativos prácticamente terminados y solo restando la logística final del día siguiente, Ambrose se encontró incapaz de dormir, repasando mentalmente, una y otra vez, las palabras exactas que quería decir,
la manera en que quería que Briar se sintiera en aquel momento tan importante, la certeza absoluta que quería transmitirle sobre exactamente cuánto significaba para él después de todo lo que habían atravesado juntos.