Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Sorrow no pareció apreciar demasiado aquella intervención, pero no la contradijo tampoco, y cuando el moderador finalmente cerró la sesión, anunciando que el condado revisaría el programa en un plazo de tres meses con un nuevo informe de seguimiento, la sensación general en la sala,

si no de aceptación plena, era al menos de una tregua incómoda pero funcional.

—Ha ido mejor de lo que esperaba —dijo Ottoline, mientras recogían el material al final de la reunión, con la sala ya casi vacía—. Sorrow sigue enfadado, pero no ha pedido que se cancele el programa.

—Ha ido mejor de lo que temía, no mejor de lo que esperaba —corrigió Briar, sintiendo el cansancio acumulado de dos horas de tensión asentándose en sus hombros—. Vamos a tener que examinar esos terneros mañana a primera hora, antes de que la historia crezca más de lo que ya ha crecido.

—Voy contigo —dijo Ambrose, cerrando la caja de informes—. Si hay un lobo desviándose del corredor, quiero revisar los datos del collar en el terreno mismo, no solo en la pantalla.

—Deberíais dormir algo antes —sugirió Farrah, acercándose con las llaves de la camioneta en la mano—. Los dos parecéis a punto de derrumbaros.

—Dormiremos cuando sepamos qué pasó con esos terneros —dijo Briar, y Ambrose asintió, sin necesidad de que ella se lo pidiera, en el mismo gesto de acuerdo silencioso que se había vuelto habitual entre los dos en las últimas semanas.

Salieron juntos al aparcamiento, donde la noche había caído del todo y el aire frío de noviembre olía ya claramente a nieve inminente, y caminaron hacia la camioneta en un silencio que, por primera vez en toda la noche, no tenía nada que ver con la tensión de la reunión,

sino con el agotamiento compartido de dos personas que acababan de defender juntas algo en lo que ambas creían.

—Gracias por lo del fondo de compensación —dijo Briar, subiendo al vehículo—. No sabía que tuviéramos eso ya resuelto.

—No lo teníamos resuelto del todo. Lo até esta misma tarde con la fundación, por si acaso la reunión se ponía tan mal como me temía.

—¿Preparaste un plan de contingencia sin decírmelo?

—Preparé un plan de contingencia porque sabía que si te lo contaba antes de la reunión, ibas a insistir en revisarlo línea por línea y no íbamos a llegar a tiempo.

Briar lo miró con una mezcla de exasperación y algo mucho más cálido que decidió no examinar demasiado de cerca en ese momento. —Eso es una evaluación bastante precisa de mi personalidad.

—Llevo semanas estudiándote. Se me da bien.

—Deberías añadirlo a tu currículum. "Habilidades: diseño de collares GPS, predicción de comportamiento veterinario terco."

—Lo consideraré.

El motor arrancó con el mismo rugido de siempre, rompiendo el silencio del aparcamiento vacío, y mientras se alejaban hacia la carretera que llevaba de vuelta a la estación, Briar sintió, a pesar del cansancio y la tensión de la reunión, una calidez extraña asentándose en su pecho:

la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que estuviera pasando entre ella y Ambrose, al menos en el trabajo formaban un equipo con el que podía contar sin reservas.

• • •

De vuelta en la estación, encontraron a Farrah esperándolos en la sala común con una olla de sopa de calabaza todavía caliente sobre el fogón y una expresión que oscilaba entre el orgullo y la preocupación genuina.

—He oído que ha sido intenso —dijo, sirviendo dos cuencos sin esperar a que se lo pidieran—. Reeve estaba allí, al fondo, y me ha mandado un mensaje a media reunión diciendo que Sorrow parecía a punto de explotar.

—Estuvo cerca —admitió Briar, sentándose a la mesa con el cuerpo pesado de cansancio—. Pero al final no explotó. Solo se enfadó de manera razonable, que es lo mejor que podíamos esperar esta noche.

—¿Y el condado?

—Revisión en tres meses —dijo Ambrose, sentándose junto a Briar con su propio cuenco—. No es una victoria completa, pero tampoco es una cancelación, que era lo que temíamos hace veinticuatro horas.

Farrah asintió, satisfecha, y se sentó frente a ellos con su propio cuenco de sopa, observándolos con una atención que Briar reconoció, con una punzada de alarma cansada, como la misma clase de atención perceptiva que Farrah había demostrado desde el primer día.

—Los dos parecéis a punto de derrumbaros —dijo Farrah—. ¿Cuándo fue la última vez que dormisteis de verdad?

—Hace dos noches, aproximadamente —contestó Ambrose.

—Eso es un problema. No podéis presentaros mañana ante Sorrow con los ojos cerrados de cansancio, sea lo que sea que encontréis en esos terneros.

—Nos las arreglaremos —dijo Briar, aunque el cansancio en su propia voz no ayudaba mucho a que la afirmación sonara convincente.

Terminaron la sopa casi en silencio, el cansancio acumulado de la noche pesando sobre los dos con la misma fuerza, y cuando Farrah se retiró finalmente a su cabaña, dejándolos solos en la sala común iluminada apenas por la luz tenue de una lámpara de mesa,

Briar se recostó contra el respaldo de la silla y cerró los ojos un momento, dejando que el silencio del edificio vacío la envolviera.

—¿Vas a intentar dormir algo antes de que salgamos hacia la propiedad de Sorrow? —preguntó Ambrose, con la voz baja.

—Debería. No creo que consiga mucho, con la cabeza todavía dándole vueltas a la reunión.

—Puedo quedarme despierto revisando los datos del collar mientras tanto, por si hay algo que se nos haya escapado sobre el segundo ternero.

—No tienes que hacer eso. Tú también necesitas dormir.

—Duermo mejor cuando tengo algo concreto en lo que ocupar la cabeza. Y esto es mucho más útil que quedarme mirando el techo pensando en si Sorrow va a llamar mañana con más malas noticias.

Briar lo miró, con la luz tenue de la lámpara suavizándole las facciones cansadas, y sintió una gratitud silenciosa que no supo del todo cómo expresar en palabras, así que en su lugar se levantó, se inclinó sobre él y le dio un beso breve en la sien,

un gesto pequeño que llevaba semanas conteniendo bajo la excusa de la profesionalidad y que esa noche, después de todo lo que habían atravesado juntos, ya no le pareció necesario contener.

—Despiértame en tres horas —dijo, dirigiéndose hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones—. Y come algo más antes de que salgamos. No puedes examinar restos de ganado con el estómago vacío y tres horas de sueño encima.

—Sí, jefa.

—No soy tu jefa. Somos codirectores. Es distinto.

—Lo que tú digas, Callendish.

Briar sonrió mientras se alejaba por el pasillo, y aunque el cansancio seguía ahí, pesado y real, sintió también algo más ligero instalándose bajo la fatiga: la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que trajera la mañana siguiente en la propiedad de Sorrow, no iba a enfrentarla sola.