Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Briar lo pensó un momento, mirándolo por encima del borde de la taza: la camisa manchada de sangre de loba, el pelo revuelto por el viento de la mañana, las manos todavía con restos de tierra bajo las uñas a pesar de los guantes.

—Pareces la clase de persona que diseña drones para asustar a veterinarias en conferencias.

—Eso ha sido bajo, incluso para ti.

—Lo sé. No he podido resistirme.

Ambrose negó con la cabeza, pero cuando volvió a mirarla había algo distinto en su expresión, algo que Briar reconoció con una punzada de alarma interna porque se parecía demasiado a la clase de mirada que precedía problemas de verdad: no la mirada de un rival profesional evaluando a otro,

sino la de alguien que estaba empezando, muy a su pesar, a fijarse en detalles que no tenían nada que ver con el trabajo.

—Un año es mucho tiempo, Callendish —dijo él, en voz más baja.

—Ya lo has dicho.

—Lo digo otra vez porque hace cinco minutos me parecía una condena y ahora mismo, sentado aquí, no estoy tan seguro.

Briar sintió que el estómago le daba un vuelco que decidió atribuir al esfuerzo físico de la mañana y no a la manera en que la voz de Ambrose se había suavizado al decir eso, ni a la forma en que sus ojos, de un color castaño oscuro que a la luz del sol adquiría vetas casi doradas,

se habían quedado fijos en los suyos un segundo más de lo estrictamente necesario.

—No te acostumbres a que esto se convierta en algo agradable —dijo ella, levantándose antes de que la conversación pudiera avanzar hacia terreno todavía más peligroso—. Seguimos teniendo formas completamente distintas de entender este trabajo.

—Puede ser. Pero hoy, durante un par de horas, hemos trabajado bastante bien juntos.

—Ha sido una excepción.

—O un principio —dijo Ambrose, levantándose también y recogiendo el termo con una calma que a Briar le pareció exasperante, como si él ya supiera algo que ella todavía se negaba a admitir.

No contestó. Se limitó a coger su maletín y echar a andar hacia la camioneta, con el eco de esas dos palabras —un principio— resonándole en la cabeza de un modo que sabía, con la misma certeza con que sabía diagnosticar una infección a simple vista,

que iba a costarle mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir en aquel momento.

Detrás de ella, Ambrose sonrió para sí mismo, guardó el termo en la mochila y la siguió, silbando una melodía que Briar no reconoció pero que, extrañamente, se le quedó pegada en la cabeza durante el resto del camino de vuelta.

• • •

Cuando llegaron de vuelta a la estación, el sol ya empezaba a inclinarse hacia el oeste, tiñendo de cobre los cristales de las ventanas del edificio principal, y encontraron a Farrah esperándolos en el porche con una expresión que oscilaba entre la impaciencia y la curiosidad genuina.

—¿Y bien? —preguntó, antes incluso de que hubieran terminado de bajar del vehículo—. ¿La habéis encontrado?

—Loba 14, viva, con una herida que ya está limpia y suturada, y un collar nuevo transmitiendo señal —contestó Briar, sacando el maletín de la parte trasera de la camioneta—. Debería recuperarse bien si nadie vuelve a ponerle un lazo en el camino.

—Eso es una noticia excelente. —Farrah se apoyó contra la barandilla del porche, mirando a los dos con un interés que a Briar le pareció sospechosamente parecido al de alguien evaluando algo más que un informe de campo—. ¿Y qué tal la primera salida juntos? ¿Sobrevivisteis?

—Sobrevivimos —dijo Ambrose, dejando su mochila en el suelo con un gesto cansado—. Con algunas bajas menores en el orgullo profesional de ambos, pero sobrevivimos.

—Eso suena prometedor, viniendo de vosotros dos.

—No te hagas ilusiones, Farrah —dijo Briar, aunque sin la mordacidad que hubiera tenido esa misma frase tres días antes—. Seguimos discutiendo sobre casi todo.

—Sobre casi todo no es lo mismo que sobre todo.

Briar decidió no darle a esa distinción más importancia de la que merecía, y entraron los tres al edificio, donde Ottoline los esperaba en la sala común con un mapa extendido sobre la mesa grande y una expresión que combinaba satisfacción profesional con la curiosidad natural de quien lleva media

vida gestionando personas y sabe leer un ambiente en cuestión de segundos.

—Contadme —dijo, sin levantar la vista del mapa—. ¿Cómo ha ido la primera prueba de fuego?

—Loba 14 está estabilizada —dijo Briar, señalando en el mapa el punto aproximado donde la habían encontrado—. La herida no era tan grave como temía, y el collar nuevo ya está transmitiendo. Deberíamos empezar a ver datos de movimiento en la aplicación mañana por la mañana, ¿verdad?

Miró a Ambrose para confirmar aquello, y él asintió, sacando su portátil de la mochila para mostrarle a Ottoline la interfaz del sistema, un mapa interactivo donde ya empezaba a parpadear un punto verde correspondiente a la señal de la loba.

—El sistema está calibrado para enviar alertas si se acerca a menos de dos kilómetros de cualquier propiedad ganadera registrada en la base de datos del condado —explicó Ambrose—.

También registra patrones de movimiento a lo largo del tiempo, así que en unos meses vamos a tener un mapa mucho más preciso de cómo se mueve la manada por el corredor.

—Excelente —dijo Ottoline, y por primera vez desde la reunión de tres días atrás, Briar la vio relajar los hombros de verdad—. Esto es exactamente lo que necesitábamos para el primer informe trimestral a la fundación. ¿Alguna dificultad?

Briar y Ambrose intercambiaron una mirada breve, silenciosa, del tipo que solo se comparte cuando dos personas acaban de vivir algo juntas que todavía no saben cómo explicar del todo.

—Ninguna que no pudiéramos resolver —dijo Briar al fin.

—Me alegra oírlo. —Ottoline enrolló el mapa con cuidado, satisfecha—. Seguid así y esta subvención va a parecer la mejor decisión que ha tomado este instituto en una década.

Aquella noche, después de que Junie hubiera cerrado la cocina común y los técnicos de campo se hubieran retirado a sus cabañas, Briar se quedó un rato más en el despacho compartido, revisando los primeros datos que empezaban a llegar del collar de Loba 14: un patrón de movimiento lento, cauteloso,

típico de un animal todavía recuperándose, moviéndose en círculos cortos alrededor de un área que coincidía, según el mapa, con una zona rica en presas donde el resto de la manada solía concentrarse en esa época del año.

—¿Sigues aquí? —La voz de Ambrose la sobresaltó desde la puerta, todavía con la ropa de campo puesta, aunque se había duchado y olía a algo limpio y ligeramente a madera, un jabón distinto del que había llevado esa mañana.

—Estaba revisando los primeros datos. Es fascinante ver cómo se mueve en tiempo real.

—Te dije que el sistema merecía la pena.

—Nunca dije que no mereciera la pena. Dije que había que usarlo con cuidado.

—Eso es cierto. —Se acercó y se inclinó sobre su hombro para mirar la pantalla, lo bastante cerca como para que Briar notara el calor de su brazo casi rozando el suyo—. Mira esto. Se ha quedado quieta durante casi cuarenta minutos hace una hora. Probablemente descansando después del procedimiento.

—O comiendo. A esta hora, si el resto de la manada ha vuelto a por ella, es posible que le hayan traído algo.

—¿Los lobos hacen eso? ¿Llevarle comida a un miembro herido?

—A veces. Sobre todo si es la matriarca. La manada depende de que ella se recupere para mantener la cohesión del grupo.

Ambrose se quedó mirando la pantalla un momento más, y luego a ella, con una expresión que Briar empezaba a reconocer como genuina fascinación, no la curiosidad performativa de alguien que solo quería impresionar, sino algo más auténtico.

—Es un poco como nosotros, ¿no? —dijo él—. Un grupo pequeño intentando mantenerse unido alrededor de algo que todavía no sabe si va a sobrevivir.

—Eso ha sido sorprendentemente poético para alguien que diseña collares GPS.

—Tengo mis momentos.

—Deberías anotarlos. Para la lista de cosas que has dicho que resultaron ser ciertas.

—¿Ya llevamos una lista?

—Todavía no. Pero a este paso, vamos a necesitarla.

Ambrose se rio, un sonido bajo que llenó el despacho pequeño de una calidez que Briar no esperaba encontrar ahí, entre archivadores y mapas clavados en la pared, y por un momento, mientras el punto verde de Loba 14 seguía parpadeando en la pantalla, moviéndose despacio pero con vida,

Briar pensó que quizás Ottoline tenía razón, y que aquella condena de un año que tanto había temido tres días antes podía terminar siendo, contra todo pronóstico, exactamente lo que necesitaba.