Capítulo 14
La obligación de una mujer
Alice iba a casarse. A contraer matrimonio con un duque, nada más y nada menos. Y él la amaba.
Aquello debería traerle paz y alegría, incluso esa clase de esperanza que hacía que una mujer se quedase inmóvil frente al espejo mientras intentaba reconocerse como la futura esposa de un hombre al que deseaba con todas sus fuerzas.
Quería casarse con Oliver. ¿Qué mujer no soñaba desde la cuna con el día en que desposase a un apuesto caballero que la convirtiese en madre?
Alice había perdido toda esperanza hacía tiempo.
Lo quería a él, no solo su título o su protección.
Sabía que ese hombre podía convertirse en lo mejor que le hubiese ocurrido jamás.
Pero no estaba tranquila. ¿Cómo podría estarlo alguna vez?
Gabriel había llegado a su vida cuando todo se desmoronaba y le había ofrecido una salida.
No una salida fácil, ni respetable o adecuada para la hija de un conde, pero sí una que no la obligaba a hacer cosas peores para conseguir dinero.
Había trabajado porque no le quedó otra alternativa.
Una dama no trabajaba. Mucho menos la hija de un conde, aunque su padre las hubiera dejado al borde de la indigencia.
Si un solo caballero la reconociese por haber estado en The Black Swan, los rumores serían devastadores.
No solo sería su ruina. También salpicaría a Oliver, y lo que sería peor, a Eveline, aquella muchacha vivaz que le había gustado mucho más de lo que esperaba y cuya reputación ya caminaba sobre un hilo demasiado fino.
Alice no podía permitir que las decisiones que había tomado para sobrevivir terminaran manchando a una joven que aún podía salvarse de sus propios errores.
Solo había una cosa que hacer.
No le gustaba la idea. Le parecía desesperada, peligrosa incluso, pero era la única solución que se le había ocurrido mientras permanecía en su habitación, con la capa extendida sobre la cama y su doncella aguardando una orden que no se atrevía a darle en voz alta.
Alice alzó la vista hacia la sirvienta.
Durante un segundo, dudó. ¿Era tan valiente como presumía?
¡No quería perder la última oportunidad de ser feliz!
Después afirmó con la cabeza.
La doncella desapareció para cumplir con sus tareas, y Alice se quedó pensando en si habría hecho bien o no.
No tenía sentido echarse a llorar. Cogió la capa, se ajustó el bonete y salió de casa en dirección al club de Gabriel.
Llegó sin dificultades en un carruaje de alquiler. The Black Swan ofrecía un aspecto muy distinto a mediodía.
Sin el ruido de las apuestas, ni las carcajadas o el humo espeso de la noche, el club parecía una criatura dormida. Las mesas estaban limpias, las sillas colocadas con orden y un chiquillo barría junto a la entrada.
Briggs fue quien la recibió. Al verla, arqueó las cejas con auténtica alarma.
—Señorita Alice, el señor Hope no la esperaba.
—Lo sé. Dígale que necesito verlo.
—Está… descansando.
Alice se quitó los guantes con una calma que no sentía.
—Entonces tendrá que descansar después, porque es un asunto urgente que no admite demoras.
Briggs la miró con resignación. Él había visto a Gabriel Hope partirle la nariz a más de un necio, pero sabía distinguir cuándo una mujer resultaba mucho más peligrosa que cualquier borracho armado con una botella. No trató de discutir con ella.
—La escoltaré. Al jefe no le agradaría que la dejase sin vigilancia.
Y así se hizo. Alice aguardó en el despacho del fondo. A esa hora, la habitación carecía de la protección nocturna que le concedían las lámparas y el bullicio del club. La luz del día entraba por la ventana estrecha para mostrar cada marca de tinta sobre el escritorio desgastado.
No tardó demasiado en oír pasos en el corredor.
Gabriel apareció ante ella con una bata oscura mal anudada y el cabello revuelto.
Al menos llevaba los pantalones puestos, pensó Alice.
Se veía fiero. No parecía avergonzado por presentarse tan descaradamente vestido ante ella.
Su hermano habría comparecido ante el mismo arzobispo de Canterbury con la misma bata si el asunto fuese igual de urgente. Alice comenzaba a conocerlo bien.
—Espero que alguien haya muerto —dijo Hope—, porque me han despertado antes de que pueda odiar el día. Y debo añadir que estaba muy bien acompañado en el lecho. ¿Qué diablos te ocurre, mujer? —ladró.
—Buenos días a ti también, Gabriel.
Él cerró la puerta a su espalda y la estudió con atención.
—Supongo que no has venido por las cuentas o porque tengas información relevante sobre alguno de nuestros socios.
—No.
—¿Tu madre?
—Está bien. De hecho, quiere casarse con un pretendiente que ha surgido de la nada, aunque sospecho que lleva tiempo inmersa en un cortejo que yo desconocía.
—Buena decisión para cualquier mujer. ¿Entonces a qué se debe tanta prisa?
Alice inspiró despacio. Había ensayado varias formas de decírselo durante el trayecto, pero todas le habían parecido demasiado débiles al llegar al club. Con Gabriel no servían las medias tintas.
—Estoy enamorada —soltó sin más.
Gabriel alzó ambas cejas.
Después la miró con el mismo horror que le habría dedicado a una pistola cargada que descansase sobre el escritorio.
—No.
—¿No?
—Eso he dicho.
—¿No puedo estar enamorada, Gabriel?
—Eso es. No puedes estarlo.
—Ah. Creo que estás olvidando que no te estoy pidiendo permiso para enamorarme. Solo te informo.
—¿Se trata de Statony?
—Sí. Intuyo que has estado leyendo la prensa.
La boca de Gabriel se curvó de un modo nada amable. ¡Claro que él se interesaba por las columnas para ver qué hacían sus clientes fuera de su club!
—Un duque. Claro. Porque enamorarte de un hombre razonable, sin título y con menos posibilidades de arruinarte la vida no tenía suficiente interés para ti. ¿Me equivoco?
—No he venido para que lo insultes.
—Entonces has calculado mal tus opciones. —Gabriel avanzó hasta el escritorio y apoyó las manos sobre la madera—. Hace unos días te pregunté si pensabas dejar tu puesto de trabajo, y me juraste que no.
—Lo sé.
—Y en ese breve intervalo has decidido casarte con un duque. Con Statony, nada más y nada menos.
—También lo sé.
—Estupendo. Me tranquiliza saber que sigues reconociendo las catástrofes con facilidad. ¿Statony, Alice? ¿Acaso no sabes quién es ese hombre?
La dama apretó los labios. No estaba allí para discutir, aunque con Gabriel aquello era una misión imposible.
—Lo sé muy bien. ¿Has olvidado que te he dicho que lo amo?
Él soltó una risa seca.
—Eso sonará precioso en un salón. Aquí, en cambio, significa que cuando tu duque averigüe dónde has pasado las noches, con quién has trabajado y qué clase de hombres te han visto entrar y salir de mi club, te mandará a remar en galeras si antes no te encierra en alguna de sus propiedades con una institutriz, dos carceleras y una Biblia del tamaño de una lápida.
—Confío en que no sea así —dijo, tratando de mantener la compostura. Su hermano había descifrado su peor miedo.
—Tú no confías en eso. Deseas que ese cuento falso de hadas tuyo se construya del modo en el que lo has ideado. Hay una gran diferencia.
—Tener fe en salir victoriosa no es nada malo. Vine a verte hace años sin ninguna expectativa y logré dejarte impresionado.
—Yo no diría tanto —farfulló.
—Pues yo sí. Tuve fe en ti y, de paso, en mí también.
Porque yo creo en mí. —Se tocó el pecho—.
Soy una mujer muy válida, que tiene derecho a ser feliz con el hombre que ama, y ni tú ni nadie me privará de ese derecho.
Me he ganado cada condenado momento de felicidad que pueda tener en el futuro.
He luchado con uñas y dientes y es hora de que me deje querer por un hombre que estoy segura de que estará a la altura de mis expectativas.
—Cuando terminó su discurso se dio cuenta de que sus mejillas estaban húmedas. Las lágrimas ya no podían ocultarse.
Gabriel la miró con una dureza que no escondía su preocupación.
—Los lores son todos iguales, Alice. Se llenan la boca de honor cuando les conviene y luego abandonan a una actriz en un barrio miserable cuando no les queda dinero creyendo que el amor será suficiente para llenarles la barriga; dejan a un hijo en un hospicio y mueren escribiendo cartas llenas de arrepentimiento para que otros carguen con la porquería que ellos no limpiaron en vida.
Tú, al igual que yo, sabes bien de lo que te hablo.
Tu duque no será mejor que nuestro maldito padre.
La alusión al difunto lord Fairfax fue necesaria.
Alice decidió no retroceder. Gabriel tenía derecho a despreciar a los hombres de alta cuna. Había sido uno de ellos quien lo condenó antes de nacer. Aun así, Oliver no era Fairfax. No podía permitir que Gabriel los metiese en el mismo saco solo porque ambos pertenecieran a la alta sociedad.
—Te equivocas. Oliver no es como los demás. —Y rezó para no estar equivocada.
—Eso dicen todas las mujeres antes de descubrir que viven en el infierno.
—Yo no soy todas las mujeres. Me ofende que pongas a prueba de nuevo mi criterio.
—Si fueses inteligente, no estarías en esta situación. Tú crees que puedes vencer a un duque con decencia, inteligencia y esos ojos de mártir enfadada que pones cuando piensas hacer algo temerario.
—No he venido a pedir tu aprobación. Solo a informarte de que pronto me casaré.
—Ya me estaba preguntando para qué demonios habías venido. ¿Eso es todo? ¿Me dejarás y ya está?
Alice se acercó al escritorio y apoyó los guantes sobre el borde. Le temblaban un poco los dedos, aunque logró que su voz no lo hiciera.
—No te estoy abandonando, Gabriel. Te debo mucho.
Me salvaste cuando no tenía a dónde acudir.
Me diste trabajo cuando otra persona me habría ofrecido caridad o algo bastante peor.
Gracias a ti mi madre no tuvo que saber lo cerca que estuvimos de la ruina verdadera, y yo no tuve que convertirme en una carga para nadie.
La expresión de su hermano se endureció todavía más.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Hablarme con gratitud. Me pone de mal humor.
—Todo te pone de mal humor. ¿No podrías alegrarte por mí?
—No, no puedo porque no quiero que sufras cuando él te destierre o te castigue de un modo más cruel. ¡Por amor de Dios, Alice! —tronó—. Dios sabe que si él te hace daño, lo mataré y acabaré en la horca. ¿Eso es lo que quieres? ¿Verme colgado y con el cuello roto?
El silencio se volvió tenso. Gabriel se giró para no mirarla. Ella seguía llorando sin emitir apenas sonido. Tomó una larga bocanada de aire. Al fin comprendía el miedo que tenía su hermano.
—No te abandonaré —insistió—. Sé que no has podido confiar nunca en nadie lo suficiente, pero te pido que confíes en el amor que siento por él y en el amor que él siente por mí.
—¿Cómo puedes estar tan segura de que tu sueño acabará bien? —preguntó, porque la veía muy segura de sí misma.
Alice casi sonrió.
—He hecho lo necesario para averiguar si Statony es diferente. Siempre tengo un plan, Gabriel.
El señor Hope entrecerró los ojos.
—¿Qué significa eso?
Alice levantó la barbilla. En esa decisión había miedo, sí, pero también más seguridad.
—Significa que voy a probarte que mi fe en él está justificada. Me has enseñado bien. Eso es todo lo que necesitas saber.
Gabriel no dijo nada durante un largo momento. Luego se incorporó despacio. Volvía a ser el dueño de The Black Swan, duro y viril.
—Alice —dijo con voz baja—, dime que no has hecho una estupidez. Me juraste que no le dirías a nadie la relación que nos une.
Ella lo miró sin pestañear.
—He hecho una apuesta. La apuesta de mi vida.
Nunca quebrantaría un juramento. Y ahora haz el favor de abrazar a tu hermana, porque si después de tu confesión sobre la horca no merezco que me des una muestra de cariño así, no sé cuándo sería adecuada.
¿No ves que lloro y necesito consuelo, Gabriel Hope?
Por supuesto, su hermano no avanzó hacia ella, pero Alice ya estaba delante de él con los brazos abiertos y el señor Hope sabía cuándo no podía salir de una situación embarazosa si no quería crear otra mucho peor. La abrazó.