Capítulo 19
La llamada llegó un miércoles de mayo, mientras Briar estaba en pleno terreno con Farrah revisando el estado de una loba preñada del corredor original, y en cuanto vio el nombre de su madre en la pantalla del teléfono, a una hora en que Rosalind rara vez llamaba durante la jornada laboral,
sintió que algo se le encogía en el pecho incluso antes de contestar.
—¿Mamá? ¿Qué pasa?
—Briar, cariño, no quiero que te asustes, pero tu padre ha tenido un accidente en el granero.
—La voz de Rosalind sonaba tensa, controlada con el esfuerzo evidente de alguien intentando no transmitir más pánico del necesario—.
Se cayó del henil mientras revisaba el techo.
Lo están llevando al hospital de Bozeman ahora mismo.
—¿Cómo de grave?
—No lo sabemos todavía con certeza. Está consciente, eso es bueno, pero se golpeó la cabeza y creen que puede tener la pierna rota. Los paramédicos han dicho que hay que hacer pruebas más completas en cuanto lleguen.
—Voy para allá ahora mismo.
Colgó y se giró hacia Farrah con una expresión que debió de comunicar toda la gravedad de la situación sin necesidad de explicación adicional, porque Farrah ya estaba guardando el equipo de campo antes de que Briar terminara de hablar.
—Ve —dijo Farrah—. Yo me encargo de todo aquí. Llama a Ambrose de camino.
Ambrose contestó al segundo tono, y en cuanto Briar terminó de explicar la situación con una voz que apenas conseguía mantener firme, él ya estaba organizando, con la misma eficiencia práctica que aplicaba a cualquier crisis, los detalles logísticos que ella, en aquel momento de pánico creciente,
apenas conseguía procesar por sí misma.
—Voy a reservarte un vuelo directo a Bozeman para esta tarde —dijo—. Yo me quedo aquí terminando lo pendiente del Corredor Sur, y viajo en cuanto pueda, probablemente mañana por la mañana.
—No tienes que venir. Puedo manejar esto.
—Lo sé perfectamente que puedes manejarlo. Pero quiero estar ahí contigo, no solo porque creas que lo necesitas, sino porque yo lo necesito también. Tu familia es mi familia ahora, Briar. Esto nos afecta a los dos.
Briar sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas ante la sencillez directa de aquella afirmación, y durante el resto del trayecto hacia el aeropuerto,
mientras Ambrose gestionaba en paralelo los detalles del vuelo y las tareas pendientes en el instituto con una calma que la ayudaba a mantener la propia, sintió una gratitud profunda por tener, en un momento tan incierto,
a alguien capaz de sostener tanto el pánico como la logística sin que ninguna de las dos cosas se le escapara de las manos.
El vuelo a Bozeman se sintió interminable, cada minuto de espera cargado de una ansiedad que ninguna distracción conseguía aliviar del todo, y cuando finalmente Briar llegó al hospital, encontró a su madre en la sala de espera, con el rostro pálido pero la compostura relativamente intacta,
sentada junto a la tía Colette, que había llegado apenas unos minutos antes que ella.
—¿Cómo está? —preguntó Briar, abrazando a su madre con fuerza.
—Estable —dijo Rosalind, con un alivio evidente en la voz—. La pierna está rota, van a necesitar cirugía para colocar unas placas, pero la tomografía de la cabeza salió limpia. Va a estar bien, cariño. Va a necesitar meses de recuperación, pero va a estar bien.
Briar sintió que el nudo de terror que llevaba horas apretándole el pecho se aflojaba, aunque no del todo, la ansiedad residual persistiendo hasta que finalmente pudo ver a su padre por sí misma, unas horas después, ya estabilizado en una habitación del hospital,
con la pierna inmovilizada y una expresión que, incluso a través del dolor evidente, mantenía el mismo humor seco que Briar había conocido toda su vida.
—No hacía falta que vinieras corriendo desde Wyoming por un simple hueso roto —dijo Silas, con una sonrisa débil que no consiguió disimular del todo el dolor que claramente sentía.
—Papá, te caíste desde un henil. Eso no es "un simple hueso roto".
—He tenido caídas peores en mi vida.
—Eso no me tranquiliza en absoluto.
Silas se rio, un sonido breve interrumpido por una mueca de dolor, y Rosalind, sentada al otro lado de la cama, le lanzó una mirada de advertencia cariñosa que sugería que aquella dinámica particular de humor bajo presión llevaba décadas siendo parte fundamental de su matrimonio.
—¿Dónde está tu ingeniero? —preguntó Silas, después de un momento—. Pensaba que a estas alturas vendría pegado a tus talones.
—Viene mañana. Tenía trabajo pendiente en el instituto que no podía dejar sin resolver.
—Espero que venga. Quiero contarle exactamente cómo pasó esto, con todos los detalles técnicos que probablemente él sabrá apreciar mejor que cualquiera de vosotras.
—Papá, te caíste de un henil. No hay ningún detalle técnico que rescatar de eso.
—Hay más matices de los que crees, jovencita.
Briar se quedó junto a la cama de su padre durante el resto de la tarde, sosteniéndole la mano mientras los médicos entraban y salían con actualizaciones sobre el plan quirúrgico previsto para la mañana siguiente,
y cuando finalmente la noche cayó sobre el hospital y su madre insistió en que fuera a descansar a la granja, aunque fuera solo unas horas, Briar sintió el cansancio acumulado del día asentándose sobre ella con una fuerza que apenas conseguía mantener a raya.
Ambrose llegó a la mañana siguiente, exactamente como había prometido, directo desde el aeropuerto hacia el hospital, donde encontró a Briar en la sala de espera, con ojeras evidentes por la falta de sueño, esperando noticias de la cirugía que ya llevaba dos horas en curso.
—¿Cómo estás? —preguntó, abrazándola con fuerza en cuanto la vio.
—Cansada. Asustada, aunque los médicos dicen que la cirugía debería ir bien. Aliviada de que estés aquí.
—Yo también me alegro de estar aquí. —Se sentó junto a ella, sin soltarle la mano—. ¿Qué necesitas?
—Solo esto. Que estés aquí, sentado a mi lado, sin necesidad de arreglar nada, solo... presente.
—Puedo hacer eso perfectamente.
Se quedaron así durante el resto de la espera, en un silencio cómodo interrumpido solo por actualizaciones ocasionales del personal del hospital, y cuando finalmente el cirujano salió para informarles que la operación había sido un éxito completo, sin complicaciones,
Briar sintió el alivio recorrerla con una intensidad que la dejó momentáneamente sin palabras, apoyándose contra el pecho de Ambrose mientras las lágrimas que había estado conteniendo durante horas finalmente encontraban salida.
—Va a estar bien —dijo, cuando finalmente consiguió que la voz le saliera sin quebrarse del todo.
—Va a estar bien —confirmó Ambrose, besándola en la frente con una ternura profunda—. Y vosotros dos, toda la familia, vais a estar bien también, porque tenéis exactamente el tipo de fuerza compartida que hace falta para superar momentos como este.
• • •
Mientras Briar pasaba aquellos primeros días angustiosos junto a la cama de su padre, Ambrose se quedó en Jackson Hole terminando los asuntos pendientes más urgentes del instituto,
coordinando a distancia con Farrah e Isolde para asegurarse de que ninguna tarea crítica del programa quedara desatendida durante la ausencia de Briar.
—¿Cómo está tu padre? —preguntó Farrah, durante una de las llamadas diarias de actualización que Ambrose mantenía con el equipo mientras terminaba de preparar su propio viaje a Montana.
—Estable, según las últimas noticias. La cirugía está programada para mañana por la mañana. Briar está agotada, pero aguantando bien, considerando las circunstancias.
—Dile que no se preocupe por nada de aquí. Isolde y yo tenemos todo bajo control, y cualquier cosa urgente que surja, te la consultamos directamente a ti.
—Te lo agradezco, Farrah. De verdad.
Isolde, que había asumido con una madurez sorprendente la supervisión temporal del Corredor Sur durante aquella semana de ausencia de sus mentores habituales, se acercó al teléfono para añadir su propia actualización.
—Todo tranquilo por aquí. Los collares están funcionando correctamente, y no hay ninguna alerta pendiente que requiera atención inmediata.
Concéntrate en tu familia, Ambrose. Nosotras nos encargamos de esto.
—Gracias, Isolde. Significa mucho saber que puedo confiar en vosotras dos con tanta tranquilidad.
Aquella noche, antes de tomar el vuelo hacia Bozeman a la mañana siguiente, Ambrose se quedó despierto hasta tarde, terminando la documentación pendiente para que Ottoline pudiera gestionar cualquier decisión administrativa urgente sin necesidad de esperar su regreso, y mientras trabajaba,
sintió una gratitud profunda por el equipo que habían construido juntos a lo largo de aquel año: un grupo de personas capaces, comprometidas, en quienes podía confiar completamente para mantener el programa funcionando incluso en circunstancias tan inesperadas como aquella.
Ottoline lo llamó justo cuando terminaba de organizar los últimos documentos, con una preocupación genuina en la voz que reflejaba exactamente la que Ambrose sentía por dentro. —¿Cómo está Briar llevando todo esto?
—Con la fuerza habitual que la caracteriza, aunque puedo notar el cansancio acumulándose. Voy a estar allí mañana para ayudar en lo que pueda.
—Haces bien. La familia importa más que cualquier collar GPS o cualquier reunión con el Servicio de Parques, por muy urgente que parezca en el momento.
Ve, cuida de ella, y no te preocupes por nada de aquí.
Este instituto lleva un año entero funcionando gracias al trabajo excepcional de todo un equipo, no solo de vosotros dos.
—Gracias, Ottoline. Por todo, en realidad, no solo por esto.
—Es lo mínimo que puedo hacer, después de todo lo que vosotros dos habéis hecho por este programa. Ve con cuidado mañana, y mantennos informados.
Cuando finalmente Ambrose se acostó esa noche, con la maleta ya preparada junto a la puerta para el vuelo de la mañana siguiente, sintió una mezcla de preocupación genuina por la familia de Briar y una gratitud profunda por formar parte de una comunidad, tanto profesional como personal,
que respondía con tanto apoyo incondicional ante cualquier crisis que se presentara, recordándole, una vez más, exactamente por qué aquel valle y aquella gente se habían convertido, con el tiempo, en algo tan fundamental para su propia vida.