Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

La videollamada con la junta de la Fundación Bridger-Wexler estaba programada para las diez de la mañana, y a las nueve y media Briar ya llevaba dos tazas de té de menta —Junie había decretado que el chocolate picante era "demasiado agresivo para los nervios" en un día así— y una sensación de vacío

en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.

—Deja de mirar el reloj —dijo Ambrose, ajustando la cámara del portátil en la sala de reuniones principal, donde habían decidido celebrar la llamada por si la junta quería ver también a Ottoline, presente al fondo de la sala como respaldo institucional—.

Faltan quince minutos. Mirarlo cada treinta segundos no va a hacer que pasen más rápido.

—Es un mecanismo de afrontamiento perfectamente válido.

—Es un mecanismo de afrontamiento que te está poniendo más nerviosa, no menos.

Briar dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, un gesto pequeño de rendición, y se concentró en repasar mentalmente, por décima vez esa mañana, los puntos clave del plan de gestión que habían enviado a la fundación cuatro días antes: separación de funciones evaluativas,

supervisión de Ottoline como tercera parte neutral, revisiones trimestrales del acuerdo por si necesitaba ajustes.

—¿Y si preguntan cosas que no hemos previsto? —preguntó.

—Entonces improvisamos, como hemos hecho con cada crisis que se nos ha presentado desde que empezamos esto. Se nos da bastante bien, si lo piensas.

—Eso es verdad, la verdad.

A las diez en punto, la pantalla se llenó con los rostros de cinco miembros de la junta directiva de la fundación, incluida su presidenta, una mujer de voz calmada y expresión indescifrable llamada Delphine Ashgrove, que abrió la reunión con una cortesía profesional que no dejaba entrever, todavía,

hacia qué lado se inclinaba su opinión sobre el asunto.

—Doctora Callendish, señor Kilbride, directora Praed —dijo Delphine—. Gracias por su disponibilidad. Hemos revisado el documento que enviaron, y debo decir que nos ha parecido un planteamiento serio y bien estructurado. Antes de entrar en detalles, ¿alguno de los dos quiere añadir algo al respecto?

Briar y Ambrose intercambiaron una mirada breve, y fue Briar quien tomó la palabra primero, con la voz más firme de lo que hubiera esperado dado el nudo que todavía sentía en el estómago.

—Solo quisiera decir que entendemos completamente la preocupación de la junta.

La confianza en la integridad de nuestras evaluaciones y decisiones es fundamental para el éxito de este programa, y no nos tomamos a la ligera cualquier duda razonable al respecto.

El plan que hemos propuesto no es un gesto simbólico.

Está diseñado para garantizar que ninguna decisión relevante para el programa dependa exclusivamente del juicio de dos personas en una relación personal.

—Apreciamos esa franqueza —dijo Delphine—. ¿Señor Kilbride?

—Solo añadiría que llevamos meses trabajando bajo un modelo de codirección que, incluso antes de que la relación personal se desarrollara, ya requería consenso constante entre los dos en prácticamente todas las decisiones importantes.

En cierto sentido, la estructura de supervisión externa que proponemos formaliza algo que ya funcionaba de manera informal desde el principio del programa.

Uno de los miembros de la junta, un hombre mayor de gesto severo llamado Barnaby Croft, se inclinó hacia la cámara con una expresión que Briar reconoció, con una punzada de aprensión, como la de alguien que llevaba toda la reunión esperando el momento de hacer la pregunta más incómoda.

—Con todo respeto —dijo Croft—, ¿cómo podemos estar seguros de que, en un momento de conflicto personal entre ustedes dos, ese conflicto no termine afectando al programa?

Las relaciones tienen rupturas. Las rupturas, especialmente entre personas que comparten un espacio de trabajo tan reducido, pueden ser devastadoras para la moral de un equipo y para la continuidad de un proyecto.

Un silencio breve siguió a la pregunta, y Briar sintió el impulso de responder de inmediato, defensivamente, pero fue Ottoline quien habló primero, desde el fondo de la sala, con la autoridad tranquila de veinte años gestionando equipos e imprevistos.

—Señor Croft, permítame responder eso desde mi posición como directora del instituto, sin conflicto de interés personal en el asunto.

Llevo meses observando a estos dos codirectores trabajar juntos, primero como colegas que apenas se toleraban, y ahora como pareja.

En ambos casos, lo que he visto es un nivel de profesionalidad y compromiso con el programa que no ha variado en ningún momento.

Si algún día su relación personal cambia, de la manera que sea, confío en que van a seguir gestionando este programa con la misma seriedad que han demostrado hasta ahora, porque ambos, individualmente, son profesionales serios antes que cualquier otra cosa.

Y si me equivoco en esa confianza, el plan de supervisión externa que hemos propuesto está diseñado precisamente para detectar y corregir cualquier problema antes de que afecte al programa de manera significativa.

Croft se recostó en su silla, aparentemente satisfecho, al menos parcialmente, con la respuesta, y Delphine tomó de nuevo la palabra, revisando algunas notas frente a ella.

—Una pregunta más, y esta va dirigida a ambos directamente.

¿Han considerado la posibilidad de que uno de los dos asuma un rol de dirección única, con el otro pasando a un puesto de coordinación técnica sin poder de decisión final?

Es una estructura más simple, y elimina buena parte de la complejidad de supervisión que su plan actual requiere.

Briar sintió que el corazón le daba un vuelco, la vieja ansiedad regresando de golpe, porque aquella pregunta era, básicamente, la versión formal de la pesadilla que llevaba días imaginando: la posibilidad de que la fundación decidiera, sin más,

apartar a uno de los dos del puesto que se había ganado con meses de trabajo.

—Con todo respeto, presidenta Ashgrove —dijo Ambrose, antes de que Briar pudiera responder, con una firmeza tranquila que sorprendió incluso a ella—, esa estructura socavaría exactamente lo que hizo que este programa funcionara desde el principio.

La condición original de la fundación fue que la parte veterinaria y la parte tecnológica estuvieran coordinadas por un mismo equipo directivo con igual peso de decisión,

precisamente porque los proyectos anteriores que separaban esas funciones jerárquicamente terminaban priorizando un enfoque sobre el otro, con resultados mediocres para ambos.

Reducir a uno de los dos a un rol subordinado no resolvería el problema de conflicto de interés que les preocupa.

Solo trasladaría el desequilibrio de un tipo de problema a otro.

—Es un punto justo —admitió Delphine, después de un momento—. ¿Doctora Callendish? ¿Coincide con esa valoración?

—Completamente —dijo Briar, encontrando de nuevo su voz—.

Y añadiría que la calidad de los resultados que hemos entregado hasta ahora, incluida la gestión exitosa del conflicto con la asociación de ganaderos del valle, es consecuencia directa de que ambos aportamos perspectivas igual de necesarias a cada decisión.

Separar eso jerárquicamente no protegería al programa. Lo debilitaría.

La junta se retiró a deliberar durante lo que a Briar le parecieron los quince minutos más largos de toda su carrera profesional, con la pantalla mostrando un mensaje de "en pausa" mientras Ambrose y ella esperaban en la sala de reuniones,

demasiado tensos para hablar de nada que no fuera la reunión misma.

—Lo has hecho muy bien —dijo Briar, rompiendo finalmente el silencio.

—Los dos lo hemos hecho bien. —Ambrose le tomó la mano por debajo de la mesa, fuera del alcance de la cámara todavía apagada—. Pase lo que pase ahora, hemos defendido esto de la mejor manera que sabíamos.

—¿Y si deciden que quieren la estructura jerárquica de todos modos?

—Entonces lo pelearemos por otros medios. Pero no creo que lleguemos a eso. Croft parecía escéptico, pero el resto de la junta asentía mientras hablábamos.

Cuando la pantalla volvió a activarse, Delphine Ashgrove tenía una expresión ligeramente distinta, algo más relajada que al principio de la reunión, y Briar sintió que el corazón se le aceleraba de nuevo, esta vez con una mezcla de esperanza y terror que resultaba casi insoportable.

—La junta ha decidido aprobar el plan de gestión de conflicto de interés propuesto por el instituto —anunció Delphine—, con la condición de una revisión formal cada seis meses en lugar de trimestral, y con la directora Praed manteniendo un rol activo de supervisión,

tal y como ella misma se ha ofrecido a asumir.

Queremos dejar constancia, además, de que los resultados del programa hasta la fecha, incluida su gestión del conflicto reciente con la comunidad ganadera, han sido excepcionales, y no queremos que esta revisión se interprete como una falta de confianza en su capacidad profesional,

individual o conjunta.

Briar sintió que el aire que llevaba conteniendo, sin darse cuenta, durante los últimos quince minutos, salía de golpe de sus pulmones, y a su lado, Ambrose soltó una risa breve, aliviada, que hizo que dos de los miembros de la junta, incluido el propio Croft,

esbozaran una sonrisa involuntaria a través de la pantalla.

—Gracias, presidenta Ashgrove —dijo Briar—. No las decepcionaremos.

—Confiamos en que no lo harán, doctora Callendish. Buena suerte con el resto del programa.

Cuando la videollamada terminó y la pantalla volvió a quedar en negro, Ottoline se acercó desde el fondo de la sala con una sonrisa amplia que raras veces mostraba durante horas de trabajo.

—Lo habéis conseguido —dijo, apretando el hombro de cada uno con un gesto cálido—. Estoy realmente orgullosa de los dos.

—No lo hubiéramos conseguido sin tu respaldo —dijo Ambrose—. Ese comentario sobre nuestra profesionalidad fue exactamente lo que necesitábamos en ese momento.

—Solo dije la verdad. El resto lo habéis hecho vosotros.