Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Los días siguientes transcurrieron en la granja familiar, con Silas todavía en el hospital para observación post-quirúrgica y Briar y Ambrose alternando entre visitas diarias y ayuda práctica con las tareas de la granja que, sin las manos habituales de Silas, amenazaban con acumularse rápidamente.

—No sabía que supieras tanto sobre sistemas de riego —comentó Rosalind, observando con sorpresa genuina cómo Ambrose reparaba, con la misma eficiencia práctica que aplicaba a cualquier problema técnico, una válvula defectuosa que llevaba semanas dando problemas en el sector norte de la propiedad.

—La ingeniería es la ingeniería, en el fondo, sin importar si se aplica a collares GPS o a sistemas de riego —dijo Ambrose, con una sonrisa mientras ajustaba las últimas conexiones—.

Además, tu marido me enseñó bastante sobre mantenimiento de granjas la última vez que estuvimos aquí, con lo de la valla eléctrica.

—Va a estar encantado de escuchar que su enseñanza dio frutos tan rápido.

Trabajaron juntos durante días, cayendo con facilidad en el ritmo de las tareas cotidianas de la granja, mientras Briar dividía su tiempo entre las visitas al hospital, las llamadas de actualización con Farrah e Isolde sobre el progreso de ambos corredores,

y momentos robados de descanso genuino con Ambrose, que parecía haber asumido, sin que nadie se lo pidiera explícitamente, el papel de sostén silencioso de toda la familia durante aquella semana difícil.

—Gracias por todo lo que estás haciendo aquí —le dijo Briar, una noche, mientras se sentaban juntos en el porche de la granja, agotados después de un día largo entre visitas al hospital y reparaciones pendientes—. No solo por mí, sino por toda mi familia.

—No hace falta que me des las gracias. Esto es exactamente lo que significa formar parte de una familia: presentarse cuando las cosas se ponen difíciles, sin necesidad de que nadie lo pida explícitamente.

—Aun así, significa mucho. Ver cómo te has integrado aquí, cómo mi madre ya confía en ti para arreglar cosas que ni siquiera sabía que necesitaban arreglo, cómo mi padre pregunta por ti constantemente desde el hospital...

es más de lo que esperaba, sinceramente, cuando empezamos esto hace más de un año.

Ambrose la rodeó con un brazo, atrayéndola más cerca bajo la manta que compartían contra el frío de la noche de mayo, todavía fresca en aquella altitud montañosa.

—Tu familia se convirtió en mi familia hace mucho tiempo, Briar.

Desde la primera Navidad en Idaho, probablemente, aunque tardé un poco más en admitirlo del todo en voz alta.

Silas recibió el alta del hospital cinco días después, con instrucciones médicas estrictas sobre reposo y fisioterapia que, según predijo Rosalind con una resignación cariñosa, iba a costarle enormemente respetar dada su naturaleza inquieta, y la primera noche de vuelta en casa,

toda la familia se reunió alrededor de la mesa de la cocina para una cena que, a pesar de las circunstancias, tuvo una calidez particular que Briar atribuyó, en gran parte, al alivio compartido de tener a Silas de vuelta bajo el mismo techo, sano y recuperándose.

—Ambrose me ha contado que reparó la válvula del sector norte —dijo Silas, con la pierna todavía inmovilizada apoyada sobre una silla adicional junto a la mesa—. Llevaba meses queriendo hacer eso yo mismo.

—Fue un trabajo sencillo, la verdad. El problema estaba en una junta desgastada, fácil de identificar una vez que uno sabe qué buscar.

—"Fácil" dice el ingeniero que diseña tecnología de rastreo satelital para lobos. Para el resto de nosotros, esas cosas nunca son tan sencillas.

—Digamos que tuve un buen maestro la última vez que estuve aquí.

Silas sonrió, con la misma satisfacción contenida que Briar reconocía como su forma particular de expresar aprobación, y la cena continuó entre conversación ligera y el alivio compartido de una crisis familiar que, gracias a la buena fortuna y a la atención médica rápida,

había terminado con un desenlace considerablemente mejor del que cualquiera de ellos se había atrevido a esperar en aquellas primeras horas angustiosas.

Esa noche, después de que Silas y Rosalind se hubieran retirado temprano, agotados por el primer día completo de vuelta en casa, Briar y Ambrose se quedaron un rato más en el porche, contemplando las estrellas que empezaban a aparecer sobre el valle montano,

con la tensión de la última semana finalmente empezando a disolverse del todo.

—¿Sabes qué pensé, mientras esperábamos noticias de la cirugía? —dijo Briar, después de un rato de silencio contemplativo.

—¿Qué?

—Que si algo le hubiera pasado a mi padre, si las cosas hubieran salido de otra manera, la persona con quien hubiera querido estar en ese momento, la única persona con quien hubiera querido compartir ese dolor, eras tú.

No mis amigas de la universidad, no ningún otro vínculo de mi vida anterior a ti. Tú.

Ambrose se giró para mirarla directamente, con una expresión seria que reflejaba la gravedad de lo que ella acababa de compartir. —Eso significa más de lo que puedo expresar bien ahora mismo.

—Solo quería que lo supieras. Que en los momentos más difíciles, ya no me imagino atravesándolos sin ti a mi lado.

—Yo tampoco me imagino atravesar nada difícil sin ti a mi lado, Briar. Eso dejó de ser una posibilidad hace mucho tiempo, para mí.

Se besaron despacio, bajo las estrellas del valle montano, con el alivio de una crisis superada y la certeza renovada de una vida construida juntos envolviendo el momento entero, y mientras caminaban de vuelta hacia la habitación de invitados esa noche, Briar sintió que aquella semana difícil,

a pesar de todo el miedo y la incertidumbre que había traído consigo, también le había regalado una claridad renovada sobre exactamente qué, y quién, importaba más en su vida: su familia, ampliada ahora para incluir a Ambrose de manera permanente, y la certeza tranquila de que,

fuera lo que fuera lo que el futuro les deparara, iban a enfrentarlo juntos, sin ninguna duda al respecto.

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La tía Colette, que había permanecido cerca de la granja durante toda la semana ayudando con las tareas domésticas mientras Rosalind se concentraba en cuidar de Silas, encontró un momento a solas con Briar la tarde antes de que ella y Ambrose regresaran a Wyoming,

mientras ambas doblaban ropa recién lavada en el porche trasero de la casa.

—Ese hombre tuyo es especial, ¿sabes? —dijo Colette, con la franqueza directa que caracterizaba a toda la familia Callendish—. No solo por lo útil que ha sido esta semana, aunque eso también cuenta. Es la manera en que te mira cuando cree que nadie está prestando atención.

—¿Cómo me mira? —preguntó Briar, con una curiosidad genuina ante la observación de su tía.

—Como si todavía no pudiera creer del todo su suerte de haberte encontrado. He visto esa mirada exactamente una vez antes en mi vida, en tu tío, que en paz descanse, y créeme cuando te digo que es una mirada que no se puede fingir.

Briar sintió que el corazón se le llenaba de una calidez profunda ante aquella observación, pensando en todas las pequeñas maneras en que Ambrose había demostrado, a lo largo de aquella semana difícil, exactamente ese tipo de devoción silenciosa: las noches sin dormir apoyándola en el hospital,

las reparaciones espontáneas alrededor de la granja, la paciencia infinita con la que había escuchado cada preocupación y cada miedo que ella había compartido con él durante los momentos más oscuros de la crisis.

—Lo sé —dijo Briar, con una sonrisa que no consiguió contener—. Yo también he empezado a notar cosas parecidas en cómo lo miro yo a él.

—Entonces, ¿qué estáis esperando, exactamente?

—preguntó Colette, con una ceja enarcada que sugería que la pregunta llevaba tiempo formándose en su mente—.

Lleváis más de un año juntos. Habéis conocido a ambas familias, habéis construido una vida entera juntos en ese instituto vuestro. ¿Qué falta para el siguiente paso?

—No lo sé, la verdad. Supongo que ambos hemos estado esperando que se sienta completamente correcto, sin ninguna prisa artificial.

—Después de esta semana, con todo lo que ha pasado con tu padre, ¿todavía te parece que hace falta esperar más para que se sienta correcto?

Briar se quedó pensando en aquella pregunta durante el resto de la tarde, mientras terminaba de ayudar con las tareas domésticas y observaba, desde la ventana de la cocina, cómo Ambrose ayudaba a Silas a practicar los primeros pasos con muletas en el jardín trasero,

con una paciencia y un buen humor que hacían reír incluso a su padre, generalmente reacio a aceptar ayuda de cualquier tipo.

Esa noche, mientras preparaban las maletas para el vuelo de vuelta a Jackson Hole a la mañana siguiente, Briar se encontró observando a Ambrose con una atención renovada, notando de nuevo esa mirada que su tía Colette había descrito,

la manera en que él la observaba cuando creía que ella estaba distraída con otra cosa, una mezcla de devoción y asombro tranquilo que, ahora que Briar la había notado conscientemente, le resultaba imposible dejar de ver.

—¿Qué? —preguntó Ambrose, notando finalmente que ella lo observaba con una atención particular.

—Nada. Solo estaba pensando en lo afortunada que soy.

—Yo pienso exactamente lo mismo, todos los días, para que conste.

Briar sonrió, guardando aquel momento sencillo junto con la observación de su tía en algún lugar seguro de su memoria, y mientras terminaban de preparar el equipaje para el regreso a Wyoming, sintió que aquella semana difícil, con toda su angustia inicial y su alivio posterior,

le había regalado también una claridad renovada sobre el rumbo que su vida, y su relación con Ambrose, estaban tomando, aunque todavía no supiera exactamente cuándo ni cómo se formalizaría aquel siguiente paso que tanto ella como su tía sabían que se avecinaba.

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