Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Segundo epílogo #2
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Segundo epílogo #2

La seda roja fue quedando atrás poco a poco. Entre besos y caricias, Oliver desenvolvió su regalo. La dejó gloriosamente desnuda sobre la cama. Alice se sintió expuesta y muy deseada. Su esposo la miraba como si estuviese viendo a la misma Afrodita.

—Eres tan hermosa —dijo él.

—No lo soy.

—No vuelvas a contradecir a tu esposo en asuntos donde su juicio es impecable.

—Tu juicio no siempre es impecable.

—En esto sí. Hermosa y mía.

La besó antes de que pudiera discutir, y Alice decidió que, solo por esa noche, le concedería la victoria.

La fue besando desde el cuello para llegar a sus senos.

Los acarició con las manos primero. Luego usó la boca para mamar de ellos.

Los adoró sin reservas. Engulló primero el pezón derecho.

Alice arqueó la espalda ante ese contacto.

Él soltó un gemido animal lleno de orgullo.

No se detuvo ahí. Probó el pecho izquierdo para saber si tenía el mismo sabor que su hermano.

Su mujer estaba desquiciada mientras él chupaba y la acariciaba.

Las manos de ella vagaban por su pelo sin darle tregua.

Oliver comenzó el descenso hasta la fuente de vida. Besó su ombligo y luego pasó la nariz por el nido de rizos cobrizo, donde su feminidad iba a quedar a su alcance sin reservas.

Cuando apoyó la boca, sintió que ella saltaba hacia atrás.

—No huyas de mí. Esto te encantará. Me pedirás cada noche que te lo dé y yo, siervo de mi dulce esposa, complaceré tus más secretos deseos.

Y para honrar sus palabras se perdió en la humedad de los exquisitos pliegues femeninos. La encontró tan húmeda y resbaladiza que volvió a gemir de modo primitivo.

El deseo se hacía más profundo. Oliver la estaba volviendo completamente loca. Eso no podía estar permitido por Dios. Oh, pero era tan maravilloso sentirlo ahí . Y no solo su lengua la complacía. Él hundió un primer dedo en su cavidad, y ella pensó que se moriría de puro placer.

—Oliver…

—Tengo que hacerlo. Debo ensancharte un poco, amor. Vas a ser una buena duquesa y albergarás otro dedo por mí. —Entonces ella se sintió llena. No acusó incomodidad alguna porque la lengua de su marido era pecaminosa y certera.

—Oh, Dios, oh, Dios… Oliver… Oliver… —Algo llegaba para llevarla a un lugar que…

—No lo fuerces —le ordenó.

—Oliveeerrrrr. —Y la ola de placer que sintió fue tan cruda y gloriosa que la dejó sin respiración durante lo que pareció una eternidad.

Era el momento de reclamarla. Él trepó por su cuerpo y cuando ella lo tuvo a su altura le echó las manos al cuello.

—Ahora serás valiente por mí. —Él se había convertido en un tirano de nuevo. Ella lo veía más apuesto que nunca.

El duque cerró los ojos durante un segundo.

Se le veía tenso. Maniobró con su erección y logró introducir la punta de su virilidad en la vaina de Alice.

Ella se preparó para lo peor. A medida que él avanzaba con delicadez —toda la que era posible ofrecerle—, ella sentía un ardor incómodo que nada tenía que ver con el placer que le acababa de proporcionar.

Cerró los ojos con fuerza y se recordó a sí misma su valentía.

Oliver comenzó a besarle la frente, los párpados y al final la boca.

Alice se aferraba a sus hombros tan fuertemente que ni tan siquiera se dio cuenta de que le estaba clavando las uñas.

—¡Ay! —exclamó cuando el dolor picó más.

—Ya está. Ya ha pasado lo peor. Por lo que más quieras, dime que estás bien y que puedo seguir o me consumiré por ti, amor.

—Estoy bien —susurró, aunque tuvo que respirar varias veces para estar segura de que era cierto.

—Gracias a Dios… —rezó él.

La duquesa abrió los ojos y lo encontró mirándola con una preocupación tan franca que el miedo terminó de abandonarla. Estaba lleno de deseo, pero Alice era consciente de que también se preocupaba por no hacerla sufrir más de la cuenta.

—Te amo, Oliver.

—Ahora y siempre, Alice. Nunca nos separaremos ya.

Su duquesa sonrió, y él empezó a moverse con lentitud. Al ver que su esposa toleraba el movimiento, el duque comenzó a dar mayor profundidad a los envites.

El cuerpo femenino abriéndose para su esposo y el deseo cumpliendo lo que había prometido desde el primer beso, eran un sueño hecho realidad. Oliver estaba allí. La rodeaba, la miraba, la esperaba…

No había podido pedir un esposo mejor. Cuando la emoción volvió a sobrepasarla porque él había llevado una mano donde sus cuerpos se unían, Alice comenzó a suplicar piedad.

—Ven conmigo al cielo, mi amor.

—Siem…pre —murmuró justo antes de que el éxtasis volviese a tocarla con fuerza.

Y ahí él tuvo el permiso para dejarse ir. Su semilla salió caliente y espesa. El duque de Statony sintió que había llegado a casa por fin.

Mucho después, cuando el fuego de la chimenea ardía más bajo, Alice permanecía recostada sobre el pecho de su marido. La bata de seda de él seguía abandonada en el suelo, y el salto de cama que le había regalado Margot a la duquesa descansaba perdido en algún lugar del lecho.

Oliver le estaba acariciando la espalda distraídamente en esos instantes.

—¿Ha sido muy doloroso?

La pregunta llegó en voz baja, con un resto de inquietud que le apretó el corazón. Alice levantó la cabeza y apoyó la barbilla sobre su pecho.

—Un poco.

Él se tensó.

—Alice…

—Me has hecho muy feliz. No arruines la segunda parte preocupándote solo por la primera. Ha sido más de lo que esperaba. Margot me dijo que si eras competente nuestra intimidad resultaría agradable.

—¿Y juzgarías que he sido competente?

—Muchísimo más que eso, Oliver. Nunca me imaginé que esto pudiese ser así. Tan perfecto, íntimo y sensual que… Me has dejado sin palabras.

—Haré que seas feliz todos los días que me queden.

—Eso suena como una promesa ducal que sé que cumplirás.

—Es la promesa de un esposo. Cuando estemos en esta cama o en la mía, seremos solo un hombre y una mujer. Despojados de toda obligación.

—¿Eso significa que dormiremos siempre juntos en la misma cama?

—¿Quieres?

—No lo sé. Mi madre dormía en su habitación y mi padre en la suya.

—Preferiría abrazarte todas las noches.

—También preferiría que lo hicieses.

—Decidido, pues. Elige dónde quieres que durmamos.

—¿Cada día en una cama para que no se pongan celosas de no ser testigos de nuestra felicidad?

—Buena propuesta.

Ella le rozó la boca con la suya.

Oliver la estrechó contra sí y besó su frente después.

Alice cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en cuentas, secretos o en el miedo a decepcionar a quienes amaba. Estaba concentrada en la respiración de Oliver bajo su mejilla, disfrutando del calor que le daban esos poderosos brazos masculinos.

—¿Duquesa? —murmuró él, con la voz somnolienta.

—¿Uhm? —Ella estaba agotada también.

—Mañana le escribiré a lady Ashbury.

Alice abrió un ojo.

—¿Para agradecerle el regalo?

—Para advertirle que no vuelva a comprarle prendas así a mi esposa salvo que desee hacerme faltar a mis deberes ducales durante una semana entera.

Mañana por la noche te lo volverás a poner.

—Evitó decirle que ese era el motivo por el que no se lo había arrancado, porque cuando la vio, se sintió como un león capaz de devorarla como un animal.

Tenía que ir con cuidado de no perder la disciplina con ella.

No deseaba asustarla, aunque sospechaba que ella era una mujer mucho más fuerte de lo que él ya la creía.

—Qué hombre tan débil ha resultado ser el gran duque de Statony.

Oliver la giró con cuidado hasta dejarla bajo él, y sus ojos, todavía llenos de ternura, recuperaron un brillo muy poco inocente.

—Solo contigo, Alice.

Ella le rodeó el cuello con los brazos, feliz de descubrir que la noche aún no había terminado del todo. Ya descansarían en otro momento.

—Entonces ven aquí, mi duque. Creo que tu duquesa necesita más instrucción en asuntos íntimos.

—¿No estás dolorida?

—Podemos hacer otras cosas muy interesantes durante el resto de la noche, ¿o no?

—Cielos, ¡sí! —exclamó lleno de lujuria.

Fin.