Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

La tarde anterior a la reunión, el despacho compartido se había convertido en un caos organizado de gráficos impresos, mapas de movimiento de la manada y tazas de café frío que ninguno de los dos había terminado de beber.

Briar llevaba horas revisando cada cifra del informe, buscando cualquier error que pudiera usarse en su contra esa noche, mientras Ambrose ajustaba una presentación visual que pretendía traducir datos de telemetría satelital en algo que cualquier persona de la sala, tuviera o no formación técnica,

pudiera entender de un vistazo.

—Si mostramos primero el mapa de calor de movimiento, antes de entrar en las cifras de compensación, vamos a perder a la mitad de la sala en los primeros dos minutos —dijo Briar, señalando la pantalla del portátil—.

Hay que empezar con algo que les importe directamente.

Las pérdidas de ganado, la seguridad, después los datos.

—Estoy de acuerdo, pero si empezamos hablando de pérdidas sin haber establecido antes qué tan raras son en comparación con otras causas de mortalidad de ganado, vamos a sonar a la defensiva desde el primer minuto.

—Entonces, ¿qué propones?

—Propongo empezar con una sola cifra, la más impactante que tengamos, y dejar que hable por sí sola antes de entrar en contexto.

—Ambrose giró el portátil hacia ella, mostrando un gráfico sencillo—.

En el condado, el año pasado, hubo cuatrocientas doce muertes de ganado por causas naturales, enfermedad y clima extremo.

Cuatro fueron atribuidas a depredación por lobo, y de esas cuatro, solo dos fueron confirmadas mediante necropsia.

Empezamos con esto. Después entramos en el resto.

Briar se quedó mirando el gráfico un momento, reconociendo la lógica detrás de la propuesta, y asintió despacio. —Es bueno. Mejor que mi plan, la verdad.

—No es mejor. Es distinto. El tuyo generaba empatía inmediata. El mío genera perspectiva inmediata. Podemos usar los dos, uno detrás del otro.

—Cuando dices cosas así, es difícil seguir discutiendo contigo.

—Ese es exactamente el plan, Callendish. Llevo semanas trabajando en ello.

Junie entró en ese momento con una bandeja cargada de sándwiches y dos termos, uno de café y otro de algo que olía a manzana y clavo, dejándolos sobre la única esquina libre de la mesa con la eficiencia silenciosa de quien lleva media vida alimentando a gente demasiado estresada para acordarse de

comer por sí sola.

—Nadie va a ganar ninguna discusión con el estómago vacío —anunció, sin esperar respuesta, y se marchó tan rápido como había llegado.

Comieron mientras seguían ajustando la presentación, discutiendo cada diapositiva con una minuciosidad que hubiera resultado agotadora si no hubiera sido, de algún modo extraño, también reconfortante:

dos personas que confiaban lo suficiente la una en la otra como para señalar los puntos débiles del argumento del otro sin que aquello se convirtiera en una pelea, algo que tres meses antes hubiera parecido imposible.

—¿Tienes miedo? —preguntó Ambrose en algún momento, mientras Briar revisaba por tercera vez el apartado de compensaciones económicas.

—Un poco. No de las preguntas técnicas. De la gente. De la parte donde alguien se levanta y dice que hemos arruinado su medio de vida y no tengo ninguna respuesta que arregle eso de verdad.

—No podemos arreglarlo del todo. Solo podemos hacer que sea más llevadero, y ser honestos sobre lo que el programa puede y no puede garantizar.

—Eso lo sé. No hace que sea más fácil decirlo en voz alta delante de cuarenta personas enfadadas.

Ambrose dejó su sándwich a un lado y la miró con una seriedad que contrastaba con el tono ligero que habían mantenido durante la mayor parte de la tarde. —Vas a estar bien ahí dentro. Y si algo sale mal, estoy justo a tu lado. No vas a tener que enfrentarte a ninguna pregunta imposible tú sola.

Briar sintió que algo en su pecho se aflojaba ante esa frase, una tensión que llevaba días acumulando sin darse cuenta del todo, y por un momento, en el despacho pequeño lleno de papeles y gráficos y el olor a manzana y clavo del termo de Junie,

sintió que aquel año que tanto había temido al principio se había convertido, sin que ella lo notara del todo, en algo parecido a un hogar compartido.

• • •

La sala de reuniones del condado olía a café requemado y a madera vieja, con hileras de sillas plegables ocupadas casi por completo cuando Briar y Ambrose entraron cargando entre los dos una caja con copias impresas del informe que llevaban dos días preparando sin apenas dormir.

Ottoline los esperaba en primera fila, junto a Farrah, con una expresión que intentaba proyectar calma y que no lo conseguía del todo.

—¿Cuánta gente hay? —murmuró Briar, dejando la caja sobre la mesa que les habían asignado al frente de la sala.

—Cuarenta y tantos, según la lista de asistencia —contestó Ottoline en voz baja—. Casi toda la asociación de ganaderos del valle, más algunos vecinos curiosos y dos periodistas del boletín local.

—Genial —dijo Ambrose, sin ningún entusiasmo—. Justo lo que necesitábamos.

El presidente de la asociación de ganaderos, un hombre corpulento de manos curtidas llamado Emmett Sorrow, ocupaba la primera fila con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno.

Briar lo había visto antes, brevemente, en una reunión comunitaria a la que había asistido durante su primera semana en el instituto, pero nunca lo había visto con aquella tensión concreta marcándole la mandíbula.

—Doctora Callendish, señor Kilbride —dijo el moderador del condado, un funcionario de aspecto cansado que claramente hubiera preferido estar en cualquier otro sitio esa noche—. Cuando quieran, pueden empezar su presentación.

Briar respiró hondo, colocó las primeras diapositivas en la pantalla improvisada y empezó a hablar con la voz firme que había cultivado durante años de presentar informes ante comités hostiles.

—Buenas noches a todos. Como muchos ya saben, el Instituto Teton de Vida Silvestre ha recibido financiación para un programa de monitoreo y apoyo a la manada de lobos que se mueve por el corredor de Gros Ventre.

Esta noche queremos compartir los datos que hemos recopilado hasta ahora y responder a cualquier pregunta o preocupación.

—Mi preocupación —interrumpió Sorrow, sin esperar a que ella terminara— es que en las últimas tres semanas he perdido dos terneros, y por primera vez en quince años tengo motivos para pensar que fueron los lobos que ustedes están "monitoreando y apoyando".

Un murmullo recorrió la sala, y Briar sintió el peso de cuarenta pares de ojos volviéndose hacia ella con distintos grados de expectación.

—Entiendo su preocupación, señor Sorrow —dijo, manteniendo la voz calmada—. Y nos tomamos muy en serio cualquier pérdida de ganado. ¿Ha reportado formalmente esos incidentes?

—Reporté el primero. El segundo pasó anoche, así que todavía no.

—Nos gustaría examinar la zona con usted en cuanto sea posible. Los datos de collar que tenemos hasta ahora muestran que la manada se ha mantenido, en su mayoría, dentro del corredor designado, pero eso no significa que un individuo aislado no pueda haberse desviado.

—¿Y si es así? ¿Qué van a hacer al respecto, aparte de "examinar la zona"?

Fue Ambrose quien tomó la palabra entonces, adelantándose un paso hacia el atril improvisado con una calma que Briar reconoció como la misma que él aplicaba a cualquier problema técnico complicado.

—Señor Sorrow, si confirmamos que la pérdida fue causada por un lobo de la manada monitoreada, el programa incluye un fondo de compensación económica gestionado por la fundación que financia este proyecto, no por el instituto ni por el condado.

Además, estamos en proceso de implementar un sistema de alerta temprana que notificaría a los ganaderos registrados si algún ejemplar se acerca a menos de dos kilómetros de su propiedad, dándoles tiempo para reforzar el perímetro o mover el ganado.

—¿Un sistema que todavía no existe?

—Un sistema que existe y que ya está activo para las propiedades que se han registrado voluntariamente. La suya no está en la lista, señor Sorrow, y con gusto lo añadimos esta misma noche si usted lo desea.

Sorrow no pareció del todo convencido, pero algo en su postura se relajó un grado, lo suficiente como para que el moderador aprovechara para dar paso a otras preguntas del público, la mayoría formuladas con menos hostilidad que la primera,

aunque con una preocupación genuina que Briar entendía perfectamente: gente que dependía de su ganado para vivir, viendo cómo un programa diseñado en un instituto de investigación afectaba directamente a su sustento.

—¿Cuántos lobos hay exactamente en esa manada? —preguntó una mujer de mediana edad desde el fondo de la sala.

—Nueve, según el último censo confirmado —contestó Briar—. Aunque es probable que haya al menos una camada nueva esta primavera, lo que elevaría el número.

—¿Y ustedes esperan que crezca más?

—El objetivo del programa no es maximizar el número de lobos sin límite, sino permitir que la población se recupere hasta un nivel sostenible para el ecosistema, mientras minimizamos el conflicto con la actividad ganadera de la zona.

Ese equilibrio es exactamente lo que estamos tratando de gestionar con los datos que recopilamos.

La reunión se extendió durante casi dos horas, alternando preguntas técnicas con testimonios personales, algunos hostiles, otros sorprendentemente comprensivos, incluyendo el de un ganadero mayor que reconoció, ante el silencio incómodo de parte de la sala,

que había visto la manada moverse por su propiedad en varias ocasiones sin causar ningún daño.

—No digo que no haya que tener cuidado —dijo el hombre, apoyándose en un bastón mientras hablaba—.

Digo que llevo viendo lobos pasar por mi tierra desde hace dos años y todavía no he perdido ni una sola cabeza de ganado por su culpa.

A lo mejor el problema no son los lobos en general, sino cómo gestionamos cada caso concreto.