Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 20 #2
78%

Capítulo 20 #2

De vuelta en Jackson Hole, con Silas ya en franca recuperación bajo el cuidado atento de Rosalind y la tía Colette, Briar y Ambrose retomaron el ritmo habitual del instituto con una gratitud renovada por el equipo que los había sostenido durante su ausencia,

encontrando ambos corredores en un estado excelente gracias al trabajo meticuloso de Farrah e Isolde.

—No podríamos habernos ido con tanta tranquilidad sin saber que dejábamos todo en buenas manos —dijo Briar, durante la primera reunión de equipo tras su regreso, revisando con satisfacción los informes detallados que Isolde había preparado durante cada día de su ausencia.

—Nos alegra haber podido ayudar —dijo Isolde—. Y me alegra mucho más saber que tu padre está recuperándose bien.

—Va a estar completamente bien, según los médicos. Terco como siempre, ya protestando contra las restricciones de movimiento que le han impuesto, pero bien.

Farrah sonrió con la satisfacción tranquila de quien había gestionado con éxito una responsabilidad considerable. —Eso suena exactamente a la clase de terquedad de la que hablabas cuando nos contaste sobre él la primera vez.

—Terquedad genética, evidentemente —bromeó Briar, ganándose una risa compartida de todo el equipo reunido.

Aquella tarde, mientras Briar terminaba de ponerse al día con la documentación acumulada durante la semana de ausencia, Ottoline pasó por el despacho compartido con una expresión que combinaba alivio genuino por el bienestar de Silas y algo más,

una calidez particular que Briar no supo interpretar del todo al principio.

—Me alegra mucho que todo haya salido bien con tu padre —dijo Ottoline, sentándose un momento frente al escritorio compartido—.

Y quiero que sepas que todo el instituto, no solo Farrah e Isolde, estuvo pendiente de cómo iban las noticias durante toda la semana.

Junie encendió una vela cada noche, literalmente, hasta que confirmamos que la cirugía había sido un éxito.

Briar sintió que los ojos se le humedecían ante aquella muestra de cariño colectivo, pensando en lo mucho que aquel instituto, aquel equipo de personas que apenas conocía un año atrás, se había convertido en una segunda familia tan sólida como la que la había criado en Montana.

—Por favor, dale las gracias a Junie de mi parte. Y a todo el mundo, la verdad. No sabía cuánto necesitaba ese tipo de apoyo hasta que lo recibí.

—Eso es exactamente lo que somos, aquí, más allá del trabajo de conservación en sí: una comunidad que se cuida mutuamente. Me alegra que lo hayas sentido con tanta claridad esta semana, aunque hubiera preferido, por supuesto, que las circunstancias fueran menos difíciles.

Cuando Ottoline se marchó, dejando a Briar de nuevo a solas con la documentación pendiente, Ambrose entró al despacho con dos tazas de té humeante, colocando una frente a ella con el mismo cuidado silencioso que había caracterizado cada gesto suyo durante la semana anterior en Montana.

—¿Cómo te sientes, de vuelta en la rutina? —preguntó, sentándose en su propio lado del escritorio compartido.

—Agradecida, sobre todo. Por este equipo, por esta comunidad, por ti. Ha sido una semana muy dura, pero también me ha mostrado con mucha claridad cuánto tengo, en todos los sentidos.

—Yo siento exactamente lo mismo. —Ambrose le tomó la mano por encima del escritorio, con una expresión que combinaba cansancio residual y una ternura profunda—.

Y para que conste, estoy muy orgulloso de cómo gestionaste todo esto.

Tu fuerza, tu claridad incluso en los momentos más difíciles. Eres extraordinaria, Briar Callendish.

Briar sonrió, apretando su mano con la misma ternura, y mientras el sol de mayo entraba claro por las ventanas del despacho compartido, iluminando los mapas de ambos corredores clavados en la pared, sintió que aquella semana difícil, con toda su angustia y su alivio posterior,

había terminado por fortalecer, todavía más, los cimientos de la vida que había construido en aquel valle: un trabajo que amaba profundamente, un equipo que la sostenía incondicionalmente, y una relación que, día tras día, crisis tras crisis,

seguía demostrando ser exactamente el hogar sólido y duradero que siempre había esperado encontrar.

• • •

Aquel fin de semana, con el ritmo del instituto ya completamente normalizado, Briar recibió una videollamada inesperada de su madre, que quería mostrarle los progresos de Silas con la fisioterapia inicial, y la conversación, que empezó centrada en actualizaciones médicas,

fue derivando hacia territorio más personal a medida que avanzaba.

—Tu padre no deja de hablar de lo útil que fue Ambrose durante toda la semana —dijo Rosalind, con la cámara del teléfono mostrando de fondo a Silas practicando pasos cautelosos con las muletas en el jardín trasero—. Creo que nunca lo había visto tan impresionado con nadie tan rápidamente.

—Ambrose tiene ese efecto en la gente, la verdad. Le pasó lo mismo con Sorrow, con Perpetua del parque, prácticamente con todo el mundo que conoce.

—Es un don poco común, esa combinación de competencia práctica y calidez genuina. —Rosalind hizo una pausa, con una expresión que Briar reconoció como el preludio de algo más significativo—. Briar, cariño, ¿puedo preguntarte algo directamente?

—Claro, mamá.

—¿Estáis pensando en el matrimonio, tú y Ambrose? No pregunto por presionarte, solo por curiosidad genuina. Después de todo lo que ha pasado esta semana, después de veros juntos gestionar una crisis familiar con tanta solidez, no puedo evitar preguntarme si el siguiente paso está cerca.

Briar sintió que la pregunta, aunque formulada con la misma delicadeza que su madre aplicaba a la mayoría de las conversaciones difíciles, tocaba directamente algo que ella misma llevaba días considerando desde la conversación con la tía Colette en el porche de la granja.

—Creo que sí, mamá. No tenemos ningún plan concreto todavía, ninguna fecha ni nada formal decidido, pero sí, creo que ambos sabemos que vamos hacia allí.

—Me alegra muchísimo escuchar eso. —La sonrisa de Rosalind, incluso a través de la pantalla pequeña del teléfono, se ensanchó con una calidez genuina—.