Capítulo 6 #2
—Un año —murmuró Ambrose, con los dedos trazando círculos despacio sobre su hombro desnudo—. Sigo pensando en eso.
—¿Y ahora qué piensas?
—Que quizás un año no sea suficiente tiempo, después de todo.
Briar levantó la cabeza para mirarlo, encontrando en su expresión la misma sinceridad directa que la había desarmado la primera vez que hablaron de verdad, junto al arroyo, en su primera salida de campo juntos.
—Es un poco pronto para esa conversación, ¿no crees?
—Probablemente. Pero no he dicho que vaya a tener esa conversación ahora. Solo he dicho que lo pienso.
—Puedo vivir con eso.
—Bien. Porque tengo la sensación de que vas a tener que vivir con muchos pensamientos raros míos a partir de ahora.
Briar se rio, un sonido cálido que resonó en el silencio tranquilo de la habitación, y volvió a apoyar la cabeza sobre su pecho, dejando que el latido constante de su corazón la arrullara hacia un sueño ligero que llevaba semanas necesitando,
mientras fuera la mañana de noviembre seguía avanzando sobre un valle que, poco a poco, empezaba a sentir como el lugar correcto donde por fin había decidido quedarse.
• • •
Cuando por fin se levantaron, ya bien entrada la tarde, el fuego de la chimenea se había reducido a brasas y el estómago de Briar llevaba un rato recordándole que no había comido nada desde la noche anterior.
Ambrose insistió en preparar algo mientras ella se duchaba, y cuando salió del baño, envuelta en una bata gruesa y con el pelo todavía húmedo, lo encontró en la cocina pequeña, vestido solo con los vaqueros del día anterior, revolviendo algo en una sartén con una concentración que resultaba,
de algún modo, enternecedora.
—No sabía que supieras cocinar —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.
—Sé hacer tres cosas razonablemente bien. Huevos revueltos con lo que sea que encuentre en la nevera es una de ellas.
—¿Y las otras dos?
—Café decente y un chile que mi madre me enseñó a hacer, que reservo para ocasiones especiales.
—¿Esto no cuenta como ocasión especial?
Ambrose se giró hacia ella con una sonrisa que le suavizó por completo la expresión concentrada de hacía un momento. —Esto cuenta como una ocasión que todavía no sé cómo llamar, así que prefiero guardarme el chile para cuando lo sepa.
Comieron sentados a la pequeña mesa de la cocina, con la luz de la tarde entrando dorada por la ventana y una conversación que se movía sin prisa entre temas ligeros y silencios cómodos, hasta que el teléfono de Briar, olvidado sobre la encimera desde la noche anterior,
empezó a vibrar con una insistencia que anunciaba algo urgente.
—Es Ottoline —dijo, mirando la pantalla con una punzada de aprensión inmediata.
Contestó, y la voz de Ottoline llegó rápida y tensa desde el otro lado de la línea. —Briar, necesito que vengáis los dos a la estación en cuanto podáis. El boletín local ha publicado algo esta mañana sobre la reunión de anoche, y no es exactamente favorable.
—¿Qué dice?
—Dice que el instituto "se niega a reconocer el impacto real del programa de lobos en la economía ganadera local", con una cita de alguien de la asociación que no es Sorrow. Va a generar ruido, y quiero que estemos preparados antes de que alguien más lo recoja.
Briar colgó y miró a Ambrose, que ya se había levantado para empezar a recoger los platos con una eficiencia que sugería que la mañana tranquila acababa de terminar oficialmente.
—¿Todo bien? —preguntó él, aunque su expresión sugería que ya intuía la respuesta.
—No especialmente. Hay un artículo en el boletín local que no nos favorece. Ottoline quiere que vayamos a la estación.
—Dame diez minutos.
Se vistieron rápido, con la misma coordinación práctica que habían desarrollado durante semanas de trabajo de campo compartido, y cuando salieron hacia la camioneta, el sol de la tarde ya empezaba a inclinarse hacia las montañas, tiñendo el cielo de un naranja intenso que,
en cualquier otra circunstancia, Briar se hubiera detenido a admirar.
—Fuera lo que fuera lo que dijera ese artículo, no va a borrar lo de esta mañana —dijo Ambrose, mientras arrancaba el motor, como si hubiera leído el hilo de pensamientos que empezaba a formarse en la cabeza de Briar,
la vieja costumbre de separar el trabajo de todo lo demás reafirmándose ante la primera señal de conflicto.
—No estaba pensando eso.
—Un poco sí.
—Puede que un poco sí.
—Pues no lo hagas. Podemos con las dos cosas a la vez, Briar. El trabajo difícil y esto. No tienen que competir entre sí.
Briar lo miró, con el resplandor naranja del atardecer entrando por el parabrisas y bañándole el perfil de una luz cálida que le suavizaba las líneas serias de la mandíbula,
y sintió que las palabras se le asentaban en el pecho con una certeza tranquila que no había sentido en mucho tiempo respecto a nada que tuviera que ver con su vida personal.
—De acuerdo —dijo—. Podemos con las dos cosas.
—Bien. Porque tenemos un artículo que rebatir, y después de eso, te debo un chile.
—¿Ya sabes cómo llamar a esto, entonces?
Ambrose sonrió, sin apartar la vista de la carretera que los llevaba de vuelta hacia la estación y hacia lo que fuera que aquel artículo hubiera puesto en marcha. —Todavía no del todo. Pero estoy cerca.
La camioneta avanzó por la carretera vacía, el valle entero bañado en la luz última del atardecer, y Briar sintió, a pesar de la tensión que la esperaba en la estación, que fuera lo que fuera lo que llegara después, tenía a alguien a su lado dispuesto a enfrentarlo con ella, y que aquello,
más que cualquier titular de periódico local, era exactamente lo que necesitaba para seguir adelante.
• • •
Cuando llegaron al despacho compartido, Ottoline ya tenía el artículo impreso sobre la mesa, un texto breve pero mordaz firmado por un periodista local que Briar no conocía,
con una cita textual de alguien identificado solo como "un miembro de la asociación de ganaderos que prefirió no revelar su nombre", acusando al instituto de priorizar la investigación académica por encima de las familias que llevaban generaciones viviendo del valle.
—No es Sorrow —dijo Ambrose, leyendo el artículo por encima del hombro de Briar—. El tono no encaja con nada de lo que dijo anoche, ni siquiera al principio, cuando estaba más enfadado.
—Estoy de acuerdo —dijo Ottoline—. Sospecho que es alguien de la junta directiva de la asociación que no estuvo presente en la reunión y que está reaccionando a una versión de segunda mano de lo que pasó.
—¿Qué hacemos? —preguntó Briar.
—Podemos pedir una rectificación, aunque dudo que el boletín la publique con el mismo despliegue. O podemos ser proactivos: ofrecer una entrevista abierta, con datos, sin editar, directamente a ellos, antes de que la historia crezca más de lo necesario.
Ambrose se cruzó de brazos, pensativo. —Prefiero lo segundo. Si intentamos silenciar el artículo, parece que tenemos algo que ocultar. Si respondemos con transparencia total, controlamos la narrativa nosotros, no un periodista que ni siquiera estuvo en la sala.
—Estoy de acuerdo —dijo Briar—. Pero quiero que Sorrow forme parte de esa entrevista, si acepta. Después de esta mañana, creo que podría convertirse en un aliado inesperado si sabemos plantearlo bien.
Ottoline los miró a ambos con una expresión que combinaba alivio profesional y algo más parecido al orgullo silencioso de quien ve a su equipo funcionar exactamente como esperaba que funcionara cuando los emparejó, muy a su pesar, tres meses atrás.
—Organizadlo vosotros dos —dijo—. Confío en vuestro criterio.
Cuando Ottoline salió del despacho, dejándolos de nuevo a solas entre mapas y gráficos y el eco todavía reciente de una mañana que había empezado con restos de un ternero y había terminado enredada entre sábanas revueltas,
Ambrose se giró hacia Briar con una expresión que mezclaba cansancio genuino y algo mucho más ligero, casi divertido.
—Menudo día —dijo.
—Menudo día —coincidió Briar—. Y todavía no ha terminado.
—No. —Ambrose se acercó, robándole un beso rápido antes de que ella pudiera protestar por la falta de profesionalidad del gesto en pleno despacho compartido—. Pero al menos ahora sé cómo llamar a esto que tenemos.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo se llama?
—Todavía no te lo voy a decir. Pero cuando lo haga, vas a tener que darme la razón, y quiero disfrutar el momento un poco más antes de eso.
Briar negó con la cabeza, sonriendo a pesar del cansancio acumulado de las últimas veinticuatro horas, y volvió su atención hacia los mapas extendidos sobre la mesa, hacia el trabajo que todavía quedaba por delante, sabiendo, con una certeza tranquila que no había sentido en mucho tiempo,
que fuera lo que fuera lo que trajeran los próximos meses, iba a enfrentarlo con alguien a su lado dispuesto a quedarse.
• • •
La entrevista con el boletín local se celebró cuatro días después, en el mismo salón comunitario donde se había celebrado la reunión de urgencia, aunque esta vez con muchas menos sillas ocupadas y un ambiente considerablemente más tranquilo.
Sorrow había aceptado participar, para sorpresa de casi todo el instituto, y llegó puntual, vestido con una camisa limpia y una expresión mucho menos hostil que la que había mostrado la primera vez que Briar lo vio en aquella misma sala.
—No estoy aquí para decir que estoy de acuerdo con todo el programa —advirtió, mientras el periodista, un hombre joven y visiblemente nervioso llamado Corwin Blackmoor, preparaba su grabadora sobre la mesa—.
Estoy aquí porque lo que salió publicado la semana pasada no reflejaba lo que pasó de verdad, y eso no me parece bien, para ninguna de las dos partes.
—Se lo agradezco, señor Sorrow —dijo Briar—. Eso es exactamente lo que buscamos hoy: que la gente tenga la información completa, no una versión filtrada de segunda mano.