Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Oh, no exagere, señor Hargreaves —dijo Eleanor, y la sonrisa que le dedicó habría bastado para explicar la risa del vestíbulo, las copas de oporto y varios misterios más.

Alice se quedó mirándola. ¡Su madre se había sonrojado por completo!

Eveline dio un paso hacia la prometida de Oliver y le habló en voz baja, aunque no tanto como para que el duque no pudiera escucharla.

—Creo que tu madre tiene un pretendiente, Alice. Y sospecho que no tenías noticias de ello hasta el momento.

—Efectivamente —contestó la aludida, sin apartar los ojos de Eleanor.

Oliver carraspeó.

—Tal vez deberíamos anunciar la razón de nuestra visita antes de que la velada se vuelva más… reveladora —propuso el duque.

—Por supuesto —dijo Alice, recuperándose con esfuerzo—. Madre, sé que no son horas de una visita social, pero… En fin, tengo novedades que no podían esperar. Deseaba darte una noticia que… —Alice se aclaró la voz y se obligó a dejar de titubear—. Estoy prometida con el duque de Statony.

El silencio que siguió fue brevísimo.

Eleanor soltó el aire de golpe. Se la veía aliviada y también triunfante.

—¡Ya era hora!

Alice se quedó con la boca entreabierta.

—¿Ya era hora?

—Hija mía, llevo días escondiendo los periódicos en los que se habla de tu compromiso con el duque de Statony a pesar de que conocía tu reticencia.

Créeme, no ha sido sencillo. Tu doncella casi encontró uno en el armario de la ropa blanca y tuve que fingir un repentino interés por reorganizar las sábanas.

Una jugada arriesgada, Su Gracia, debo reconocerlo.

Mi hija pudo haberlo llevado a la locura con facilidad. Es implacable cuando se lo propone.

Oliver cerró los ojos un instante. Le tocó a él sonrojarse. De acuerdo, los duques no se sonrojaban, así que Su Gracia se veía un poco incómodo porque la madre de su prometida había intuido su plan para atrapar a Alice.

—Lady Fairfax, debo pedirle disculpas por…

—No sea ridículo, Su Gracia —lo frenó—. Bueno, quizá sí debería mostrarse algo arrepentido, pero no tanto como para disculparse antes de tomar té.

En esta casa las grandes explicaciones se digieren mejor con una taza en la mano y sospecho que a todos nos vendría bien recobrar el decoro por un momento.

—Un momento… Madre —dijo Alice—, ¿sabías que Londres me creía comprometida y no me dijiste nada?

—Estuviste enferma. Luego te mostraste obstinada. Y después de eso llegaron las flores, los dulces y ese maravilloso cesto con naranjas. Decidí esperar a que el caballero se ganase tu corazón. Todo el mundo sabe que un duque no se rinde con facilidad.

El señor Hargreaves volvió a toser. Esta vez, para ocultar una risa.

Oliver estrechó los ojos y miró al abogado con una seriedad ducal no demasiado eficaz. Le daba en la nariz que el caballero debía estar al corriente de todo lo acontecido, dado que no se veía asombrado ante nada de lo desvelado.

—Señor Hargreaves, intuyo que usted me debe comprender más de lo que parece. ¿Se ha ganado últimamente el corazón de alguna dama en especial? —tuvo la audacia de preguntar.

Eveline se rio con ligereza, mientras que Alice suspiró.

—Lo cierto es que todavía no lo sé —apuntó el hombre de leyes.

—No me diga que los abogados, a diferencia de los duques, se rinden con facilidad.

—Jamás —aseguró solemne.

—Rodeada de parejas agradables, una comienza a sentirse fuera de lugar. Una suerte que mi hermano no le haya pedido a lord Arden que nos acompañase, podría dar lugar a malas suposiciones.

—¿Lord Arden? —se interesó la madre de Alice.

—El mejor amigo de mi hermano —explicó Eveline—. Un hombre bastante desagradable y, como siempre van juntos, alguien podría interpretar que lo ha elegido para que yo…

—Eveline, por favor.

Y ahí quedó la conversación.

Lady Fairfax se repuso lo bastante después de la interrupción para ordenar que trajeran té, más tazas y algo de comer.

Todos se acomodaron en la salita con corrección.

Alice se sentó junto a Oliver; Eveline escogió un lugar desde el que pudiera observarlos a todos; Eleanor ocupó su silla anterior, aunque esta vez sin cartas en la mano, y el señor Hargreaves tomó asiento sin dejar de lado la cautela.

Durante unos minutos hablaron del tiempo, de la velada de lady Ashbury y de la salud de Alice. Fue una conversación educada.

Eveline, que no había nacido para permitir agonías prolongadas, dejó su taza sobre el platillo y se inclinó hacia Alice.

—Perdona que sea tan franca, pero necesito saberlo. ¿Qué fue lo que te enamoró de mi hermano?

Oliver se tensó.

—Eveline… ¿por qué tienes que avergonzarme siempre? —se quejó el duque.

—¿Avergonzarte? He visto cómo te mira tu prometida, hermano. Estoy convencida de que siente un cariño muy profundo por ti, incluso sospecho que está terriblemente enamorada.

Alice abrió la boca, pero Eleanor fue más rápida en responder:

—Probablemente el amor haya nacido porque el duque besa muy bien.

La taza de té de Alice se quedó suspendida a medio camino entre su boca y la mesa. Estaba claro que su madre había abusado del oporto.

Oliver miró hacia la chimenea con una concentración repentina, quizá decidido a estudiar el tiro del hogar con fines arquitectónicos.

El señor Hargreaves se llevó una mano a la boca. Eveline, en cambio, acababa de recibir un regalo de cumpleaños.

—¿Perdón? —preguntó Alice, cuando recuperó la voz.

—Oh, hija mía, no pongas esa cara. Una ya tiene edad suficiente como para saber todo lo que ocurre en su casa. Y cuando digo todo, es todo.

—Madre… —comenzó a suplicar.

—No me mires así, ni uses ese tono conmigo. La sirvienta te vio con Su Gracia en la salita y decidió avisarme de que tenías un pretendiente muy interesante. Hay ocasiones en las que una madre permite lo que debe permitir por el bien de su hija. Ya serás madre y lo comprenderás, Alice.

Oliver se inclinó hacia su dama.

—Lo siento —dijo solo para sus oídos—. Me arrojaría al Támesis antes de causarte vergüenza.

—No te mortifiques, conozco a mi madre lo suficiente para saber que ella cree que traté de seducirte cuando me di cuenta de que quería ser tu esposa y así poder convertirme en tu duquesa.

Lo que no hay que subestimar son las aspiraciones que una amorosa madre tiene para su hija.

Escondió el periódico para que yo no averiguase tu plan —le susurró ella.

—No cuchicheéis —los reprendió lady Fairfax.

Eveline sonreía con auténtico deleite. Tras las revelaciones ya no pudo quedarse callada.

—Comienzo a entender algunas cosas. Entonces mi hermano besó a Alice y eso acabó por convencerla, porque por lo visto no estaba dispuesta a aceptarlo como esposo. Fascinante. Empiezo a creer que Oliver oculta talentos muy útiles debajo de todas esas capas de severidad.

—Por amor de Dios… —masculló el duque.

—¿Qué, hermano? No te irrites, es encantador descubrir que no eres casi humano, sino que lo eres por completo. Te felicito por tus méritos.

—Hay asuntos que no deben comentarse en presencia de damas jóvenes y muy influenciables que tienden a meterse en problemas muy serios.

—Oh, cierto —saltó Eleanor—. Vi también la mención de su hermana sobre cierta apuesta. No debe preocuparse, Su Gracia. Alice está más que capacitada para guiarla.

La aludida no sabía si eso sería así. Ella tenía un pasado que le pesaba en los hombros.

—¿Podemos cambiar de asunto, por favor? —suplicó Alice.

Eleanor sorbió su té con una serenidad admirable y luego miró con fijación a su hija para añadir:

—Llevaba años esperando a que encontraras tu propio camino, hija mía, para poder casarme con el señor Hargreaves. No me pidas que cambie el rumbo de la conversación.

Si antes la sala se había quedado en silencio, esta vez se convirtió en un velatorio.

Alice se giró despacio hacia su madre.

—¿Casarte?

El señor Hargreaves dejó su taza con extremo cuidado.

—Lady Alice, comprendo que esta noticia pueda sorprenderla, y le aseguro que jamás habría deseado causarle incomodidad.

Su madre y yo nos apreciamos desde hace algún tiempo, pero ella consideraba que su primera obligación era permanecer a su lado mientras usted no tuviera una felicidad propia y segura.

Alice sintió que el asombro dejaba paso a algo extraño.

—¿He sido una carga para ti, madre?

Eleanor se levantó de inmediato y se sentó junto a ella, sin atender a que estaba rodeada de un duque, un abogado y una joven dama.

—No, mi niña. Nunca. Ni un solo día. Has sido mi orgullo, mi sostén y, muchas veces, la razón por la que me levantaba con valor.

Pero no podía dejarte sola mientras creyera que tú seguías viviendo para protegerme a mí.

No podía permitirme la felicidad conyugal si eso te condenaba a una casa silenciosa, y a una vida donde todos daban por hecho que eras fuerte y que por ese motivo no necesitabas nada más.

Doy gracias a Dios de que Statony haya visto lo que yo siempre he sabido.

Eres una mujer admirable y él te hará brillar todavía más.

Alice bajó la mirada y se limpió una lágrima insolente que había tenido la poca elegancia de escapar de su cautiverio.

—Yo quería cuidarte.

—Y lo hiciste. Más de lo que una hija debería haber tenido que hacer jamás.

Pero cuando vi que permitías a este caballero acercarse a ti y advertí la manera en que te alteraba, comprendí que quizá, al fin, no tendría que temer dejarte en manos de la soledad.

Sospeché que con un hombre al que le habías permitido un beso así podrías ser feliz.

Debo decirle, Su Gracia, que la doncella que los observó se quedó bastante fascinada debido a su ímpetu.

Oliver carraspeó y se puso muy serio.

—Lady Fairfax, me esforzaré por merecer esa confianza que me otorga.

Eleanor lo estaba mirando con los ojos brillantes.

—Eso espero, Su Gracia. Porque mi hija es extraordinaria, y si usted la hace sufrir, me temo que el señor Hargreaves y yo tendremos que estudiar qué recursos legales existen contra un duque insensato.

El abogado asintió con impecable gravedad.

—Conozco algunos —apuntó lleno de satisfacción.

Oliver inclinó la cabeza.

—Tomaré la advertencia con la seriedad que merece, aunque sospecho que su hija se basta para defenderse de cualquier injusticia, bien provenga de su esposo o de un traidor.

Eveline se recostó en su asiento, encantada.

—Esta familia me gusta muchísimo más de lo que esperaba. La sinceridad es refrescante.

—Nos alegra contar con tu aprobación, jovencita —dijo Eleanor, recuperando parte de su humor.

—La tiene. Aunque todavía necesito una respuesta completa y aprovecharé la sinceridad que se respira. Alice, ¿cómo de competente es mi hermano besando?

—Eveline… —le advirtió Oliver, con un tono que habría hecho huir a un regimiento.

Alice miró a la joven, luego a su madre, después al señor Hargreaves, que parecía estar considerando seriamente fingir sordera, y por último a Oliver. Él tenía el aspecto de un hombre dispuesto a enfrentarse a una guerra antes que a otra frase de aquella conversación.

Y entonces Alice sonrió.

—Tan bien como para que haya aceptado casarme con él cuando yo me había jurado que no lo haría jamás.

Eveline soltó una risa luminosa.

Eleanor se llevó una mano al pecho, satisfecha.

El señor Hargreaves volvió a toser, aunque sus ojos reían.

Oliver miró al techo.

—Por Dios, no le digas eso a mi hermana, porque en estos momentos se creerá con permiso para ir besando a todos los sapos que se crucen en su camino.

—No te preocupes —respondió Alice, volviéndose hacia él con una dulzura cargada de intención—.

Yo solo necesité besar una vez para encontrar a mi príncipe, así que estoy segura de que tu hermana será inteligente y no querrá arriesgarse con todos los sapos del reino.

Encontrará a su pareja cuando tenga que llegar y le bastará un solo beso.

Eveline ladeó la cabeza, menos burlona de pronto para preguntar:

—¿Lo crees de verdad? ¿Solo se necesita un beso?

—Sí. Y también creo que no debes confundir a un hombre que solo te admira con uno que te vea de verdad —insistió Alice.

Eveline bajó la vista hacia su taza durante un instante porque estaba considerando las indicaciones de Alice. Oliver observó a su prometida con una emoción tan evidente que ni siquiera intentó esconderla.

Eleanor sonrió con ternura ante todo el bello óleo que se presentaba bajo su mirada.

—Creo que Su Gracia ha elegido muy bien. Tanto para él como para su hermana. Mi hija será feliz.

—Estoy de acuerdo —añadió Eveline.

Oliver suspiró.

—No puedo negarlo, aunque sospecho que voy a tener que combatir con dos grandes guerreras que tratarán de ponerme de rodillas. No lo consentiré, ya os lo advierto a ambas, así que no quiero decepciones cuando no logréis rendir a un duque de mi envergadura.

Alice apoyó la mano sobre la suya y no le importó que tuviesen público.

—Tranquilo, Oliver. Todo va a salir bien. Has sobrevivido a mis negativas, a una conversación complicada y muy honesta y a mi madre y tu hermana hablando de besos. Estoy empezando a pensar que eres más fuerte y poderoso de lo que pareces.

—Mientras tú seas la recompensa, soportaré cuanto sea necesario, incluso que mi hermana descubra que tengo virtudes que no figuran en mis informes.

—Él entrelazó los dedos con los suyos y se los llevó a los labios, aunque su voz siguió siendo grave, la mirada se le suavizó de una manera que hizo callar a Alice por dentro:

—Ay, el amor… —suspiró Eveline embelesada—. Jamás pensé que mi hermano caería preso de tan dulce sentimiento. Aquí estoy, como si estuviese viendo una obra de Shakespeare que no tiene nada de tragedia.

—Eveline, tú deberías tener más cuidado que Alice, porque podrías terminar en Escocia si sigues atormentándome —la avisó.

—Oh, Oliver, ¿acaso no sabes que la función de las hermanas pequeñas es atormentar a sus hermanos mayores sin compasión? Shakespeare lo aprobaría, sin duda.

El duque gruñó por lo bajo, pero luego soltó una carcajada; Alice ocultó una sonrisa sincera; Eleanor se rio otra vez y el señor Hargreaves miró a su amada con una devoción que la futura duquesa de Statony pudo reconocer con facilidad.

Y en el centro de todo ello, figuraba el impenetrable duque de Statony, incapaz de esconder la felicidad que sentía.

Y esa imagen de él, inesperada y cálida, era todo lo que Alice habría podido pedir en un pretendiente.