Capítulo 16
El catorce de febrero cayó en mitad de la semana, justo cuando ambos estaban sumergidos en la preparación de la documentación técnica que Perpetua había solicitado para la segunda reunión con el Servicio de Parques,
y durante buena parte del día pareció que la fecha iba a pasar prácticamente desapercibida entre gráficos de especificaciones de collares y formularios de solicitud de permisos.
—No hemos hablado nada de esta noche —dijo Briar, hacia las cinco de la tarde, cuando finalmente levantó la vista de la pantalla el tiempo suficiente para notar la fecha marcada en el calendario colgado en la pared del despacho compartido.
—¿Esta noche?
—Es catorce de febrero, Ambrose.
Él la miró con una expresión que oscilaba entre la sorpresa genuina y algo más parecido a la travesura contenida, una expresión que Briar había aprendido a reconocer como la que precedía, casi siempre, a alguna sorpresa cuidadosamente planeada.
—Lo sé perfectamente que es catorce de febrero —dijo—. Solo estaba esperando a ver cuánto tardabas en darte cuenta tú también, en mitad de tanto papeleo del parque.
—¿Tienes algo planeado?
—Puede que tenga algo planeado.
Se negó a dar más detalles durante el resto de la tarde, a pesar de las preguntas insistentes de Briar mientras terminaban juntos la documentación pendiente, y cuando finalmente salieron del instituto ya entrada la tarde, en vez de dirigirse hacia la casa de Briar como solían hacer,
Ambrose condujo hacia las afueras del pueblo, por una carretera que ella no reconoció del todo, hasta llegar a un pequeño refugio de montaña con vistas al valle que Briar no sabía que existía, a pesar de llevar casi un año viviendo en la zona.
—¿Cómo has encontrado este lugar? —preguntó, bajando de la camioneta con el aliento formando nubes blancas en el aire frío de febrero.
—Reeve me lo recomendó hace semanas. Pertenece a un antiguo colega suyo del parque, que lo alquila ocasionalmente para ocasiones especiales. Reservé la noche entera para nosotros dos.
El interior del refugio, pequeño pero acogedor, estaba iluminado con velas dispuestas cuidadosamente por toda la habitación principal, una chimenea ya encendida proyectando calidez sobre las paredes de madera oscura, y una mesa preparada con un mantel sencillo y dos platos que,
según explicó Ambrose con cierta timidez inusual en él, había preparado él mismo esa misma tarde, aprovechando un hueco entre reuniones.
—¿Cocinaste todo esto? —preguntó Briar, genuinamente impresionada al descubrir un guiso de venado que olía exactamente como el que Osric había preparado en Idaho durante Navidad.
—Le pedí la receta a mi padre por teléfono la semana pasada. Quería sorprenderte con algo que significara algo, no solo una cena elegante en un restaurante cualquiera.
—Es perfecto. De verdad, Ambrose, esto es perfecto.
Cenaron despacio, con la conversación fluyendo entre bromas ligeras y momentos de silencio cómodo, la luz de las velas proyectando sombras cálidas sobre la habitación mientras fuera, la nieve caía suave contra las ventanas del refugio, y cuando terminaron el postre —una tarta de manzana comprada,
admitió Ambrose con una sonrisa avergonzada, porque "ni siquiera yo puedo improvisar repostería decente en una tarde"—, se trasladaron juntos hacia el sofá frente a la chimenea, envueltos en una manta compartida que olía ligeramente a madera de pino.
—Tengo algo para ti —dijo Ambrose, después de un rato de silencio contemplativo, sacando del bolsillo interior de su chaqueta una caja pequeña envuelta en papel sencillo, sin ningún adorno excesivo.
Briar sintió que el corazón le daba un vuelco considerable, la mente saltando de inmediato hacia posibilidades que probablemente no correspondían todavía a la fecha ni al momento, y abrió el papel con dedos ligeramente temblorosos,
encontrando dentro una pulsera delicada de plata con un pequeño colgante en forma de huella de lobo.
—Ambrose, esto es precioso.
—La encargué hace semanas, a un joyero de Bozeman que trabaja con plata reciclada.
Quería algo que representara lo que hemos construido juntos este año, sin ser...
—dudó un momento, buscando las palabras correctas— sin ser todavía la pregunta más grande que sé que ambos estamos pensando, pero que no quiero apresurar antes de que se sienta completamente natural para los dos.
Briar sintió que los ojos se le humedecían ante la sinceridad de aquella confesión, la certeza tranquila de que ambos estaban, efectivamente, moviéndose hacia algo más grande, sin necesidad de apresurar el momento exacto en que aquello se formalizara.
—Me encanta —dijo, dejando que él le abrochara la pulsera alrededor de la muñeca con dedos cuidadosos—. Y aprecio que no tengas prisa. Prefiero que las cosas importantes lleguen cuando se sientan completamente correctas, no cuando el calendario dice que deberían llegar.
—Exactamente lo que pensaba yo también.
Se besaron despacio frente al fuego, con la pulsera nueva fría todavía contra la piel de la muñeca de Briar, y lo que siguió tuvo la misma cualidad lenta y deliberada de toda la velada: ninguna prisa, ninguna urgencia más allá de la necesidad simple de estar cerca el uno del otro,
explorando con la familiaridad cómoda de meses de intimidad compartida cada rincón conocido del cuerpo del otro, mientras la nieve seguía cayendo silenciosa fuera del refugio y el fuego crepitaba bajo,
manteniendo la habitación entera envuelta en un calor que no tenía nada que ver únicamente con la temperatura.
Después, tumbados juntos bajo las mantas del refugio, con la respiración calmándose poco a poco y la luz de las velas ya casi consumidas del todo, Briar apoyó la cabeza sobre el pecho de Ambrose, escuchando el latido constante de su corazón bajo la oreja, y pensó que aquel catorce de febrero,
sencillo y sin pretensiones excesivas, resultaba considerablemente más significativo que cualquier celebración elaborada que hubiera experimentado antes en su vida.
—Feliz San Valentín, Briar Callendish —murmuró Ambrose, contra su pelo.
—Feliz San Valentín, Ambrose Kilbride.
Y mientras el fuego seguía ardiendo bajo frente a ellos, manteniendo el refugio cálido contra el frío profundo de febrero, Briar sintió que aquella pulsera nueva alrededor de su muñeca representaba, con una sencillez perfecta,
exactamente el tipo de promesa silenciosa que ambos estaban dispuestos a hacerse: no prisa, no urgencia artificial, solo la certeza tranquila de que, fuera cuando fuera que llegara la pregunta más grande que ambos sabían que se avecinaba,
llegaría en el momento exacto en que se sintiera completamente correcta para los dos.
• • •
Despertaron tarde a la mañana siguiente, con la luz del sol entrando clara por las ventanas del refugio y el fuego de la chimenea reducido a brasas suaves que todavía calentaban ligeramente la habitación.
Briar se desperezó despacio, sintiendo la pulsera nueva fría contra su muñeca, un recordatorio tangible de la noche anterior que le arrancó una sonrisa somnolienta antes incluso de abrir los ojos del todo.
—Buenos días —murmuró Ambrose, todavía medio dormido a su lado, con el pelo revuelto de un modo que Briar encontraba, contra toda lógica racional, profundamente entrañable.
—Buenos días. ¿Qué hora es?
—Casi las diez. Creo que es la primera vez en meses que dormimos hasta tan tarde sin ninguna alerta de collar interrumpiéndonos.
—Deberíamos aprovechar refugios de montaña sin cobertura de red más a menudo.
Ambrose se rio, atrayéndola más cerca bajo las mantas todavía calientes, y se quedaron así un rato más, remoloneando en la cama improvisada del refugio con la pereza satisfecha de dos personas sin ninguna obligación urgente esperándolas antes del mediodía.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo Briar, en algún momento, jugando distraídamente con el colgante en forma de huella de lobo de su nueva pulsera.
—¿Qué?
—Que hace un año, por estas fechas, yo estaba completamente convencida de que iba a pasar el resto de mi carrera profesional discutiendo contigo sobre metodología de conservación, sin ningún indicio de que esto —hizo un gesto vago que abarcaba la habitación entera, el refugio,
la relación completa— fuera siquiera remotamente posible.
—Yo tampoco lo veía venir, para ser sincero. Aunque debo admitir que, incluso en Missoula, en mitad de toda esa hostilidad inicial, había algo en cómo defendías tus argumentos que me pareció, contra mi voluntad en ese momento, bastante atractivo.
—¿En serio? ¿Incluso mientras te acusaba públicamente de poner en riesgo a un oso pardo?
—Especialmente entonces, la verdad. Hay algo irresistible en alguien que defiende sus convicciones con esa clase de pasión, aunque esas convicciones estén dirigidas directamente contra ti en ese momento concreto.
Briar se rio, apoyando la cabeza contra su pecho con una satisfacción tranquila que llevaba meses sintiendo crecer, semana tras semana, hasta convertirse en algo tan fundamental para su vida cotidiana que apenas podía recordar cómo había sido su existencia antes de que Ambrose formara parte de ella.
Prepararon un desayuno sencillo con los restos de la cena de la noche anterior, sentados juntos frente a la ventana del refugio que ofrecía una vista completa del valle nevado extendiéndose hacia las montañas distantes,
y cuando finalmente llegó el momento de recoger sus cosas y volver hacia Jackson Hole, ninguno de los dos sintió prisa particular por apresurar la partida, disfrutando en cambio de los últimos minutos de aquella burbuja tranquila que habían construido juntos, lejos de collares GPS,
reuniones con el Servicio de Parques, y cualquier otra responsabilidad que normalmente llenaba cada hora de sus días.
—Gracias por todo esto —dijo Briar, mientras Ambrose cargaba las últimas bolsas en la camioneta—. Por planearlo, por cocinarlo, por la pulsera. Por todo.