Capítulo 9 #2
—Este trabajo nunca deja de sorprenderme —comentó Farrah esa noche, durante la cena, mientras repasaban los incidentes del día con el resto del equipo—.
Un momento estamos discutiendo protocolos de conservación de importancia nacional, y al siguiente estamos coordinando la salida elegante de un zorro ladrón de comida delante de cámaras profesionales.
—Al menos ha quedado gracioso —dijo Ambrose—. Vesper parecía encantada con la idea de incluirlo en el montaje final.
—Deberían llamar al episodio "Mortimer roba cámara", literalmente —bromeó Reeve, que se había pasado por la cena esa noche con la excusa de "curiosidad profesional" sobre el rodaje, aunque todos sospechaban que la verdadera razón era la sopa de calabaza que Junie había preparado.
Briar, sentada junto a Ambrose con un plato de sopa todavía humeante, sintió que la tensión de los últimos días de filmación se disolvía, al menos temporalmente, en la calidez familiar de aquellas cenas compartidas que se habían convertido, sin que nadie lo planeara del todo,
en el ritual más constante de su vida en el instituto.
—Mañana es el último día de rodaje, ¿verdad? —preguntó, mirando a Vesper, que se había unido también a la mesa esa noche, ya con una relación considerablemente más relajada con el equipo del instituto que la que había mostrado el primer día.
—El último día formal, sí. Aunque es posible que necesitemos alguna toma adicional cuando montemos el material y detectemos huecos. Pero la parte más intensa ya está prácticamente terminada.
—¿Cuándo se emitiría el reportaje?
—Todavía no hay fecha confirmada, pero probablemente a finales de enero o principios de febrero, dependiendo del calendario de programación del canal.
—Eso nos da tiempo para respirar antes de tener que lidiar con las consecuencias de una audiencia nacional viendo nuestras vidas —dijo Briar, con una media sonrisa.
—No van a ver sus vidas enteras, doctora Callendish.
Solo la parte que decidan mostrarles, editada con cuidado para contar una historia coherente sobre un programa importante y las personas que lo hacen posible.
—Vesper levantó su copa de sidra en un brindis improvisado—.
Y, para que conste, después de estos tres días, creo sinceramente que van a salir muy bien parados en esa historia.
• • •
La última tarde de rodaje, mientras el equipo técnico desmontaba las últimas luces y cables de la sala común, Vesper se acercó a Briar en un momento en que Ambrose estaba distraído ayudando a cargar equipo en una de las furgonetas,
con una expresión menos profesional y más personal que la que había mostrado durante los tres días anteriores.
—¿Puedo preguntarle algo que no tiene nada que ver con el reportaje? —dijo Vesper, apoyándose contra el marco de la puerta con una taza de café entre las manos, la primera vez que Briar la veía sin su libreta de producción o su auricular de comunicación con el equipo.
—Claro.
—¿Cómo lo hacen? Lo de compaginar una relación con un trabajo tan exigente, tan absorbente. Yo llevo diez años en producción de documentales, viajando la mitad del año, y cada relación que he intentado mantener ha terminado desmoronándose bajo el peso de mi propio horario.
Briar consideró la pregunta un momento, sorprendida por la vulnerabilidad genuina detrás de ella, tan distinta de la eficiencia pulida que Vesper había proyectado durante todo el rodaje.
—Honestamente, todavía estamos aprendiendo —dijo—.
Hace apenas unos meses discutíamos por prácticamente todo.
Lo que nos ha funcionado, hasta ahora, es negarnos a que el trabajo se convierta en una competencia entre nosotros, y hablar de las cosas difíciles antes de que se conviertan en resentimiento acumulado.
—Eso suena más fácil de decir que de hacer.
—Lo es. Créame, lo es. Pero también creo que ayuda haber encontrado a alguien que entiende, de verdad, por qué este trabajo me importa tanto, en vez de verlo como un obstáculo para la vida que se supone que debería querer.
Vesper asintió despacio, dando un sorbo a su café ya frío, con una expresión pensativa que sugería que las palabras de Briar habían tocado algo más profundo de lo que la pregunta original dejaba entrever.
—Puede que algún día encuentre eso también —dijo, con una sonrisa que era, por primera vez desde que había llegado, completamente genuina—.
Gracias por la honestidad. Y, para que conste, va a salir un reportaje precioso de todo esto.
No solo por el programa de conservación en sí, sino por lo que ustedes dos representan sobre cómo se puede construir algo real en medio del caos de una vida profesional exigente.
Cuando Vesper se marchó finalmente esa tarde, dándole un apretón de manos mucho más cálido que el del primer día, Briar se quedó un momento en el porche vacío, viendo cómo las furgonetas se alejaban por la pista de grava hacia la carretera principal,
pensando en la pregunta que le había hecho la productora y en la respuesta que ella misma había encontrado sin apenas dudarlo.
Ambrose se acercó por detrás, pasándole un brazo por los hombros mientras observaban juntos el paisaje nevado extenderse hacia las montañas. —¿De qué hablabais?
—De cómo se compagina esto. El trabajo, la relación, todo lo demás.
—¿Y qué le dijiste?
—Que todavía estamos aprendiendo. Pero que lo estamos aprendiendo juntos, que es la parte que realmente importa.
Ambrose la besó en la sien, un gesto sencillo que se había vuelto tan habitual entre los dos como respirar, y por un rato se quedaron así, en silencio, viendo caer los últimos copos de una nevada que ya empezaba a amainar, sintiendo ambos, sin necesidad de decirlo en voz alta,
que fuera lo que fuera lo que el nuevo año trajera consigo, tenían exactamente lo que necesitaban para enfrentarlo juntos.
• • •
Isolde Prewitt llegó al instituto tres días después de la llamada de Ambrose, conduciendo una camioneta destartalada que había pertenecido, según explicó ella misma con una sonrisa nerviosa mientras se presentaba en la sala común, a su abuelo antes que a su tío Emmett.