Epílogo
Un día inolvidable
Tres semanas después, con las amonestaciones leídas, las lenguas de Londres alimentadas hasta el hartazgo y lady Ashbury satisfecha de haber conducido aquella campaña matrimonial con una eficacia que, según ella, merecía gratitud, un monumento y una discreta ovación parlamentaria, lady Alice Fairfax llegó a la catedral de San Pablo para convertirse en la duquesa de Statony.
El día amaneció claro para sorpresa de todos, porque la ciudad solía comportarse con la misma falta de delicadeza que ciertos caballeros orgullosos y no siempre elegía el mejor clima para los momentos importantes.
Sin embargo, aquella mañana la luz caía sobre la piedra de la catedral con suavidad, y las enormes puertas estaban abiertas para recibir a una mujer muy dichosa.
La novia se veía deslumbrante. Su vestido era de seda celeste, tenía una caída elegante y estaba bordado con diminutas estrellas en hilo de oro alrededor del escote y de los puños.
No llevaba muchas joyas, solo unas perlas antiguas que lady Ashbury había insistido en prestarle.
El velo, fino como una promesa susurrada, le caía desde un tocado de flores blancas y pequeñas hojas de mirto, y el cobre apagado de su cabello brillaba bajo la luz.
A su lado, Eleanor Fairfax lloraba como lo haría una madre emocionada, pese a que se había prometido no hacerlo. El señor Hargreaves permanecía unos pasos más atrás, solemne y dispuesto a ofrecer un pañuelo cada vez que lady Fairfax perdiera la batalla contra las lágrimas.
Gabriel Hope había acudido también.
No ocupaba un lugar destacado ni buscaba reconocimiento alguno.
Se mantenía en uno de los bancos laterales, vestido de negro, con una corrección ruda.
Alice lo vio al entrar y sintió que el corazón le daba un vuelco.
Él no le sonrió. Gabriel no regalaba esos gestos delante de desconocidos.
Se limitó a inclinar la cabeza de un modo sutil cuando sus miradas se cruzaron.
Era una bendición bastante propia de él.
Lady Ashbury, colocada en un punto estratégico desde el que podía verlo y dirigirlo todo, observaba a Alice con mucha emoción.
Había en su sonrisa una clara victoria. A su lado, algunas damas susurraban sobre el esplendor de la ceremonia, la belleza sobria de la novia y la evidente devoción del duque.
Margot no necesitaba escucharlas para sentirse orgullosa de su hazaña.
Oliver la esperaba al pie del altar.
Alice había creído conocer ya todas las formas que tenía aquel hombre de robarle el aliento.
Se equivocaba. El duque de Statony no parecía frío en aquel instante, ni fiero.
Seguía viéndose imponente, desde luego; alto, impecable, elegante hasta la médula, pero en sus ojos había tanto amor que… la hizo suspirar de inmediato.
Alice avanzaba hacia él sabiendo que había tomado la mejor decisión sobre su futuro.
Al fin era la novia que había elegido la felicidad.
Cuando su mano pasó a la de Oliver, él cerró los dedos con firmeza sobre los suyos.
—Estás preciosa —murmuró, tan bajo que solo ella pudo oírlo.
Alice alzó apenas la vista hacia él.
—Procura no parecer tan satisfecho o lady Ashbury cobrará entrada para contemplarte. Estás formidable, mi duque.
La boca de Oliver tembló con el amago de una sonrisa secreta.
—Digamos que tú brillas por mí y yo resplandezco por ti.
La ceremonia comenzó antes de que Alice pudiera responder.
Las voces se elevaron bajo la cúpula, con un carácter solemne y sagrado.
Oliver respondió con claridad, sin apartar del todo la mirada de ella.
Alice pronunció sus votos con una serenidad que no sentía al principio, aunque fue creciendo palabra a palabra, porque cada promesa era una elección. Su elección.
Cuando el duque deslizó la alianza, se sintió aliviada. Estaba cumpliéndose su mayor sueño.
Oliver inclinó la cabeza después de que los declarasen marido y mujer.
El beso fue discreto por respeto al lugar, a la solemnidad y a una sociedad que se habría escandalizado encantada de tener motivo.
Pero no fue frío. No podía serlo entre ellos.
Fue breve, sí, aunque lleno de una ternura tan cálida que Alice tuvo que cerrar los ojos un instante para no olvidar que seguían en una catedral y no estaban solos en el mundo.
En algún punto de los bancos, lady Ashbury suspiró con profunda satisfacción.
Gabriel Hope murmuró algo que probablemente no habría sido aprobado por ningún obispo.
Eleanor siguió llorando muy a su pesar.
Y Eveline Hartwell, que había asistido a la ceremonia con gran esperanza, intentó inclinarse hacia delante para ver mejor el rostro de su hermano. Entonces una mano masculina, de un compañero al que ella no quería prestar atención, le frenó el gesto. Se trataba del conde de Arden.
—No hace falta que me trate como una chiquilla que no sabe comportarse, lord Arden —susurró ella, sin mirarlo—. No pensaba abalanzarme sobre el altar.
—Me tranquiliza saberlo, milady, aunque en una dama con su historial, cualquier previsión resulta insuficiente.
Eveline volvió despacio el rostro hacia él.
—Ya entiendo. Mi hermano le ha ordenado que hoy sea mi niñera.
—Prefiero escolta.
—Carcelero es lo que está resultando, pero admito que niñera se ajusta mejor a la falta de dignidad de su cometido.
Arden mantenía la vista al frente, donde Oliver y Alice recibían las primeras felicitaciones con una felicidad que, en el caso del duque, había necesitado desde hacía muchos años.
—Su hermano me ha pedido que la acompañe durante la ceremonia y el desayuno nupcial para asegurarme de que ningún caballero, especialmente un vizconde de moral endeble, se acerque a usted.
—Qué generoso por su parte aceptar tal misión. Casi había pensado que había decidido ser mi acompañante porque disfruta de mi compañía.
—He aceptado porque aprecio demasiado a Statony como para permitir que su boda termine con usted subida a un carruaje rumbo a Gretna Green.
Eveline entrecerró los ojos.
—No pensaba fugarme durante la boda de mi hermano. Eso hubiese sido tremendamente descortés; por lo menos, lo hubiese planeado todo para hacerlo al día siguiente —le dijo sin despeinarse.
—Me alegra descubrir que existen límites incluso para usted. —Arden no pensaba entrar en la refriega tan abiertamente como sospechaba que lo deseaba la dama.
—Y a mí me alegra comprobar que sigue siendo tan insoportable como lo recordaba. Temí que el ambiente matrimonial lo hubiese vuelto sentimental.
El mejor amigo de su hermano la miró entonces, y, durante un segundo muy breve, tan breve que Eveline no supo si lo había imaginado, algo en su expresión cambió. ¿Qué estaba viendo? No lo sabía. Seguro que solo se trataba de la profunda irritación que él siempre le transmitía.
—No tema, milady. Evitaré hasta el fin de mis días que cometa cualquier locura. Sospecho que ahora tendré más trabajo que antes, dado que su hermano parece decidido a dedicarse por completo a su duquesa, y alguien tiene que vigilarla a usted por él.
—¿Le he dicho alguna vez que lo detesto, milord?
—Cada vez que puede. Por favor, no se prive de seguir haciéndolo. Si dejase de escuchar tan bellas palabras, comenzaría a pensar que en verdad me aprecia.
—Dios me libre de sentir algo más que desprecio por usted —le dijo, al tiempo que le mostraba una encantadora sonrisa.
El conde suspiró. Muchacha terca y obstinada, pensó.
La comitiva empezó a moverse hacia la salida de la catedral. Eveline intentó adelantarse para alcanzar a Alice, pero el conde de Arden le frenó el paso y le ofreció el brazo antes de que pudiera escaparse.
—Milady.
Ella miró el brazo como si él le hubiera ofrecido un grillete.
—¿Tengo elección?
—Siempre. Puede tomar mi brazo con elegancia o puede obligarme a escoltarla con mayor firmeza, lo que nos daría a ambos un motivo para lamentarnos.
—Es usted un hombre terrible.
—Y usted imprudente. Al parecer, el día exige sacrificios por ambas partes.
Eveline apoyó la mano sobre su brazo con una sonrisa dulce en exceso.
—Le advierto que pienso pisarle durante el próximo baile que me pida.
—Ya lo hizo en el anterior.
—Entonces me esforzaré por ser más dolorosa en la próxima ocasión.
—¿Sueña con que le pida un baile, milady?
—Lo deseo tanto como acabar en el infierno durante toda la eternidad.
—Al menos es ingeniosa. Insoportable, pero ingeniosa.
La risa que se le escapó a Eveline fue involuntaria, y su propia reacción la irritó muchísimo más que cualquier insulto. Arden, por su parte, no sonrió, pero la línea de su boca se volvió menos dura.
Los invitados salieron hacia la luz del día entre saludos, felicitaciones y murmullos complacidos. En la escalinata de la catedral, Oliver retuvo la mano de Alice un instante más de lo necesario. Ella notó la presión y se volvió hacia él.
—Duquesa de Statony —le dijo su esposo para probar su nuevo título.
—Su Gracia —respondió ella, con una sonrisa—, espero que sepa en qué se ha metido.
—Tengo cierta idea.
—Lo dudo.
—Entonces será un placer descubrirlo.
Alice vio a su madre recibiendo la atención solícita del señor Hargreaves, a Gabriel apartándose de una dama demasiado curiosa con una mirada capaz de congelar el Támesis, a lady Ashbury fingiendo modestia mientras aceptaba elogios por una boda que consideraba prácticamente obra suya, y a Eveline junto a Arden.
La joven sonreía, pero no se veía nada contenta.
Después miró a Oliver.
—Vamos a ser muy felices —observó la nueva duquesa.
Él le acarició los nudillos con el pulgar.
—No creo que haya alternativa, Alice. Me he propuesto conseguirlo.
—Suerte la mía.
—Ya lo creo —afirmó con arrogancia varonil.
Alice soltó una risa suave, y Oliver, que durante años había desconfiado de todo cuanto no pudiera ordenarse, medirse o imponerse con su voluntad, comprendió que aquella risa era el único triunfo por el que habría merecido la pena perder todas sus fuerzas.
La ayudó a subir al carruaje entre vítores y pañuelos agitados.
Y cuando la puerta se cerró, cuando la catedral, los invitados y el mundo entero se quedaron al otro lado, el duque de Statony le dio un tirón a su esposa para dejarla colocada sobre su regazo.
—Ahora sí —murmuró—. Ven aquí, duquesa, y bésame de verdad.
Alice sonrió antes de inclinarse hacia él.
—Con mucho gusto, esposo.