Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

El despacho compartido, tres semanas después, había dejado de parecer una sentencia y había empezado a parecer, de un modo que Briar todavía no sabía cómo procesar, un lugar donde pasaba gran parte del día sin mirar el reloj cada diez minutos.

Ambrose había colgado en su lado de la pared un panel de corcho lleno de esquemas de circuitos, fotografías aéreas del corredor de Gros Ventre y, para irritación constante de Briar, una lista escrita a mano titulada "Cosas que Callendish ha dicho que resultaron ser ciertas",

que a esas alturas ya sumaba once entradas.

—Número doce —anunció él una mañana de finales de octubre, sin levantar la vista del portátil—. "El sensor de temperatura del collar tres se va a estropear con las primeras heladas si no le cambias la carcasa." Cita textual, hace dos semanas.

—¿Se ha estropeado?

—Esta madrugada. A las tres y once, según el registro.

—Añádelo a la lista.

—Ya lo he añadido. Solo quería que supieras que lo he añadido.

Briar levantó la vista de las radiografías que tenía extendidas sobre su escritorio —la pata de Loba 14 sanando mejor de lo esperado, el hueso recolocándose sin apenas desviación— y lo miró con una expresión que pretendía ser severa y que, sospechaba, no lo conseguía del todo.

—¿Tienes una lista parecida sobre las cosas que tú has dicho que resultaron ser ciertas?

—No hace falta. Las recuerdo todas de memoria porque son pocas.

—Qué modestia tan sospechosa.

—Es autoconocimiento, que es distinto.

Junie asomó la cabeza por la puerta entreabierta con una bandeja en las manos, sobre la que llevaba dos tazas humeantes y un plato de galletas de avena que olían a canela desde el pasillo.

Era la clase de persona que consideraba que ningún desacuerdo profesional podía resolverse sin algo dulce cerca, y en las últimas semanas se había tomado como misión personal mantener surtido el despacho compartido con algo distinto cada día: sidra, chocolate caliente,

té de menta del huerto de su madre, limonada de la que Ambrose le había hablado a Briar la primera vez que se sentaron junto al arroyo.

—Chocolate caliente con un toque de chile —anunció Junie, dejando la bandeja sobre la única esquina de la mesa que no estaba cubierta de papeles—. Receta de mi abuela. Dice que ayuda a pensar mejor.

—¿Y las galletas qué hacen? —preguntó Ambrose.

—Las galletas no hacen nada. Las galletas solo están buenas.

Cuando Junie se fue, Briar cogió una de las tazas y dio un sorbo, sorprendida por el calor picante que le bajó por la garganta, una sorpresa agradable después de semanas de sidra y café.

—Está muy bueno esto —dijo.

—Junie tiene una teoría sobre las bebidas calientes que aplica a todo el instituto. Cree que la gente discute menos cuando tiene algo caliente entre las manos.

—¿Ha funcionado contigo?

—Todavía no hemos comprobado la variable de control, que sería vernos discutir sin nada caliente entre las manos.

—Podemos hacer el experimento cuando quieras.

—Prefiero no arriesgar el material de laboratorio.

Se quedaron un rato en silencio de trabajo, el único sonido el tecleo ocasional de Ambrose ajustando el software de los collares y el crujido del papel cuando Briar pasaba las páginas de un informe de necropsia que había llegado esa mañana de un ejemplar encontrado muerto en el condado vecino,

atropellado en la autopista.

No era de su manada —demasiado al sur, sin collar—, pero el informe le recordó, como siempre le recordaba ese tipo de noticias, por qué aquel trabajo le importaba tanto como para haberlo elegido por encima de casi todo lo demás en su vida.

—¿Estás bien? —preguntó Ambrose, y ella se dio cuenta de que llevaba un rato mirando el mismo párrafo sin leerlo.

—Sí. Es solo... —Dudó, sin saber por qué de pronto le apetecía contarle algo que no le había contado a casi nadie en el instituto—.

Cuando tenía diecinueve años trabajé un verano en un centro de rehabilitación en Idaho.

Había un lobo, uno de los primeros que llegaron tras la reintroducción de los noventa, que se había hecho famoso en la zona porque cruzaba una carretera concreta todos los inviernos para seguir a los alces.

La gente iba a verlo. Le pusieron nombre, aunque se supone que no debíamos hacerlo.

—¿Qué pasó?

—Lo atropellaron. La misma carretera, el mismo invierno que yo estuve allí. Y lo peor no fue eso, sino que llevábamos meses pidiendo que pusieran una señal de aviso para conductores en ese tramo, y nadie lo hizo hasta después.

Ambrose dejó el portátil a un lado y se giró en su silla para mirarla de frente, con una atención que Briar no estaba del todo acostumbrada a recibir de la gente cuando hablaba de su trabajo.

—¿Por eso te dedicas a esto? —preguntó él.

—En parte. También porque crecí en una granja en Montana donde mi padre pasó años en conflicto con los ganaderos vecinos por cómo gestionar la fauna que se acercaba al ganado.

Vi las dos caras: la gente que quería matar cualquier cosa que se pareciera a un lobo, y la gente que hubiera dejado que el ganado se lo comieran enteros antes que tocar un pelo del animal.

Nadie parecía interesado en encontrar un término medio que funcionara para todos.

—¿Y tú sí?

—Yo lo intento. No siempre funciona.

—A mí me parece que se te da bastante bien.

Briar sintió que el calor de esa frase le subía por el cuello, no del todo distinto al calor del chocolate picante que todavía sostenía entre las manos, y decidió, por su propia cordura, cambiar de tema antes de que la conversación se volviera todavía más peligrosa.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Por qué construyes collares para lobos en vez de, no sé, drones para repartir paquetes, que probablemente pague mejor?

Ambrose sonrió, aunque fue una sonrisa distinta a las que ella le había visto hasta entonces, más contenida.

—Antes de esto trabajaba como guía de montaña en invierno.

Predicción de aludes, principalmente, en la zona de Cooke City.

Un año, un grupo que guiaba quedó atrapado en un desprendimiento que no habíamos previsto.

Sobrevivieron todos, mucha suerte de por medio, pero después de eso me obsesioné con la idea de que si hubiéramos tenido mejores datos, mejor tecnología de predicción, aquello no habría pasado.

Empecé a estudiar ingeniería por las noches mientras seguía guiando de día.

Cuando terminé, en vez de dedicarme a la predicción de aludes, alguien me ofreció trabajar en sensores de fauna salvaje, y descubrí que el problema era básicamente el mismo: gente tomando decisiones importantes sin suficiente información.

—No sabía eso.

—No suelo contarlo. La gente tiende a mirarte distinto después.

—Yo no te estoy mirando distinto.

—¿No?

—Bueno. Un poco distinto sí. Pero para bien.

Ambrose se quedó mirándola un momento más de lo estrictamente necesario, y Briar sintió que el despacho, que hacía tres semanas le había parecido diminuto y hostil, de pronto le parecía diminuto de una manera completamente distinta,

una manera que tenía mucho más que ver con la proximidad de sus rodillas bajo la mesa compartida que con el tamaño real de la habitación.

• • •

La mañana había empezado con un desastre menor que, en retrospectiva, Briar consideraría uno de los momentos más ridículos de toda su carrera profesional.

Todo empezó con un chillido agudo procedente del pasillo, seguido de un estrépito de papeles cayendo al suelo y la voz de Junie gritando algo que sonaba sospechosamente a "¡otra vez no!"

. Briar salió del despacho compartido con Ambrose pisándole los talones, y se encontraron con un zorro rojo de tamaño considerable subido encima del archivador de la sala de administración, con una barra de cereales a medio desenvolver entre los dientes y una expresión que, de haber sido humana,

Briar habría descrito como profundamente satisfecha de sí misma.

—Es Mortimer —anunció Junie, desde una distancia prudente detrás de su escritorio—. Lleva entrando por la ventana del baño desde septiembre. Ya le hemos puesto nombre porque discutir con él sobre propiedad privada claramente no está funcionando.

—¿Le habéis puesto nombre a un zorro salvaje que entra a robar comida? —preguntó Ambrose, con un tono que oscilaba entre la incredulidad y la admiración genuina.

—Es difícil no ponerle nombre a alguien que aparece todos los martes y jueves como un reloj.

Briar se acercó despacio, evaluando al animal con ojo profesional: buen estado físico, pelaje brillante, ninguna señal de enfermedad ni de comportamiento verdaderamente temerario,

solo la confianza tranquila de un depredador que había aprendido que aquel edificio en concreto ofrecía recompensas fáciles.

—No va a bajar solo —dijo—. Está demasiado a gusto ahí arriba.

—¿Qué hacemos? —preguntó Junie.

—Necesitamos algo con lo que distraerlo hacia la ventana. ¿Tienes algo de comida que no sea humana? Algo que podamos usar para guiarlo hacia fuera sin que asocie esto con premio garantizado cada vez que entre.

Ambrose, que había desaparecido un momento hacia el despacho, volvió con una bolsa de fruta seca que guardaba en un cajón para las salidas de campo largas, y se la tendió a Briar sin necesidad de que ella se la pidiera.

—Uvas pasas —dijo—. No es lo ideal, pero es lo que hay.

—Servirá.

Entre los dos, con Junie observando desde la distancia y Farrah, que había aparecido atraída por el alboroto, grabando todo el episodio con el móvil "para el grupo del instituto, esto es material de oro", consiguieron guiar a Mortimer de vuelta hacia la ventana del baño por la que había entrado,

dejando un rastro discreto de fruta seca que el zorro siguió con la misma tranquilidad despreocupada con la que había subido al archivador.

—Vamos a tener que arreglar esa ventana —dijo Briar, viendo cómo el animal desaparecía entre los arbustos del exterior.

—Ya lo he dicho seis veces —contestó Junie, recogiendo los papeles caídos—. Nadie me hace caso hasta que pasa algo así.

—Yo puedo arreglarla esta tarde —se ofreció Ambrose—. Tengo el material adecuado en el taller.