Segundo epílogo
Una noche memorable
Alice había imaginado que la habitación de la duquesa de Statony sería fría y demasiado hermosa para que una mujer pudiera sentirse en ella algo más que una invitada tolerada por los retratos de generaciones anteriores.
Se había equivocado.
La estancia era amplia, desde luego, y cada detalle hablaba del poder de la familia Hartwell.
Los cortinajes eran de seda; en un lateral había una cama enorme con dosel, la chimenea estaba encendida, las alfombras eran gruesas y preciosas y el tocador, donde las velas multiplicaban su resplandor sobre la plata de los cepillos, era precioso.
Sin embargo, no fue el lujo lo que la hizo detenerse al entrar, sino el ramo de flores blancas colocado junto a la cama y una nota de lady Ashbury apoyada contra el jarrón.
¡Esa mujer tenía espías en todas partes!
Alice se acercó a leer el texto de su amiga:
Querida, ningún duque debería tener derecho a quitarle el aliento a una dama sin que esta vaya vestida para someterlo.
Alice cerró la nota con la cara roja como un tomate maduro. No por las letras, más bien fue por el regalo que descansaba extendido sobre la cama.
¡Santo Dios!
El salto de cama era de seda roja, lleno de transparencias, y tan fino que parecía haber sido tejido para una cortesana.
Tenía encajes discretos en las mangas y en el borde del escote.
Lady Ashbury, bendita y condenada fuera a partes iguales, había acertado de lleno.
Oliver se volvería loco en cuanto la viese, y ella deseaba llevarlo al límite esa noche.
Su noche de bodas debía ser algo memorable e inolvidable.
Alice se lo puso y después se miró en el espejo. No veía a la solterona sencilla de la que Londres había murmurado durante años, ni a la contable que cruzaba la ciudad de noche para sentarse ante los libros de Gabriel.
Era una mujer dispuesta a seducir a su esposo.
Y esa idea, en lugar de asustarla, le provocó una emoción tan profunda que la hizo sonrojar de nuevo.
Había pasado tantos años diciéndose que no necesitaba casarse para ser feliz, que justo cuando había alcanzado su mayor deseo, no podía creérselo.
Se pellizcó en el brazo para ver si lo que estaba viviendo era real o un dulce sueño.
No tenía la menor idea de lo que le esperaba en el lecho nupcial, aunque Margot le había dicho algunas cosas que… Al final, su amiga le recomendó que confiase en su marido. Eso haría.
La puerta que comunicaba ambas recámaras permanecía cerrada.
Alice la miró por tercera vez en menos de un minuto.
—Esto es absurdo —murmuró—. Me ha besado hasta hacerme olvidar mi propio nombre, y aun así una puerta cerrada me intimida.
Soy valiente y puedo hacer esto. Margot ha insistido en que si él es competente, lo encontraré agradable, y si tengo suerte, más que agradable.
Oliver no me parece la clase de hombre que haga nada a medias, así que esta noche será formidable.
La puerta se abrió antes de que pudiera arrepentirse de haber hablado en voz alta.
Oliver apareció en el umbral.
Y Alice olvidó de inmediato cualquier reflexión.
Llevaba una bata de seda burdeos, anudada sin demasiada firmeza a la cintura, y nada más.
Al menos nada que ella pudiera ver. El cabello, siempre tan correcto durante el día, estaba algo revuelto, y la sombra de barba en la mandíbula lo hacía verse menos duque y mucho más hombre.
Un hombre primitivo que había ido a buscarla para cobrarse una deuda. Al menos eso parecía.
Él se había detenido nada más verla.
No hablaba, solo la observaba de arriba abajo con la boca entreabierta.
Durante un instante, Alice creyó que quizá el salto de cama de Margot había sido excesivo. Entonces él sonrió.
—¿Lady Ashbury? —preguntó él al fin, con una voz algo ronca.
—Sí. ¿Lo apruebas? —Ella se dio la vuelta para que pudiese verla bien. Algo en su interior la empujaba a ser coqueta y atrevida.
—Que Dios bendiga la audacia de esa mujer. Estás espléndida, Alice.
La duquesa de Statony bajó la vista hacia la seda.
—¿No lo encuentras terrible?
—Terrible no es la palabra que habría elegido. No…
—¿Y cuál elegirías? —siguió ella con el coqueteo.
Oliver cerró la puerta tras de sí con cuidado.
—Infame y delicioso a la vez.
Aquello la hizo sonreír, aunque el pulso le latía en la garganta con demasiada fuerza. Oliver cruzó la estancia despacio. Se veía como un depredador y sabía que ella era su presa.
Cuando estuvo frente a Alice, no la tocó. Su expresión se veía extraña. Entre angustiada y… ¿qué? ¿Llena de necesidad? Sí. Se trataba de eso.
—Alice… —Solo usó su nombre, pero la manera en que lo pronunció le dijo muchísimas cosas.
—Estoy muy nerviosa —le confesó.
El deseo se intensificaba en los ojos de Oliver.
—Lo sé. No quiero que tengas miedo. Seré paciente, pero habrá un momento de dolor que no se puede evitar. Solo te dolerá hoy. Te lo prometo.
—¿Será agradable?
—Haré todo lo posible para que lo disfrutes. Tienes mi palabra.
Alice asintió. Le habría gustado mostrarse más segura, más mundana, pero eso era imposible. Nadie les enseñaba a las mujeres qué les esperaba en la gran noche de bodas. Margot había sido bastante paciente al tratar de explicárselo, aunque Alice al final se había hecho un lío.
—No tengo miedo de ti. Solo es que no sé qué hacer.
—Yo sí lo sé. No te preocupes. Únicamente tienes que sentir y disfrutar lo que te hago. Te gusta cuando te beso, ¿cierto?
—Oh, sí. Muchísimo.
—Esto será más íntimo, pero más placentero. —Oliver alzó una mano y le acarició la mejilla—. Debo confesar que también soy un manojo de nervios.
Alice parpadeó, sorprendida.
—¿Tú?
—Yo —admitió él—. He comparecido ante hombres que deseaban destruirme políticamente con menos inquietud de la que siento en esta alcoba.
La risa de Alice resultó suave.
—Espero que eso que acabas de reconocer sea algo bueno.
—Estoy seguro de que todo irá bien mientras no arruine el momento con una frase sobre la importancia de cumplir con las obligaciones matrimoniales.
—Si lo haces, pediré la anulación antes del desayuno.
—No me imagino mi vida sin ti.
Oliver inclinó la cabeza y la besó.
Al principio fue un beso lento. No quería apresurarse con ella. Alice cerró los ojos y se dejó reconocer por él. Ya conocía su boca, la manera en la que su lengua la saqueaba. Oh, sí. Él había aumentado el ritmo del beso, así que la estaba provocando de un modo delicioso.
El duque la rodeó por la cintura y la atrajo contra sí para pegarla contra su torso. La seda de la bata masculina rozó la roja de ella, y Alice sintió la dureza que él escondía bajo la única capa de ropa que los separaba, pues su salto de cama no contaba.
—Mi esposa al fin —murmuró contra sus labios.
Alice apoyó las manos sobre su pecho, allí donde la bata se abría lo suficiente para revelar la piel caliente bajo sus dedos. Le acarició el vello que sobresalía.
—Soy tuya.
—Mía y solo mía. Y por fin puedo adorarte como siempre he querido hacerlo.
Se puso de puntillas y lo besó ella. Oliver gimió sin contención.
La bata de él cedió bajo las manos de Alice antes de que ella comprendiera del todo su propia audacia.
Cuando la prenda cayó al suelo, la dama no miró hacia otro lado.
Se ruborizó, sí, pero no apartó la vista.
Él era un ejemplar magnífico. Viril, duro y seguro de sí mismo.
Se detuvo en esa parte de él que se suponía que acabaría alojada en su interior.
—Amor, si me miras así, voy a necesitar toda la disciplina que me quede, y sospecho que no es mucha ya, dado que he gastado una parte considerable durante las últimas semanas.
—Oh, cielos… Eso no va a caber.
—¿Caber?
—Margot me dijo que…
—No quiero que te angusties por eso —la cortó, porque se imaginaba lo que su dulce esposa estaría pensando.
—Eres demasiado grande, Oliver.
—Estoy hecho para ti, del mismo modo que tú eres perfecta para mí. Encajaremos, te lo aseguro.
Entonces, antes de que ella comenzase a sentir miedo, volvió a besarla con intensidad.
Alice le rodeó el cuello con los brazos y se dejó llevar hasta la cama.
No hubo prisa al tenderla sobre las sábanas, aunque el deseo de Oliver se notaba en cada gesto, pausa forzada y en todas las caricias que le ofrecía para nublar su juicio y hacerla jadear sin vergüenza.
Él se inclinó sobre ella, apoyado en un brazo para no aplastarla, y le acarició el borde del escote con tal deleite que la hizo cerrar los ojos.
—Mírame —pidió. Alice obedeció—. No quiero detenerme, pero si te sientes incómoda en algún momento me frenarás. Esto es para los dos, no quiero gozar si tú no me acompañas. ¿De acuerdo?
—Oliver, quiero esto. Llevo muchos años esperando para conocer lo que es el placer entre un hombre y una mujer.
—Y te lo mostraré, pero nunca haré nada que pueda hacerte sentir incómoda.
—¿Qué podrías hacer que yo no aprobase?
Él suspiró.
—Como no eres una mujer con una extrema sensibilidad femenina, te lo diré. Ardo en deseos de saborearte.
—Ya lo has hecho más de una vez —tuvo que recordarle.
—No, Alice. Es cierto que quiero besarte, pero no en los labios. Deseo poner mi lengua aquí. —La mano de él se posicionó directamente sobre su feminidad.
Ella lo entendió entonces. Ese hombre, el mismo que había publicado un anuncio sin su consentimiento porque no sabía pedir, estaba esperando que ella le concediese permiso.
Alice le sostuvo el rostro entre las manos.
—Puedes hacer conmigo lo que quieras. ¿No es acaso eso el matrimonio? ¿Dar y recibir? Yo confío en ti.
Él besó sus palmas, después su muñeca, y luego el interior del codo, con una lentitud que la hacía estremecerse. Alice descubrió que la vergüenza podía deshacerse cuando la lujuria hacía acto de presencia. Oliver, tan exigente en todo, estaba siendo paciente y humilde mientras le hacía el amor.