Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

El reportaje se emitió la segunda semana de enero, un domingo por la noche, y todo el instituto se reunió en la sala común para verlo juntos en la pantalla grande que Junie había conseguido prestada de algún primo lejano específicamente para la ocasión,

con un cuenco de palomitas tan grande que Farrah bromeó sobre si pretendía alimentar a la manada entera con él.

—Empieza —anunció Reeve, que se había vuelto, en las últimas semanas, un habitual casi permanente de las cenas y celebraciones del instituto, subiendo el volumen justo cuando la introducción del programa daba paso a las primeras imágenes del corredor de Gros Ventre cubierto de nieve.

El resultado, cuando por fin apareció completo en pantalla veintidós minutos después, superó con creces cualquier expectativa que Briar hubiera tenido durante el rodaje agotador de diciembre:

la narración enmarcaba el programa como un modelo de colaboración entre ciencia veterinaria y tecnología de conservación, con imágenes del rescate de Loba 14 que Briar apenas recordaba haber grabado en su momento, entrelazadas con tomas aéreas del corredor y la escena, ahora perfectamente editada,

de Mortimer el zorro robando protagonismo en mitad de la entrevista solemne.

—Ahí está —dijo Junie, con orgullo evidente, cuando Mortimer apareció en pantalla olfateando la bota de Ambrose—. Sabía que iban a usar esa parte.

El reportaje terminaba con la entrevista final, la pregunta de Vesper sobre cómo habían pasado de discrepar enérgicamente en una conferencia a codirigir juntos un programa exitoso, y la respuesta cuidadosamente diplomática que Briar y Ambrose habían dado meses atrás,

acompañada de imágenes de los dos trabajando codo a codo en el terreno, imágenes que, vistas ahora en la pantalla grande rodeados de todo el equipo, resultaban innegablemente más íntimas de lo que Briar recordaba haber sentido durante la grabación misma.

—Habéis quedado genial —dijo Farrah, cuando los créditos finales empezaron a rodar—. En serio, esto va a traer muchísima atención positiva al programa.

Las siguientes horas confirmaron esa predicción con una rapidez que sorprendió a todos: el teléfono de Ottoline no dejó de sonar durante toda la noche, mensajes de felicitación de colegas de otros institutos, consultas de periodistas de medios regionales que querían hacer seguimiento, y,

para sorpresa particular de Briar, un aumento notable de solicitudes espontáneas de donación a través de la página web del instituto, suficientes como para que Ottoline anunciara, radiante,

a la mañana siguiente que habían recaudado en dieciocho horas casi lo mismo que en los tres meses anteriores combinados.

—Esto podría cambiar completamente nuestra capacidad de expansión —dijo Ottoline, durante la reunión de equipo del lunes, con una energía que Briar no le había visto desde la aprobación original de la subvención—.

Estoy pensando en proponerle a la junta que consideremos un segundo corredor de monitoreo, quizás hacia el sur, donde sabemos que hay actividad de manada dispersándose desde Yellowstone.

—Eso significaría más personal, más presupuesto, más collares —dijo Ambrose, ya visiblemente calculando las implicaciones técnicas—. Es ambicioso, pero factible, sobre todo si la financiación sigue este ritmo.

—Exactamente lo que pensaba. Vamos a necesitar tiempo para planificarlo bien, pero quería que lo supierais antes de que se convirtiera en el tema de conversación de todo el instituto durante la próxima semana, como suele pasar con este tipo de noticias.

La reunión terminó con un ambiente de entusiasmo generalizado que se extendió durante el resto del día, aunque Briar notó, con una punzada de atención que llevaba meses perfeccionando respecto a los estados de ánimo de Ambrose,

que él parecía distraído de un modo distinto al entusiasmo compartido del resto del equipo.

—¿Todo bien? —preguntó, cuando finalmente se quedaron a solas en el despacho compartido esa tarde.

—Todo bien. Es solo que Halcyon Dynamics ha confirmado la fecha para la primera implementación del acuerdo. Colorado, cerca de Steamboat Springs. Salgo el jueves.

Briar sintió que algo en su estómago se encogía, a pesar de que llevaban semanas hablando de aquello, a pesar de que había sido ella misma quien había animado a Ambrose a aceptar el acuerdo con Halcyon,

convencida de que podrían gestionar la distancia sin que afectara a lo que habían construido juntos.

—¿Cuánto tiempo?

—Diez días, según el plan actual. Formación del equipo local, calibración de los primeros veinte collares, supervisión de la primera semana de despliegue en campo.

—Diez días es manejable.

—Lo es. —Ambrose se acercó, tomándole la mano por encima del escritorio compartido—. Vamos a estar bien. Hemos hablado de esto, lo hemos planeado juntos.

—Lo sé. Es solo que una cosa es hablarlo en teoría y otra muy distinta es que el jueves llegue de verdad.

—Podemos llamarnos cada noche. Y solo son diez días, Briar. No es nada comparado con todo lo que hemos superado juntos ya.

Briar asintió, intentando convencerse a sí misma con la misma lógica racional que aplicaba a cualquier problema profesional, aunque una parte de ella, la parte que todavía recordaba el miedo antiguo de las relaciones que se desmoronaban bajo el peso de la distancia y las prioridades divergentes,

seguía sintiendo un nudo persistente en el estómago que ninguna cantidad de razonamiento lógico conseguía disolver del todo.

El jueves llegó con una rapidez que a Briar le pareció casi cruel, y se encontró de pie en el pequeño aeropuerto regional de Jackson Hole, viendo a Ambrose facturar una maleta cargada de equipo técnico,

con una sensación extraña instalándose en su pecho que no había experimentado desde los primeros meses de su relación, cuando todavía no confiaba del todo en que aquello fuera a funcionar.

—Diez días —dijo Ambrose, abrazándola con fuerza junto a la puerta de embarque, con la megafonía anunciando de fondo los últimos avisos para su vuelo—. Y después vuelvo directo a casa, sin escalas, sin retrasos que yo pueda controlar.

—Te voy a echar de menos.

—Yo también. Más de lo que probablemente debería admitir en un aeropuerto lleno de desconocidos.

—Llámame en cuanto aterrices.

—Lo prometo.

Lo besó una última vez, con la misma ternura lenta que había definido cada uno de sus besos desde la noche de la tormenta en la cabaña de guardabosques,

y lo vio desaparecer por el control de seguridad con una mezcla de orgullo y tristeza que le apretó el pecho durante todo el camino de vuelta al instituto, donde el trabajo, al menos,

le ofrecía la distracción que necesitaba para no pasarse los primeros días contando las horas hasta la siguiente llamada.

• • •

Los primeros dos días sin Ambrose transcurrieron con una lentitud que Briar no había anticipado del todo, el despacho compartido sintiéndose extraño con solo un escritorio ocupado,

el silencio del edificio pesando de un modo distinto sin el sonido familiar del teclado de Ambrose trabajando al otro lado de la mesa.

Se refugió en el trabajo con la misma determinación con la que había gestionado cualquier otra dificultad de su vida, dedicando horas extra a revisar los datos de la manada, a planificar con Ottoline los detalles preliminares del posible segundo corredor de monitoreo,

a formar a Isolde en procedimientos cada vez más avanzados de atención veterinaria de campo.

—Se te nota que lo extrañas —dijo Farrah, durante el almuerzo del segundo día, observándola con la misma perspicacia de siempre mientras Briar removía distraídamente una sopa que llevaba minutos sin probar.

—Es solo raro. Llevamos meses trabajando codo a codo prácticamente todos los días. Es extraño acostumbrarse de golpe a que no esté aquí.

—Diez días no es tanto tiempo, en el gran esquema de las cosas.

—Lo sé. Racionalmente lo sé perfectamente.

—Pero el corazón no siempre escucha a la razón, ¿verdad? Ya me lo enseñaste tú misma, con esa frase, hace unos meses.

Briar sonrió, a su pesar, reconociendo sus propias palabras devueltas con la ironía cariñosa que caracterizaba a Farrah.

—Tienes razón. Es solo que después de todo lo que ha pasado, después de las familias, de la fundación, de la televisión, esto se siente como la primera prueba real de si podemos manejar la distancia sin que afecte a lo demás.

—Vais a poder. Los he visto superar cosas mucho más complicadas que unos días de separación.

Isolde se unió a ellas poco después, cargada de preguntas sobre el protocolo de sedación que Briar le había enseñado esa misma mañana, y la conversación se desvió hacia temas más técnicos que, al menos temporalmente,

consiguieron distraer a Briar de la ausencia persistente que sentía en el despacho vacío al otro lado del pasillo.

Esa noche, durante la primera llamada de verdad desde que Ambrose había llegado a Colorado, después de las formalidades del vuelo y la instalación en el hotel, hablaron durante casi dos horas, cubriendo cada detalle del día de cada uno con una minuciosidad que,

en cualquier otro momento de sus vidas respectivas, hubiera parecido excesiva, pero que en aquel momento concreto se sentía como el único modo de mantener la sensación de cercanía a pesar de la distancia física real.

—El equipo local es bueno, aunque escéptico —contó Ambrose, describiendo su primer día de formación—.

Tienen razones legítimas para serlo, la verdad.

Han tenido malas experiencias con tecnología que prometía mucho y entregaba poco.

Voy a tener que ganarme su confianza con resultados concretos, no solo con presentaciones bonitas.

—Eso se te da bien. Ganarte la confianza de gente escéptica con resultados concretos, quiero decir. Lo hiciste conmigo, lo hiciste con Sorrow.

—Espero que funcione igual de bien en Colorado.

—Va a funcionar. Confío en ti.

—Eso significa mucho, viniendo de la persona que hace unos meses me llamó "insufrible" en la primera reunión que tuvimos con Ottoline.

—Sigues siendo insufrible a veces. Solo que ahora también confío profundamente en ti, que son cosas que pueden coexistir perfectamente.

Ambrose se rio, un sonido que, incluso a través del teléfono y a cientos de kilómetros de distancia, seguía teniendo la capacidad de aliviar buena parte de la tensión acumulada durante el día, y hablaron un rato más antes de despedirse, cada uno prometiendo llamar de nuevo la noche siguiente,

manteniendo el ritual constante que, poco a poco, empezaba a convertirse en el ancla que les permitía sobrellevar la distancia sin que esta se sintiera del todo insuperable.

• • •

Con Ambrose todavía en Colorado, Briar aprovechó los días intermedios para profundizar la formación de Isolde de un modo que no siempre encontraba tiempo de hacer durante la rutina habitual del instituto,

dedicando tardes enteras a explicarle los fundamentos de la farmacología de sedación en fauna salvaje, los protocolos de manejo de estrés en animales capturados, y los aspectos éticos que, según insistía Briar una y otra vez, eran tan importantes como cualquier habilidad técnica concreta.

—¿Cómo sabes cuándo intervenir y cuándo dejar que la naturaleza siga su curso? —preguntó Isolde, durante una de esas tardes, mientras repasaban juntas un caso hipotético de un cachorro de lobo separado de su manada—. Es la parte que más me cuesta entender de todo esto.

—Nunca lo sabes con certeza absoluta —admitió Briar, honestamente—.

Pero aprendes a hacerte las preguntas correctas.

¿La intervención mejora las probabilidades de supervivencia del individuo sin comprometer la dinámica natural de la manada?

¿Es un problema causado por actividad humana, en cuyo caso tenemos cierta responsabilidad de mitigarlo, o es simplemente el ciclo natural de depredación y supervivencia actuando como siempre ha actuado?

—¿Y si no estás segura de la respuesta?

—Entonces consultas con colegas, revisas la literatura, y al final tomas la mejor decisión posible con la información disponible, aceptando que a veces te vas a equivocar, y que equivocarse con buena intención y buena metodología es parte inevitable de este trabajo.

Isolde anotó aquello con la misma seriedad concentrada que aplicaba a cada lección, y Briar sintió, observándola, una satisfacción profesional genuina al ver cómo la joven iba absorbiendo no solo los conocimientos técnicos, sino también la filosofía completa que sustentaba el trabajo,

el mismo tipo de pensamiento cuidadoso que ella misma había tardado años en desarrollar.

—Mi tío pregunta mucho por el programa, ¿sabes? —dijo Isolde, en algún momento de esa misma tarde, mientras guardaban el material—. Al principio pensé que solo estaba siendo educado, preguntando por mí. Pero creo que genuinamente le interesa cómo va todo.

—Eso no me sorprende, la verdad. Ha demostrado ser un aliado mejor de lo que cualquiera de nosotros esperaba, después de aquella primera reunión tan tensa.

—Creo que verme trabajar aquí le ha hecho reconsiderar algunas cosas que llevaba años dando por sentadas.

—Ese es exactamente el tipo de cambio lento y genuino que espero que este programa consiga, más allá de los datos de collar y los informes trimestrales. Cambiar cómo la gente entiende la relación entre su medio de vida y el ecosistema del que forma parte.

Farrah se unió a ellas hacia el final de la tarde, cargada con una bandeja de té que Junie había preparado como parte de su ritual habitual de mantener a todo el equipo hidratado y, según sus propias palabras, "emocionalmente estable" durante los días más intensos,

y la conversación se desvió hacia temas más ligeros, anécdotas sobre los primeros meses de Briar en el instituto, las peleas iniciales con Ambrose que ahora, vistas en retrospectiva, resultaban casi cómicas comparadas con la solidez de lo que habían construido después.

—Es curioso pensar en lo diferente que era todo hace apenas unos meses —dijo Briar, aceptando la taza de té que Farrah le tendía—. Ottoline nos anunció que teníamos que codirigir esto juntos y yo estaba convencida de que iba a ser el peor año de mi carrera profesional.

—¿Y ahora? —preguntó Isolde, con la curiosidad genuina de quien todavía estaba descubriendo, paso a paso, la historia completa de las personas con las que trabajaba.

—Ahora es difícil imaginar cómo sería mi vida sin él en ella.

Farrah sonrió, con la satisfacción tranquila de quien había predicho aquel desenlace desde el principio, y por el resto de la tarde, mientras la nieve seguía cayendo despacio fuera de las ventanas del despacho compartido, Briar sintió que aquellos días de distancia, por difíciles que resultaran,

también le habían regalado la oportunidad de fortalecer otros vínculos importantes de su vida en Jackson Hole, recordándole que el hogar que estaba construyendo allí no dependía únicamente de una persona, sino de toda una comunidad que, poco a poco, se había convertido en su propia familia elegida.