Capítulo 4
La tormenta llegó sin el aviso que los partes meteorológicos habían prometido, una semana después de la noche de trivial, justo cuando Briar y Ambrose estaban a media montaña siguiendo la señal de un collar nuevo colocado en uno de los lobos jóvenes de la manada,
un macho de año y medio que los registros llamaban Lobo 22.
—El parte decía nieve ligera a partir de las seis —dijo Ambrose, mirando el cielo que se había oscurecido en cuestión de minutos hasta un gris casi violeta—. Son las tres.
—El parte se equivocaba.
—El parte se equivocaba bastante.
El primer golpe de viento llegó cargado de nieve fina que se les metió por el cuello de las chaquetas, y para cuando quisieron darse cuenta, la visibilidad había caído a apenas unos metros, el paisaje familiar del corredor convertido en una masa blanca sin referencias claras.
—Tenemos que volver a la camioneta —dijo Briar, alzando la voz sobre el viento.
—La señal de Lobo 22 se ha detenido. No se ha movido en los últimos diez minutos.
—Ambrose.
—Podría estar herido. O atrapado en algo. La aplicación marca una alerta de inmovilidad.
Briar dudó solo un segundo, el instinto profesional pesando más que el sentido común meteorológico, y asintió. —Diez minutos. Si no lo encontramos en diez minutos, volvemos.
Avanzaron a través de la nieve que ya empezaba a acumularse sobre las rocas, siguiendo el receptor que Ambrose sostenía delante de él como una brújula, hasta que encontraron al lobo joven atrapado entre dos rocas caídas,
la pata delantera enganchada de un modo que no parecía tan grave como para justificar la inmovilidad completa, pero que claramente le impedía liberarse solo.
—Está asustado, no herido de gravedad —dijo Briar, evaluándolo desde la distancia con la poca luz que quedaba—. Voy a acercarme despacio.
—¿Necesitas sedarlo?
—No hay tiempo ni visibilidad para calcular una dosis segura con esta tormenta. Voy a intentar liberarlo directamente. Quédate detrás de mí y no hagas movimientos bruscos.
Se acercó centímetro a centímetro, hablándole al animal en un tono bajo y constante que Ambrose reconoció, incluso en mitad de la tormenta, como algo que ella hacía sin pensar, un hábito nacido de años de calmar animales aterrorizados.
El lobo gruñó, forcejeó, y por un momento pareció que iba a lanzarse contra ella, pero Briar no retrocedió, y algo en su calma pareció transmitirse al animal, que dejó de forcejear el tiempo suficiente para que ella pudiera deslizar las manos entre las rocas y liberar la pata atrapada.
El lobo salió disparado en cuanto se sintió libre, desapareciendo entre la nieve en cuestión de segundos, y Briar se quedó de rodillas en el suelo un momento, respirando con fuerza, antes de que Ambrose la ayudara a levantarse.
—Eso ha sido una locura —dijo él, con una mezcla de alarma y admiración que no intentó disimular.
—Ha funcionado.
—Podría no haber funcionado.
—Pero ha funcionado.
No tuvieron tiempo de discutirlo más, porque la tormenta eligió ese momento para empeorar de verdad, el viento arreciando hasta convertir la nieve en algo casi horizontal, y Ambrose, después de consultar el receptor y el mapa en su teléfono con una expresión que Briar no supo interpretar del todo,
tomó una decisión.
—La camioneta está a cuarenta minutos en estas condiciones. Hay una cabaña de guardabosques a quince minutos, más cerca, en la dirección contraria. Deberíamos ir allí.
—¿Estás seguro de dónde está?
—La marqué en el mapa la primera semana. Por si acaso.
—¿Siempre marcas refugios de emergencia por si acaso?
—Cuando trabajo en zonas de montaña, sí. Es una costumbre de mis años de guía.
La cabaña resultó ser una construcción pequeña de un solo cuarto, con una estufa de leña, un catre estrecho y una ventana cubierta ya de escarcha por fuera, y para cuando consiguieron llegar hasta ella, empapados a pesar del equipo impermeable,
ambos temblaban lo suficiente como para que cualquier resto de decoro profesional quedara relegado a un segundo plano frente a la necesidad urgente de entrar en calor.
Ambrose encontró leña seca en un cajón junto a la estufa y encendió el fuego con la eficiencia de alguien que había hecho aquello cientos de veces, mientras Briar se quitaba la chaqueta empapada y la colgaba de un gancho junto a la puerta,
observando cómo el resplandor naranja del fuego empezaba a llenar la habitación pequeña de calor y de sombras que se movían en las paredes de madera.
—Vamos a estar atrapados aquí un buen rato —dijo Ambrose, mirando por la ventana hacia una tormenta que no daba señales de amainar—. Según el parte actualizado, esto no va a despejar hasta bien entrada la noche.
—Genial.
—Hay mantas en el catre. Y provisiones básicas en ese armario, por si tienes hambre.
Briar se acercó a la estufa y extendió las manos hacia el calor, sintiendo cómo el frío empezaba a retirarse de sus dedos poco a poco, mientras Ambrose se sentaba en el suelo de madera a su lado, lo bastante cerca como para que sus hombros casi se rozaran.
—Gracias —dijo ella, después de un rato—. Por lo de la cabaña. Y por no discutir cuando dije que iba a acercarme al lobo sin sedarlo.
—No hubiera servido de nada discutir. Ya habías tomado la decisión antes de que yo abriera la boca.
—Podrías haber intentado convencerme de todos modos.
—Podría. Pero en algún momento de estas últimas semanas empecé a confiar en tu criterio más de lo que confío en el mío propio para este tipo de decisiones.
Briar giró la cabeza para mirarlo, sorprendida por la sinceridad directa de la frase, sin ninguna de las réplicas ingeniosas que solían acompañar sus conversaciones.
—Eso es mucho decir, viniendo de ti.
—Es la verdad, viniendo de mí.
El fuego crepitó, proyectando una luz cálida sobre el rostro de Ambrose que suavizaba las líneas de tensión que Briar había aprendido a reconocer en él durante el trabajo de campo, dejando solo algo más abierto, más honesto,
algo que Briar sintió el impulso repentino y aterrador de querer conocer mejor.
—Puedo preguntarte algo raro yo también —dijo ella.
—Adelante.
—¿Por qué dejaste de guiar en montaña? La avalancha no fue culpa tuya. Podrías haber seguido haciéndolo con mejores protocolos, mejor equipo.
Ambrose se quedó mirando el fuego un momento antes de responder.
—Podría. Pero después de aquello, cada vez que salía con un grupo, dejé de ver el paisaje y empecé a ver solo riesgos.
Cada pendiente, cada acumulación de nieve, cada sonido raro.
Dejé de disfrutarlo, y en ese trabajo, si dejas de disfrutarlo, empiezas a cometer errores por cansancio mental, no por falta de experiencia.
Así que lo dejé antes de que eso pasara de verdad.
—¿Y esto sí lo disfrutas?
—Esto es distinto. Aquí el riesgo no es solo mío. Y cuando construyo algo que funciona, que de verdad ayuda a proteger a un animal o a evitar un conflicto entre una manada y un rancho, siento que estoy arreglando algo, en vez de simplemente sobrevivir a algo.
—Eso tiene sentido.
—¿Tu turno de nuevo? Puedo preguntarte algo yo.
—Adelante.
—¿Por qué no te has ido nunca a trabajar a algún sitio con mejor sueldo? Con tu currículum podrías estar en cualquier zoo importante del país, o en investigación pura, con mucho menos frío y mucho menos peligro.
Briar sonrió, una sonrisa pequeña que no llegó del todo a sus ojos.
—Lo he pensado. Pero cada vez que veo a un animal recuperarse de algo que debería haberlo matado, cada vez que veo una manada volver a un territorio del que llevaba generaciones desaparecida, pienso que ese es exactamente el trabajo que quiero hacer,
aunque implique dormir en cabañas de emergencia durante tormentas de nieve en octubre.
—Es un buen motivo.
—Es el único motivo que necesito.
Se quedaron un rato en silencio, el fuego crepitando, el viento golpeando la ventana con una furia que empezaba a sonar casi rítmica, casi reconfortante en su previsibilidad.
Briar sintió el calor de la estufa, el calor del hombro de Ambrose cerca del suyo, y una sensación de quietud que no había experimentado en mucho tiempo, una sensación que reconoció, con una punzada de alarma que decidió ignorar por esa noche, como algo peligrosamente parecido a la felicidad.
—Briar —dijo Ambrose, en voz baja.
—¿Sí?
—Si esto no fuera completamente inapropiado en todos los niveles profesionales posibles, ahora mismo te preguntaría si puedo besarte.
Briar sintió que el corazón le daba un vuelco que no tenía nada que ver con el frío ni con la tormenta, y giró la cabeza para mirarlo de frente, tan cerca que podía ver los copos de nieve derritiéndose todavía en las puntas de su pelo oscuro, las vetas doradas de sus ojos iluminadas por el fuego.
—Es completamente inapropiado en todos los niveles profesionales posibles —dijo ella, y no se apartó.
—Lo sé.
—Vamos a tener que fingir que no ha pasado, cuando volvamos al despacho.
—Podemos intentarlo.
—No va a funcionar.
—Probablemente no.
Ninguno de los dos se movió durante un momento que se estiró más de lo razonable, cada uno esperando, quizás, a que el otro diera el paso que ambos sabían que iban a dar de todos modos, hasta que fue Briar quien acortó la distancia final, la mano de Ambrose subiendo despacio hasta su mejilla,
sus labios encontrándose con una suavidad que contrastaba con las semanas de roces y discusiones que los habían llevado hasta ese momento.
El beso no fue apresurado. Fue lento, como si ambos quisieran memorizar cada segundo antes de que el sentido común regresara, la mano de Briar cerrándose sobre la tela de la camisa de Ambrose,
la de él deslizándose hasta su cintura con una delicadeza que contradecía la fuerza que Briar sabía que tenía en esas manos.
Cuando por fin se separaron, ninguno de los dos se apartó del todo, sus frentes quedándose apoyadas la una contra la otra mientras el fuego seguía crepitando y la tormenta seguía golpeando la ventana afuera.
—Bueno —dijo Ambrose, con la voz un poco ronca—. Esto complica bastante los próximos doce meses.
—Bastante, sí.
—¿Te arrepientes?
Briar lo pensó, de verdad, con la misma seriedad con la que pensaba cualquier decisión importante, y encontró que la respuesta llegaba sin esfuerzo.
—No —dijo—. Todavía no.
—¿Todavía?
—Pregúntame otra vez cuando tengamos que explicarle esto a Ottoline.
Ambrose se rio, un sonido bajo y cálido que Briar sintió vibrar contra su propio pecho, todavía tan cerca de él que apenas había espacio entre los dos, y por esa noche, con la tormenta rugiendo afuera y el fuego manteniendo a raya el frío de octubre,
decidió que no necesitaba pensar más allá de aquel momento concreto, del calor de esa cabaña pequeña, y de la sensación extraña y nueva de haber encontrado, en el lugar más inesperado posible, algo que se parecía mucho a empezar de nuevo.
• • •
Durmieron por turnos, uno vigilando el fuego mientras el otro descansaba en el catre estrecho, y para cuando la luz gris del amanecer empezó a filtrarse por los bordes escarchados de la ventana, la tormenta había amainado lo suficiente como para que el silencio, después de tantas horas de viento,
resultara casi extraño.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó Ambrose, sentado en el suelo junto a la estufa, donde había pasado la última guardia alimentando el fuego con la leña que quedaba.
—Con frío, pero viva. —Briar se incorporó en el catre, envuelta todavía en la manta áspera que olía a humo y a madera vieja—. ¿Y tú?
—Con las piernas dormidas de estar sentado en el suelo toda la noche, pero por lo demás, bien.
—Podrías haber usado el catre en algún momento.
—Podría. Pero entonces habría tenido que explicarte por qué me parecía buena idea compartirlo, y no estaba seguro de que fuera el momento adecuado para esa conversación.
Briar sintió que una sonrisa se le escapaba antes de poder contenerla, y se levantó para acercarse a la ventana, donde el paisaje había quedado transformado durante la noche:
la nieve cubría las rocas y los pinos con un manto uniforme que hacía casi imposible reconocer el terreno que habían cruzado el día anterior.
—Vamos a tardar en volver a la camioneta —dijo.
—Con raquetas, quizás una hora. Hay un par en el armario de emergencia, por suerte.
—¿También marcaste eso en tu mapa mental de "por si acaso"?
—Los guardabosques suelen dejar equipo básico en estas cabañas. No es magia, es simple planificación.
—Suena a algo que dirías para sonar más modesto de lo que en realidad eres.
—Puede ser las dos cosas a la vez.
Se prepararon en un silencio cómodo, cargando el equipo, comprobando el receptor —Lobo 22 había vuelto a moverse durante la noche, la señal mostrando un patrón normal de actividad que hizo que Briar soltara un suspiro de alivio genuino—,
y cuando por fin salieron de la cabaña hacia la mañana fría y despejada, el mundo entero parecía nuevo bajo la capa reciente de nieve, silencioso salvo por el crujido de sus pasos.
—Briar —dijo Ambrose, cuando ya llevaban un rato caminando—. Sobre anoche.
—¿Vas a decirme que fue un error?
—No. Iba a decirte que no quiero fingir que no pasó, aunque complique las cosas. Pero también entiendo si tú prefieres ir despacio, dado todo lo demás. El trabajo, Ottoline, el año entero que tenemos por delante.
Briar se detuvo un momento, dejando que el aire frío le llenara los pulmones mientras pensaba en cómo responder a eso con la misma honestidad que él acababa de ofrecerle.
—No quiero fingir que no pasó tampoco —dijo al fin—. Pero sí quiero que vayamos con cuidado. No porque me arrepienta, sino porque esto es importante para mí, el programa, el trabajo, y no quiero que se complique por algo que sale mal entre nosotros.
—Eso me parece razonable.
—¿Solo razonable?
—Me parece razonable y también me parece que voy a pasarme el resto del día pensando en anoche de todos modos, así que la razonabilidad solo llega hasta cierto punto.
Briar se rio, un sonido que se elevó claro en el aire silencioso de la montaña, y siguieron caminando hacia la camioneta con la distancia entre los dos un poco más corta de lo que había sido el día anterior, sin que ninguno de los dos hiciera nada por remediarlo.
Cuando por fin llegaron al vehículo, cubierto de nieve hasta las ventanillas, y Ambrose empezó a raspar el parabrisas mientras Briar cargaba el equipo en la parte trasera,
el teléfono de ella vibró con un mensaje de Ottoline que hizo que se le helara algo en el pecho que no tenía nada que ver con la temperatura exterior.
—¿Qué pasa? —preguntó Ambrose, notando su expresión.
—Ottoline quiere vernos a los dos en cuanto lleguemos. Dice que ha surgido un problema con la asociación de ganaderos del valle. Algo sobre una reunión de urgencia que han pedido con la junta del condado.
Ambrose dejó de raspar el hielo un momento, la expresión relajada de los últimos minutos desapareciendo para dar paso a algo más cauto, más profesional.
—Eso no suena bien.
—No —coincidió Briar, subiendo al vehículo mientras el motor arrancaba con un rugido que rompió el silencio de la montaña—. No suena nada bien.