Capítulo 6
Llegaron a la propiedad de Emmett Sorrow poco después del amanecer, con el cielo todavía teñido de un gris azulado y la hierba cubierta de una escarcha fina que crujía bajo las botas.
Sorrow los esperaba junto a la valla del pastizal norte, con un termo de café en la mano y una expresión que no había mejorado demasiado desde la noche anterior.
—Ahí —dijo, señalando un punto cerca del linde del bosque, donde los restos de un ternero, ya parcialmente devorados por carroñeros nocturnos, yacían sobre la hierba pisoteada.
Briar se acercó con el maletín, examinando el terreno con ojo profesional mientras Ambrose desplegaba su equipo para comprobar los datos de posición de la manada en las últimas cuarenta y ocho horas.
—Los cortes en el cuello son limpios, consistentes con una mordida de gran carnívoro —dijo Briar, tras varios minutos de examen cuidadoso—. Pero el patrón de la herida es distinto al que suelen dejar los lobos. Es más ancho, más profundo en un solo punto de presión.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Sorrow, acercándose con el ceño fruncido.
—Quiero decir que esto podría no ser un lobo, señor Sorrow.
Podría ser un puma. Tenemos varios ejemplares registrados en la zona sur del corredor, y el patrón de caza es distinto: un puma suele atacar desde arriba, con una mordida concentrada en el cuello o la nuca,
mientras que los lobos cazan en manada y el patrón de heridas suele mostrar múltiples puntos de ataque.
Ambrose levantó la vista de su tableta, donde había estado revisando los datos del collar de Loba 14 y los de los dos ejemplares jóvenes que también llevaban rastreadores activos.
—Confirmado —dijo—. Ninguno de los tres collares muestra movimiento en un radio de cinco kilómetros de esta propiedad en las últimas setenta y dos horas. Toda la manada estaba en el extremo norte del corredor, a más de ocho kilómetros de aquí, la noche que perdió el segundo ternero.
Sorrow se quedó callado un momento, mirando alternativamente los restos del animal y la pantalla que Ambrose le mostraba, con una expresión que Briar reconoció como la de alguien reajustando una creencia que llevaba semanas dando por sentada.
—¿Está seguro de que esos datos son fiables? —preguntó, aunque con menos hostilidad que la noche anterior.
—Completamente seguro. Y podemos compartir el registro completo con quien usted quiera, incluido un perito independiente si lo prefiere.
—No hace falta llegar a tanto. —Sorrow se pasó una mano por la cara, con el gesto cansado de alguien que llevaba noches sin dormir bien—. Si no fueron los lobos, ¿qué hago con el puma?
—Podemos ayudarle a instalar iluminación con sensor de movimiento en el perímetro del pastizal, y recomendarle un patrón de rotación de pastos que reduzca la exposición del ganado joven durante las horas de mayor actividad de los pumas —dijo Briar—.
No es infalible, pero reduce significativamente el riesgo.
—¿Y el fondo de compensación que mencionó el señor Kilbride anoche?
—Cubre pérdidas por lobos monitoreados, no por otros carnívoros, pero puedo ponerle en contacto con el departamento de vida silvestre del estado, que sí tiene un fondo para pérdidas por puma. Podemos ayudarle con el papeleo si quiere.
Sorrow asintió despacio, y por primera vez desde que Briar lo conocía, algo parecido a la gratitud cruzó su expresión, aunque no llegara a convertirse del todo en una disculpa.
—Se lo agradezco —dijo—. Y... —dudó un momento, como si las siguientes palabras le costaran un esfuerzo considerable— siento haber sido tan duro anoche. Llevo dos malas temporadas seguidas y cuando uno ve que el ganado desaparece, es fácil buscar a quien culpar más a mano.
—Lo entiendo, señor Sorrow. De verdad.
—Llámeme Emmett.
—Briar.
Cuando por fin volvieron a la camioneta, con el sol ya bien alto sobre las montañas y la escarcha derritiéndose en charcos pequeños sobre la hierba, Briar sintió el peso de las últimas veinticuatro horas cayéndole encima de golpe, un cansancio que le llegaba hasta los huesos.
—Eso podría haber salido mucho peor —dijo Ambrose, arrancando el motor.
—Podría. Pero no salió peor, y eso es lo que importa ahora mismo.
—¿Vamos a la estación o prefieres que te lleve a descansar directamente?
Briar consideró la pregunta un momento, sintiendo el cansancio compitiendo con una necesidad más difícil de nombrar: la de no estar sola después de una noche y una mañana tan intensas, la de quedarse un rato más cerca de la única persona que había compartido con ella cada minuto de aquella tensión.
—Llévame a mi casa —dijo al fin—. Pero quédate. No quiero estar sola esta mañana, y no creo que tú quieras estarlo tampoco.
Ambrose la miró un momento, sorprendido por la franqueza directa de la petición, y algo en su expresión se suavizó de un modo que Briar sintió como una respuesta antes incluso de que él dijera nada.
—No quiero estar solo —admitió—. Vamos.
La casa que Briar alquilaba estaba a las afueras del pueblo, una construcción pequeña de madera con una chimenea de piedra y un porche que daba a un jardín descuidado que llevaba meses prometiéndose arreglar.
Cuando entraron, el silencio de la casa vacía los envolvió con una calma que contrastaba enormemente con la tensión de las últimas horas, y Briar se quitó las botas junto a la puerta con un suspiro que sonó a alivio puro.
—Voy a encender la chimenea —dijo Ambrose, dirigiéndose hacia el hogar con la misma familiaridad práctica que aplicaba a todo lo relacionado con el fuego y la leña.
—Hay chocolate caliente en la cocina, si te apetece. O whisky, si prefieres algo más fuerte después de la noche que hemos tenido.
—Whisky suena bien.
Briar sirvió dos vasos cortos de un whisky de centeno que guardaba para ocasiones especiales, y cuando volvió a la sala, el fuego ya ardía con fuerza en la chimenea, proyectando sombras cálidas sobre las paredes de madera.
Se sentó junto a Ambrose en el sofá, lo bastante cerca como para que sus rodillas se rozaran, y por un rato ninguno de los dos dijo nada, dejando que el calor del fuego y del whisky hiciera su trabajo lento de disolver la tensión acumulada.
—Estuviste increíble anoche —dijo Ambrose al fin, rompiendo el silencio—. Con Sorrow, con toda la sala. No perdiste la calma ni una vez.
—Por dentro estaba aterrorizada. Si esa reunión hubiera salido mal, podríamos haber perdido el apoyo del condado para el programa entero.
—No se notó nada por fuera.
—Años de práctica. Cuando trabajas con animales heridos y asustados, aprendes rápido que tu propio miedo no ayuda a nadie, así que aprendes a guardarlo para después.
—¿Y ahora es después?
Briar lo miró, con el fuego reflejándose en sus ojos oscuros y las vetas doradas que aparecían solo con cierta luz, y sintió que la pregunta llevaba un peso que iba mucho más allá de las palabras concretas.
—Ahora es después —confirmó.
Ambrose dejó el vaso de whisky sobre la mesa baja frente al sofá, con un cuidado casi ceremonial, y se giró hacia ella con una lentitud que dejaba espacio de sobra para que Briar se apartara si quería.
No se apartó. En su lugar, dejó también su propio vaso a un lado y acortó la distancia que quedaba entre los dos, hasta que sus labios se encontraron con una suavidad que no tenía nada de la urgencia de la noche en la cabaña, sino algo más lento, más deliberado, como si ambos hubieran decidido,
sin necesidad de decirlo en voz alta, que aquella mañana no había prisa por ningún lado.
La mano de Ambrose subió hasta su mejilla, después hasta su nuca, enredándose despacio en su pelo mientras el beso se profundizaba, y Briar sintió que el cansancio de las últimas veinticuatro horas se disolvía en algo completamente distinto,
un calor que no tenía nada que ver con el fuego de la chimenea ni con el whisky que todavía le quemaba suavemente la garganta.
—¿Estás segura? —murmuró Ambrose contra sus labios, apartándose lo justo para mirarla a los ojos—. Después de la noche que hemos tenido, no quiero que esto sea solo el cansancio hablando.
—No es el cansancio —dijo Briar, y la certeza en su propia voz la sorprendió incluso a ella misma—. Llevo semanas segura de esto, Ambrose. Solo estaba esperando el momento adecuado.
—¿Y este lo es?
—Este lo es.
Lo que siguió no tuvo nada de apresurado.
Ambrose la levantó del sofá con una facilidad que hizo que Briar soltara una risa breve contra su hombro, y la llevó hacia el dormitorio con el fuego de la chimenea todavía crepitando a sus espaldas, la luz de la mañana entrando suave por las cortinas finas de la ventana.
Se desnudaron el uno al otro despacio, entre risas bajas y comentarios susurrados que no tenían nada que ver con la urgencia y todo que ver con la curiosidad de descubrir, por fin,
lo que llevaban semanas conteniendo bajo capas de discusiones profesionales y miradas que duraban un segundo más de lo necesario.
Ambrose tenía una cicatriz larga y delgada en el costado derecho, recuerdo de un accidente de escalada de sus años de guía, y Briar trazó el contorno con los dedos antes de preguntar, en voz baja, qué había pasado.
Él se lo contó, entre besos que se demoraban en su piel, y ella a su vez le habló de la cicatriz pequeña que tenía en la palma de la mano izquierda, marca de una mordida de coyote asustado durante su primer año de prácticas,
una historia que él escuchó con la misma atención cuidadosa que aplicaba a todo lo que ella decía.
El resto de la mañana transcurrió despacio, entre el calor de la piel y el fuego lejano de la chimenea, entre la luz que cambiaba suavemente a través de las cortinas y las palabras que ya no necesitaban decirse en voz alta, y cuando por fin se quedaron quietos, enredados entre las sábanas revueltas,
con la cabeza de Briar apoyada sobre el pecho de Ambrose y el latido constante de su corazón bajo la oreja, sintió una paz que no había experimentado en mucho tiempo, la clase de paz que solo llegaba cuando por fin se dejaba de luchar contra algo que llevaba semanas siendo inevitable.