Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Una dulce esperanza

Lady Alice Fairfax se había imaginado muchas veces cómo sería anunciarle a su madre que iba a casarse, aunque, en honor a la verdad, ninguna de aquellas fantasías había incluido a un duque ofendido por su propio deseo, a una futura hermana por matrimonio demasiado curiosa y a todo Londres creyendo que la decisión ya estaba tomada antes de que ella lo aceptase.

Se habían marchado de la fiesta de lady Ashbury bastante pronto.

En esos momentos, el carruaje de Statony avanzaba por las calles con tranquilidad.

Oliver iba sentado frente a ella, sereno incluso cuando su mirada parecía abrasarla, y Eveline ocupaba el asiento a su lado.

La joven los observaba con una atención despierta que saltaba de su hermano a Alice.

—Sigo sin comprenderlo del todo —dijo Eveline, durante un trayecto que había empezado con promesas de discreción y degenerado en silencios demasiado elocuentes—. Hace unas horas, mi hermano parecía un hombre a punto de aprobar una ley contra la felicidad, y en estos momentos se le ve… distinto.

Oliver volvió la cabeza hacia ella.

—Elige muy bien tus próximas palabras, Eveline.

—No he dicho nada ofensivo —se defendió la joven de inmediato—. De hecho, estaba a punto de decir algo casi amable, pero tu amenaza me ha quitado parte del entusiasmo.

Alice tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír.

Le resultaba extraño encontrarse allí, sentada con el hombre que acababa de pedirle que fuera su esposa con el alma más desnuda de lo que un duque podría tolerar, y la joven cuya imprudencia había servido de excusa para que medio Londres reorganizase la vida de todos ellos.

Eveline era más bonita de cerca de lo que Alice había advertido en el salón.

También poseía una viveza peligrosa, una necesidad de sentirse escuchada que Alice reconoció con una punzada de compasión.

No podía censurarla por ello; a fin de cuentas, era la hija de un duque y otro duque la protegía como su hermana pequeña.

—Lo que lady Eveline quiere decir —intervino Alice, al tiempo que miraba a Oliver con una inocencia que no lograría engañar a nadie— es que, al lado de su prometida, usted no parece tan rígido.

—Gracias por traducir mi pensamiento de una manera tan considerada —dijo Eveline con gratitud—. Eso era exactamente lo que quería decir, aunque yo habría añadido que resulta perturbador verlo casi humano.

—¿Casi humano? ¿Acaso no lo soy? Carne y hueso, no hay más en mí —replicó Oliver.

—No, desde luego que no eres solo carne y hueso. Sería un avance demasiado brusco para nuestra relación que te considerase casi humano, hermano, pero lo haré.

Alice soltó una risa baja, y Oliver la miró de inmediato.

—¿Me censura, Su Gracia? —le preguntó ella.

—Lo que censuro es que me trates con tanta formalidad. Eveline es mi hermana y no deseo que piense que tenemos una relación fría.

La aludida observó aquella interacción y se quedó callada durante unos segundos, lo cual, según empezaba a sospechar Alice, debía considerarse un aviso de peligro.

—¿Y yo cómo debo tratarla, hermano?

—Eso tendrás que preguntárselo a ella —resolvió Oliver.

Eveline buscó la mirada de Alice.

—Supongo que como vamos a ser hermanas, podríamos prescindir de toda la formalidad, si estás de acuerdo, por supuesto.

—Bien —concedió la joven—. Si has conseguido que mi hermano te mire y hable así, creo que voy a darte una oportunidad.

—Me siento muy honrada por tu indulgencia.

La joven analizó su respuesta y decretó que no había rastro de ironía en ella.

—No te apresures a celebrar nada. Todavía no he decidido si te compadezco o te admiro. Casarse con Oliver requiere una valentía que ninguna escuela para damas enseñaría con suficiente rigor.

—Eveline —advirtió él.

—¿Lo ves, Alice? Ese tono… Imagínatelo a diario. Sé de lo que hablo, he convivido con la censura desde que tuve uso de razón.

Alice miró a su prometido con fingida preocupación y luego le sonrió.

—Confío en que podré sobrevivir a tu hermano.

Oliver inclinó un poco la cabeza, y en su boca apareció una sombra de sonrisa.

—Voy a hacer cuanto esté en mi mano para que sobrevivir no sea tu única aspiración matrimonial, querida.

Eveline abrió los ojos con asombro.

—¡Oliver, estás coqueteando! Por todos los cielos, eso ha sonado casi romántico. Alice, no sé qué has hecho con él, pero tal vez seas una hechicera.

—¿Tú crees? —preguntó risueña la prometida del duque.

—Me gusta lo que veo. Tal vez mi hermano haya hecho algo bien por una vez en su vida.

El carruaje se detuvo frente a la casa Fairfax antes de que Oliver pudiera reprenderlas a ambas, aunque Alice sospechó que no tenía verdaderas ganas de hacerlo.

Había algo nuevo en él desde la conversación de la terraza.

No era poco para un hombre que había convertido la autoridad en su idioma materno; estaba segura de ello.

Cuando descendieron, Alice sintió una emoción inesperada. No había querido volver sola a casa con aquella noticia, pero tampoco previó que el duque insistiera en acompañarla con su hermana para guardar las apariencias y, según le había dicho, para presentarse ante lady Fairfax sin más retraso.

A Alice le había parecido justo porque ella también deseaba casarse lo antes posible.

A Eveline, divertido y sorprendente.

A Oliver, imprescindible porque la deseaba en su cama con suma urgencia.

El criado abrió la puerta con rapidez. No era demasiado tarde. Alice se desató los lazos de la capa, dispuesta a preguntar por su madre, cuando una risa llegó desde la salita.

Una risa muy clara que pertenecía a Eleanor Fairfax.

Alice se detuvo en mitad del vestíbulo.

No recordaba cuándo había oído a su madre reír de aquel modo por última vez.

No era la risa suave y educada con la que una viuda agradecía un cumplido inofensivo, ni la pequeña concesión a una broma de sobremesa, sino algo mucho más vivo, casi juvenil.

Y había otra voz con ella. Masculina, cálida y también divertida.

Alice se volvió hacia el lacayo.

—¿Mi madre está en la salita?

—Sí, milady.

—¿Con quién?

El pobre hombre pareció descubrir de pronto que el suelo del vestíbulo era fascinante.

—Con el señor Hargreaves, milady.

Alice parpadeó.

—¿El señor Hargreaves? —El sirviente asintió.

Oliver, a su lado, se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿Debo conocer ese nombre?

—Fue el abogado de mi padre —respondió Alice, todavía mirando hacia la puerta de la salita. Se abstuvo de decir que ese hombre les entregó su última carta y les comunicó que estaban en la ruina.

Eveline se acercó un poco.

—Tu madre se está riendo con el abogado de tu padre… Interesante. Si mi hermano no sale corriendo después de la escena, sabré que lo has impresionado. Para Oliver, cada cosa debe estar en su lugar y cada persona en su escalón social…

—No soy tan clasista, Eveline, y no pienso salir corriendo. Deja ya de tratar de asustar a mi prometida, te lo ruego, porque podrías acabar en un convento de Escocia —la avisó.

—Averigüemos lo que está sucediendo —propuso Alice.

Oliver le ofreció el brazo a su futura duquesa con toda la solemnidad de un hombre que entraba en un territorio desconocido y buscaba apoyo.

—Tal vez convenga averiguarlo antes de anunciar nuestra noticia.

—Sí. Creo que sí —coincidió la dama con el duque.

Alice le cogió el brazo. Y avanzaron. Eveline los seguía de cerca.

La escena que se encontraron los tres habría merecido ser pintada por un artista de renombre, aunque ningún pintor decente se habría atrevido a titularla de forma honesta.

Eleanor Fairfax estaba sentada junto a una mesa baja, con varias cartas en la mano, las mejillas sonrojadas y una expresión coqueta tan transparente que Alice estuvo a punto de preguntarle si había robado algún corazón masculino.

Frente a ella se encontraba el señor Hargreaves, un caballero de mediana edad, de cabello plateado y rostro agradable.

Había fichas sobre la mesa, dos copas de oporto sin terminar y una tetera vacía.

El señor Hargreaves se levantó de inmediato al percibir movimiento. Eleanor también intentó hacerlo, pero una carta se le deslizó de los dedos y cayó al suelo. Se quedó sentada y tuvo a bien verse avergonzada.

—Alice, hija mía —habló la condesa, demasiado deprisa—, has llegado pronto.

—¿Y eso resulta una contrariedad, madre? —inquirió con suavidad.

Eleanor miró a Oliver; después a Eveline y luego otra vez a Alice. Al reconocer al duque, se puso de pie y le hizo una reverencia rápida que habría resultado adecuada de no haber estado todavía sosteniendo un rey de corazones en la mano izquierda.

—Su Gracia.

—Lady Fairfax —la saludó Oliver con impecable corrección—, le ruego que disculpe nuestra irrupción a estas horas. Se trata de un asunto urgente. Señor Hargreaves, supongo.

El abogado inclinó la cabeza. Conocía al duque.

—Ese soy yo, Su Gracia. Es un honor conocerle.

—El honor es mío.

Eveline hizo una reverencia encantadora.

—Lady Fairfax, señor Hargreaves.

—Esta es lady Eveline Hartwell —la presentó Oliver—. Es mi hermana.

—Qué alegría recibirla, milady —dijo Eleanor. Su voz salió con cierto temblor. Era comprensible, pues se sentía como si hubiese sido sorprendida en mitad de una travesura impropia de su edad… aunque deliciosa.

Alice miró la mesa; luego a su madre y después al señor Hargreaves.

—No quisiera interrumpir una partida importante.

—No interrumpes nada —respondió Eleanor, con una vivacidad sospechosa—. El señor Hargreaves había venido a consultarme un asunto sin relevancia y… bueno, las cartas estaban aquí.

—Las cartas estaban aquí —repitió Alice.

—Sobre la mesa —añadió su madre, con dignidad—. Donde suelen estar las cartas.

El señor Hargreaves tosió con discreción.

—Lady Fairfax me estaba venciendo con una habilidad considerable. Es una mujer con innumerables talentos —la elogió.