Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Una apuesta peligrosa

La nota infame llegó a Statony House a primera hora de la tarde, sin remitente, lacrada con una cera corriente y entregada por un muchacho que desapareció antes de que pudiese ser interrogado.

Oliver Hartwell la sostenía entre los dedos sin abrirla.

Había aprendido, a lo largo de los años, que los mensajes anónimos rara vez contenían algo digno de respeto.

Eran el refugio de los cobardes, de los envidiosos y de esa clase de almas miserables que preferían arrojar veneno desde una esquina antes que enfrentarse a la verdad a plena luz.

En otras circunstancias, la habría quemado sin más.

Sin embargo, la sensación de amenaza que desprendía aquel papel no le permitía actuar de ese modo.

Finalmente rompió el sello.

Su prometida no es más que una falda ligera que se acuesta con Gabriel Hope, regente del club The Black Swan.

La leyó una vez.

Después otra.

Durante unos instantes no sintió nada.

El despacho permanecía en silencio. Allí dentro, en su guarida, todo seguía exactamente igual, y aun así, algo en él se estaba volviendo violento.

Sentía una ira desconocida.

Una cólera tan negra, inmediata y peligrosa que el papel crujió bajo sus dedos antes de que hubiese decidido apretarlo.

Alguien se había atrevido a escribir aquellas palabras sobre Alice.

Un desgraciado había decidido arrastrar por el barro la reputación de su prometida.

La osadía y cobardía de dicha acción merecían un castigo ejemplar.

Veía sus propias manos cerrándose alrededor del cuello del responsable de tal calumnia.

El placer frío de la acción le sacó una sonrisa siniestra.

Mataría al canalla sin un juicio justo porque él ya lo había considerado culpable de todos los cargos.

Sus ojos regresaron a la única pista que contenía aquel papel infame.

Gabriel Hope.

The Black Swan.

Oliver echó la nota al fuego. Descubriría quién había pensado que podía convertir a su prometida en materia de burla.

Llamó al mayordomo para pedir el sombrero, los guantes y la capa.

Salió de Statony House a toda prisa, tanta que Jackson, al verlo cruzar el vestíbulo, se apartó sin hacer preguntas.

El secretario lo conocía demasiado bien.

Cuando el duque caminaba de ese modo, lo más sensato era dejar que Londres se preocupara por sí mismo.

Le dio el nombre del club a su cochero y se pusieron en marcha. El trayecto hasta esa parte del East End se le hizo insoportable.

¿Su Alice, la amante de un hombre? ¡Qué despropósito!

La inocencia de ella no estaba en tela de juicio.

Oliver había sabido, cuando la besó la segunda vez, que ella era tan pura como la nieve.

Aunque su dama sí había hablado de un pasado que no podía confesarle; una necesidad y de cosas que una futura duquesa no debería haber hecho jamás.

No. No podía ser la amante de ningún hombre.

Y Oliver, por primera vez desde que había decidido reclamarla, sintió que tal vez no la había protegido lo bastante deprisa.

Tendría que haberse casado con ella por medio de una licencia especial al día siguiente de haber informado a lady Fairfax de su compromiso, porque ¿quién en su sano juicio se atrevería a poner el nombre de su duquesa en entredicho? El hombre estaba muerto. Así de simple.

Bajó del carruaje, y el denominado The Black Swan era tal y como se lo había imaginado. La fachada escondía una casa de juego con fama suficiente como para que su cochero hubiese oído hablar de un lugar así.

Un hombre corpulento lo interceptó en la entrada.

—El club está cerrado.

—Busco a Gabriel Hope.

—El señor Hope no recibe visitas.

Oliver lo miró con una frialdad que habría bastado para helar varios corazones de un plumazo.

—¿Cuánto quiere por dejarme entrar? Ponga un precio.

—La lealtad no se compra.

—Haremos esto por las buenas o por las malas.

Soy un duque, un par del reino, y, si no quiere que este maldito club cierre las puertas mañana mismo, le aconsejo que no ponga a prueba mi determinación.

Conozco a un buen puñado de magistrados que toman en consideración mi opinión; leo el periódico al lado de muchos jueces cuando visito la corte.

Y he recitado tantos discursos en la Cámara de los Lores que ya he perdido la cuenta de mis intervenciones. ¿Quiere arriesgarse, hombre?

El guardián del club dudó. En honor a la verdad, el tipo se veía elegante y muy ducal.

—El señor Hope… —comenzó a decir.

—El señor Hope agradecerá que usted no me haga enfadar y así yo no use toda mi influencia para hundir el club —lo interrumpió—. Se lo aseguro.

El otro asintió. Consideraba que no habría sido una casualidad que primero hubiese llegado la señorita Alice y luego un duque. A pleno día. Su jefe no le pagaba para que él creyese en el azar.

Lo condujo por el pasillo en dirección al despacho del señor Hope. Antes de entrar, Oliver ya había oído voces. Una de ellas masculina y la otra, femenina y demasiado conocida para que el corazón no le golpease las costillas con furia.

Alice.

No esperó a ser anunciado. Abrió la puerta del despacho del fondo sin la aprobación del gorila que lo acompañaba.

Lo que vio le prendió fuego en las entrañas.

Un desconocido, en bata oscura, con el cabello revuelto y la mandíbula tensa, sostenía entre sus brazos a una Alice llorosa.

Su Alice .

Ella tenía el rostro hundido contra su pecho y las manos cerradas sobre la tela, mientras él la abrazaba. Demasiada intimidad había ahí.

El mundo se volvió rojo.

Oliver no se lo pensó dos veces.

—¡Malditoooooo! —rugió.

Su voz no fue la de un duque impasible. Fue un rugido. Un león en plena selva.

Alice saltó del abrazo con una rapidez que denotaba culpabilidad y eso empeoró todo lo que Statony estaba sintiendo.

—Oh, cielos… —murmuró ella.

Gabriel se giró hacia él muy despacio.

—¿Quién demonios se cree que es para entrar así en mi club?

—El hombre que va a estrangularlo si vuelve a ponerle las manos encima a mi prometida.

Alice palideció.

—No, espera…

Gabriel no esperó.

El primer golpe lo lanzó él. Oliver lo vio venir, lo esquivó a medias y recibió el impacto en el hombro, lo bastante fuerte para hacerlo retroceder un paso contra el escritorio.

Respondió de inmediato con un puñetazo que alcanzó a Gabriel en la mandíbula.

El sonido seco del golpe hizo gritar a Alice.

—¡Basta!

Ninguno de los dos la escuchaba.

Gabriel embistió con una furia callejera que no tenía nada de elegante, pero sí una eficacia brutal.

Oliver no peleaba como un noble ofendido; había aprendido lo suficiente en su juventud para no caer ante el primer hombre decidido a derribarlo, y la cólera le proporcionaba la fuerza suficiente para mantener la pelea.

Chocaron contra una silla. Un libro de cuentas cayó al suelo.

Gabriel intentó sujetarlo por la levita; Oliver le retorció el brazo, y el dueño del club le respondió con un golpe en las costillas que lo dejó sin aire.

Briggs y otros dos hombres irrumpieron en el despacho.

—¡Señor Hope!

Intentaron separarlos. No pudieron.

Gabriel, medio vestido y con sangre en el labio, parecía dispuesto a matar a un duque.

Oh, sí, por supuesto que el señor Hope se imaginaba con quién se estaba peleando.

Oliver, con la levita abierta y el rostro cargado de ira, no veía nada más que a su rival.

El duque se soltó de uno de los hombres con una sacudida que lo mandó contra la pared.

Alice se plantó entre todos ellos con los ojos llenos de lágrimas y la voz rota por el pánico:

—¡Es mi hermano, Oliver! ¡Él es mi hermano! Por favor, detente, por favor…

El golpe que el duque estaba a punto de lanzar se quedó suspendido en el aire.

Gabriel también se detuvo, solo porque no quería hacerle daño a Alice. Los hombres del club se quedaron quietos, sin saber qué hacer.

Entonces Oliver miró a Alice.

—¿Tu hermano?

Ella asintió. Temblaba.

—Mi medio hermano, en realidad.

El silencio que siguió fue incómodo para todos los presentes.

Gabriel se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y miró a sus empleados.

—Fuera.

—Señor Hope…

—He dicho fuera. ¡Ya!

Briggs vaciló lo justo para comprobar que su patrón no estaba a punto de desplomarse. Después hizo salir a los otros dos hombres y cerró la puerta tras de sí.

Se quedaron los tres en el despacho. Gabriel sin la bata, con el torso desnudo y unos finos pantalones. Oliver con la levita destrozada, el chaleco manchado de sangre y la camisa maltrecha. Alice permanecía entre ambos, demasiado pálida para que ninguno de los dos pudiera sentirse vencedor de nada.

Gabriel fue el primero en hablar.

—Bien, deduzco que tengo el privilegio de haber peleado contra Su Gracia el duque de Statony.

—Y yo sospecho que usted es el señor Hope.

—Hechas las presentaciones… Ya sabe dónde está la puerta.

Puede marcharse antes de que mi hermana tenga que verlo dejándola en la estacada.

Le ahorraré el discurso noble sobre la decepción, si quiere.

Los hombres de su clase siempre acaban diciendo lo mismo con palabras más largas.

Es hermana de un bastardo y ella trabaja para mí.

—Gabriel…, por favor —murmuró ella.

—Es mejor que sepa la verdad y actúe en consecuencia, Alice.

Oliver lo miró con frialdad. El golpe en las costillas le dolía, pero no tanto como la imagen de Alice llorando en brazos de otro hombre. Los celos lo habían poseído.

—No pienso marcharme.

Gabriel soltó una risa desagradable.

—Qué generoso. ¿Va a quedarse el tiempo suficiente para decidir cuánto le conviene repudiarla?

—Voy a quedarme hasta que alguien me explique qué está pasando aquí.

La dama cerró los ojos un instante.

—Oliver…, es… complicado.