Capítulo 15 #2
—La explicación completa, Alice. Nada de medias verdades. Nada de sacrificarte en silencio mientras yo tropiezo con secretos que han estado a punto de hacerme cometer una estupidez irreparable. ¿No entiendes que iba a matarlo por haberte tocado?
—¿Matarme? Ni en sus mejores sueños, Su Gracia.
—Gabriel, es suficiente —lo frenó de inmediato.
—¿Suficiente? El hecho de que no haya salido a toda prisa todavía no demuestra nada. Dile la verdad que te exige y se tirará por la ventana para escapar.
—Alice, estoy esperando. —Statony se negaba a darle más munición al denominado señor Hope.
Ella bajó la mirada hacia sus guantes. Los tenía arrugados entre los dedos.
—Después de la muerte de mi padre, el señor Hargreaves nos explicó que estábamos casi arruinadas.
No solo con menos dinero del que creíamos, sino en una situación que podía volverse desesperada.
Luego nos entregó una carta de mi padre.
En ella confesaba que había amado a otra mujer durante años.
Una actriz llamada Cassandra Hope. De esa relación nació un hijo.
Oliver observó con descaro a Gabriel.
—Usted.
—No me mire como si acabara de descubrir una antigüedad curiosa, Su Gracia. Soy un bastardo en todo el jodido sentido de la palabra. —Usó el exabrupto con gran intención.
—Sigue, Alice. —Statony no pensaba prestarle más atención de la necesaria al denominado señor Hope.
—Claro que sí. Los hombres de su mundo no saben hacer otra cosa más que dar órdenes a sus inferiores. Tal vez usted sea todavía más bastardo que yo —dijo con arrogancia.
Ella dio un paso hacia Gabriel, probablemente para reprenderlo con dureza, pero Oliver levantó una mano.
—Continúa —le pidió.
Alice asintió.
—Busqué a Gabriel. Al principio fue horrible.
Él odiaba a nuestro padre y tenía motivos para hacerlo.
Fairfax lo abandonó. Nunca lo reconoció.
Gabriel creció sin nada de lo que a mí, al menos, me dieron por nacimiento.
Yo fui a verlo porque necesitaba conocerlo y porque no sabía qué hacer.
Era mi hermano, el único que podría ayudarme, aunque no me conociera.
Yo sabía llevar los números, así que le pedí trabajo.
Oliver no se movió.
—En este club.
—Sí. Como contable. No era respetable, pero era dinero honrado. Gabriel me pagaba bien, me protegía y, por descontado, me permitió evitar males mayores.
—Trabajar con tu cuerpo. —Solo de pensarlo se le helaba la sangre. Si ella hubiese tenido que convertirse en… Oliver apartó esa idea de su mente.
—Sí. No tuve que pedir caridad ni depender de parientes muy lejanos que nos habrían humillado.
Gabriel apartó la mirada hacia la ventana estrecha del despacho.
—Le hice jurar que no diría a nadie que era mi hermana —dijo él—.
En este lugar hay hombres que pagarían mucho por tener algo contra mí.
Una amante puede marcharse, más cuando yo no ofrezco fidelidad.
Aquí creen que Alice es mi amante y que yo no le soy fiel.
Una hermana, en cambio, se usa de rehén.
Protegí bien su identidad. Aquí no es lady Alice Fairfax.
En mi club la conocen como la señorita Alice, la mujer que lleva mis cuentas y tiene mi protección. Nadie debía saber más.
Oliver recogió del suelo uno de los libros abiertos. Vio las columnas ordenadas, las cifras claras y anotaciones precisas. Su inteligencia puesta al servicio de la supervivencia y su valor convertido en simple tinta.
Sintió orgullo.
Y después, de nuevo, llegó la ira.
—Me temo que los rumores ya han llegado —indicó el duque.
Alice levantó la cabeza.
Gabriel se tensó.
Oliver suspiró.
—Me ha llegado hoy mismo una nota en la que se me revelaba que mi prometida era la amante del dueño de este club, de Gabriel Hope —desveló.
—¿Quién le habrá mandado esa basura? ¿Mallory? —le preguntó a su hermana.
Alice negó con la cabeza. Era del todo natural que su hermano hubiese sacado esa conclusión. Ese tonto mencionado la observó bien durante su encuentro en el club y pudo haber descubierto su identidad en caso de haberse cruzado con ella en un salón de baile.
—No. No fue Mallory ni ninguno de los clientes del club.
Ella cerró los ojos.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Alice? ¿Cómo estás tan segura? ¿Sabes de dónde ha podido salir esa dichosa nota? —preguntó con gran interés el señor Hope.
—Fui yo. Garabateé las letras con torpeza y luego le pedí a mi doncella que se ocupase de hacértela llegar —le confesó al duque.
Gabriel golpeó la mesa del escritorio.
—¿Has perdido la cabeza? —saltó su hermano.
—¡Por amor de Dios! —exclamó al mismo tiempo Oliver.
—No sabía qué hacer —dijo ella, apresuradamente, como si las palabras pudieran arreglar una decisión tomada en plena desesperación.
Miró a su hermano entonces para decirle—: Te había jurado que no revelaría la verdad sobre ti, y aun así no podía casarme contigo —esa parte la dijo mirando al duque— sin que supieras lo que había ocurrido.
Tenías derecho a descubrirlo antes de que aceptaras una esposa que podía arrastrar un escándalo hasta tu casa.
Pensé que si recibías una acusación así, vendrías a investigar de inmediato.
Que verías el club, a Gabriel, a mí… y así podría explicarlo sin romper mi juramento del todo.
Quería saber si podías casarte conmigo después de descubrirlo todo.
Oliver levantó la vista hacia ella.
La cólera que había en su rostro hizo que Alice retrocediera un poco. No parecía enfadado. ¿Estaba herido? Furioso. Sí, eso era.
—¿Después de descubrirlo? —repitió él—. ¿Y esa era tu solución? ¿Escribirme una calumnia contra ti misma y esperar a que yo reaccionara de un modo que te permitiese medir mi honor?
—Yo…
—¡Maldita sea! Entiendo que él —señaló a Gabriel— dude de mí, pero ¿tú? ¡Te dije que sería tu escudo! —tronó.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Si lo hubieras sabido, habrías confiado en mí desde el principio.
¿No lo entiendes todavía, Alice? Soy un duque, uno poderoso.
Siempre pondré mi nombre y título entre tú y cualquier infamia antes de permitir que una sola palabra te roce.
Pero tú has decidido probarme del peor modo posible.
¿De qué me sirve mi reputación si no puedo protegerte a ti o a Eveline?
Alice se llevó una mano a la boca.
—Creí que…
—Has sido condenadamente trágica con todo este maldito asunto, Alice —insistió.
Gabriel arqueó una ceja.
—Debo reconocer que no era la reacción que esperaba de un duque.
Oliver se giró hacia él.
—No me diga… ¿Y qué esperaba? Ah, sí, ya lo recuerdo… Que me tirase por la jodida ventana. —El señor Hope se cuadró—. ¿Qué? ¿Cree que es el único que puede decir esa clase de palabras en presencia de una dama?
—¿Busca mi aprobación, Su Gracia? —preguntó en tono burlón el otro.
—Su juicio me importa tanto como un par de botas viejas. He dicho que será mi esposa; ella me ha aceptado y, por lo tanto, ella es mía. Su opinión es la única que me preocupa.
Gabriel lo examinó con desconfianza.
—No se apresure, Su Gracia. Alice no puede marcharse de aquí. La necesito en el club. Lleva mis cuentas como si hubiese nacido para ello y no pienso perderla porque usted haya decidido ponerle un anillo en el dedo.
Oliver soltó una risa breve, incrédula y furiosa.
—Para llevar las malditas cuentas hay hombres que correrán menos riesgos.
—Ninguno como ella.
—No he dicho que fueran mejores que ella.
Le estoy diciendo que le encontraré a un maldito contador que le lleve las malditas cuentas porque ella tiene cosas mejores que hacer.
Le recomendaré a alguien de confianza, señor Hope.
Discreto, capaz y lo bastante ambicioso para hacerle ganar más dinero todavía, si eso es lo que tanto le preocupa.
Gabriel lo miró con evidente desprecio.
—Mi preocupación no es el dinero.
—Ya me lo imagino. Su hermana sabe cómo ganarse el corazón de un hombre. Usted no es tan diferente de mí en ese aspecto. Vio lo que ella valía y pretende retenerla. No puedo consentirlo.
Aquello dio en el blanco. Gabriel miró a Alice. Ya no parecía el dueño del club, ni el hombre al que tanto temían quienes le debían dinero. El señor Hope trataba de proteger a su hermana.
Alice se dio cuenta de inmediato.
—Gabriel, no pienso abandonarte, ya te lo he dicho. Quiero que vengas a casa y que…
—No empieces de nuevo —dijo Hope—. Y tampoco me mires con esos ojos.
—Voy a casarme con él. Te he demostrado que es un hombre por quien vale la pena luchar.
—Eso ya lo he oído antes.
—No voy a dejar de ser tu hermana.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Nunca has sido sensata.
—He sido sensata durante demasiados años. Y si te digo que vendrás a casa a tomar el té conmigo, es porque es lo que vas a hacer. Amo a este hombre y tú lo apreciarás por mí, porque es lo que yo te pido.
Oliver dio un paso hacia ella. Esta vez no la tocó hasta que Alice lo miró y le concedió permiso con un leve movimiento. Entonces le cogió la mano.
—Bastante trabajo tendrás siendo mi duquesa —apuntó sin poder ocultar su ternura —, impidiéndome cometer nuevas atrocidades sociales, cuidando a Eveline cuando yo no sepa entenderla y amándome sin descanso.
Esa última será tu mayor obligación, querida mía, y espero que la desempeñes con la diligencia que merece.
No obstante, te dejaré también ocuparte de tu hermano.
Está más que claro que ese animal necesita una mano firme y dulce que lo guíe también.
Vendrá a casa cuando tú lo decidas, aunque yo tenga que enseñarle el camino mientras lo apunto con una pistola por la espalda.
Alice soltó una risa temblorosa.
—Suena agotador, tanto para ti como para mí.
—Lo será. Yo soy un hombre difícil.
—No me había dado cuenta —le dijo sin perder la sonrisa.
—Tienes un talento admirable para la ironía incluso después de haber hecho que dos hombres se peleen por ti.
—Él no cuenta, es mi hermano.
—Ah, pero yo no lo sabía cuando he abierto la puerta y lo he visto abrazándote. No sabía que fuese un hombre tan posesivo; confío en que puedas aceptarlo.
—Me gusta que te muestres posesivo, Oliver.
Gabriel dejó escapar un sonido que pudo haber sido un gruñido feroz.
—Por Dios, vais a conseguir que me enferme.
El duque no apartó los ojos de Alice. Tal vez ni hubiesen escuchado la reflexión del señor Hope.
—¿Quieres casarte conmigo todavía?
Ella lo miró con lágrimas en los ojos.
—Después de esto, más que antes. Tenía fe en ti, amor mío. Sabía que no me había equivocado contigo.
—Bien. Porque yo voy a estar furioso contigo durante mucho tiempo por lo que me has hecho pasar hoy.
—¿Cuánto?
—Hasta que me beses lo suficiente para que se me olvide la parte más grave.
—Eso parece un chantaje.
—Estoy aprendiendo a negociar dentro del matrimonio.
Gabriel se pasó una mano por el rostro.
—Me niego a presenciar esto en mi propio despacho. Me vuelvo a la cama.
Alice se volvió hacia él, emocionada y arrepentida.
—Gabriel, gracias.
Él negó con la cabeza.
—No llores más o acabaré pegándole otra vez a tu duque, y me temo que sería incómodo porque empieza a caerme un poco menos mal de lo que pensé. Solo un poco. No se emocione, Su Gracia.
Oliver inclinó la cabeza.
—Trataré de sobrevivir a su moderada aprobación.
Gabriel gruñó, recogió la bata del suelo y caminó hacia la puerta. Antes de salir, miró a Statony con fijación.
—Si le rompe el corazón, no podrá esconderse de mi ira. Me importa muy poco que sea un duque. ¿He sido claro?
Oliver le sostuvo la mirada.
—No le romperé el corazón.
—Más le vale —lo amenazó sin sutilidad y luego salió y cerró tras de sí.
Alice y Oliver se quedaron solos en medio de un despacho que parecía el mismo infierno debido al destrozo que allí dentro imperaba a causa de la pelea.
Ella se cobijó en su abrazo. Él no le negó el refugio.
—Lo siento, Oliver.
—No vuelvas a probar mi amor con una daga contra tu propia reputación.
—No lo haré.
—Dímelo otra vez y usa eso de «amor mío».
—No lo haré, amor mío —lo complació.
Él se separó un poco de ella y le sostuvo el rostro con ambas manos. Alice se fijó en que su duque tenía un pequeño corte junto al pómulo y que sus ojos la miraban con una intensidad que le hizo olvidar el club, el miedo y cada sombra con la que había cargado hasta llegar a sus brazos.
—Eres mía para protegerte y no para encerrarte. Para amarte y no para juzgarte. ¿Lo entiendes ya?
Alice se separó un poco y apoyó las manos sobre su pecho.
—Empiezo a entenderlo.
—Entonces dame lo que ahora quiero de ti. Bésame.
Y lo besó. Alice se aferraba a él sin reservas, entregándose sin fisuras. Oliver la sostenía contra su cuerpo con fuerza. Había tenido tanto miedo de perderla…