Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Ya te lo he dicho antes. Creí que estaba resolviendo un problema, que me aceptarías sin dudarlo por mi posición.

Luego comprendí que te estaba causando otro.

A riesgo de que me mandes al infierno, te diré que lo haría de nuevo.

No quiero que te vuelvas a escurrir entre mis dedos.

Si quieres castigarme por ello, lo aceptaré, pero lo haré solo si te conviertes en mi duquesa.

—¿Y qué ocurre si no quiero casarme contigo?

El silencio fue su primera respuesta. Él trató de separarse un poco. Admitir la derrota no estaba en su carácter, pero tal vez debería comenzar a aceptarla. Entonces ella lo retuvo por las solapas de su chaqueta y él notó la esperanza abriéndose paso en su interior.

—¿Quieres que me rinda? —preguntó al fin.

Alice notó que sus dedos tenían vida propia porque fue ella quien lo obligó a volver a pegarse a su cuerpo.

—No creo que seas un hombre que se rinde.

—No. No lo soy y, menos cuando el premio eres tú, Alice. En verdad siempre he sabido que jugaba con ventaja respecto a ti, al menos en esta segunda parte que se ha escrito entre nosotros.

—¿A qué ventaja te refieres?

—Sabía que tú tampoco habrías podido olvidar aquella biblioteca.

El golpe fue decisivo.

Alice respiró con dificultad. No podía negarlo.

Había amado aquel recuerdo en secreto durante años.

No al hombre, porque no tenía ni un rostro ni un nombre para él, pero sí lo que había sentido en sus brazos.

Su seguridad; la compasión sin humillación; ese beso que la consoló cuando ella estuvo rota…

Y luego llegó el otro beso, el de la salita, lleno de deseo y peligro, y su cuerpo había reconocido de inmediato algo que su mente había tardado más en asociar.

—Me enamoré un poco de aquel desconocido —confesó, tan bajo que el viento casi pudo llevarse las palabras—.

Me parecía absurdo, porque no sabía quién era y apenas fue un instante.

Pero durante años, cuando todo era difícil, recordaba que alguien me había visto destrozada y no me había tratado como a una mujer arruinada.

Me besó con ternura y luego me dejó marchar con la dignidad intacta.

Oliver levantó una mano y le acarició la mejilla con delicadeza.

—Yo. Era yo todo el tiempo. No te besé para aprovecharme de ti.

—Al fin lo sé. ¿Y días atrás sí pudiste aprovecharte de mi deseo? Porque los dos besos que hemos compartido no tienen nada que ver el uno con el otro. Me hiciste arder, Oliver.

—Lo sé. Yo ardí contigo. Pero no. No lo hice solo para que ardiésemos.

Te besé porque no encontraba otra forma de hacerte entender que entre nosotros había algo real.

Fue una arrogancia. También hubo desesperación porque no lograba convencerte.

Te prometo que jamás tomaré de ti más de lo que puedas darme.

—Buscabas una esposa para tapar el escándalo de lady Eveline y yo te parecí la mejor opción —le recordó.

—Sí.

La sinceridad volvió a dolerle.

—Al menos lo reconoces sin embellecerlo.

—Amo a mi hermana, aunque ella se empeñe en asegurar que no es así.

La idea del matrimonio empezó porque el anuncio de mi boda opacaría su escándalo.

Ella necesita una hermana que la comprenda, no solo un hermano empeñado en salvarla constantemente.

Eveline admira a un canalla que le conviene tan poco que me cuesta pensar en él sin querer enviarlo a Australia.

Se ha puesto en ridículo por él, se ha sentido vista por un hombre que no merece ni estar en la misma estancia que ella, y yo no sé cómo ayudarla sin convertir cada conversación en una batalla.

Margot y Arden me empujaron hacia la verdad que yo llevaba años evitando.

Pero ya no busco solo una mujer capaz de guiar a Eveline.

Necesito una esposa a la que amar y que pueda amarme.

Sí, lo sé, suena como una condenada frase de poeta, y si Arden me oyera jamás me permitiría olvidarlo, pero no encuentro una forma más honesta de decirlo.

Alice lo observaba con los ojos llenos de una emoción que se negaba a derramarse. ¡No quería llorar!

Oliver Hartwell, duque de Statony, estaba muy incómodo con la naturaleza que estaba dejando que ella viese. Y, aun así, no quería ocultarse.

—Eres un hombre increíble, ¿lo sabes?

—Por supuesto que sí. Lo que lamento es que Arden tuviese razón en una cosa que yo debí haber descubierto antes que nadie —añadió él—. Estoy loco por ti. Haré cualquier cosa para convencerte, salvo obligarte. Eso ya lo he intentado y casi te pierdo antes de tenerte.

—Oliver…

—Prometo olvidarlo todo y empezar de nuevo si consientes en convertirte en mi duquesa.

No te preguntaré nada que no quieras responder esta noche.

No usaré tu pasado contra ti jamás. Ni volveré a actuar como si tu voluntad fuera un detalle que mi título puede corregir. Dame la oportunidad de hacerlo bien.

—¿Y si un día descubres algo que hiciese que te avergonzases de mí?

—Entonces recordaré que soy tu esposo y que mi deber es estar delante de ti, no detrás refunfuñando. Seré tu escudo.

—Oh, Oliver. Eso dices ahora, pero…

—Sin excusas, Alice. Sabes que ya lo tienes decidido, no te resistas más. No nos hagas a los dos desdichados por cosas que no importan. Yo te quiero y sé que tú a mí también. Lo demás no es relevante.

Ella levantó una mano y le tocó la mejilla con el guante. Le rozó la mandíbula, luego la comisura de la boca que tan bien conocía ya.

—No he podido dejar de pensar en ti —admitió—. En el hombre de la biblioteca y en el duque insoportable que me besó hasta hacerme olvidar cómo hablar correctamente. He tratado de convencerme de que solo era enfado, curiosidad, deseo… cualquier cosa menos esto.

—¿Y qué es esto?

Alice cerró los ojos un instante. No tenía caso mentir. Los abrió y se enfrentó a su destino.

—Que Dios me perdone, Oliver, porque no tengo fuerzas para seguir negándome. Eres lo que más deseo. Quiero ser tu mujer. Aceptaré todo lo que me des. Solo espero que no llegue el día en que lo lamentes.

Y la respuesta de él fue besarla para sellar el trato.