Capítulo 20 #3
Ese hombre te mira como si fueras la persona más extraordinaria que ha conocido en su vida, y después de esta semana, después de verlo cuidar de esta familia entera con tanta dedicación, no puedo evitar pensar que sería un honor tenerlo formalmente como parte de la familia.
—Se lo diré, aunque probablemente se sonroje bastante al escucharlo.
—Dile también que la próxima vez que venga, quiero enseñarle mi receta secreta de tarta de manzana. Cualquier hombre que sepa arreglar sistemas de riego con esa facilidad merece aprender los secretos culinarios familiares también.
Briar se rio, sintiendo el cariño genuino detrás de la broma de su madre, y después de despedirse, prometiendo mantenerla informada sobre cualquier novedad, tanto médica como personal, se quedó un momento sentada en silencio,
procesando la conversación con una sensación de calidez creciente instalándose en su pecho.
Cuando Ambrose entró en la habitación poco después, encontrándola todavía con expresión pensativa frente al teléfono ya apagado, se sentó junto a ella con una curiosidad evidente. —¿Todo bien? Parecías perdida en tus pensamientos.
—Todo muy bien. Era mi madre, actualizándome sobre la fisioterapia de mi padre.
—¿Y qué más?
Briar sonrió, decidiendo no compartir todavía los detalles específicos de aquella conversación, prefiriendo guardar aquella calidez particular para sí misma un rato más, como un secreto dulce que saborear antes de compartirlo.
—Nada más importante. Solo pensando en lo afortunada que soy, en general, con la familia que tengo, con el equipo que tengo, con la vida que hemos construido juntos.
—Yo pienso exactamente lo mismo, todos los días —dijo Ambrose, repitiendo las mismas palabras que había dicho unos días antes en la granja, y Briar sintió que aquella frase sencilla, repetida con tanta sinceridad constante,
representaba exactamente el tipo de certeza tranquila sobre la cual esperaba construir el resto de su vida.
• • •
Lo que Briar no sabía, mientras compartía aquella conversación cálida con Ambrose esa tarde, era que él llevaba ya varios días dándole vueltas a una idea concreta, sembrada precisamente durante aquella semana difícil en Montana,
cuando había visto con sus propios ojos la solidez de la familia que Briar tenía, y había sentido, con una claridad que no esperaba encontrar en mitad de una crisis, la certeza absoluta de que quería formar parte de aquella familia de manera permanente y formal.
Aquella misma noche, después de que Briar se hubiera quedado dormida, agotada por la semana intensa que acababan de atravesar, Ambrose se quedó despierto un rato más, sentado en la cocina con una libreta pequeña donde había empezado, semanas atrás,
a anotar ideas sueltas sobre cómo y cuándo dar el siguiente paso, ideas que hasta entonces habían permanecido vagas, sin ninguna urgencia particular empujándolas hacia la concreción.
La semana en Montana había cambiado eso.
Ver a Silas recuperándose, ver la fragilidad repentina que podía introducirse en una vida aparentemente estable, le había recordado, con una claridad casi dolorosa, que el tiempo nunca estaba garantizado, que las certezas tranquilas sobre las que construían su relación merecían formalizarse,
no por prisa ni por miedo, sino por el deseo genuino de declarar, ante el mundo entero, exactamente lo que Briar significaba para él.
Escribió esa noche, en su libreta pequeña, una lista de posibilidades: el lugar donde podría hacer la pregunta, el momento del año que pudiera resultar más significativo, la manera en que quería involucrar, quizás, a ambas familias en el proceso,
sin que Briar sospechara nada hasta el momento exacto en que todo estuviera preparado.
Pensó en el anillo, en si debía ser algo tradicional o algo más personal, quizás con algún elemento que representara el trabajo que compartían, el lobo que los había unido en primer lugar, de manera tan improbable, un año y medio atrás en aquella conferencia hostil en Missoula.
No tenía prisa por decidir cada detalle esa misma noche.
Pero sí sintió, mientras cerraba finalmente la libreta y se dirigía hacia el dormitorio donde Briar dormía profundamente, la certeza tranquila de que el momento se acercaba, que ya no era una cuestión de "si" sino de "cuándo", y que quería que ese "cuándo" llegara pronto,
de una manera que hiciera justicia a todo lo que habían construido juntos durante aquel año y medio extraordinario.
Se metió en la cama junto a Briar con cuidado de no despertarla, y ella, incluso dormida, se movió instintivamente hacia él, buscando su calor con la familiaridad de meses de costumbre compartida.
Ambrose la abrazó suavemente, sintiendo su respiración calmada contra el pecho, y pensó, justo antes de dejarse llevar también él por el sueño, que fuera cuando fuera que decidiera finalmente hacer la pregunta, ya sabía, con una certeza que no necesitaba ningún ensayo adicional,
exactamente qué palabras usaría, y exactamente cuánto significaba aquella mujer dormida entre sus brazos para el resto de la vida que esperaba construir junto a ella.