Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

La aludida bajó la mirada. Se estaba acordando de los primeros meses con Margot, de la mano firme que la había sostenido cuando todos esperaban verla hundida, de las invitaciones que la obligaron a regresar a los salones, de las frases implacables con las que la condesa viuda había cortado los murmullos antes de que se convirtieran en heridas… ¡Dios!

Había pensado que la fortuna, por una vez, había tenido misericordia de ella. No. Fue Statony quien la protegió.

—No sé qué hacer con esto —confesó.

—No tienes que hacer nada.

—Ha preferido atraparme antes que confesarme toda la verdad. ¿Qué dice eso de él?

—Que es un hombre. Orgullo y todo eso… Statony ha actuado como un arrogante, un auténtico patán. Eso ya lo debatimos en su momento. Creo que hay más ahí, siento que es un hombre que no sabe pedir lo que desea si no decreta una orden.

—Eso no lo absuelve de lo que ha hecho. Un anuncio en el periódico sin que yo haya consentido…

—Es cierto, pero ahí hay otra lectura también.

Es extremadamente protector y nunca se queda de brazos cruzados cuando una situación se torna urgente.

Verás, su hermana, Eveline se llama, protagonizó un escándalo por culpa de un enamoramiento con un canalla.

La joven está en su primera temporada y es una muchacha que desea ser vista y tenida en cuenta.

Se ha centrado en quien no debía y su reputación…

digamos que estoy tratando de poner orden.

Una mañana, no hace mucho, leí en las páginas de sociedad su periplo, una apuesta con un beso y un vizconde implicado…

Ya te imaginarás la tragedia que ella solita ha creado.

Cuando lo supe, pensé en ti. No porque tú hubieses sido igual, sino porque reconocí la fuerza de una mujer que quiere destacar y no sabe cómo hacerlo sin perderse por culpa de un hombre.

Eveline está perdida, Alice. No destruida, ni corrompida, solo perdida.

Y Statony no sabe guiarla. Es un hermano mayor que no la entiende.

Sé de lo que hablo. La ama, sí, eso está fuera de discusión.

Alice tragó saliva.

—¿Me eligió para guiarla? —preguntó con el ceño fruncido.

—No. Él no te eligió. Fui yo.

La confesión quedó entre ambas como una nota suspendida en el aire.

—¿Tú me elegiste?

—Después de leer el escándalo de Eveline, fui a ver de inmediato al conde de Arden.

Él es el mejor amigo de Statony, ya lo conocerás.

Te agradará el muchacho. Le dije a Arden que había llegado la hora de que Oliver se casara con una mujer adecuada.

No una joven recién salida del cascarón.

Él se hubiese aburrido de inmediato de una muchacha que no supiera luchar.

Por suerte, no tuve que insistir para convencerlo.

Arden estaba completamente de acuerdo; en su opinión, si Eveline no encontraba una mano firme que la guiase, acabaría casada con el primer canalla que le hiciese creer que la amaba.

Hice una breve lista y puse tu nombre en ella.

Arden tenía que asegurarse de que Statony comprendiese lo que pretendíamos sin sospechar que lo teníamos todo orquestado.

Le costó poco, según me dijo. Eso sí, ninguno previó que enviase a Jackson para proponer matrimonio.

Admito que tuve que haber pensado en dicha posibilidad para que Arden le indicase que no lo hiciera de ese modo.

Alice lo comprendió.

—Has hecho de casamentera.

—Sí.

—Margot…

—Lo sé. Debí decírtelo.

—Desde luego que debiste.

—Pero si lo hubiese hecho, habrías rechazado la idea antes de permitir que existiera. Eres magnífica en casi todo, querida, salvo en concederte una oportunidad para ser feliz. Statony es igual que tú, por eso tuve que usar a Arden de anzuelo. Ambos sois igual de testarudos.

—Yo soy muy feliz. Y soy testaruda para las cosas que importan.

—Una respuesta que el mismo duque me ofrecería.

Eres útil, fuerte, leal y admirable. Has sostenido en pie tu casa, has protegido a tu madre, has sobrevivido a la crueldad sin volverte cruel.

Pero no me digas que eres feliz porque sabes que hay más que con lo que te conformas.

Te quiero como si fueras mi hija, y no podía soportar ver cómo te marchitabas por una vida que otros dañaron antes de que pudieras elegirla.

Una mujer como tú no nació para limitarse a resistir.

También tienes derecho a arder por algo hermoso.

Además, Statony estaba tardando demasiado en volver a pensar en ti después de aquel encuentro en la biblioteca y agotó mi paciencia.

Eveline me dio la excusa perfecta para intervenir.

¿Te imaginas a ese hombre casado con otra mujer que no fueses tú?

Lo destruiría porque jamás podría llegar a entender que él no solo es pura fachada, hay un corazón latiendo bajo su frialdad y tú fuiste la única a la que decidió mostrárselo.

Y luego se apartó y se quedó lejos. ¡Hombres!

¿Más inteligentes que las mujeres? ¡Jamás! —exclamó con algo de indignación.

Alice tuvo que mirar hacia otro lado.

—Dios santo… Esto es demasiado para asimilar.

—¿Me odias ya?

—No, Margot. Aunque cometieses el peor error de tu vida, yo siempre sabría que lo hiciste con la mejor de las intenciones. Es solo que… ¿Comprometida con él?

Alice se llevó los dedos a los labios. No pensó en el beso de la salita, no al principio, sino en el de la biblioteca. Aquel roce tierno, casto, ofrecido cuando ella estaba rota… Después le vino a la mente el beso reciente, más intenso, peligroso y lleno de lujuria.

¿Y si Oliver la había besado esperando que ella lo reconociera? Sí, cada vez tenía más claro que así había sido.

—¿Qué vas a hacer ahora que conoces toda la verdad?

—¿Hacer? Poco me queda ya por hacer, ¿no te parece?

Ahora bien, lo que más me enfada es que él haya sabido todo el tiempo lo que nos unió en el pasado y no haya tenido el valor, o, ya puestos, la decencia, de decírmelo.

¿Al principio de la noche había querido yo abofetearlo?

Sí, pues ahora quiero, además, patearle su ducal trasero —murmuró.

—¿Y eso es bueno o malo?

—No lo sé —reconoció llena de irritación.

—Eveline no es la única que te necesita.

Oliver precisa una mujer que le enseñe cuándo debe dejar de maniobrar y empezar a sentir con honestidad.

—Margot se acercó y le cogió ambas manos—: Ten fe en él, Alice.

No una fe ciega, porque eso sería impropio de ti y muy poco aconsejable tratándose de un duque.

Dale una oportunidad. Exígele explicaciones, hazle pagar por cada torpeza si lo necesitas, pero no le cierres la puerta antes de escuchar al hombre que te sostuvo aquella noche sin pedirte nada a cambio.

Alice bajó la vista hacia las manos de su amiga.

—Tengo miedo.

Margot apretó sus dedos.

—Eso no te hace menos valiente.

—Me ha tendido una trampa.

—Entonces oblígale a soltar la trampa y a ofrecerte la mano de verdad.

La imagen fue tan clara que Alice sintió un nudo en la garganta. Se trataba de Oliver, de Statony, del duque imposible que la había enfurecido, tentado, herido y protegido desde mucho antes de que ella supiera su nombre.

—Hablaré con él —dijo al fin—. No te prometo más.

Margot sonrió con alivio, aunque no intentó exagerarlo.

—Eso basta por esta noche.

—No significa que vaya a perdonarlo.

—No esperaba milagros. Solo una oportunidad. Los milagros los dejaremos para cuando él aprenda a pedir disculpas sin parecer que está aprobando una enmienda, ¿de acuerdo?

Alice casi sonrió. Casi.

Margot le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto rápido y maternal que ninguna de las dos comentó.

—Te daré unos minutos. Necesitas ordenar lo que sientes antes de volver ahí dentro y hacer que todo Londres recuerde por qué jamás debió subestimarte.

—¿Vas a enviarlo aquí?

—No. —La condesa viuda miró hacia las puertas acristaladas con una expresión demasiado inocente para resultar creíble—. Statony no necesita que nadie lo envíe hacia ti. Ese es precisamente el problema.

Margot regresó hacia el salón. Al abrir la puerta, la música llegó con más claridad durante unos segundos y volvió a apagarse cuando los cristales se cerraron tras ella.

Alice se quedó sola.

O creía estarlo.

Unas pisadas sonaron a su espalda, medidas y reconocibles de algún modo que no quiso analizar.

No se volvió de inmediato. Necesitaba un instante para reunir valor, o tal vez para aceptar que ya no podía pensar en él sin ver a dos hombres superpuestos: el duque que la había acorralado con un anuncio y el desconocido que le había dado consuelo.

—¿Cuánto has escuchado? —preguntó sin rastro de formalidad.

La voz de Oliver llegó desde unos pasos detrás de ella, sin rastro de arrogancia:

—Todo. No me caracterizo por dejar nada al azar.

Alice cerró los ojos.

Después se volvió.

Statony estaba allí. Se le veía serio y muy tenso. Parecía dispuesto a recibir un bofetón.

—¿Vas a negar algo? —preguntó ella.

Él le sostenía la mirada y no se le veía arrepentido de nada.

—No puedo hacerlo sin que declaren que falto a la verdad.

Aquello parecía el principio del fin… ¿O el fin del principio? Lo que fuese. Ella no sabía cuál debía ser su siguiente paso…

¡Dios! ¡Qué locura!