Capítulo 12
Una conversación honesta
Alice le sostuvo la mirada al duque durante unos segundos que parecieron demasiado largos para caber en una sola vida.
Ahí estaba ella. Frente al desconocido de la biblioteca y al duque que había anunciado un compromiso sin su consentimiento. El consuelo y la trampa. La ternura y la arrogancia. Extraño.
Todo en él la atraía. Todo en él la irritaba.
¿Eso era amor? No lo sabía. Una vez creyó haber estado enamorada de un tonto, pero luego se dio cuenta de que sin él había estado mejor. ¡Otra recomendación que le dio el desconocido de la biblioteca!
¿Ya la conocía tan bien Statony en aquella época?
—Entonces sabes que lady Ashbury acaba de desvelarme toda la verdad —dijo ella.
—Sí.
—Y también sabes que tengo motivos para odiarte un poco.
Oliver no apartó los ojos de los suyos. Él pensó que era buena señal que ella no mantuviese la formalidad. Eso indicaba que no pretendía poner más distancia de la que ya había entre ambos, ¿o no?
—Más que un poco, sospecho.
Aquella respuesta, tan humilde, le hizo bajar las defensas cuando más necesitaba mantenerse furiosa. Alice odiaba que él hiciera eso. Que se equivocara con una torpeza grandiosa y luego, de pronto, se mostrase humano en el momento más inconveniente.
—Tengo muchas preguntas.
—Y yo muchas respuestas que ofrecerte. Comienza, te lo ruego, Alice.
—¿Sabías que lady Ashbury se había confabulado con tu mejor amigo?
—No al principio, pero lo sospeché cuando fui a verla y le conté que te había pedido matrimonio y que había tenido la audacia de enviar el anuncio sin tu respuesta porque estaba seguro de que aceptarías.
Ella se ofreció a organizar una fiesta de compromiso con demasiada facilidad y tuve alguna sospecha.
Todo ha quedado confirmado cuando la escuché a viva voz.
Arden es… —suspiró—. Es mi mejor amigo, tal y como te ha dicho Margot, pero no sabe poner límites.
—Igual que tú.
— Touché .
—¿Por qué estabas tan seguro de que te aceptaría?
—Era una intuición que surgió en mí cuando vi tu nombre en aquella pequeña lista.
Recordé el momento en el que te sostuve entre mis brazos y…
Me dije que no podía perder la oportunidad.
Tal vez lo hice porque en mi fuero interno ya quería tenderte la trampa de la que habías hablado para que no escapases.
—Mandaste al señor Jackson.
—No quería parecer desesperado. Y lo estaba, Alice, muchísimo.
—Todos estos años y no has… ¿No has pensado en mí hasta este momento?
Él suspiró.
—Después de lo ocurrido en la biblioteca, supuse que necesitabas sanar la herida que te debió causar aquel bobo.
No quería imponerme ni aprovecharme por lo que compartimos.
Supe que había esperado demasiado cuando lady Ashbury me comentó que ibais a hacer un viaje por Europa unas semanas después de que todo ocurriese entre nosotros.
—Estuvimos fuera cuatro meses.
—Sí. Lo recuerdo bien, porque cuando regresaste brillabas y ya no…
—¿No qué?
—No soy un hombre fácil.
—Ya. Eso lo sé ahora.
—No quería arriesgarme.
—¿Arriesgarte?
—Parecías estar muy bien y yo no estaba seguro de que me aceptases después de lo que ese tonto te había hecho.
¿Cuánto tiempo necesita una mujer para sanar de la decepción?
¿Y si no podías olvidarlo nunca? Ya ves, tan seguro de mí mismo para defender cualquier ley ante el Parlamento y tan poco seguro en cuestiones de índole femenina.
—¿Y por qué te callaste cuando viniste a mi casa en persona para proponerme matrimonio?
—En realidad no lo sé. Esperaba que reconocieses mi abrazo, el primer beso… Yo… Lo siento. Es todo lo que puedo decir al respecto.
Hubo un silencio bastante largo. Alice suspiró y dejó de observarlo para centrarse en la oscuridad que los rodeaba.
—Mi pasado no me permite ser duquesa —dijo al fin.
Statony se quedó inmóvil.
—¿Tu pasado?
Alice rodeó la balaustrada con los dedos. La piedra estaba helada, y aun así no bastaba para enfriar el temblor que llevaba dentro.
—Hay cosas que no sabes de mí.
—Entonces dímelas.
—No puedo.
—Alice…
—No. Escúchame antes de decidir que puedes arreglarlo todo solo porque eres un duque.
—Se obligó a alzar la barbilla, aunque le costó sostener su mirada—.
No soy la dama impecable que crees haber elegido.
He tenido que sobrevivir. He hecho cosas que una futura duquesa de Statony no debería haber hecho jamás.
No hablo de pecados carnales ni de imprudencias románticas, si eso es lo que imaginas.
Hablo de necesidad, de cuentas que no cerraban, de puertas que se cerraron cuando me quedé, primero, sin un prometido y sin un padre, después.
Tomé decisiones porque nadie iba a tomarlas por mí. Mi madre dependía de mí.
Pensó en Gabriel y en su trabajo en The Black Swan.
En los libros de cuentas y el juramento que le arrancó su medio hermano.
Nadie debía saber que Gabriel Hope era hijo del conde de Fairfax porque había odiado a su padre con todas sus fuerzas por no haber estado allí nunca para él; lo dejó abandonado en un hospicio.
Además, nadie más debía saber que era su hermana, porque una amante —tal y como muchos la consideraban— era reemplazable y no tenía los mismos lazos de sangre, y el propietario de un club del East End tenía muchos enemigos que podrían usar a Alice contra él.
No podía decírselo a Oliver.
Ni siquiera a Oliver.
El duque avanzó un paso hacia ella.
—Soy un maldito duque —dijo con una voz baja que no intentó suavizar—. Si alguien trata de ensombrecerte, tendrá que enfrentarse a mi ira, y te aseguro que la ira no es un asunto menor cuando la dirige un hombre con mi fortuna, mi título y mi absoluta falta de paciencia.
—No lo entiendes…
—Entiendo que estás asustada.
Alice apretó los labios. Eso le dolió porque era cierto.
—No tengo miedo de Londres, pero sí de que lamentes el día en el que decidiste que yo valía la pena.
—No. Nunca podría arrepentirme de eso. Lo que ocurre es que tienes miedo de lo que podemos conseguir juntos. Un futuro, una vida que podría ser maravillosa —insistió.
Ella no respondió.
El duque se acercó lo bastante para que el calor de su cuerpo alcanzase el de ella. La miró de un modo diferente esta vez. Era seguridad lo que ella veía en sus ojos.
—Oliver, por favor…
—No quiero a otra mujer, Alice —la interrumpió—. No después de haber probado tus labios.
—Eso no basta para un matrimonio. Sé que hay pasión entre los dos. Si me volvieses a tocar perdería de nuevo la inteligencia —reconoció con sinceridad—, pero se necesita mucho más para establecer una buena unión.
—Es cierto. La pasión que hay entre nosotros no basta por sí sola.
—Él bajó la vista a su boca y volvió a subirla enseguida.
No quería ganársela de ese modo, imponiéndose.
Otro hombre más canalla hubiese aprovechado lo que ella tan abiertamente acababa de reconocer y la habría besado—.
Lo que hay entre nosotros ayuda a que un hombre comprenda cuán equivocado estaba sobre el matrimonio, porque hay muchos beneficios si se elige a la mujer adecuada.
Llevo demasiados años esperándote, Alice. Ya no puedo más…
La dama debería haberse apartado cuando él alzó la mano. No lo hizo. Oliver le rozó la cintura con cuidado, le estaba dando tiempo para detenerlo, y al no encontrar rechazo, la atrajo contra sí. No hubo brusquedad en el gesto, aunque sí una posesión muy clara.
—Yo también he pensado cada día en el error que cometí al no obligarte a identificarte en aquella biblioteca.
Él inclinó la cabeza, se quedó muy cerca de sus labios.
—¿Quieres que te recuerde lo bien que estamos juntos?
—Oliver…
—Siempre he sido correcto y he estado condenadamente orgulloso de mi dominio. Desde que vi tu nombre en la lista no he podido dejar de pensar en ti, en tu boca y en la manera en que me miras cuando deseas discutir conmigo porque me lo merezco. Así que he descubierto algo humillante.
—¿Qué?
La pregunta le salió con menos firmeza de la que pretendía.
—Que no soy más que un simple hombre que está loco por ti.
Alice cerró los ojos un instante.
—No digas esas cosas, por favor, Oliver… No. Apenas me quedan fuerzas para hacer lo correcto…
—Te deseo, Alice. Te deseo de una forma que me deja sin juicio, pero no es solo eso.
Nunca he querido nada con tanta fuerza como te quiero a ti.
Sé mía y seamos felices. Tu madre estará contigo.
A salvo. Y tú no tendrás que volver a enfrentarte al mundo sola.
Sé que eres una guerrera amazona formidable, pero quiero estar a tu lado, cuidarte, amarte y ser feliz —insistió.
La promesa era demasiado hermosa. Tan peligrosa…
Alice apoyó las manos en su pecho, con intención de crear distancia, pero sus dedos se cerraron sobre la tela de la levita en lugar de empujarlo.
—No lo entiendes. Hay partes de mí que no aprobarías.
—Permíteme ser yo quien decida lo que apruebo o lo que no.
—¿Y si es solo deseo y se extingue tan rápido como ha llegado?
—El deseo no me habría hecho pedirle a Margot que cuidara de ti hace años.
El deseo no me habría tenido recordando a una muchacha que lloró en mis brazos en una biblioteca oscura, ni habría logrado que tu nombre me golpeara en el pecho cuando Arden lo puso delante de mí.
He sido un idiota en lo que se refiere a ti; no puedo excusarme.
Arrogante, patán —eso lo había oído muy bien de la conversación anterior— y demasiado duque para mi propio bien, pero no estoy equivocado en lo que somos juntos.
—Publicaste el anuncio.
—Sí.
—Sin mi permiso.
—Sí.
—Me tendiste una trampa. Eso no se hace, Oliver.
Él cerró los ojos un momento, y cuando los abrió había en ellos una honestidad brutal.