Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Gracias a ti por hacer que valiera la pena planearlo. —Ambrose la besó suavemente antes de cerrar la puerta trasera del vehículo—. Vamos, Callendish. Todavía tenemos un corredor sur entero que planificar, y una reunión con Perpetua Ashgrove-Lindqvist esperándonos la semana que viene.

—Siempre trabajando, incluso después de la noche más romántica que hemos tenido hasta ahora.

—Es parte de mi encanto. Ya deberías saberlo a estas alturas.

Condujeron de vuelta hacia el instituto con el sol de febrero brillando claro sobre la nieve reciente, la conversación fluyendo con la facilidad habitual entre los dos, y Briar sintió, mientras el paisaje familiar del valle iba desfilando tras las ventanillas,

que aquella mañana perezosa después de una noche perfecta representaba exactamente el tipo de vida cotidiana que había llegado a valorar más que cualquier celebración extraordinaria: la simple certeza tranquila de compartir cada día, ordinario o especial, con la persona correcta a su lado.

• • •

Esa misma semana, con la aprobación de Perpetua ya confirmada por escrito y el proyecto del Corredor Sur avanzando con un impulso que sorprendía a todo el instituto, Ottoline organizó una reunión ampliada para presentar formalmente el plan de expansión a todo el personal,

incluidos los nuevos técnicos que se habían ido incorporando en las últimas semanas gracias al aumento de financiación tras el reportaje.

—Vamos a necesitar contratar al menos dos personas más para el equipo de campo antes de que empiece la implementación completa en primavera —anunció Ottoline, señalando un organigrama proyectado en la pantalla de la sala común—.

Y quiero proponer algo que llevo pensando desde hace semanas: que Briar y Ambrose asuman roles de supervisión general sobre ambos corredores, con responsables directos de campo para cada uno bajo su dirección.

—Eso significaría delegar buena parte del trabajo diario de campo que hemos hecho nosotros mismos hasta ahora —dijo Briar, sopesando la propuesta con cierta cautela.

—Exactamente. Y creo que es el paso natural a medida que el programa crece.

Vosotros dos os habéis demostrado excepcionalmente capaces gestionando la visión estratégica completa, las relaciones institucionales, la resolución de conflictos complejos.

Necesitamos que sigáis haciendo eso, no que os agotéis intentando estar físicamente presentes en cada collar de cada corredor.

Ambrose y Briar intercambiaron una mirada breve, la misma clase de comunicación silenciosa que habían perfeccionado durante meses de trabajo compartido, sopesando juntos las implicaciones de aquella propuesta que, aunque lógica desde la perspectiva de crecimiento institucional,

también representaba un cambio significativo en la naturaleza cotidiana de su trabajo.

—¿Quién asumiría la supervisión directa de campo? —preguntó Ambrose.

—Para el corredor original, propongo a Farrah, que ya conoce el terreno mejor que nadie después de todos estos años. Para el Corredor Sur, dado su progreso excepcional, propongo a Isolde, con supervisión cercana vuestra durante los primeros meses, por supuesto.

—Isolde todavía es muy nueva para asumir tanta responsabilidad —dijo Briar, aunque incluso mientras lo decía sentía que la objeción sonaba menos convincente de lo que pretendía.

—Isolde ha demostrado en las últimas semanas exactamente el tipo de criterio y capacidad técnica que este puesto requiere —dijo Ambrose—. Y con supervisión cercana durante la fase inicial, como propone Ottoline, creo que podría funcionar excepcionalmente bien.

Discutieron los detalles durante el resto de la reunión, ajustando responsabilidades y líneas de comunicación con la misma minuciosidad que aplicaban a cualquier decisión importante del programa, y cuando finalmente la reunión terminó,

con la propuesta aprobada en líneas generales y los detalles finales pendientes de ajustar durante las siguientes semanas, Briar sintió una mezcla de emociones que le costó procesar del todo: satisfacción por el crecimiento evidente del programa,

cierta nostalgia anticipada por el trabajo de campo directo que había definido su primer año en Jackson Hole, y curiosidad genuina por lo que aquel nuevo rol de supervisión más amplia podría significar para su propio desarrollo profesional.

—¿Cómo te sientes con todo esto? —preguntó Ambrose, esa noche, mientras caminaban juntos hacia la casa de Briar bajo un cielo despejado de febrero, salpicado de estrellas que la falta de contaminación lumínica del valle hacía brillar con una claridad excepcional.

—Extraña, la verdad. Emocionada por el crecimiento, pero también un poco nostálgica de los primeros meses, cuando todo el trabajo era mucho más directo, mucho más sobre mí y un animal concreto necesitando ayuda inmediata.

—Yo siento algo parecido. Pero también creo que este es exactamente el tipo de crecimiento que ambos queríamos cuando empezamos a soñar con expandir el programa más allá de un solo corredor.

—Tienes razón. Es solo un ajuste que va a llevar tiempo asumir del todo.

—Tenemos tiempo. Y tenemos, aparentemente, un equipo cada vez más capaz rodeándonos, lo cual facilita bastante ese ajuste.

Briar sonrió, apretando la mano de Ambrose mientras caminaban juntos bajo las estrellas, sintiendo que aquel año extraordinario, que había empezado con tanta hostilidad y sospecha mutua en una sala de reuniones hostil, se había transformado, paso a paso, decisión a decisión,

en algo mucho más grande de lo que ninguno de los dos hubiera podido imaginar entonces: un programa en expansión constante, un equipo cada vez más sólido y capaz, y una relación que seguía profundizándose con cada desafío compartido, cada crisis superada juntos,

cada momento sencillo de vida cotidiana construida, paciente y deliberadamente, entre dos personas que habían aprendido, contra todo pronóstico inicial, a construir juntas exactamente el tipo de hogar que ambas necesitaban.

• • •

El fin de semana siguiente, aprovechando un respiro poco habitual en la agenda de ambos, Briar y Ambrose organizaron una pequeña celebración informal en la sala común del instituto para conmemorar tanto la aprobación completa del Corredor Sur como el primer aniversario, casi exacto,

de aquella primera reunión hostil con Ottoline que había puesto en marcha todo lo que había seguido después.

—Un año —dijo Farrah, levantando su vaso de sidra en un brindis improvisado, con todo el equipo reunido alrededor de la mesa larga de la sala común—.

Hace exactamente un año, estos dos se odiaban con una pasión que, sinceramente, algunos de nosotros ya sospechábamos que escondía algo completamente distinto.

—No nos odiábamos —protestó Briar, aunque sin demasiada convicción.

—Casi sedaste un oso pardo por su culpa, según recuerdo la anécdota que contáis siempre —dijo Junie, con una sonrisa traviesa.

—Eso no fue exactamente lo que pasó —dijo Ambrose, con la misma resignación cansada que mostraba cada vez que aquella historia salía a relucir, cosa que, a esas alturas, sucedía con una frecuencia considerable en cualquier celebración del instituto.

Isolde, ya completamente integrada en el ritmo social del equipo después de meses trabajando juntos, levantó también su vaso con un entusiasmo genuino. —Por el mejor año de trabajo que he tenido en mi vida, aunque solo lleve unos meses aquí. Gracias por confiar en mí con tanto, tan rápido.

—Te lo has ganado tú sola, con tu propio esfuerzo —dijo Briar, sintiendo el mismo orgullo genuino de siempre al ver el progreso evidente de la joven bióloga.

Ottoline, sentada al final de la mesa con una copa de sidra que llevaba rato sin tocar, más ocupada observando a todo su equipo reunido con una satisfacción silenciosa, finalmente tomó la palabra cuando la conversación se calmó un poco.

—Quiero decir algo, si me lo permitís —dijo, levantándose ligeramente de su silla—.

Hace un año, cuando tuve que anunciaros que ibais a codirigir este programa juntos, lo hice sabiendo que era arriesgado, que había historia tensa entre vosotros, y que la fundación probablemente cuestionaría mi decisión si las cosas salían mal.

Pero también sabía, de algún modo que no consigo explicar del todo racionalmente, que erais exactamente las dos personas que este programa necesitaba, juntas, aunque en ese momento ninguno de los dos lo viera de esa manera.

—Tenías razón —dijo Ambrose, con una sinceridad simple que hizo sonreír a Ottoline ampliamente.

—Casi siempre la tengo, aunque agradezco que por fin lo reconozcáis en voz alta después de un año entero.

La celebración se extendió hasta bien entrada la noche, entre risas y anécdotas compartidas, la guitarra desafinada de Reeve haciendo otra aparición, y cuando finalmente Briar y Ambrose caminaron juntos de vuelta hacia la casa de ella, bajo el mismo cielo estrellado de la semana anterior,

Briar sintió que aquel año completo, con todos sus desafíos y triunfos entrelazados, representaba exactamente el tipo de vida que había esperado encontrar cuando decidió dedicarse a la conservación de fauna salvaje, años atrás, sin saber todavía que aquella decisión profesional la llevaría,

con el tiempo, hasta el hogar más completo y satisfactorio que había conocido nunca.