Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

El equipo de televisión llegó un lunes de mediados de diciembre, con tres furgonetas cargadas de equipo que ocuparon prácticamente todo el aparcamiento del instituto y una productora llamada Vesper Callahan que se presentó con un apretón de manos firme y una sonrisa profesional que no llegaba del

todo a los ojos.

—Vamos a necesitar tomas de los dos trabajando juntos en el despacho, después en el terreno con la manada si es posible, y también algo más personal, algo que muestre la parte humana de la historia —explicó Vesper, mientras su equipo empezaba a desplegar cámaras y focos por toda la sala común,

para consternación evidente de Junie, que veía cómo su espacio de trabajo se convertía, minuto a minuto, en un plató improvisado.

—¿Qué entiende exactamente por "parte más personal"? —preguntó Briar, con la cautela de quien ya intuía hacia dónde podía derivar aquella frase.

—Nada invasivo, no se preocupen. Solo algo que muestre que detrás de la ciencia hay personas reales, con vidas reales. Quizás una escena en la que se les vea juntos fuera del trabajo, tomando un café, hablando de cómo empezó todo.

—No tomamos café —dijo Ambrose, con una seriedad que hizo que Vesper parpadeara, desconcertada, antes de darse cuenta de que probablemente era una broma, aunque no del todo.

—Entiendo. Lo que sea que tomen, entonces.

Los primeros dos días de filmación transcurrieron con una intensidad agotadora que ninguno de los dos había anticipado del todo: tomas repetidas de conversaciones que ya habían mantenido cientos de veces de forma natural,

ahora artificialmente reconstruidas para la cámara con una torpeza que hacía que Briar se sintiera, según le confesó a Ambrose la segunda noche, "como una versión mala de mí misma actuando en una obra de teatro escolar".

—Otra vez, por favor —pidió Vesper, por tercera vez consecutiva, durante una escena en la que Briar debía explicar el proceso de colocación de un collar—. Esta vez, intenten sonar menos como si estuvieran dando una clase y más como si estuvieran hablando entre ustedes de forma natural.

—Es que normalmente, cuando hablamos de esto de forma natural, es porque estamos en mitad de un procedimiento real con un animal sedado delante, no repitiendo frases para una cámara —dijo Briar, con la paciencia empezando a agotarse visiblemente.

—Entiendo la frustración, doctora Callendish, pero necesitamos que la audiencia entienda el proceso sin tecnicismos excesivos.

Fue Ambrose quien encontró, casi por accidente, la solución al problema esa tarde, sugiriendo que en vez de intentar recrear una conversación artificial, filmaran una sesión real de trabajo, con Briar explicándole a él —que después de meses ya conocía casi todos los procedimientos,

pero que fingió una curiosidad genuina lo bastante convincente— los detalles del proceso mientras trabajaban de verdad con los datos de la manada.

—Esto es mucho mejor —dijo Vesper, revisando las imágenes en el monitor portátil con una satisfacción evidente—. Esto es exactamente el tipo de autenticidad que buscábamos.

—Porque es auténtico —dijo Briar, aunque sin ninguna acritud esta vez, aliviada de que por fin hubieran encontrado un enfoque que no requería fingir nada.

La parte del terreno resultó, contra todo pronóstico, más sencilla que las escenas de despacho: el equipo de cámaras los siguió a una distancia prudente durante una salida real de monitoreo,

capturando el proceso genuino de rastrear la señal de uno de los collares y localizar a dos ejemplares jóvenes de la manada moviéndose por el borde del corredor, con una nieve fina cayendo que, según comentó después el cámara principal,

había dado a las imágenes "una calidad casi cinematográfica que no hubiéramos podido conseguir ni con el mejor equipo de iluminación artificial".

—¿Cómo se conocieron exactamente? —preguntó Vesper, durante la última entrevista formal del rodaje, ya de vuelta en el despacho compartido, con las cámaras enfocando directamente a los dos sentados uno junto al otro—. La versión corta, para la audiencia.

Briar y Ambrose intercambiaron una mirada breve, la misma clase de comunicación silenciosa que habían perfeccionado durante meses, decidiendo sin palabras cuánto de la verdad completa compartir con una audiencia nacional que no necesitaba conocer cada detalle de Missoula.

—Nos conocimos en una conferencia profesional, discrepando bastante enérgicamente sobre metodología —dijo Briar al fin, con una sonrisa que suavizaba la franqueza de la respuesta—.

Meses después, la fundación que financia este programa decidió que teníamos que codirigirlo juntos, a pesar de esa discrepancia inicial, o quizás precisamente por ella.

—¿Y cómo pasaron de discrepar enérgicamente a esto? —Vesper hizo un gesto vago que abarcaba, evidentemente, la relación completa entre los dos.

—Trabajando juntos, principalmente —dijo Ambrose—.

Descubrimos que las mismas cosas que nos hacían discutir también nos hacían mejores profesionales el uno para el otro.

Ella me hace más cuidadoso con las implicaciones éticas de la tecnología que diseño.

Yo la ayudo a ver cómo la tecnología puede servir a los objetivos que ella defiende, en vez de amenazarlos.

—Es una respuesta muy diplomática.

—Es una respuesta honesta —dijo Briar—. El resto, cómo pasamos de ahí a esto, es una historia mucho más larga que probablemente no cabe en el tiempo que tienen disponible para el reportaje.

Vesper sonrió, satisfecha con la respuesta, y cerró la entrevista con algunas preguntas técnicas finales sobre el futuro del programa, la posibilidad de expandirlo a otros corredores, el papel que la tecnología de collares podría jugar en proyectos similares en otras partes del país,

una pregunta que hizo que Briar notara, de reojo, cómo Ambrose se tensaba ligeramente, pensando sin duda en la oferta de Halcyon Dynamics que todavía no habían resuelto entre los dos.

Cuando el equipo terminó de recoger el equipo esa tarde y las furgonetas se alejaron por la pista de grava hacia la carretera principal, dejando el instituto en un silencio que, después de tres días de cámaras y focos, resultó casi extraño,

Briar se dejó caer en el sofá de la sala común con un suspiro de puro alivio.

—Espero no haber sonado demasiado incómoda en esa última entrevista —dijo.

—Sonaste genial. —Ambrose se sentó a su lado, pasándole un brazo por los hombros—. Aunque noté que evitaste, con bastante habilidad, mencionar los detalles de Missoula.

—No creo que "él estuvo a punto de sedar un oso pardo delante de un grupo de excursionistas" sea la clase de historia de origen romántica que una audiencia nacional está buscando.

—Probablemente tengas razón.

—¿Cómo estás con lo de Halcyon? —preguntó Briar, cambiando de tema hacia el asunto que llevaba días rondándoles a ambos, aunque ninguno lo hubiera mencionado directamente desde la cena en casa de Ambrose—. Vi cómo te pusiste cuando Vesper preguntó sobre expandir la tecnología a otros estados.

Ambrose suspiró, pasándose una mano por el pelo revuelto después de tres días de rodaje agotador. —Tengo una llamada con ellos mañana. Quieren concretar los términos exactos antes de que tome una decisión final.

—¿Quieres que esté presente en la llamada?

—Me gustaría, si no te importa. Aunque la decisión final tiene que ser mía, quiero que la escuches de primera mano, no filtrada a través de mi propia interpretación después.

—Ahí estaré.

• • •

El segundo día de rodaje estuvo a punto de terminar en desastre cuando Mortimer, el zorro que llevaba meses entrando por la ventana del baño en busca de comida fácil, decidió que las luces de filmación instaladas en la sala común eran una novedad digna de investigación de cerca,

y apareció trotando entre los cables justo en mitad de una toma en la que Vesper intentaba grabar una introducción solemne sobre "la delicada danza entre ciencia y naturaleza salvaje".

—¿Qué es eso? —preguntó Vesper, deteniendo la grabación con una expresión de alarma genuina mientras el zorro se detenía a olfatear un cable con curiosidad despreocupada.

—Ese es Mortimer —explicó Junie, apareciendo desde la cocina con una expresión que sugería una paciencia largamente entrenada—. Vive parcialmente aquí desde septiembre. No suele ser peligroso, solo curioso y bastante decidido cuando huele comida.

—¿Y suele... aparecer así? ¿En mitad de las grabaciones?

—Suele aparecer así en mitad de cualquier cosa, la verdad.

El cámara principal, un hombre de mediana edad que llevaba veinte años documentando fauna salvaje para distintos canales, se olvidó por completo de la toma programada y empezó a grabar a Mortimer con una fascinación genuina, murmurando algo sobre "contenido de relleno perfecto para el montaje",

mientras el zorro, ajeno por completo al drama que estaba causando, se acercó despreocupadamente hacia Ambrose y le olfateó la bota con un interés que sugería, con bastante claridad, que esperaba encontrar algo comestible.

—Lo siento, amigo, hoy no tengo fruta seca —le dijo Ambrose al animal, con una seriedad que hizo reír a todo el equipo de rodaje, incluida Vesper, que finalmente pareció relajarse un poco después de tres horas de tensión creativa.

—¿Podemos usar esto? —preguntó el cámara, todavía grabando—. Esto es mucho mejor que la introducción solemne que llevábamos intentando grabar toda la mañana.

—Adelante —dijo Vesper, con una resignación divertida—. Al menos algo de hoy va a salir bien sin necesidad de quince repeticiones.

Guiaron a Mortimer de vuelta hacia la ventana del baño con el mismo ritual de fruta seca que había funcionado meses antes, ante las cámaras que documentaron todo el proceso con un entusiasmo que ninguno de los guionistas originales del programa hubiera podido anticipar,

y cuando finalmente retomaron la grabación formal, el ambiente en la sala se había relajado considerablemente, la tensión inicial reemplazada por una camaradería improvisada entre el equipo del instituto y el equipo de rodaje.