Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 14
56%

Capítulo 14

Los primeros cinco días transcurrieron con la rutina extraña de una distancia gestionada a través de llamadas nocturnas: Ambrose contando los detalles técnicos de la calibración de collares en Colorado,

la dificultad de coordinar con un equipo local que todavía no confiaba del todo en la nueva tecnología, las montañas distintas pero igual de imponentes que las de Wyoming; Briar compartiendo el avance de la planificación del segundo corredor, las preguntas constantes de Isolde que demostraban,

cada semana, un instinto cada vez más agudo para el trabajo de campo, los primeros indicios de que la manada del Gros Ventre había vuelto a moverse hacia el norte con la llegada del frío más intenso de enero.

—Te extraño —dijo Briar, durante la llamada del quinto día, acurrucada en su cama con el teléfono contra la oreja y la casa entera sintiéndose, sin la presencia de Ambrose, considerablemente más vacía de lo que recordaba antes de que él empezara a ocupar la mitad de su vida cotidiana.

—Yo también te extraño. Esta habitación de hotel tiene la personalidad de una caja de cartón, y encima el desayuno del hotel no tiene absolutamente nada que se parezca a la sidra especiada de Junie.

—Pobre Ambrose, sufriendo las duras condiciones de un hotel de tres estrellas en Colorado.

—Es peor de lo que suena, te lo aseguro.

Briar se rio, sintiendo que el sonido de su voz, aunque fuera a través de un teléfono y a cientos de kilómetros de distancia, seguía siendo capaz de aliviar buena parte de la ansiedad acumulada durante el día, y hablaron durante casi una hora sobre nada en particular,

el tipo de conversación fácil y cómoda que solo existía entre personas que habían aprendido, con el tiempo, a disfrutar de la compañía del otro incluso en los detalles más insignificantes del día a día.

Fue en la madrugada del séptimo día cuando el teléfono de Briar sonó con una insistencia que la sacó de golpe de un sueño profundo, la pantalla mostrando el nombre de Farrah junto con la hora, las tres y cuarto de la madrugada,

un dato que por sí solo bastó para que el corazón le empezara a latir con fuerza incluso antes de contestar.

—¿Qué pasa? —preguntó, ya completamente despierta, buscando ropa de abrigo con una mano mientras sostenía el teléfono con la otra.

—Tenemos una alerta del sistema de collares —dijo Farrah, con la voz tensa que solo usaba en verdaderas emergencias—.

Loba 14 ha dejado de moverse hace cuatro horas, en una zona que el mapa marca como cerca del límite oeste del corredor, justo en la frontera con una propiedad privada grande.

El sensor de inmovilidad se activó hace veinte minutos.

—Voy para allá ahora mismo.

Briar llamó a Ambrose desde la camioneta, mientras conducía hacia la estación en la oscuridad casi total de la madrugada de enero, con la nieve cayendo lo bastante fuerte como para reducir la visibilidad a apenas unos metros por delante de los faros.

—¿Qué necesitas que haga? —preguntó Ambrose, con la voz cargada de la misma tensión inmediata que Briar sentía en el pecho, a pesar de la distancia que los separaba.

—Necesito acceso remoto completo a los datos históricos del collar de las últimas setenta y dos horas. Si hay algún patrón de movimiento errático antes de la inmovilidad total, necesito verlo antes de decidir cómo abordar la situación en el terreno.

—Dame diez minutos. Voy a conectarme desde aquí y enviarte todo lo que tengo.

Diez minutos después, mientras Briar llegaba a la estación y se encontraba con Farrah e Isolde ya cargando el equipo de emergencia en la camioneta de campo, el teléfono vibró con un archivo completo de datos que Ambrose había extraído remotamente desde su habitación de hotel en Colorado,

trabajando con la misma eficiencia meticulosa que aplicaba a cualquier problema técnico, sin importar la hora ni la distancia.

—Hay un patrón extraño en las últimas seis horas antes de la inmovilidad —dijo Ambrose, por teléfono, mientras Briar conducía hacia el punto marcado en el mapa con Farrah e Isolde siguiendo en un segundo vehículo—.

Movimiento errático, círculos cortos, consistente con dolor agudo o con algún tipo de trampa.

No con muerte súbita, que normalmente muestra una parada de movimiento más abrupta sin el patrón previo de círculos.

—Eso es alentador, al menos.

—Briar, escúchame. Sea lo que sea que encuentres ahí, ve con cuidado. La zona está cerca de una propiedad privada que no está en nuestra lista de contactos registrados, lo que significa que no sabemos con certeza qué tipo de recepción vais a tener si necesitáis acceder al terreno.

—Lo sé. Vamos con cuidado.

—Te quiero. Avísame en cuanto sepas algo.

—Te quiero también. Vuelve a intentar dormir, no puedes hacer nada más desde ahí.

—Como si eso fuera a pasar.

La propiedad resultó pertenecer a un ganadero jubilado que, para alivio considerable de Briar, se mostró completamente colaborativo en cuanto entendió la situación,

incluso ofreciéndose a acompañarlos con su propio vehículo todoterreno para ayudar a localizar el punto exacto en la oscuridad y la nieve que seguía cayendo con fuerza.

Encontraron a Loba 14 poco antes del amanecer, atrapada por una pata en una vieja trampa de acero oxidada que llevaba, evidentemente, años olvidada en aquel rincón de la propiedad, mucho antes de que el ganadero actual la hubiera heredado de su propio padre.

—No tenía ni idea de que esa trampa seguía ahí —dijo el hombre, con una expresión genuinamente consternada mientras Briar trabajaba rápido para sedar a la loba y liberar la pata atrapada—.

Mi padre debió de ponerla hace más de treinta años.

Voy a hacer que revisen toda la propiedad para asegurarme de que no queda ninguna más.

—Se lo agradecería mucho —dijo Briar, examinando la herida con la concentración clínica que le permitía mantener a raya el cansancio y la adrenalina acumulada de las últimas horas—. La pata está mal, pero no irrecuperable. Va a necesitar cirugía en el centro de rehabilitación, pero sobrevivirá.

Cuando por fin cargaron a la loba, todavía sedada, en la parte trasera de la camioneta para el traslado al centro veterinario, el sol empezaba a asomar tímidamente entre las nubes cargadas de nieve, y Briar se permitió, por primera vez en horas, un respiro genuino,

apoyándose contra el vehículo mientras Farrah e Isolde terminaban de asegurar el equipo.

—Está viva —dijo, marcando el número de Ambrose con dedos entumecidos por el frío—. Trampa vieja, pata dañada pero recuperable. Vamos camino del centro de rehabilitación ahora mismo.

—Gracias a Dios. —La voz de Ambrose sonó cargada de un alivio que Briar sintió reflejar exactamente el suyo propio—. ¿Estás bien? ¿Descansaste algo?

—Nada, pero estoy bien. Cansada, pero bien.

—Ojalá estuviera ahí.

—Lo sé. Pero lo has hecho de todos modos, aunque estuvieras a cientos de kilómetros. Sin esos datos que me enviaste, hubiéramos tardado mucho más en entender qué estaba pasando antes de llegar al terreno.

—Eso es exactamente para lo que sirve todo este sistema que construimos juntos.

Briar sonrió, sintiendo el cansancio de la madrugada mezclarse con una calidez profunda ante aquella frase tan sencilla y tan cierta: construido juntos, cada pieza del programa, cada collar, cada protocolo de emergencia, era el resultado directo de meses trabajando codo a codo, incluso cuando,

como aquella madrugada, la distancia física los separaba por cientos de kilómetros.

—Vuelve pronto —dijo—. Tres días más, ¿verdad?

—Tres días más. Y después de esto, después de haberte visto gestionar una crisis de madrugada mientras yo estaba atrapado en una habitación de hotel sin poder hacer nada más que enviar datos, tengo más ganas que nunca de estar ahí contigo de verdad, no solo por teléfono.

—Yo también. Más de las que puedo expresar bien ahora mismo, con el cansancio que llevo encima.

—Entonces descansa. Hablamos esta noche.

Cuando colgó, Briar se quedó un momento más apoyada contra la camioneta, viendo cómo el sol terminaba de salir sobre las montañas nevadas, tiñendo el cielo entero de un rosa pálido que contrastaba con el blanco uniforme del paisaje, y sintió, a pesar del cansancio y la tensión de las últimas horas,

una certeza profunda instalándose en su pecho: fuera lo que fuera lo que la distancia pusiera a prueba entre ellos en el futuro, aquella madrugada había demostrado, con una claridad que ninguna conversación teórica hubiera podido ofrecer,

que lo que habían construido juntos era considerablemente más fuerte que cualquier kilómetro que pudiera separarlos temporalmente.

• • •

Ambrose llegó al aeropuerto de Jackson Hole tres días después, exactamente cuando había prometido, con la maleta de equipo técnico visiblemente más ligera tras haber dejado la mayoría del material instalado en Colorado,

y Briar lo esperaba en la zona de llegadas con una sensación de anticipación que le había acelerado el pulso durante todo el trayecto desde la estación.

En cuanto lo vio cruzar las puertas de seguridad, con el pelo revuelto por horas de vuelo y una sonrisa que se ensanchó de inmediato al encontrarla entre la gente esperando, Briar sintió que la ansiedad acumulada durante diez días de distancia se disolvía de golpe,

reemplazada por un alivio tan intenso que apenas pudo esperar a que él terminara de cruzar la distancia entre los dos antes de lanzarse a abrazarlo con una fuerza que le sacó una risa sorprendida.

—Hola a ti también —dijo Ambrose, contra su pelo, envolviéndola en un abrazo que olía a avión y a algo cálido debajo, algo que Briar reconoció, con una punzada de felicidad simple, como suyo propio.

—Diez días son demasiados días.

—Completamente de acuerdo. Voy a tener palabras serias con Halcyon sobre la duración de futuras implementaciones.

Se besaron ahí mismo, en mitad de la zona de llegadas del pequeño aeropuerto regional, sin importarles en absoluto los viajeros que pasaban a su alrededor cargando maletas y despidiéndose de sus propias familias, un beso que empezó despacio y se profundizó poco a poco,