Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Briar se pasó una mano por la cara. Fuera, un cuervo cruzó el cielo gris con un graznido que sonó casi burlón, y ella pensó, no por primera vez, que la vida rural tenía un sentido del humor particularmente cruel.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó al fin.

—El programa está financiado para cinco años —dijo Ottoline—. Vuestra codirección conjunta es un requisito de la fundación durante, como mínimo, la primera fase de implementación. Un año.

—Un año —repitió Ambrose, y por primera vez desde que había entrado en la sala pareció menos seguro de sí mismo.

—Un año —confirmó Ottoline—. Después de eso, si el programa funciona y queréis reestructurar los roles, hablamos. Pero durante los próximos doce meses, esto es un despacho compartido, un presupuesto compartido y un equipo compartido. ¿Alguna pregunta?

Briar tenía como mínimo quince preguntas, la mayoría de las cuales empezaban con "¿por qué a mí?" y terminaban con algo mucho menos profesional, pero se las tragó todas y en su lugar dijo:

—¿Dónde está el despacho compartido?

Ottoline sonrió, aliviada, como si aquella pregunta fuera la señal de que lo peor había pasado. —Al final del pasillo. Antigua sala de material. Junie ya ha empezado a moverlo todo.

—Genial —dijo Ambrose, poniéndose de pie y recogiendo su bolsa de herramientas—. Voy a ir a ver los daños.

—Voy contigo —dijo Briar, sobre todo porque no quería quedarse a solas con Ottoline y Farrah para tener que explicar, con más detalle del que le apetecía, exactamente qué había pasado en Missoula.

Salieron juntos al pasillo, con el silencio incómodo de dos personas que acaban de ser condenadas a una convivencia forzosa. Ambrose caminaba con paso largo, la bolsa de herramientas golpeándole suavemente la cadera a cada paso, y Briar tuvo que apresurarse un poco para mantener el ritmo.

—Para que quede claro —dijo él, sin mirarla—, no pedí esto.

—Yo tampoco.

—Bien. Al menos coincidimos en algo.

—No es difícil coincidir en que nos hemos librado por poco de tener que fingir que nos alegramos de vernos.

Ambrose se detuvo delante de una puerta con una placa de latón torcida que todavía decía ALMACÉN, y la miró de reojo con una expresión que Briar no supo interpretar del todo, mezcla de exasperación y algo más parecido a la curiosidad.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo él.

—¿Qué?

—Que en Missoula estuve de acuerdo contigo en al menos la mitad de lo que dijiste.

Briar parpadeó. —¿Perdona?

—El método que presentamos ese día necesitaba trabajo.

Los protocolos de distancia no eran los adecuados para fauna en zonas con actividad humana cercana.

Lo cambiamos, de hecho, tres meses después.

—Abrió la puerta del almacén, donde dos cajas de cartón y una mesa desmontada esperaban en mitad de una habitación que olía a serrín viejo—.

Lo que no me pareció bien fue que lo dijeras delante de toda la sala sin haberme dado la oportunidad de explicarte los cambios que ya estábamos haciendo.

—No sabía que estuvieras haciendo cambios. Solo vi la demostración.

—Podrías haberme preguntado.

—Podrías haber presentado algo terminado en vez de una demostración a medio hacer con un oso pardo de por medio.

Ambrose se quedó callado un segundo, y luego, para sorpresa de Briar, soltó una risa breve, casi involuntaria, como si algo de aquello le hiciera gracia a pesar de sí mismo.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada. Es que llevaba un año imaginando que la próxima vez que te viera te gritaría cosas mucho peores que esto.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy comprobando si la mesa tiene las cuatro patas, porque si vamos a compartir despacho durante un año, preferiría que no se nos cayera encima el primer día.

Briar se quedó mirándolo mientras él se agachaba junto a la mesa desmontada, con la camisa de franela tensándose sobre los hombros y el pelo oscuro cayéndole sobre la frente en un ángulo que, francamente, no le hacía ningún favor a la paz mental de Briar.

Tenía las manos grandes, de nudillos marcados, más propias de alguien que trabajaba al aire libre que de un ingeniero que pasaba el día delante de una pantalla, y se movía con la misma clase de economía práctica que ella había visto en los mejores guardas forestales: sin gestos de más,

sin prisa innecesaria.

—¿Vas a ayudarme con esto o vas a quedarte ahí juzgándome en silencio? —preguntó él, sin levantar la vista.

—Estaba decidiendo si merece la pena el esfuerzo.

—Es una mesa, Callendish. No un compromiso vitalicio.

—Con nuestra suerte, probablemente sea ambas cosas.

Ambrose levantó la vista entonces, y por un momento el ambiente en la habitación cambió de un modo que Briar no supo nombrar del todo: algo en la manera en que él la miró, mitad diversión, mitad un reconocimiento más serio, como si estuviera reevaluando su primera impresión de ella en tiempo real.

—Un año —dijo él, más para sí mismo que para ella.

—Un año —repitió Briar, y se agachó a coger el otro extremo de la mesa, decidida a no perder la primera batalla del día, aunque fuera contra un mueble.

• • •

Después de que Ambrose se marchara a revisar el estado del generador de la estación, algo que según él llevaba semanas fallando y que nadie más parecía dispuesto a arreglar, Briar se quedó un rato más en el almacén reconvertido en despacho,

terminando de colocar sus propios archivadores en los estantes que Junie había instalado esa misma mañana.

Farrah apareció por la puerta con dos tazas de sidra, una de las cuales le tendió a Briar sin preguntar si la quería.

—¿Cómo llevas la noticia? —preguntó, apoyándose contra el marco de la puerta.

—Sigo procesándola.

—Es un buen tipo, Ambrose. Testarudo, pero buen tipo. Lleva aquí solo un mes más que tú, ¿sabes? Vino directo desde Cooke City, después de dejar la guía de montaña.

—Eso me ha contado.

—¿Ya te ha contado eso? —Farrah enarcó las cejas, genuinamente sorprendida—. No suele hablar de eso con nadie. Ni siquiera con Ottoline, que se lo ha preguntado más de una vez.

Briar no supo qué responder a eso, así que se limitó a beber un sorbo de sidra y a mirar por la ventana pequeña del despacho, donde el sol de la tarde empezaba a proyectar sombras largas sobre el corral de rehabilitación.

—Solo digo —continuó Farrah, con el tono despreocupado de quien deja caer una observación sin darle demasiada importancia, aunque claramente se la da— que a veces la gente que más se pelea al principio es la que termina llevándose mejor una vez que dejan de intentar demostrar quién tiene razón.

—¿Es eso lo que pasó contigo y con tu marido?

—Exactamente eso. Nos conocimos discutiendo sobre el manejo correcto de un rebaño de bisontes durante una tormenta de nieve. Llevamos casados once años.

—No es exactamente el mismo contexto.

—El contexto nunca es el mismo. El patrón sí que se repite.

Briar decidió no darle a esa observación más vueltas de las necesarias, aunque durante el resto de la tarde, mientras terminaba de organizar el despacho y esperaba a que Ambrose volviera del generador,

la frase de Farrah se le quedó rondando la cabeza con una insistencia que no supo del todo cómo ignorar.