Capítulo 2
El corredor de Gros Ventre se extendía al norte de la estación como una cicatriz verde entre dos cadenas montañosas, un pasillo de bosque de coníferas y praderas altas por donde, según los últimos informes de rastreo,
se movía una manada de nueve lobos que llevaba dos generaciones sin territorio fijo.
Briar lo había estudiado en mapas durante semanas, pero verlo desde el asiento del copiloto de la camioneta de campo, con la primera luz del día tiñendo de naranja las copas de los álamos, era otra cosa completamente distinta.
—¿Vas a decirme en algún momento qué llevas en esa mochila que pesa tanto? —preguntó Ambrose, ajustando el retrovisor mientras tomaba la pista de tierra que se adentraba en el valle.
—Material veterinario de campo. Y no, no vas a tocarlo.
—No iba a tocarlo. Iba a preguntarte por curiosidad profesional.
—Tu curiosidad profesional en Missoula acabó con un oso sedado en el lugar equivocado.
—Vas a sacar Missoula cada vez que diga algo, ¿verdad?
—Probablemente durante los primeros seis meses, sí. Después ya veremos.
Ambrose negó con la cabeza, pero Briar creyó ver el asomo de una sonrisa en la comisura de su boca, algo que se apresuró a ignorar.
Habían pasado tres días desde la reunión con Ottoline, tres días de instalar el despacho compartido —una mesa reparada, dos escritorios enfrentados, un mapa gigante del corredor clavado en la pared que ambos habían discutido durante veinte minutos sobre en qué orientación colgarlo— y aquella era su
primera salida de campo juntos: revisar el estado de la loba matriarca de la manada, identificada en los registros como Loba 14, cuyo collar antiguo llevaba semanas sin transmitir señal.
—¿Cómo va la parte técnica? —preguntó Briar, más por llenar el silencio que por verdadera curiosidad, aunque en cuanto lo dijo se dio cuenta de que sí quería saberlo.
—Los collares nuevos llegan la semana que viene.
GPS satelital, batería solar, sensor de actividad que nos avisa si el animal deja de moverse durante más de seis horas seguidas.
Si Loba 14 sigue con vida, en cuanto la recolatemos vamos a tener datos de su posición cada quince minutos, disponibles en una aplicación que voy a enseñarte a usar aunque te resistas.
—No me voy a resistir a una herramienta útil, Kilbride. Me resisto a herramientas que ponen en riesgo a los animales.
—Este collar no pone en riesgo a nada. Es lo más avanzado que existe ahora mismo, y lo digo yo, que lo diseñé.
—Qué modesto.
—No es modestia si es verdad.
La camioneta se detuvo al final de la pista, donde el terreno se volvía demasiado accidentado para seguir en vehículo, y los dos bajaron en un silencio que ya no era del todo incómodo, cargando cada uno su equipo: Briar con el maletín veterinario y una escopeta de dardos tranquilizantes al hombro,
Ambrose con una mochila de la que sobresalían las hélices plegadas de un dron pequeño y un receptor de radiotelemetría.
El aire olía a resina y a tierra húmeda, y bajo sus botas la hierba alta todavía conservaba el rocío de la mañana.
Caminaron durante casi una hora siguiendo la señal débil e intermitente del collar antiguo de Loba 14, Ambrose consultando el receptor cada pocos minutos, Briar escudriñando el suelo en busca de huellas y excrementos que confirmaran la presencia reciente de la manada.
—Aquí —dijo Briar de pronto, agachándose junto a un grupo de huellas frescas al borde de un arroyo—. Han pasado por aquí esta mañana. Al menos cuatro individuos.
Ambrose se acercó y se puso en cuclillas a su lado, tan cerca que Briar pudo notar el olor a jabón de pino que llevaba, mezclado con algo más cálido, más suyo, que no supo identificar y que decidió no intentar identificar tampoco.
—La señal viene de esa dirección —dijo él, señalando una loma cubierta de artemisa a unos cuatrocientos metros—. Débil, pero constante. Está viva, al menos.
—Eso espero.
Avanzaron con más cuidado a partir de ahí, en silencio, comunicándose con gestos cuando era necesario, y Briar sintió, casi contra su voluntad, la vieja emoción de siempre que precedía a un encuentro con un animal salvaje: el pulso acelerado, los sentidos afilados,
la sensación de estar entrando en un territorio que no era del todo suyo y que había que respetar como tal.
La encontraron en un claro pequeño, tumbada bajo la sombra de un pino retorcido: una loba grande, de pelaje gris veteado de negro, con el collar antiguo colgando flojo del cuello y una pata trasera visiblemente hinchada.
Al verlos, la loba intentó levantarse, pero volvió a caer con un gemido bajo que a Briar se le clavó en el pecho de inmediato.
—Trampa de lazo —murmuró, examinándola desde la distancia con los prismáticos—. O una herida infectada por una piedra suelta. No puedo saberlo desde aquí.
—¿Qué necesitas?
—Sedarla, examinar la pata, limpiar la herida si hace falta, cambiar el collar mientras esté inconsciente. Necesito que te quedes callado y que no hagas ningún movimiento brusco cuando me acerque.
—Puedo hacer las dos cosas.
—Eso está por ver.
Briar cargó la escopeta de dardos con manos firmes, calculando la distancia, el ángulo, el peso aproximado del animal, y disparó con una precisión que hizo que Ambrose, a su lado, soltara un silbido bajo de aprobación involuntaria.
El dardo se clavó en el flanco de la loba, que gruñó, intentó levantarse de nuevo y esta vez cayó del todo, la respiración volviéndose lenta y profunda a medida que el sedante hacía efecto.
—Ahora —dijo Briar, y avanzó hacia el claro con el maletín en la mano, Ambrose siguiéndola de cerca, más silencioso de lo que ella hubiera esperado de alguien acostumbrado a trabajar con máquinas antes que con animales vivos.
Se arrodilló junto a la loba y empezó a trabajar con la eficiencia que solo daban los años: comprobó las constantes, palpó la pata hinchada con cuidado, encontró la herida —un corte profundo, probablemente de alambre, ya con principio de infección— y empezó a limpiarla mientras Ambrose,
sin que ella se lo pidiera, sacaba el collar nuevo de su mochila y lo dejaba listo sobre una toalla limpia.
—¿Cómo sabías que necesitaría el collar ya preparado? —preguntó Briar, sin dejar de trabajar.
—No lo sabía. Pero si algo he aprendido en tres días compartiendo despacho contigo es que odias que te falten cosas en el momento en que las necesitas.
Briar levantó la vista un segundo, sorprendida de que la hubiera observado con esa atención en tan poco tiempo, y volvió enseguida a la herida antes de que él pudiera notar cualquier cosa en su expresión que prefiriera no compartir.
—Sujétale la pata así —le indicó, mostrándole la posición exacta—. Firme, pero sin apretar la articulación.
Ambrose obedeció sin discutir, algo que Briar no había esperado del hombre que llevaba tres días cuestionando cada decisión que ella tomaba en el despacho, y trabajaron así durante los siguientes veinte minutos, en una coordinación silenciosa que a Briar le resultó extrañamente natural:
ella limpiando y suturando, él sujetando exactamente donde hacía falta, pasándole el material antes incluso de que se lo pidiera, como si hubiera memorizado el orden de una cirugía que jamás había presenciado.
—Bien —dijo ella al fin, retirando las manos ensangrentadas de guantes—. Ahora el collar.
Ambrose se lo tendió, y entre los dos lo ajustaron alrededor del cuello grueso de la loba, comprobando que no quedara ni demasiado apretado ni demasiado suelto.
Cuando terminaron, Briar se sentó sobre los talones y por primera vez en toda la mañana se permitió mirar a Ambrose directamente, sin la barrera del trabajo entre los dos.
Tenía sangre de la loba en el antebrazo, donde se había subido la manga sin darse cuenta, y una expresión concentrada que se suavizó en cuanto notó que ella lo observaba.
—¿Va a estar bien? —preguntó él.
—Con el tratamiento que le he puesto, y si el collar hace su trabajo y podemos seguir monitorizándola, sí. Tiene buenas probabilidades.
—Eso es un buen trabajo, Callendish.
—Tú también lo has hecho bien.
Ambrose enarcó una ceja. —¿Eso ha sido un cumplido?
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde. Ya lo estoy grabando mentalmente para sacarlo la próxima vez que discutamos.
—Vas a tener mucho tiempo para eso. Un año entero.
—Un año entero —repitió él, y esta vez no sonó como una condena, sino más bien como una constatación de un hecho que, extrañamente, ya no le parecía tan malo.
Se quedaron un rato más junto a la loba mientras el sedante hacía su efecto máximo, comprobando la respiración, el pulso, la temperatura, y cuando por fin llegó el momento de retirarse a una distancia prudente para dejar que se despertara sola,
Briar sintió el cansancio del esfuerzo asentándose en sus hombros, un cansancio bueno, del tipo que solo daba el trabajo que merecía la pena.
Caminaron de vuelta hacia la camioneta cuando el sol ya estaba alto, deteniéndose junto al arroyo para llenar las cantimploras y descansar unos minutos sobre unas rocas planas calentadas por la luz de la mañana.
Ambrose sacó de su mochila un termo y dos tazas plegables, y sirvió algo que, por el olor a manzana y canela, Briar identificó como sidra caliente.
—¿Llevas sidra en la mochila de trabajo? —preguntó, aceptando la taza que él le tendía.
—Llevo sidra en todas mis mochilas desde octubre hasta abril. Es una regla personal.
—¿Y el resto del año?
—Limonada casera. Mi abuela tenía una receta que incluía menta del jardín y una cantidad de azúcar que probablemente sería ilegal en algunos estados.
Briar se rio, sorprendida de sí misma, y dio un sorbo a la sidra, que estaba lo bastante caliente como para calentarle las manos frías y lo bastante dulce como para hacerla cerrar los ojos un segundo de puro placer.
—Está muy buena.
—Gracias. Es de una granja cerca de Driggs. Se la compro a la misma familia desde hace tres años.
—No pareces la clase de persona que tiene proveedores fijos de sidra.
—¿Qué clase de persona parezco?