Territorio compartido (Serie Ciencia Salvaje 2)
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Capítulo 1
La camioneta del Instituto Teton de Vida Silvestre tenía un fuerte olor a antiséptico, un aroma que Briar Callendish había dejado de notar hacía años.
Llevaba el maletín de campo entre las rodillas, los dedos tamborileando sobre el asa mientras el vehículo subía la pista de grava hacia la estación de investigación, y por la ventanilla iba desfilando un paisaje que todavía la dejaba sin aliento después de tres semanas viviendo allí:
los álamos amarilleando contra el gris de las rocas, el Grand Teton clavado en el cielo como si alguien lo hubiera puesto ahí a propósito para intimidar a los turistas.
—Vas a llegar tarde a tu propia reunión —le dijo Farrah desde el asiento del conductor, sin apartar la vista de la carretera.
Farrah Odom era la bióloga de campo que llevaba más tiempo en el instituto, una mujer de manos ásperas y opiniones directas que se había convertido, en solo tres semanas, en la persona que más confianza le inspiraba a Briar en aquel lugar.
—No voy a llegar tarde. Voy a llegar exactamente puntual, que es peor.
—¿Peor por qué?
—Porque si llego puntual parece que me importa.
Farrah soltó una risa corta y giró el volante para esquivar un bache del tamaño de una bañera. —No sé qué esperas que te digan ahí dentro que sea tan terrible.
Briar no contestó enseguida. Llevaba dándole vueltas a esa reunión desde que Ottoline Praed, la directora del instituto, la había llamado dos días antes con una voz que sonaba demasiado alegre para ser una buena señal.
Tenemos una oportunidad extraordinaria, había dicho Ottoline, y Briar había aprendido, en sus seis años trabajando en conservación, que esa frase normalmente significaba una de dos cosas: o le iban a pedir que hiciera algo increíblemente difícil sin apenas presupuesto,
o le iban a presentar a alguien con quien tendría que colaborar en contra de su voluntad.
Después de lo de Missoula, sospechaba que sería lo segundo.
—¿Es por el proyecto de los lobos, ¿no? —preguntó Farrah, leyéndole el silencio.
—Supongo.
—¿Y por qué te pones así? Es justo lo que llevas pidiendo desde que llegaste. Un programa de reintroducción de verdad, con financiación de verdad.
—Porque conozco a la gente con la que Ottoline suele conseguir financiación de verdad —dijo Briar, y dejó que la frase quedara ahí, sin más explicación, mientras la camioneta se detenía frente al edificio principal de la estación,
una construcción de madera y piedra con un porche demasiado grande para el número de empleados que en realidad tenía el instituto.
Dentro, el vestíbulo olía a pino y a café recién hecho, aunque sobre la mesa larga de la sala de reuniones habían puesto también una jarra de sidra especiada, cortesía de la administradora, Junie,
que sostenía la firme creencia de que ningún encuentro difícil debía celebrarse sin algo caliente que beber.
Briar se sirvió un vaso de sidra —necesitaba las manos ocupadas— y se sentó en su sitio habitual, al lado de la ventana, desde donde se veía el corral de rehabilitación y, más allá, la primera fila de coníferas subiendo hacia la montaña.
Ottoline entró cinco minutos después, con una carpeta bajo el brazo y esa energía particular que tenía la gente que llevaba toda la vida pidiendo dinero para causas justas: entusiasmo templado por el cansancio de haber discutido lo mismo mil veces con mil comités distintos.
—Bien —dijo, sin preámbulos, dejando la carpeta sobre la mesa—. Tengo buenas noticias.
—A mí también me suena mal cuando alguien lo dice así —murmuró Farrah, y Briar tuvo que morderse la risa.
Ottoline no le hizo caso. Abrió la carpeta, sacó un documento grapado y lo empujó hacia el centro de la mesa.
—La Fundación Bridger-Wexler ha aprobado la subvención para el programa de reintroducción de lobos en el corredor de Gros Ventre.
Cinco años de financiación. Suficiente para collares, personal, análisis genético, todo.
Briar sintió que algo en el pecho se le aflojaba de una manera que casi la sorprendió.
Llevaba proponiendo aquel programa desde su primera semana en el instituto: un plan para monitorizar y apoyar a las manadas que habían empezado a moverse de nuevo hacia el corredor tras años de ausencia, coordinando salud animal, seguimiento genético y convivencia con los ganaderos de la zona.
Era el tipo de proyecto por el que había dejado Alaska.
—Eso es maravilloso —dijo, y lo decía en serio—. ¿Cuál es la parte mala?
—No hay parte mala —contestó Ottoline, aunque el modo en que evitó mirarla a los ojos sugería lo contrario—.
Solo una condición de la fundación. Quieren que el programa combine atención veterinaria de campo con un sistema de monitoreo tecnológico de última generación.
Collares GPS con transmisión satelital, análisis de movimiento en tiempo real, alertas automáticas si algún ejemplar se acerca demasiado a zonas ganaderas.
Y ya han elegido con quién quieren que trabajemos para la parte técnica.
Un golpe de aire frío entró por la puerta de la sala un segundo antes de que Briar oyera los pasos en el vestíbulo, y algo en su estómago se anudó antes incluso de que la puerta se abriera del todo, como si su cuerpo hubiera reconocido el ritmo de esas pisadas antes que su cabeza.
—Llego tarde, lo sé —dijo la voz, y Briar cerró los ojos un instante, porque ya sabía, con la certeza absoluta de quien ha sido humillada en público una vez y no lo olvida jamás, exactamente a quién pertenecía esa voz.
Ambrose Kilbride entró en la sala con una bolsa de herramientas colgada al hombro y una expresión que pasó de la cortesía profesional a algo mucho más complicado en el segundo exacto en que sus ojos se cruzaron con los de Briar.
—Tú —dijo él.
—Tú —repitió ella, en el mismo tono, porque no se le ocurrió nada mejor.
Ottoline miró del uno al otro con las cejas levantadas. —Deduzco que ya os conocéis.
—Nos conocimos en Missoula —dijo Ambrose, dejando la bolsa en el suelo con un cuidado exagerado, como si necesitara un segundo para organizar lo que iba a decir—.
En la conferencia de tecnología para conservación.
La doctora Callendish dio una charla muy memorable sobre los riesgos de usar drones para inmovilizar fauna salvaje.
—Fue una charla sobre ética veterinaria —corrigió Briar—. Que mencionaba, entre otras cosas, un método concreto de dardo aéreo que en ese momento estaba siendo promocionado en la sala de al lado por una empresa que, resulta que, no sé si lo sabías, tú dirigías.
—Sigo dirigiéndola.
—Qué sorpresa.
Ottoline levantó una mano, no exactamente pidiendo paz, sino más bien pidiendo que aquello no se convirtiera en un espectáculo antes de que ella hubiera terminado de explicar las condiciones de la subvención.
—Voy a asumir que hay contexto suficiente aquí como para que ambos entendáis por qué esto va a requerir cierto esfuerzo de vuestra parte.
—¿Cierto esfuerzo? —repitió Ambrose, y se sentó, sin que nadie se lo pidiera, en la silla justo enfrente de Briar, como si aquello fuera lo más natural del mundo—. ¿Qué clase de esfuerzo?
—La fundación Bridger-Wexler ha especificado que quiere que el componente veterinario y el componente tecnológico del programa estén coordinados por un mismo equipo directivo, no por dos departamentos que se pasan informes por correo una vez al mes.
Eso significa que vosotros dos vais a codirigir el programa de reintroducción de lobos del Gros Ventre.
Se hizo un silencio en la sala del tipo que Briar solo había experimentado antes en salas de urgencias, justo antes de que alguien dijera algo que cambiaría el resto del turno.
—No —dijo ella.
—Sí —dijo Ottoline.
—Con todo el respeto, Ottoline, este hombre estuvo a punto de conseguir que un dron sedara a un oso pardo a cuarenta metros de un grupo de excursionistas.
—Eso es una exageración considerable de lo que pasó —dijo Ambrose, sin alterarse, con una calma que a Briar le pareció francamente irritante—. El dron nunca estuvo a menos de doscientos metros de ningún excursionista. Y, para que conste, funcionó exactamente como estaba previsto.
—Funcionó porque tuviste suerte.
—Funcionó porque el sistema estaba diseñado con siete capas de seguridad redundante, algo que sabrías si hubieras leído la documentación técnica en lugar de basar toda tu charla en un vídeo de tres minutos sacado de contexto.
—Vi la demostración completa, Kilbride. Estaba en la sala.
—Estabas en la sala mirando tu móvil la mitad del tiempo.
—Eso —dijo Briar, señalándolo con el dedo— es directamente falso, y también es exactamente el tipo de cosa que dijiste en Missoula delante de cuarenta personas, así que perdona si no me sorprende que sigas haciéndolo.
Ambrose abrió la boca para replicar, la cerró, y por un instante algo cruzó su expresión que no era exactamente arrepentimiento, pero se le parecía lo suficiente como para que Briar sintiera una punzada de satisfacción incómoda.
—De acuerdo —dijo él, más despacio—. Puede que en Missoula no manejara la conversación de la mejor manera posible.
—Vaya. Menuda disculpa.
—No he dicho que fuera una disculpa. He dicho que puede que no manejara la conversación de la mejor manera posible. Son cosas distintas.
—Suficiente —cortó Ottoline, con un tono que Briar reconoció de las pocas veces que la había visto perder la paciencia con donantes especialmente pesados—.
Escuchadme los dos. Sé que hay historia entre vosotros.
No me importa. Lo que me importa es que llevo dos años detrás de esta financiación, que este programa puede significar la diferencia entre que las manadas del Gros Ventre sobrevivan al próximo invierno duro o no, y que la única condición no negociable de la fundación es que trabajéis juntos.
Podéis odiaros en vuestro tiempo libre. Durante las horas de trabajo, vais a ser profesionales, porque hay lobos de por medio y los lobos, hasta donde yo sé, no tienen ninguna opinión sobre vuestro pasado en Missoula.
Farrah, que llevaba callada casi todo el intercambio disfrutando visiblemente del espectáculo, levantó la mano como si estuvieran en un aula. —Puedo confirmar que los lobos no tienen ninguna opinión sobre Missoula.
—Gracias, Farrah.
—De nada.