Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Cuando Ottoline se marchó, dejándolos de nuevo a solas en la sala de reuniones vacía, Briar se dejó caer contra el respaldo de la silla, la tensión de las últimas semanas disolviéndose de golpe en un cansancio que, por primera vez en días, se sentía más liviano que pesado.

—Lo hemos conseguido —dijo, casi sin creérselo del todo.

—Lo hemos conseguido —confirmó Ambrose, girando su silla hacia ella—. Y para que conste, en algún momento de esa reunión, mientras defendías nuestra estructura de codirección con esa voz que usas cuando estás completamente segura de algo, decidí definitivamente cómo llamar a esto que tenemos.

Briar lo miró, con una ceja enarcada. —¿Ah, sí? ¿Y bien?

—Todavía no te lo voy a decir.

—Ambrose.

—Voy a esperar al momento adecuado. Pero puedo darte una pista.

—Adelante.

—Empieza por "para siempre" y termina en algo que probablemente te va a parecer prematuro decir en voz alta a estas alturas, así que voy a guardármelo un poco más.

Briar sintió que el corazón le daba un vuelco completamente distinto al de la ansiedad de los últimos días, algo cálido y ligero que le subió por el pecho hasta instalarse, con una persistencia agradable, detrás de la sonrisa que no consiguió contener.

—Puedo esperar —dijo—. Pero no mucho más.

—No hará falta que esperes mucho más —contestó Ambrose, y se inclinó para besarla, despacio, en la sala de reuniones vacía, con el sol de diciembre entrando frío y claro por las ventanas y el eco todavía reciente de una junta directiva que acababa de aprobar, sin saberlo del todo,

no solo la continuidad de un programa de conservación, sino también, de un modo mucho más silencioso, la continuidad de todo lo demás que Briar y Ambrose habían construido juntos en los últimos meses.

• • •

La noticia se extendió por el instituto con la velocidad habitual con la que se extendía cualquier cosa allí, y para cuando Briar y Ambrose salieron de la sala de reuniones, Farrah ya los esperaba en el pasillo con una botella de sidra espumosa que había estado guardando, según confesó,

"para una ocasión que mereciera la pena", y Junie llevaba una bandeja de galletas recién horneadas que llenaban todo el pasillo de un olor a canela y mantequilla.

—¡Lo habéis conseguido! —exclamó Farrah, descorchando la botella con un estallido que hizo que dos técnicos de campo asomaran la cabeza desde el laboratorio contiguo para ver qué pasaba—. Ottoline nos ha contado el veredicto hace cinco minutos. La junta al completo, convencida.

—Bueno, Croft no estaba del todo convencido —matizó Ambrose, aceptando el vaso de sidra que Farrah le tendía—. Pero al menos dejó de fruncir el ceño hacia el final.

—Eso, viniendo de alguien como Croft, probablemente sea la versión más entusiasta de aprobación que existe.

Se reunieron en la sala común, donde poco a poco fue congregándose casi todo el personal del instituto que tenía turno esa tarde, y lo que había empezado como una celebración discreta entre unos pocos se convirtió, en cuestión de una hora, en algo parecido a una fiesta improvisada,

con Reeve apareciendo desde el parque adyacente con una guitarra que nadie sabía que tocaba y Junie sacando una segunda tanda de galletas del horno mientras contaba, por tercera vez esa tarde, la anécdota de cómo había predicho desde el primer día que aquellos dos terminarían siendo pareja.

—Lo dije desde la primera semana —insistió, señalando a Farrah con una galleta—. Se peleaban demasiado para que fuera solo profesional.

—Eso no es ciencia, Junie, es simplemente cotilleo con suerte.

—Es intuición, que es mucho más fiable que cualquier collar GPS.

Ambrose, sentado junto a Briar en uno de los sofás desgastados de la sala común, se inclinó hacia ella con una sonrisa que llevaba toda la tarde sin borrarse del todo. —¿Cómo te sientes?

—Aliviada. Agotada. Un poco incrédula todavía de que haya salido bien.

—¿Solo un poco incrédula?

—Vale, bastante incrédula. Llevaba días imaginando el peor escenario posible.

—Lo sé. Yo también, aunque intentara no demostrarlo.

—¿En serio? Parecías completamente tranquilo durante toda la reunión.

—Años de práctica manteniendo la calma mientras el corazón me late a mil por hora. Viene de los años de guía de montaña. Aprendes a que el pánico interior nunca se note en la voz, porque si se nota, el grupo entero empieza a entrar en pánico también.

Briar apoyó la cabeza en su hombro, dejando que el ruido cálido de la fiesta improvisada la envolviera, la guitarra de Reeve desafinando ligeramente una canción country que todos parecían conocer menos ella,

las risas de Farrah y Junie discutiendo sobre quién merecía más crédito por haber predicho la relación, el aroma de las galletas mezclándose con el de la sidra especiada que alguien había puesto a calentar en la cocina.

—Ottoline —dijo Ambrose de pronto, viendo a la directora entrar en la sala con una expresión que, aunque satisfecha, llevaba también una sombra de algo más serio—. ¿Todo bien?

Ottoline se acercó, sirviéndose un vaso de sidra antes de sentarse frente a ellos en una silla que alguien había arrastrado hasta el centro de la sala.

—Todo bien, sí. Solo tengo una noticia más que compartir, aunque prefiero esperar a que la fiesta se calme un poco antes de soltarla, para no arruinar el ambiente.

—Ahora ya no podemos dejar de preguntar —dijo Briar.

Ottoline suspiró, con una media sonrisa que sugería que la noticia no era del todo mala, solo complicada.

—La cobertura mediática del programa, incluido el artículo de Corwin sobre la entrevista con Sorrow, ha llegado más lejos de lo que esperábamos.

Me ha llamado esta mañana una productora de un programa de televisión de ámbito nacional centrado en conservación, interesada en hacer un reportaje sobre el programa.

Sobre vosotros dos, específicamente, como ejemplo de colaboración entre ciencia veterinaria y tecnología de conservación.

—¿Un reportaje nacional? —repitió Briar, sintiendo una nueva oleada de nervios reemplazando el alivio de hacía apenas una hora.

—Nada está confirmado todavía. Solo querían saber si estaríamos abiertos a la posibilidad. Les he dicho que lo consultaría con vosotros antes de dar ninguna respuesta.

Ambrose y Briar intercambiaron una mirada larga, cargada de la misma clase de comunicación silenciosa que habían perfeccionado durante meses de trabajo compartido, y por primera vez en todo el día, ninguno de los dos supo exactamente qué pensar sobre lo que se avecinaba.

—Lo hablaremos —dijo Briar al fin—. Después de la fiesta. Después de dormir. Después de procesar que hoy ya ha sido suficientemente intenso sin añadir televisión nacional a la ecuación.

—Me parece razonable —dijo Ottoline, levantándose con su vaso de sidra—. No hay prisa. Solo quería que lo supierais antes de que se enterara por otra vía, como suele pasar con todo en este instituto.

Cuando Ottoline se alejó de nuevo hacia el resto de la fiesta, dejándolos momentáneamente solos en su rincón del sofá, Ambrose le apretó la mano con suavidad.

—¿Otra crisis a la vista? —preguntó, con un tono que intentaba sonar ligero, aunque Briar percibió la pregunta genuina detrás.

—O una oportunidad enorme, dependiendo de cómo lo miremos. —Briar dejó escapar una risa cansada, apoyando de nuevo la cabeza contra su hombro—. Pregúntame mañana. Hoy solo quiero disfrutar de haber ganado esta batalla concreta antes de pensar en la siguiente.

—Me parece un plan excelente.

Se quedaron así un rato más, rodeados del ruido cálido de la celebración, la guitarra desafinada de Reeve, las risas de un equipo que se había convertido, en apenas unos meses, en algo parecido a una familia elegida,

y mientras la tarde de diciembre caía hacia la noche fuera de las ventanas de la sala común, Briar sintió que, fuera lo que fuera lo que trajera aquel reportaje nacional, o cualquier otra cosa que el futuro decidiera ponerles por delante, tenía exactamente lo que necesitaba para enfrentarlo:

un equipo que la respaldaba, un programa en el que creía con todo su ser, y una persona a su lado que, contra todo pronóstico inicial, se había convertido en la razón más sólida de todas para quedarse.

• • •

A la mañana siguiente, con la resaca leve de la sidra especiada y el cansancio bueno de una noche de celebración compartida, Briar llegó al despacho antes que Ambrose,

encontrando sobre su escritorio una nota escrita a mano con la letra angulosa y precisa que había aprendido a reconocer en los márgenes de todos los informes técnicos que él revisaba.

*Café ya no cuenta como bebida de crisis. A partir de hoy, solo té de menta antes de reuniones importantes. Firmado: tu codirector, que se toma muy en serio la gestión del estrés ajeno.*

Se rio sola en el despacho vacío, doblando la nota con cuidado antes de guardarla en el primer cajón de su escritorio, un gesto pequeño que no supo explicar del todo pero que le pareció, de algún modo, importante conservar.

Cuando Ambrose llegó diez minutos después, cargado con dos vasos de té humeante de la cocina común, la encontró todavía sonriendo frente a la pantalla, revisando los datos de la manada que habían llegado durante la noche.

—¿Qué tal la mañana? —preguntó, dejando uno de los vasos frente a ella.

—Mejor que la de ayer, definitivamente. —Briar dio un sorbo al té, dejando que el calor suave le asentara el estómago todavía revuelto por los nervios de la reunión—. Encontré tu nota.

—¿Demasiado ridícula?

—Perfectamente ridícula. Me ha gustado.

Ambrose sonrió, sentándose en su lado del escritorio compartido, y por un rato trabajaron en un silencio cómodo, cada uno concentrado en su parte del informe trimestral que había que enviar a la fundación antes de fin de mes,

interrumpido solo por preguntas ocasionales y el sonido constante del teclado.

—Loba 14 se ha movido hacia el norte esta madrugada —dijo Briar, al cabo de un rato, señalando el mapa en su pantalla—. Bastante más lejos de lo habitual. Casi seis kilómetros en una sola noche.