Capítulo 10
La llamada con Halcyon Dynamics tuvo lugar a la mañana siguiente, con Ambrose sentado frente al portátil y Briar a su lado, lo bastante cerca como para escuchar pero fuera del encuadre de la cámara, mientras un hombre de voz enérgica llamado Peregrine Voss-Adair,
director de innovación de la empresa, exponía los términos con el entusiasmo pulido de alguien acostumbrado a cerrar acuerdos.
—Lo que proponemos es una licencia exclusiva de cinco años para el diseño del collar, con Halcyon asumiendo los costes de fabricación y distribución a gran escala —explicó Peregrine—.
Usted mantendría los derechos de autoría y recibiría un porcentaje de cada unidad vendida, además de un salario de consultoría por sus servicios de supervisión técnica.
—¿Y la parte de los viajes que mencionaron inicialmente? —preguntó Ambrose.
—Estimamos que necesitaríamos su presencia física en cada nueva implementación durante las primeras semanas, para asegurar la calibración correcta y formar a los equipos locales.
Con los proyectos que tenemos previstos para el próximo año, eso podría significar entre ocho y doce semanas de viaje, distribuidas a lo largo del año, no necesariamente consecutivas.
Briar sintió que algo en su pecho se relajaba ligeramente ante esa cifra, mucho más manejable que el "tercio del año" que Ambrose había mencionado la primera vez, aunque siguió sin decir nada, dejando que él llevara la negociación a su ritmo.
—¿Y si prefiero limitar esos viajes a proyectos específicos, en vez de comprometerme a todos los que Halcyon decida emprender? —preguntó Ambrose.
Peregrine hizo una pausa, evidentemente sopesando la petición.
—Podríamos estructurar el acuerdo con una cláusula de aprobación mutua para cada nueva implementación, en vez de un compromiso abierto.
Eso limitaría nuestra flexibilidad de expansión, pero entendemos que la disponibilidad de nuestro diseñador principal es un factor crítico a proteger.
—Eso sería mucho más viable para mí.
—Podemos redactar una propuesta revisada con esos términos y enviársela esta misma semana.
Cuando la llamada terminó, Ambrose se recostó en la silla con una expresión que combinaba alivio y cansancio a partes iguales, y Briar le apretó el hombro con suavidad.
—Suena mucho más manejable de lo que temías —dijo.
—Sí. Aunque todavía necesito pensarlo bien antes de decidir. Es mucho dinero, mucha visibilidad para la tecnología, pero también es tiempo lejos de aquí, incluso limitado a ocho o doce semanas.
—¿Qué te dice tu instinto?
Ambrose se quedó callado un momento, mirando la pantalla en negro del portátil como si la respuesta estuviera escrita ahí, en algún código que todavía no había terminado de descifrar.
—Mi instinto me dice que quiero que la tecnología ayude a más lugares, más manadas, más ecosistemas.
Pero también me dice que no quiero que ese impulso me aleje de lo que tengo aquí, de este programa, de ti.
—¿Y si no tuvieran que ser cosas contradictorias?
—dijo Briar, con cuidado—. ¿Y si aceptas un acuerdo limitado, como el que acabas de negociar, y lo probamos durante un año?
Si funciona, si el equilibrio se mantiene manejable, seguimos.
Si no funciona, renegocias o te retiras del acuerdo cuando termine el primer ciclo.
—¿Estarías dispuesta a eso? ¿A que pase ocho o doce semanas al año viajando?
—Estaría dispuesta a intentarlo, sí. Prefiero eso a que rechaces algo que claramente te importa por miedo a cómo podría afectarnos, sin siquiera haberlo probado.
Ambrose la miró con una expresión que Briar reconoció, con una calidez que le subió por el pecho, como la misma clase de gratitud silenciosa que ella misma había sentido semanas atrás, cuando él le prometió que nunca sería la persona que le pidiera elegir entre el trabajo y él.
—Eso es exactamente lo que necesitaba escuchar —dijo—. Gracias.
—No me las des todavía. Vamos a tener que aprender a gestionar esas semanas de distancia cuando lleguen de verdad, y no va a ser tan sencillo como suena ahora mismo, sentados tranquilamente en este despacho.
—Lo sé. Pero prefiero intentarlo contigo a no intentarlo por miedo a lo que podría salir mal.
Se quedaron un rato en silencio, el despacho compartido envuelto en la luz gris de una mañana de diciembre que amenazaba nieve, y Briar sintió, no por primera vez en los últimos meses, una gratitud profunda por haber encontrado, en el lugar más inesperado posible,
a alguien capaz de sostener con ella tanto las certezas como las incertidumbres, sin que ninguna de las dos cosas amenazara con romper lo que habían construido juntos.
—Hay algo más que quiero proponerte —dijo Ambrose, después de un rato, con un tono que sugería que llevaba tiempo pensando en aquello—.
Si acepto el acuerdo con Halcyon, parte del dinero de consultoría podría destinarse directamente a ampliar el equipo técnico aquí, en el instituto.
Contratar a alguien que me ayude con el mantenimiento rutinario de los collares, para que las ausencias por viaje no recaigan completamente sobre ti en mi ausencia.
—Eso sería enormemente útil, la verdad. Llevo semanas pensando que necesitamos más manos en la parte técnica, sobre todo si el programa sigue creciendo.
—Podríamos ofrecerle el puesto a la sobrina de Sorrow, la que estudia biología. Sería una manera bonita de cerrar ese círculo, además de conseguir a alguien con formación relevante y motivación genuina.
—Me encanta esa idea.
Ambrose sonrió, tomando nota mental de contactar con Sorrow esa misma semana, y por el resto de la mañana trabajaron juntos en redactar una contrapropuesta detallada para Halcyon Dynamics,
incorporando la cláusula de aprobación mutua para cada implementación y una solicitud de financiación adicional destinada específicamente a la contratación de personal técnico local.
Cuando Ottoline pasó por el despacho a media tarde, encontrándolos todavía inclinados sobre el documento con la misma concentración meticulosa que aplicaban a cualquier problema importante, se detuvo en la puerta un momento, observándolos con una expresión que Briar reconoció,
con una punzada de cariño, como la misma clase de orgullo silencioso que había mostrado tras la reunión con la junta de la fundación.
—¿Buenas noticias? —preguntó Ottoline.
—Creemos que sí —dijo Ambrose—. Una oferta de licencia tecnológica que podría expandir el alcance del programa mucho más allá de Wyoming, con términos que no comprometen nuestra estabilidad aquí.
—Eso suena a exactamente el tipo de crecimiento sostenible que este instituto necesita. Avisadme cuando tengáis los términos finales; quiero revisar cómo encaja con nuestros propios planes de expansión para el próximo año fiscal.
Cuando Ottoline se marchó, dejándolos de nuevo solos en el despacho con la tarde ya oscureciendo temprano tras las ventanas, Briar se recostó contra el hombro de Ambrose, sintiendo el cansancio bueno de un día productivo asentándose sobre los dos.
—Diciembre ha sido un mes intenso —dijo.
—El más intenso desde que empezamos esto, probablemente.
—¿Y enero? ¿Qué crees que nos va a traer enero?
Ambrose se rio, un sonido bajo y cálido que Briar sintió vibrar contra su propio hombro. —Ni idea. Pero a estas alturas, después de todo lo que hemos pasado juntos este año, tengo bastante confianza en que, sea lo que sea, vamos a poder con ello.
—Yo también —dijo Briar, y lo decía completamente en serio, con una certeza tranquila que meses atrás, discutiendo con aquel hombre exasperante en la primera reunión con Ottoline, jamás hubiera imaginado sentir.
• • •
Esa noche, después de enviar la contrapropuesta a Halcyon Dynamics y de que Ambrose hubiera llamado a Emmett Sorrow para preguntarle, con una informalidad cuidadosa,
si su sobrina seguía interesada en oportunidades de prácticas relacionadas con conservación —a lo que Sorrow había respondido con un entusiasmo que sorprendió a ambos, prometiendo pasarle el contacto del instituto esa misma semana—, Briar y Ambrose se quedaron en la casa de ella,
envueltos en la calma tranquila que solía seguir a los días más intensos, cuando el cuerpo por fin dejaba de correr con la adrenalina acumulada y permitía que el cansancio se asentara del todo.
—Ha sido un mes agotador —dijo Briar, acurrucada contra el costado de Ambrose en el sofá, con una manta gruesa cubriéndolos a los dos y el fuego de la chimenea proyectando sombras cálidas sobre las paredes de madera.
—El más agotador desde que nos conocimos, probablemente. Y eso que empezamos discutiendo sobre drones y osos pardos delante de cuarenta personas.
—Aquello parece haber pasado hace años.
—Han sido solo unos meses.
—Se siente como años. En el buen sentido.
Ambrose se rio, bajando la cabeza para besarla despacio, sin la urgencia de sus primeros encuentros pero con una ternura que se había profundizado con cada semana compartida, cada crisis superada juntos, cada pequeño ritual doméstico que habían ido construyendo casi sin darse cuenta:
las notas dejadas sobre el escritorio, las cenas improvisadas, el modo en que ahora, sin necesidad de preguntarlo, cada uno sabía exactamente cómo el otro tomaba el té.
—Quédate esta noche —murmuró Briar contra sus labios, aunque la pregunta era casi retórica, dado que la ropa de Ambrose ya llevaba semanas ocupando la mitad de un cajón en su dormitorio.
—Esa nunca ha sido una pregunta difícil de responder.
La llevó hacia el dormitorio con la misma facilidad tranquila de siempre, y esta vez, sin la urgencia de una crisis reciente ni el cansancio de una noche sin dormir de por medio, se tomaron su tiempo de un modo distinto, más lento, casi contemplativo,
como si ambos quisieran memorizar cada detalle de aquella noche concreta: la luz de la luna entrando fría y clara por la ventana sin cortinas del cuarto, el sonido bajo de la respiración compartida, el modo en que las manos de Ambrose parecían conocer,
con una familiaridad que solo daban los meses de intimidad acumulada, exactamente dónde y cómo tocarla para hacerla estremecer.