Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Después, tumbados entre las sábanas revueltas, con la respiración todavía irregular y la piel cubierta de un calor que el frío de diciembre no conseguía disipar del todo, Briar apoyó la cabeza en el pecho de Ambrose, escuchando el latido de su corazón calmarse poco a poco bajo su oreja.

—¿Puedo decirte algo que llevo pensando desde hace un tiempo? —preguntó él, con los dedos trazando círculos despacio sobre su espalda desnuda.

—Siempre.

—Creo que ya sé cómo llamar a esto. A lo que tenemos.

Briar levantó la cabeza para mirarlo, con el corazón acelerándose de una manera que no tenía nada que ver con lo que acababan de compartir. —¿Y bien?

—Todavía no te lo voy a decir.

—Ambrose, llevas meses con esto.

—Lo sé. Pero cuando lo diga, quiero que sea en el momento adecuado, no aquí, desnudos y agotados a las once de la noche de un martes, por muy perfecto que se sienta este momento concreto.

—Eso es información extremadamente frustrante.

—Considéralo un incentivo para seguir por aquí el tiempo suficiente como para descubrirlo.

Briar volvió a apoyar la cabeza sobre su pecho, sonriendo contra su piel, con una certeza tranquila instalándose en algún lugar profundo de sí misma: fuera lo que fuera aquella palabra que Ambrose llevaba guardándose, ella ya sabía, sin necesidad de que él la pronunciara todavía,

exactamente qué sentía respecto a la vida que estaban construyendo juntos, semana tras semana, crisis tras crisis, en aquel valle que se había convertido, contra todo pronóstico, en su hogar.

—Mis padres quieren que vayamos a Idaho para Navidad —dijo Ambrose, después de un rato de silencio cómodo—. Es un viaje corto, tres días, pero entenderé si prefieres pasar las fiestas con tu propia familia en Montana.

—Podríamos hacer las dos cosas. Un par de días con tus padres, y después yo puedo llevarte a conocer a los míos antes de fin de año.

—¿Estás seguro de que tu familia está preparada para conocer al hombre que casi sedó un oso pardo delante de cuarenta personas?

—Vamos a omitir esa parte de la presentación, definitivamente.

—Trato hecho.

Se quedaron así un rato más, planificando en voz baja los detalles logísticos de un viaje que, apenas unos meses atrás, hubiera parecido completamente impensable entre dos personas que se habían conocido discutiendo con hostilidad genuina en una conferencia profesional,

y mientras la noche avanzaba fuera, fría y clara sobre el valle dormido, Briar sintió que aquel diciembre agotador, con toda su tensión de juntas directivas y equipos de rodaje y ofertas empresariales complicadas, había terminado dejándole, contra todo pronóstico,

exactamente la clase de vida que llevaba años sin saber que estaba buscando.

• • •

La mañana siguiente llegó cargada de nieve fresca, la primera nevada considerable de la temporada, cubriendo el valle entero con un manto blanco que silenciaba hasta el ruido habitual de la estación.

Briar se despertó antes que Ambrose, como solía pasar cuando amanecía después de una nevada, y se quedó un rato mirando por la ventana del dormitorio cómo la luz gris del amanecer iba iluminando poco a poco los pinos cargados de blanco.

—¿Qué hora es? —murmuró Ambrose, todavía medio dormido, estirando un brazo hacia el lado vacío de la cama.

—Temprano. Ha nevado mucho esta noche.

Él se incorporó lo suficiente para mirar por la ventana, y una sonrisa lenta se le extendió por la cara al ver el paisaje transformado.

—Primera nevada de verdad de la temporada.

Vamos a tener que revisar los collares hoy, asegurarnos de que las baterías solares siguen funcionando con menos horas de luz directa.

—Siempre trabajando, incluso a las siete de la mañana un día de nieve.

—Es parte de mi encanto.

Briar le lanzó una almohada, que él esquivó con una risa, y por un rato se quedaron así, remoloneando bajo las mantas mientras el mundo exterior se despertaba despacio bajo la nieve reciente, hasta que el estómago de Briar, tan poco discreto como siempre,

anunció que era hora de moverse hacia algo parecido al desayuno.

Cuando llegaron a la estación una hora después, encontraron a Farrah ya en el porche, con una taza de chocolate caliente entre las manos y una expresión de satisfacción absoluta mirando el paisaje nevado.

—Esto es lo mejor de diciembre —dijo, sin apartar la vista de las montañas cubiertas de blanco—. Todo el ruido del rodaje, de las juntas directivas, de las ofertas de empresas de Denver, y de repente llega la primera nevada de verdad y todo se siente, no sé, más simple otra vez.

—Es un buen recordatorio de por qué hacemos esto —dijo Briar, sentándose junto a ella en los escalones del porche, aceptando la taza de chocolate que Junie le tendió desde dentro sin que nadie se lo pidiera.

—¿Cómo va todo con Halcyon? —preguntó Farrah.

—Mejor de lo que esperábamos. Hemos negociado términos que no comprometen la estabilidad del programa aquí, y parte de la financiación podría destinarse a contratar más personal técnico local.

—Eso es una excelente noticia. ¿Y la sobrina de Sorrow?

—Ambrose la va a contactar esta semana. Parece genuinamente interesada.

Farrah sonrió, dando un sorbo a su chocolate mientras observaba a Ambrose, que se había alejado unos metros para revisar el estado de los paneles solares del equipo de radiotelemetría instalado en el tejado del edificio principal,

con una atención meticulosa que Briar reconocía como parte fundamental de quién era él.

—¿Sabes? —dijo Farrah, con un tono más suave del habitual—. Cuando Ottoline os anunció que teníais que codirigir esto juntos, hace unos meses, pensé que iba a ser un desastre. Los dos erais demasiado tercos, demasiado convencidos de tener razón en todo.

—Todavía lo somos, la mayoría de las veces.

—Pero habéis aprendido a serlo juntos, en vez de el uno contra el otro. Eso es diferente. Eso es lo que hace que esto funcione.

Briar sintió que las palabras de Farrah se le asentaban en el pecho con una calidez tranquila, y miró hacia donde Ambrose seguía trabajando en el tejado, con el pelo oscuro cubierto de pequeños copos de nieve que no se molestaba en sacudirse, completamente absorto en la tarea que tenía delante,

y pensó, no por primera vez en las últimas semanas, en lo extraño y maravilloso que resultaba haber encontrado, en el lugar más inesperado posible, exactamente la clase de compañero que necesitaba: alguien tan terco como ella, tan dedicado a su trabajo como ella,

y tan dispuesto como ella a aprender, semana tras semana, cómo hacer espacio para algo más grande que cualquiera de los dos por separado.