Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

y la partida continuó sin más interrupciones hasta que llegó la ronda final, dedicada, para sorpresa general, a fauna local.

—Esta va para vosotros dos —dijo Farrah, dándole un codazo a Briar y otro a Ambrose—. Si no ganamos esta ronda, no sé para qué os tenemos en el equipo.

Ganaron la ronda sin apenas esfuerzo, Briar respondiendo preguntas sobre comportamiento de manada con la misma facilidad con la que hubiera diagnosticado una fractura,

Ambrose completando cada respuesta con datos técnicos sobre patrones de movimiento que hicieron que el presentador levantara las cejas más de una vez.

—Tenéis que venir todas las semanas —les dijo al entregarles el premio, un vale para una ronda de bebidas gratis que Farrah insistió en canjear de inmediato—. Llevo años intentando que alguien nos dé pelea de verdad en la ronda de ciencia.

—Lo consideraremos —dijo Ambrose, aunque miró a Briar al decirlo, como si la decisión dependiera en parte de ella.

—¿Lo consideraremos? —repitió Briar, cuando volvieron a sentarse—. Suena a que ya has decidido que vamos a venir todas las semanas.

—He decidido que me gustaría venir todas las semanas. Hay una diferencia sutil entre eso y decidir por los dos.

—Muy diplomático.

—Llevo practicando.

Fue entonces, con el bar ya más tranquilo tras la marcha de la mayoría de los equipos y Farrah enfrascada en una conversación aparte con Reeve sobre los últimos avistamientos de alces en la zona norte del corredor, cuando Ambrose sacó el tema que llevaba, según confesaría más tarde,

todo el día queriendo sacar.

—¿Puedo preguntarte algo sobre Missoula que no tenga que ver con quién tenía razón?

—Depende de la pregunta.

—¿Por qué fuiste a esa conferencia sola? La mayoría de la gente del sector va acompañada, con algún colega, alguna pareja.

Briar giró el vaso de sidra entre las manos, pensando en cómo responder sin entrar en un territorio que llevaba meses evitando incluso consigo misma.

—Estaba saliendo de una relación bastante larga en ese momento —dijo al fin—. Cuatro años. Terminamos justo antes de la conferencia, así que fui sola, con el ánimo por los suelos, y probablemente eso influyó en cómo reaccioné a tu demostración más de lo que me gustaría admitir.

—No tenía ni idea.

—No tenías por qué tenerla. No es algo que suelo contar en la primera reunión de equipo.

—¿Qué pasó? Si no te importa que pregunte.

—Él quería que dejara el trabajo de campo.

Decía que era momento de "sentar cabeza", que ya había demostrado lo que tenía que demostrar y que podía pasar a un puesto de gestión, algo con horarios más razonables, menos viajes, menos riesgo.

—Briar se encogió de hombros, aunque el gesto no consiguió del todo restarle peso a las palabras—.

Y yo no quería eso. No entonces, no ahora. Así que se acabó.

—Eso no suena a que el problema fueras tú.

—No, no lo era. Pero cuando llevas cuatro años con alguien que te repite que tus prioridades están mal, empiezas a dudar aunque sepas que tiene razón, si sabes lo que quiero decir.

—Lo sé. —Ambrose se quedó callado un momento, mirando el fondo de su vaso—.

Yo tuve algo parecido, aunque desde el otro lado.

Salí con alguien que consideraba mi trabajo en montaña una fase, algo que dejaría atrás en cuanto "madurara" lo suficiente para un trabajo de oficina de verdad.

Cuando por fin dejé la guía después de la avalancha, pensó que había ganado la discusión, que por fin había "madurado".

Cuando descubrió que en realidad me había ido a construir tecnología para fauna salvaje, que seguía viajando la mitad del año a zonas remotas, no se lo tomó demasiado bien.

—¿Qué pasó?

—Lo mismo que a ti. Se acabó.

Se quedaron mirándose un momento, algo parecido al reconocimiento pasando entre los dos, la clase de reconocimiento que solo se comparte entre personas que han sobrevivido a versiones parecidas del mismo tipo de decepción.

—Es curioso —dijo Briar al fin—. Que los dos hayamos terminado exactamente donde queríamos estar, a pesar de que la gente más cercana pensaba que estábamos eligiendo mal.

—O quizás no es tan curioso. Quizás es solo que la gente que de verdad te conoce sabe reconocer cuándo has encontrado el sitio correcto, aunque no sea el sitio que ellos hubieran elegido para ti.

—Eso también ha sido bastante poético para un ingeniero.

—Ya te lo dije. Tengo mis momentos.

Farrah eligió ese instante para volver a la mesa, con Reeve detrás cargando una última ronda de sidra que nadie había pedido pero que nadie tampoco rechazó, y la conversación se disolvió hacia temas más ligeros, avistamientos recientes,

el estado de las carreteras de montaña antes de que llegara el invierno de verdad, el nuevo cocinero que Junie había contratado para la cocina común y que, según todos los presentes, hacía el mejor pan de maíz que se había comido nunca en el instituto.

Pero durante el resto de la noche, cada vez que Briar miraba a Ambrose sin que él se diera cuenta, encontraba que la conversación de unos minutos antes seguía presente entre los dos, un hilo invisible que había cambiado ligeramente la distancia que mantenían,

aunque ninguno lo mencionara en voz alta.