Capítulo 3 #2
—¿Sabes arreglar ventanas, además de todo lo demás? —preguntó Briar, cuando volvían al despacho compartido, todavía con una sonrisa que no conseguía borrar del todo.
—Sé hacer muchas cosas que no tienen nada que ver con drones. Es una de las ventajas de haber crecido en una casa donde mi padre consideraba que llamar a un profesional para arreglar algo era, cito textualmente, "una rendición moral".
—Eso es una filosofía de vida bastante intensa para algo tan pequeño como una ventana.
—Mi padre tenía filosofías de vida intensas para prácticamente todo. Incluida la forma correcta de apilar leña, que por cierto es un tema sobre el que tengo fuertes opiniones si alguna vez quieres escucharlas.
—Puede que algún día te tome la palabra.
—Te voy a tomar la palabra a ti primero. Sobre lo de esta noche.
—¿Qué pasa con esta noche?
—Que Farrah va a entrar en cualquier momento a convencernos de ir a la noche de trivial, y he decidido que voy a ahorrarnos la parte de la negociación diciendo que sí de antemano.
—Muy generoso por tu parte, decidir esto por los dos.
—Considéralo un gesto de liderazgo compartido. Ottoline estaría orgullosa.
• • •
Fue Farrah quien rompió el momento, entrando sin llamar con su chaqueta de campo todavía puesta y una energía que anunciaba noticias antes incluso de que abriera la boca.
—Esta noche hay noche de trivial en el Rusty Antler —anunció—.
Y antes de que digáis que no, ya he apuntado al equipo del instituto, y sois los dos parte del equipo, porque Junie insiste en que necesitamos sangre nueva desde que perdimos contra el equipo de la clínica veterinaria tres semanas seguidas.
—No sabía que hubiera una rivalidad de trivial con la clínica veterinaria —dijo Briar.
—Hay una rivalidad de trivial con todo el pueblo. Bienvenida a Jackson.
—Yo tengo trabajo —empezó Ambrose, pero Farrah ya estaba negando con la cabeza.
—Tienes trabajo que puede esperar hasta mañana. Además, necesitamos a alguien que sepa de tecnología para la ronda de ciencia, porque el año pasado nos hundimos en la pregunta sobre satélites.
—Eso es verdad —admitió Ambrose—. Perdisteis de una manera bastante vergonzosa.
—Exacto. Así que vienes.
Y así fue como, tres horas después, Briar se encontró sentada en un reservado de madera desgastada del Rusty Antler, con un vaso de sidra caliente delante —porque resultó que el bar tenía una versión especiada casera que Ambrose insistió en que probara— mientras Farrah,
Junie y dos técnicos de campo del instituto discutían acaloradamente sobre la capital de un país que ninguno de ellos parecía recordar con certeza.
—Mongolia —dijo Ambrose, sin levantar la vista de su cerveza.
—¿Estás seguro? —preguntó Junie.
—Ulán Bator. Estoy seguro.
Lo estaba. Ganaron la ronda de geografía, y también la de ciencia, en gran parte gracias a un momento en que Ambrose recitó de memoria la velocidad orbital aproximada de un satélite de órbita baja con una tranquilidad que hizo que todo el equipo rival, sentado dos mesas más allá,
lo mirara con una mezcla de admiración y resentimiento.
—Eres insufrible cuando tienes razón —le dijo Briar, mientras el presentador anunciaba la puntuación acumulada.
—Soy encantador cuando tengo razón. Insufrible es otra categoría completamente distinta.
—¿Y cuándo eres insufrible?
—Cuando alguien me dice que estoy equivocado sin dejarme explicar por qué no lo estoy.
—Eso me suena de algo.
—Missoula —dijeron los dos a la vez, y por primera vez desde que se conocían, ambos se rieron del mismo chiste sin ningún rastro de tensión detrás.
Fue entrada la noche, después de que Farrah y Junie se hubieran marchado y los técnicos de campo se hubieran ido a jugar al billar, cuando Briar y Ambrose se quedaron solos en el reservado, con el ruido de fondo del bar suavizado por la distancia y una segunda ronda de sidra especiada entre los dos.
—Puedo preguntarte algo raro —dijo Ambrose, girando el vaso entre las manos sin beber.
—Depende de lo raro.
—¿Te arrepientes de Missoula? No de lo que dijiste. De cómo lo dijiste.
Briar lo pensó de verdad, en vez de responder con la réplica automática que llevaba usando desde entonces. —A veces. Podría haberte buscado después, en privado, en vez de dejarlo todo en la sala. Estaba enfadada por cosas que no tenían que ver del todo contigo, y tú fuiste el objetivo más a mano.
—¿Qué cosas?
—Llevaba meses peleándome con un comité de financiación que quería recortar el presupuesto de rehabilitación a favor de "soluciones tecnológicas más eficientes", casi con esas palabras. Cuando te vi presentando ese dron, no vi a un ingeniero. Vi al comité.
Ambrose se quedó callado un momento, asimilando aquello con una seriedad que Briar no esperaba encontrar en él a esas horas de la noche, con dos sidras de por medio.
—Eso no es justo para ninguno de los dos —dijo al fin—. Ni para ti, que cargaste con una pelea que no era conmigo. Ni para mí, que probablemente merecía la mitad de lo que dijiste, pero no la otra mitad.
—Puede que tengas razón.
—¿Vas a admitirlo en público alguna vez?
—No esta noche.
—Está bien. Tengo un año entero para conseguirlo.
—Ahí vuelves con eso del año.
—Es que cada vez me gusta más la idea.
Briar no supo qué responder a eso, así que no respondió nada, y en el silencio que siguió, mientras el bar zumbaba a su alrededor con risas y el chasquido de las bolas de billar,
sintió la mirada de Ambrose sobre ella con una intensidad tranquila que no tenía nada que ver con las discusiones del despacho ni con la tensión profesional de las primeras semanas.
Era algo más simple y, precisamente por eso, mucho más peligroso.
—Deberíamos volver —dijo ella al fin, apartando la vista—. Mañana hay que revisar los collares nuevos.
—Deberíamos —coincidió Ambrose, sin moverse todavía—. Aunque, para que conste, esto también ha sido bastante agradable.
—No te acostumbres.
—Ya lo dijiste la primera vez, junto al arroyo. Y aquí estamos.
Briar se levantó antes de que él pudiera ver la sonrisa que se le escapó a pesar de todo, y salieron juntos al aparcamiento, donde el aire de la noche olía a pino frío y a nieve todavía lejana, y donde ninguno de los dos mencionó, en todo el trayecto de vuelta a la estación,
lo cerca que habían caminado el uno del otro sin necesidad real de hacerlo.
• • •
Cuando volvieron al Rusty Antler para la segunda ronda de preguntas, Farrah había reclutado además a Reeve Osgood, uno de los guardas del parque adyacente que solía pasarse por el instituto cuando había intercambio de información sobre movimientos de fauna entre territorios,
un hombre alto de risa fácil que enseguida se ganó a Junie citando de memoria la fecha exacta de fundación del pueblo.
—Esto es trampa —protestó alguien del equipo rival, dos mesas más allá—. Nadie sabe eso de memoria sin haberlo buscado antes.
—Vivo aquí desde que nací —contestó Reeve, encogiéndose de hombros con una sonrisa que no pedía disculpas por nada—. Algunas cosas se te quedan.
—Además —añadió Farrah—, no hay ninguna regla que prohíba saber cosas.
El presentador del trivial, un hombre mayor que llevaba dirigiendo aquellas noches desde antes de que Briar llegara al pueblo, zanjó la disputa con un gesto cansado de quien ha mediado en discusiones parecidas cientos de veces,