Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

A medianoche, cuando el reloj de pared del salón dio las doce campanadas y todos se levantaron para brindar por el año nuevo, Silas se acercó a Briar con una copa de sidra en la mano y una expresión que combinaba orgullo paterno con algo más difícil de nombrar,

la clase de emoción contenida que ella reconocía de toda una vida observando a su padre expresar cariño más a través de acciones que de palabras.

—Feliz año, hija —dijo, dándole un abrazo breve pero firme—. Me alegra ver que has encontrado a alguien que te valora exactamente por quien eres, sin pedirte que te reduzcas a nada menos.

—Gracias, papá. Eso significa mucho, viniendo de ti.

—Cuídalo bien. Y deja que él te cuide a ti también, de vez en cuando. Sé que te cuesta aceptar ayuda, siempre te ha costado, desde que eras pequeña e insistías en curar animales heridos tú sola sin dejar que nadie te ayudara.

—Lo intentaré.

—Con eso me basta.

Cuando finalmente se retiraron a la habitación de invitados, ya entrada la madrugada del primer día del año, Briar se sintió llena de una calidez que iba mucho más allá del calor físico de la sidra y del fuego de la chimenea que todavía ardía en el salón: la certeza tranquila de haber compartido,

con la persona que amaba, dos hogares distintos que ahora sentía, de un modo profundo e inesperado, como uno solo.

—¿Cómo te sientes, empezando el año nuevo en Montana, rodeado de gente que apenas conocías hace unos días? —preguntó, acurrucándose contra él bajo la manta de patchwork.

—Me siento como si hubiera encontrado, sin buscarlo del todo, exactamente el tipo de vida que llevaba años sin saber que quería. —Ambrose la besó en la frente, con una ternura que se había profundizado con cada día compartido durante aquel viaje—. Feliz año nuevo, Briar.

—Feliz año nuevo, Ambrose.

Se quedaron dormidos poco después, envueltos en el silencio profundo de la granja nevada, sin saber todavía que el nuevo año que acababa de empezar traería consigo, junto con la continuidad tranquila de la vida que habían construido juntos, también nuevos desafíos que pondrían a prueba, una vez más,

la fuerza de todo lo que habían edificado durante aquellos meses extraordinarios en Jackson Hole.

• • •

La mañana de su partida, mientras cargaban las últimas bolsas en la camioneta bajo un cielo todavía oscuro que apenas empezaba a clarear hacia el amanecer, Rosalind abrazó a Briar con una fuerza que dejaba clara la reticencia genuina a dejarla marchar tan pronto.

—Prométeme que no vais a tardar meses en volver —dijo, sin soltarla del todo—. Y tráelo a él también, por supuesto. Tu padre ya está preguntando si sabe jugar al ajedrez, así que sospecho que planea invitarlo de nuevo solo para tener a alguien nuevo a quien ganarle.

—Se lo diré, aunque dudo que consiga vencerlo. Ambrose es sorprendentemente competitivo para tratarse de alguien que suele parecer tan calmado.

—Eso suena prometedor. Tu padre necesita más rivales dignos en esta casa.

Silas se acercó entonces, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo grueso contra el frío del amanecer, y le tendió la mano a Ambrose con el mismo apretón firme del primer día, aunque esta vez acompañado de algo que se acercaba, sin llegar del todo, a una sonrisa genuina.

—Cuídala bien —dijo, con la brevedad característica que Briar había aprendido a interpretar, a lo largo de toda una vida, como la forma más sincera de cariño que su padre sabía expresar—.

Y vuelve pronto. La valla eléctrica del sector norte todavía necesita revisión, y no confío en nadie más para ayudarme con eso.

—Cuente con ello, señor.

—Silas.

—Cuente con ello, Silas.

El viaje de vuelta hacia Jackson Hole transcurrió en un silencio cómodo, interrumpido ocasionalmente por comentarios sobre el paisaje que iba desfilando tras las ventanillas,

montañas cubiertas de nieve fresca y valles amplios que se extendían hacia el horizonte bajo un cielo que se había despejado completamente para el mediodía.

Briar sintió, mientras observaba a Ambrose conducir con la misma concentración tranquila que aplicaba a cualquier tarea, una gratitud profunda por aquellos días compartidos entre dos familias que, apenas una semana atrás, eran completamente ajenas la una a la otra, y que ahora, de algún modo,

empezaban a sentirse entrelazadas de un modo que ninguno de los dos había anticipado del todo.

—¿En qué piensas? —preguntó Ambrose, notando su silencio contemplativo.

—En lo mucho que ha cambiado todo en apenas unos meses. Hace un año, ni siquiera sabía que ibas a existir en mi vida. Y ahora acabamos de pasar la Nochevieja con mi familia, después de haber pasado la Navidad con la tuya, y todo se siente completamente natural, como si siempre hubiera sido así.

—A mí me pasa lo mismo. Es un poco vertiginoso, si lo piensas con detenimiento.

—Un poco vertiginoso en el buen sentido, espero.

—Completamente en el buen sentido.

Llegaron a Jackson Hole entrada la tarde, con el sol ya bajo sobre las montañas y el instituto sumido en la calma particular de los días entre Navidad y Año Nuevo, cuando la mayoría del personal aprovechaba para descansar antes de que empezara de nuevo el ritmo habitual del trabajo.

Farrah los recibió en el porche principal con un abrazo entusiasta y preguntas rápidas sobre el viaje, mientras Junie ya calentaba, sin que nadie se lo pidiera, una olla de sopa para darles la bienvenida de vuelta.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Farrah, sirviendo tazas de sidra para los tres mientras se sentaban en la sala común, todavía decorada con las luces navideñas que Junie había insistido en colgar por todo el edificio semanas antes.

—Mejor de lo que cualquiera de los dos esperaba —dijo Briar, con una sonrisa que no necesitó forzar en absoluto—. Sus padres son maravillosos. Los míos parecen haberlo aceptado casi mejor de lo que me han aceptado a mí en algunas discusiones familiares pasadas.

—Eso suena a una señal muy buena.

—Eso creemos nosotros también.

Esa noche, ya de vuelta en la casa pequeña de Briar, con las maletas todavía sin deshacer junto a la puerta y el cansancio del viaje asentándose suavemente sobre los dos, Ambrose la abrazó desde atrás mientras ella preparaba té en la cocina,

apoyando la barbilla sobre su hombro con un gesto que se había vuelto tan familiar como respirar.

—Feliz comienzo de año, Briar Callendish —murmuró contra su pelo.

—Feliz comienzo de año, Ambrose Kilbride.

Y mientras el vapor del té se elevaba entre los dos en la cocina pequeña, con el nuevo año apenas empezando a desplegarse ante ellos, Briar sintió que fuera lo que fuera lo que aquellos próximos meses trajeran consigo, tenía exactamente lo que necesitaba para enfrentarlo:

dos familias que la respaldaban, un trabajo en el que creía profundamente, y una persona a su lado que, contra todo pronóstico inicial en aquella primera reunión hostil con Ottoline, se había convertido en la certeza más sólida de toda su vida.